Evangelizar forma parte del amor que le tenemos a Dios. El verdadero motor del testimonio cristiano nace del amor a Dios. Y evangelizar eficazmente, de hecho, requiere evangelizar con el corazón.
Después de la resurrección, el Señor se aparece a los discípulos en varias ocasiones. En el final del evangelio de Juan, Jesús les sale al encuentro en el lago Tiberiades. La aparición se produce en un momento en el que los apóstoles habían decidido ir a pescar al lago. Desde la orilla, Jesús les pregunta si han pescado algo. Ante su respuesta negativa, les indica el lado derecho para volver a echar las redes y encuentren pesca. Entonces, pescan tanto que apenas podían sacar las redes. Este hecho les sirve de signo para reconocer la presencia de Jesús que, recordemos, tras la resurrección ya no es la misma que en su vida terrenal. Saltan a la orilla y el Señor les prepara un almuerzo con algunos de los peces que habían pescado.
Una vez que han comido, Jesús toma aparte a Pedro y tiene lugar esta conversación entre ellos:
Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis corderos». Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Él le dice: «Pastorea mis ovejas». Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: «¿Me quieres?» y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas.
Esto no era nuevo. Cuando Jesús multiplicó los panes y los peces, dice el evangelio que vio a la multitud como «ovejas sin pastor» y, al obrar el milagro, lo que hace precisamente es disponer a la gente sobre los prados de hierba. Dicho de otro modo, en la multiplicación de los panes y los peces, Jesús «da de pastar» a una multitud hambrienta.
En esta experiencia, Jesús «entrena» a sus apóstoles sobre lo que tendrán que hacer después: llevar a la gente a prados con hierba adecuada para alimentarse.
Es lo mismo que sucede en esta ocasión en la orilla del Tiberíades, pero aquí Jesús cierra el círculo: amar a Dios implica alimentar a su grey.
Efectivamente, por tres veces, Jesús le pregunta a Pedro «¿me amas?» y, por tres veces, tras responder Pedro afirmativamente, Jesús, le pide con tres variaciones: “Apacienta a mis ovejas”.
Lo que nos está diciendo el Señor a nosotros, como le dijo a Pedro, es que, si lo amamos, apacentaremos sus ovejas. Dios establece una relación directa entre amarle y apacentar a sus corderos.
¿Y qué es apacentar? Como anticipábamos, apacentar es alimentar; es llevar a las ovejas al pasto bueno (como la semilla que cae en tierra buena; como el Salmo del Buen Pastor).
Apacentar es llevar a las ovejas al alimento verdadero, es decir, al único alimento que da la vida verdadera; la vida eterna: a Dios mismo quien, por medio de Jesucristo, en el Espíritu Santo, se hace alimento para nosotros a través de la Palabra y en el Pan consagrado.
Amar a Dios implica llevar a los demás a Él que es el único alimento capaz de dar verdaderamente la vida eterna, la vida que no perece; la que no se agota en seguida; sino que permanece dando vida.
No amamos verdaderamente a Dios si no evangelizamos porque Él quiere que todos se salven y amarlo es amar lo que Él ama.
En el libro del Éxodo (20, 1-5) El Señor había dado el primer mandamiento:
«Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud. No tendrás otros dioses frente a mí. No te fabricarás ídolos, ni figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra, o en el agua debajo de la tierra. No te postrarás ante ellos, ni les darás culto».
Esta directriz será repetida en un segundo momento, ya que es la piedra angular y hay que fijarla como clave, tras una primera caída del Pueblo de Israel (que evoca a la de Adán y Eva en el Paraíso), lo cual se narra en el libro del Deuteronomio, : «Está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, solo a él darás culto» (Mateo 4, 10).
Otra variación análoga la vemos en el encuentro de Jesús con El Diablo en el desierto. Allí, Jesús afirma «no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».
