Cuatro situaciones en las que hacer memoria de salvación es especialmente importante

Si hemos de hacer memoria de salvación habitualmente, hemos de hacerla especialmente en ciertas situaciones. Existen circunstancias en las que el recuerdo de Dios resulta particularmente importante.

Los evangelios contienen varias situaciones que nos dan una pauta: los momentos de tentación; los tiempos de caída; la frustración de las expectativas; y la recepción de una gracia.

Aprender de estos ejemplos evangélicos nos ayudará luego a reconocer esas situaciones en el momento adecuado para tener una respuesta adecuada de fe en tantas otras.

Memoria de salvación y tentaciones🔗

Forma parte de todo discipulado aprender a reconocer qué voces provienen de Dios y cuáles son falsas tentaciones.

La escena del fruto prohibido en el Génesis es el paradigma de toda tentación: un fruto prohibido que era atractivo por cuanto era apetecible y respecto al cual una fuerza maliciosa realiza una invitación a tomarlo pese a la advertencia del Creador de morir en el caso de hacerlo. Como así sucedió. Cuando experimentamos la tentación, a menudo, hacemos frente a una visión de una fuerza y una sutileza extraordinarias. Entonces, el recuerdo de Dios aparece como un recurso ideal para nuestra lucha espiritual.

Jesús hizo memoria de salvación ante las tentaciones experimentadas en el desierto. Del mismo modo que el pueblo de Israel experimentó la tentación en el desierto tras ser liberados del Faraón, Jesús experimenta la tentación en el desierto. La diferencia es que Jesús no cayó en la tentación porque siempre está bien orientado y centrado en Dios.

El desierto es ese lugar donde desaparecen los apoyos humanos. Donde carecemos de recursos para salir adelante. Es decir, el desierto espiritual es aquella experiencia en la que todas las posibilidades humanas que nos venían sirviendo hasta ese momento desaparecen por completo.

Justamente en esas situaciones vitales es cuando el tentador se muestra con especial virulencia porque ha olido la debilidad y pretende explotarla. En el caso de Jesús aparece cuando Él siente hambre tras cuarenta días de ayuno.

Pues bien, sigue el contraste entre la reacción del pueblo de Israel (es decir, la respuesta humana espontánea) y la reacción de Jesús. Mientras que el pueblo de Israel, ante el panorama, tiene un recuerdo que le hace volver a la esclavitud idealizándola (recuerda que con el Faraón comían, pero no recuerdan el lamento que expresaban por su cautividad), Jesús, en cambio, recuerda a Dios.

Concretamente, Jesús, ante la primera tentación de convertir las piedras en panes, cita el Deuteronomio: “no solo de pan vive el hombre”, sino también “de toda Palabra que sale de la boca de Dios”. Este es justo el pasaje en el que Dios nos instruye para recordarle.

Jesús nos está enseñando a recurrir a Dios en el momento de la tentación y recordar la Ley que salva para así hacer frente a la tentación. Es decir, Jesús nos enseña con hechos a hacer memoria de salvación.

Él realiza y en Él se verifica lo que Dios quería encontrar en nuestro corazón desde el Deuteronomio: para conocer lo que hay en tu corazón: si observas sus preceptos o no.

Memoria de salvación para volver a casa🔗

A veces caemos en la tentación y nos encontramos lejos del Padre en algún aspecto concreto o en gran parte de nuestra orientación existencial. Todo aquello que hemos decidido vivir y decidir por nuestra cuenta prescindiendo de lo que Dios nos ofrece, nos aleja de Él.

En estas situaciones, aún podremos disfrutar por algún tiempo de las rentas de la gracia de Dios que aún perviven, pero cuando hayan llegado a su límite experimentaremos el daño del mal en toda su virulencia.

Esta fue la experiencia del Hijo Pródigo. Mientras tuvo las riquezas que su padre le había donado (las gracias de Dios), por algún tiempo pudo mantenerse alejado, pero, cuando estas tocaron a su fin («Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad»), rápidamente se vio desvalido y viviendo al límite con un hambre insaciable (ni siquiera podía comer ya las algarrobas de los cerdos).

Pero es en ese momento de extremo alejamiento en el que nosotros, como el hijo pródigo, tomamos conciencia de nuestra necesidad de Dios al acordarnos de Él («Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre»).

Y es el Hijo Pródigo el que, tomando conciencia de que su Padre es misericordioso, al arrepentirse, sabe que puede volver a su seno de nuevo. El hijo pródigo nos muestra cómo hacer memoria de salvación nos ayuda a reencontrar el camino a casa cuando lo hemos perdido y nos pone en marcha.

Lo que expresa el Hijo Pródigo es lo mismo que sucedía con el pueblo de Israel: el ser humano debe reorientarse hacia a Dios continuamente para no perder el hogar donde está la abundancia y la riqueza; para no perder el camino.

Es el recuerdo de lo experimentado en la casa de Dios lo que nos pone en marcha de nuevo desde nuestra situación límite. Cuando lleguemos allí seremos revestidos de nuestra verdadera dignidad otra vez («Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela»); recibiremos el sello de nuestra condición de hijos («ponedle un anillo en la mano») y el calzado para poder caminar de nuevo («ponedle… sandalias en los pies»); al tiempo que recibiremos la abundancia de sus dones para entrar en la alegría («traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete»).

