En el capítulo diez del evangelio de San Lucas, se narra que Jesús (…) designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él.
Tras enviarlos, se produce el regreso de los discípulos (Jesús no envió solo a los apóstoles, envió a un grupo más amplio de discípulos) y cuenta el texto que Los setenta y dos volvieron con alegría diciendo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Él les dijo: «Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».
En esta escena vemos una pauta de Jesús que debemos imitar de continuo: revisar y recoger con los «enviados» el despliegue de la misión.
Jesús se comporta aquí como un general de campo: envía a sus soldados a luchar y, al regresar, escucha cómo ha ido todo.
En este «acoger y revisar» del Señor, como decíamos, hay una pauta que bien podemos y debemos aplicar al desempeño de la misión, tanto por los misioneros, catequistas, evangelizadores y toda persona con un ministerio eclesial, como en las evangelizaciones menos sistematizadas, pero tan importantes como la evangelización familiar o el apostolado individual.
Volviendo a la conversación con Jesús, podemos apreciar el propio aprendizaje de los discípulos. Efectivamente, en las palabras de los discípulos, primero, observamos que su entusiasmo procede de haber visto actuar la gracia de Dios («hasta los demonios se nos someten en tu nombre»), lo que el propio Jesús acoge y confirma («Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo»). Pero luego contemplamos cómo el Señor aprovecha y les hace una reflexión («mirad (…) Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo»).
En este proceso bidireccional comprendemos que evangelizar y ser evangelizados son dos caras de la misma experiencia de fe. Como podemos ver, hay todo un aprendizaje que es resultado de la misión:
En un primer lugar, estaría aquello de lo que se da cuenta el evangelizador por sí mismo (nosotros).
En segundo lugar, estaría aquello que, tras ser sometido a la valoración de Jesús, proviene del mismo Dios para validar o confirmar («veía…»); reafirmar, señalar o reforzar («mirad»); y para advertir o corregir («sin embargo…»).
Son tres tipos de acciones pedagógicas o vectores de enseñanza de Jesús de gran valía a tener siempre en cuenta, ya sea en nuestro apostolado individual o junto a otros.
Al tomarlo como pauta, siempre deberíamos revisar nuestras actuaciones apostólicas desde, al menos, este triple prisma: validar, señalar o reafirmar y corregir o vigilar. Con estas tres perspectivas, tenemos una matriz que nos puede ayudar a realizar un análisis con algo más de detalle y facilidad sin caer en la tentación de simplificar.
En este sentido, al igual que los discípulos, oramos al Señor y, en diálogo con Él, primero nos expresamos con lo nos brota sin dificultad sobre lo vivido; luego, en un segundo momento, le preguntamos al Señor ¿Qué validas? ¿Qué me quieres señalar o reforzar? ¿Qué me adviertes o me corriges?
Y es que, recoger y revisar con el Señor nuestro apostolado pone al descubierto el obrar de Dios (del que luego podemos hacer memoria), pero también pone al descubierto nuestras propias lagunas en la fe muchas veces.
Si nos fijamos, en su “corregir”, Jesús señala un punto ciego: la alegría de unos buenos discípulos debe estar asentada en dar gloria a Dios y no tanto en sentirse poderosos y caer en la auto complacencia, pues es por gracia que lo han logrado y no por mérito propio.
Al poner las cosas en su sitio, Jesús garantiza que evangelicemos desde las bases adecuadas (enraizados en Dios dirá San Pablo, el apóstol de los gentiles por antonomasia) y no distorsionemos su planteamiento ni nuestra percepción al respecto. Las evangelizaciones exitosas, como las de los apóstoles aquí, requieren estar centrados, pues cooperamos con la gracia de Dios y suya es la gloria.
Por otra parte, puede haber evangelizaciones que se sienten «fáciles», pero cuando se experimentan «complicadas», si tenemos la conciencia adecuada de dónde nos viene la fuerza, no temeremos y confiaremos. De otro modo, puede llegar una frustración que el enemigo usará como entrada y explotará en nuestra contra para apartarnos de la misión.