Si nos fijamos, es lo mismo que acabamos de ver en el Éxodo y en el Deuteronomio: frente a la esclavitud del hombre por el pecado, producida por su tendencia a hacerse ídolos falsos (No te fabricarás ídolos), aparece la palabra liberadora y salvadora de Dios (te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud) que lo mantiene libre y vivo en todo momento. Frente a la tentación de Satanás en el desierto que tratar de reducir la vida del ser humano al alimento terreno, Jesús invoca que el hombre ha de vivir también de la misma Palabra de Dios. Es decir, sin negar que la misma creación divina es necesaria también, afirma que es insuficiente, ya que no vivimos solo de lo tangible, también de todas las ideas, creencias, valores, virtudes e inspiraciones que tienen su origen en Dios: el hombre necesita a Dios mismo y su Sabiduría para manejar los dones con que lo ha bendecido por su propia creación.
Vemos así por qué evangelizar es amar a Dios y amar a Dios implica evangelizar. Es inescindible, lo uno de lo otro.
Si nos fijamos, es la misma dinámica que hay en toda la escena de Tiberíades: el vicario de Cristo (el primer Papa, San Pedro), experimenta la moción de ir a pescar. El resto de la Iglesia (los demás apóstoles), sienten otra moción que los conecta con la de Pedro y responden que ellos también van con Él. No pescan nada, pero, cuando Jesús sale a su encuentro y siguen sus indicaciones, entonces, no solo pescan, es que la pesca les desborda. Casi no pueden con ella. Al reconocer en ello a Jesús, acuden a Él con la carga de pesca tras de sí. Empezamos a ver la lógica: la Iglesia, con su vicario al frente, existe para pescar, pero no pesca si no sigue las indicaciones de Jesús. Al seguirlas, la pesca se convierte en algo desbordante. Entonces, Jesús mismo los atrae hacia sí para recogerlos en Él y algo más muy importante: alimentar a sus apóstoles y, como dice el salmo del Buen Pastor (salmo 23), para reparar sus fuerzas. Tras darles lo necesario a un nivel primario (de pan también vive el hombre); Jesús toma a Pedro para que, una vez alimentado como discípulo, como apóstol, prolongue la misma misión de Jesús en la Historia alimentando a las dispersas ovejas que están sin el Buen Pastor.
Si amar a Dios es hacerlo sin límite porque es “por encima de todas las cosas” y porque es “con todo el corazón, con toda la mente y con todo el ser”, no amamos suficientemente a Dios si no cooperamos con su obra («Yo, para esto he venido, para dar mi vida por las ovejas»).
Cuando Jesús dice que viene a dar su vida por las ovejas, rápidamente pensamos en la cruz, pero pensemos también en el sacrificio que, cada vez, hace Cristo en la eucaristía en la que Él mismo se ofrece con alimento, pues su carne y su sangre son auténtica comida y auténtica bebida. Llevar a las ovejas al rico pasto es llevarlas también a la eucaristía donde pueden alimentarse con el mismo Dios.
Muchas veces pensamos que evangelizar es transmitir valores, virtudes y principios positivos y, siendo correcto esto, no deja de ser incompleto. No podemos conformarnos con darle a las almas algunos restos y no llevarlos a la fuente misma de la que manan los ríos de vida eterna. Sería como darle a nuestros congéneres un agua racionada pudiendo llevarles a la fuente misma de la que mana a borbotones. Una sed insaciable, como es la humana, solo puede saciarse en la misma fuente. Por eso hemos de ponerles en contacto con la fuente misma de la que nosotros bebemos directamente. En otro caso, solo podrán saciar su sed parcialmente. Y recordemos que Dios quiere apagarla por completo.
Desde el inicio, así se presentó Jesús en la Tierra: sobre un pesebre en Belén, envuelto en pañales, es decir: el maravilloso regalo de Dios para la humanidad aparece cuidadosamente envuelto como tal (los pañales); y ofrecido para alimentar (el pesebre, donde comen las criaturas) a esa humanidad hambrienta, en cuanto pan vivo en la Iglesia (Belén, que significa «casa del pan»).
Cuando evangelizamos, la primera razón, por tanto, es cumplir el primer mandamiento: amar a Dios.