Por tanto, en situación de alejamiento, el recuerdo de Dios nos trae de vuelta a casa y nos espolea para ponernos en marcha.

Memoria de salvación ante las expectativas frustradas: deja que Jesús te lo explique🔗

Cuántas veces nos ofuscamos por la frustración de nuestras expectativas. Incapaces de asumir los límites de la realidad, aunque sean temporales, caminamos cabizbajos con aire entristecido.

Esta estaba siendo la experiencia de los discípulos de Jesús camino de Emaús cuando Él los salió al encuentro. El aire turbio de la tristeza que los invadía era el mismo que les impedía reconocerlo después de haber resucitado.

Cuántas veces, la frustración de las expectativas en el momento presente limitan nuestra mirada y nos impide reconocer cómo Dios siempre ha obrado en la bienaventuranza. En estas situaciones, para poder volver a recuperar la alegría, necesitamos recuperar la memoria de cómo Dios siempre obra en medio de los contratiempos y los sufrimientos.

Cuando Cleofás y el otro discípulo sin nombre (para que podamos poner el nuestro en su lugar) van caminando, le expresan esto mismo, es decir, la frustración de sus expectativas a Jesús “Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron”.

En ese momento, Jesús los pone ante su ignorancia y torpeza para caminar en la verdadera alegría («¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas!»). No es una descalificación gratuita, es una confrontación con la manera que tienen de no-ver las cosas según Dios y que es la causante de su tristeza.

Y les hace una pregunta retórica «¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».

Jesús apela a su falta de entendimiento sobre lo que ya deberían saber para poder entender su momento presente. En lo realizado y anunciado ya por Dios en nuestra vida está la clave para interpretar el presente. O lo que es lo mismo, en recordar la manera en cómo Dios hace las cosas y cómo las va anunciando está la llave para nuestro caminar actual.

A partir de ahí, Él mismo se encarga de “hacerles recordar” para que “puedan entender” («Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras»). Porque cuando vemos lo que Dios ha venido haciendo en nosotros podemos comprender lo que está haciendo ahora con nosotros.

Por lo tanto, cuando notas que la realidad es frustrante y que no se corresponde con el ideal que te has hecho; cuando te sientes decepcionado porque no tiene lugar la realidad idealizada que idolatrabas, en ese momento, haz memoria de salvación y recuerda cómo Dios anunció que Él se abriría paso incluso en la muerte (simbolizada en el mar rojo a través del que pasa el pueblo de Israel una vez retiradas las aguas, es decir, recibida la gracia de Dios).

A la memoria de salvación en que puedes convertir tu oración, añade pedir a Jesús que sea Él mismo el que te explique cómo debía acontecer su plan de salvación. Nadie mejor que el autor del plan para explicarte cómo se lleva a cabo.

Memoria de salvación ante la recepción de la Gracia de Dios🔗

Hasta ahora hemos señalado situaciones de dificultad, pero la memoria de salvación acontece también en la alegría de ver el obrar salvador de Dios.

Se trata de adorar a Dios reconociendo lo que Él hace, tal y como en el Deuteronomio nos decía precisamente: «Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra buena… y bendecirás al Señor, tu Dios, por la tierra buena que te ha dado».

En el Magnificat de la Virgen María encontramos el paradigma de toda adoración: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia —como lo había prometido a nuestros padres— en favor de Abrahán y su descendencia por siempre».

¿Qué hace María?: Alabar a Dios ¿Qué pedía Dios desde el Deuteronomio?: Bendecirlo. Lo mismo hará Zacarías, padre de San Juan Bautista, al proclamar el Benedictus. María es la imagen del creyente ya divinizado, Zacarías la del creyente que va de menos a más en su divinización.

Pero la mayoría de las veces sucede como con la escena de los diez leprosos. Jesús los cura, pero solo uno vuelve para darle gracias y… adorarlo postrándose en tierra. Es como si el evangelio nos dijera que nueve de cada diez personas no le dan a Dios su crédito por lo que ha hecho por ellas realmente. Por eso, al leproso que volvió para adorarlo le dice: vete tu fe te ha salvado. Sin embargo, Jesús lo sigue esperando hoy día también: «los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?»

Podríamos pensar que Dios quiere esta adoración como una sumisión sin más, pero estaríamos equivocados. La razón de que Dios desee esa adoración, aparte de que Él la merezca, es que el que no rinde todo su ser aun no se ha dado cuenta de cuánto depende de Dios en todo. Por eso el que sí lo hizo se podía ir tranquilo, había quedado claro que su corazón estaba situado en el Señor por completo: su vida no se limitaba a la curación física de lo que lo había estado limitando, era mucho más. La salvación que desea Dios para nosotros es completa, no limitada a una sola circunstancia.

Por ello, recuerda cómo María, Maestra de los creyentes, hizo memoria de salvación al recibir la noticia de que ella sería portadora del verbo encarnado; receptora del mismo Dios. No hay más don que el que recibió María: ser portador de Dios.

Nosotros somos templos de su Espíritu y portadores provisorios del Cuerpo de Cristo a través de la eucaristía, aprovechemos para adorar a Dios por el regalo de su inhabitación y todas las gracias que nos concede para nuestro sostenimiento.