Es una experiencia muy común que, cuando queremos anunciar a otros, entrando en diálogo con ellos, nuestros destinatarios nos pongan contra las cuerdas y pongan al descubierto que las costuras de nuestro traje están algo flojas.
Otras veces, sin embargo, nuestra pobreza será puesta al descubierto por el propio obrar de Dios. Nos damos cuenta de lo grande que es y percibimos, de algún modo, ese obrar como toda una novedad, incluso si ya pensábamos que lo sabíamos. No es lo mismo saberlo que experimentarlo.
A veces esto nos hace ponernos a la defensiva o nos causa inseguridad porque notamos nuestra carencia. Sin embargo, es un don de Dios. De esta manera vemos que la tarea apostólica siempre dependió de Él realmente y, al tiempo, que siempre tenemos algo en lo que crecer. Seamos humildes.
Parte de esta humildad consistirá también en poner remedio a las inconsistencias que hayamos percibido o que otros hayan señalado. Al regresar de nuestra misión, debemos buscar la manera de encontrar una respuesta que nos permita crecer en la laguna detectada.
Hace unos años me encontraba hablando con un amigo sobre las relaciones personales. Esta persona tenía sus dificultades para encontrar pareja o para mantenerla. En un punto determinado de nuestra conversación le invité a orar sobre ello. En ese momento, me espetó ¿y qué tiene que ver rezar con encontrar novia? Recuerdo perfectamente que rápidamente noté que había en mí un agujero entre ambas cosas. Había dicho algo sobre lo que a mí mismo me costaba encontrar una conexión. La explicación no era compleja, pero yo había usado una especie de frase hecha o de frase talismán muy habitual: ponlo en oración. Se me quedó grabada la sensación de que mi respuesta había sido pobre y apresurada y, por ello, probablemente no había servido de mucho a mi destinatario. Me lamenté por ello, aunque, al mismo tiempo, me espoleó para profundizar más y mejor en mis respuestas en general y en esa en particular, pues yo quería ser de ayuda, no conformarme con frases hechas en las que no había profundizado.
Con el paso del tiempo, me di cuenta de que lo mucho que había aprendido sobre la identidad personal; el amor de Dios y la oración me permitía ofrecer una respuesta adecuada e incisiva que sí podía ser de valor para la persona para esa cuestión.
También aprendí a no ser sutilmente frívolo en mis respuestas ya que las personas sufren y necesitan a veces respuestas más apropiadas (otras veces, una invitación a orar puede ser una directriz muy acertada). Es decir, me sirvió de detonante y de motivación para formarme mejor y meditar con mayor profundidad y detalle delante del Señor, lo que luego redundaría de nuevo en la misión como si de un circuito virtuoso y cerrado se tratara.
Por otro lado, una creencia común bastante válida es la idea de que solo aprendemos lo que somos capaces de enseñar después. Así que tomemos el mostrar y el enseñar como dinamizadores de nuestro propio aprendizaje y disfrutemos con ello, incluso a pesar de nuestros fallos.
En una ocasión una catequista había vestido un aula entera para que simulara ser el Santo Sepulcro dándole el aspecto de una cueva. Nos llevó a visitarla y, mientras mirábamos admirados, nos contaba aspectos de lo que veíamos, algunos de ellos de gran profundidad. Se veía claramente cómo el evangelizar dinamizaba a aquella persona y la había hecho crecer en aspectos nuevos.
Evangelizar dinamiza nuestra fe y la hace crecer de formas múltiples que sin el apostolado posiblemente no viviríamos
Así que, sí, te animo a evangelizar tanto por amor a Dios y los destinatarios como por amor a ti mismo pues en la medida en que ahondas, creces y, al hacerlo, creces en vida eterna; en fe, esperanza y caridad; y creces en la relación con el Señor; en conocerle a Él. Y no tengas miedo por tu pobreza, lo importante es el deseo de llevar a otros al encuentro y mantener una sana tensión para dejarse enseñar y capacitar por el Señor. Suma lo que tienes y deja que el Señor lo multiplique.
