Jesús vino a iluminar nuestra sombra. Y, por tanto, a iluminarla y a enseñarnos a abrazarla. No hay avance en la fe del creyente si no afronta su propia sombra y deja que Dios la ilumine.
Cuenta Mateo que, cuando Jesús oyó que Juan el Bautista estaba en la cárcel, se dirigió a Galilea para que se cumpliera la palabra de Dios por boca de Isaías: “Tierras de Zabulón y de Neftalí, más allá del Jordán, a la orilla del mar: Galilea de los paganos. El pueblo que andaba en oscuridad vio una gran luz; una luz iluminó a los que vivían en sombras de muerte.” Desde entonces, comenzó Jesús a proclamar: “¡Volveos a Dios, porque el reino de los cielos está cerca!”
Por su parte, el anciano padre de Juan el Bautista, Zacarías, cuando recuperó el el habla, proclamó lo que se conoce por el Benedictus. Entre sus palabras, encontramos las siguientes refiriéndose al Mesías: Iluminará a los que caminan en tinieblas y en sombra de muerte.
Como vemos, la Palabra de Dios retrata la situación vital del ser humano como un ser que habita en sombra y, además, una sombra de muerte.
Teológicamente, esta sombra de muerte hace referencia a todo mal que nos acontece.
El ser humano, afectado por las consecuencias del pecado, ve alterada su existencia de muy diversas formas.
Esencialmente, el mal que experimenta por efecto del pecado dejó afectados sus sentidos de la inteligencia, de la voluntad y del afecto. Desde la entrada del pecado original en el mundo, la humanidad camina en sombras de muerte.
Actualmente, la psicología moderna ha desarrollado su propio concepto de sombra. Es de mucho interés por las múltiples posibilidades terapéuticas que ofrece.
No obstante, lo cierto es que toda sombra es reductible a un solo mal: la ausencia presente o remota de Dios en algún aspecto de la persona. Siendo Dios la fuente de todo bien, las distintas ausencias de Él que acontecen en nuestra vida explican la causa de nuestras disfunciones al alterar o distorsionar las facultades antes mencionadas: voluntad, entendimiento y afecto.
Esto a veces se expresa de otro modo: todos aquellos aspectos de nuestra realidad personal a los que aún no ha llegado el Evangelio. Es decir, todo lo que no permanece iluminado o sostenido por Dios, se encuentra ensombrecido. Sería todo aquello en lo que el ser humano se encuentra cautivo, paralizado, equivocado, etc.
Históricamente, probablemente esta clave de la sombra se ha reducido a la idea del pecado incurrido y la imperfección personal. Pero, aún dando esta amplia cobertura a dicha realidad, lo cierto es que no la agota, pues ontológicamente no solo se trata del pecado incurrido o la inclinación al pecado que experimentamos constantemente por padecer los efectos del pecado original (concupiscencia), la sombra trata también sobre cómo nos afecta el pecado o el mal padecido.
Como una imagen vale más que mil palabras, podemos tomar el encuentro de Jesús y la Samaritana. En esta escena, Jesús pone al descubierto el patrón que ella sigue y del que no se había percatado. En resumen, para satisfacer su anhelo de plenitud, de sentirse amada, la Samaritana iba de relación en relación hasta el punto de que ya vivía en pareja con quien ni siquiera era su marido ya. Jesús le apunta al patrón que sigue para que entienda que esa sucesión de relaciones sin fin es señal que revela su sed de ser amada. Sed que solo puede colmar Cristo, el agua viva.
Del mismo modo que a algunas aguas termales se le atribuyen propiedades sanadoras o viáticas, con mayor motivo, acudir a Jesucristo, el Agua Viva, es sanador por sí mismo, pues, cuanto más le entregamos nuestras carencias, más sanamos.
Esta disfunción de la Samaritana de incurrir en una sistemática sucesión de relaciones para apagar su sed de afecto será sanada al encontrar el amor verdadero, seguro y perenne y, a partir de ahí, la vida eterna, es decir, la que no se agota como los recursos que no proceden de Dios mismo.
Cuando, además de las básicas, cubrimos nuestras necesidades espirituales de amor, armonía, unidad, orden, etc. todo nuestro ser se encuentra en paz, pero cuando no obtenemos lo que necesitamos espiritualmente o nos encontramos afectados por un mal acontecido, entonces, disfuncionamos, aunque no seamos consciente del todo.
Hoy en día se usan distintas expresiones para esto. Se habla de vivir en automático; reaccionar desde la herida; vivir desde el yo ideal en lugar del yo real, etc. Todas estas variantes y tantas otras tratan de expresar esta sombra inconsciente que el ser humano lleva consigo y que lastra su caminar, atenaza su libertad y, en definitiva, le impide ser él mismo.
Es lo que le pasaba a la Samaritana. Vivía «reaccionando desde la herida» y no era consciente del patrón que seguía. Jesús le mostró que su sed solo podía satisfacerse plenamente con Él. El ser humano vive desde su sombra más de lo que es consciente, pero puede comenzar a reconocerla y después iluminarla si se deja alcanzar por la Luz correcta, la de Jesús.
Cobra así mayor sentido aún que el evangelista Mateo hable de Jesús, por boca del profeta, como la luz que ilumina a quien vive en tinieblas o en sombras de muerte y que la venida del reino de Jesús precisamente es para que reine su luz e ilumine esas sombras que no nos permiten vivir. Cuando tenemos luz podemos caminar porque vemos el sendero, cuando andamos entre oscuridades lo hacemos con mucha dificultad. En este sentido, la Luz de Jesús no es solo vida eterna, es luz plena y permanente que ilumina las zonas oscuras de nuestro ser para que, quedando al descubierto, podamos ver en qué consiste eso que estaba ahí influyendo negativamente, pero sin verse pese a todo. En reflexión posterior se irá completando esta clave.
Ahora, el objetivo de esta reflexión es únicamente que puedas descubrir que de un modo u otro todos tenemos una sombra causada por los distintos males que nos acontecen o en que incurrimos y que, por ello, nos afectan más de lo que pensamos. Justamente porque no acabamos de hacerla consciente del todo al estar «a oscuras».
Jesús ha venido para ser la luz del mundo y, por tanto, también para iluminar todas esas zonas de nuestro ser que están sin identificar porque no se ven, pero que influyen igualmente en nuestra manera de relacionarnos con nosotros mismos y los demás.
Así que una de tus tareas de fe es pedirle a Jesús que ilumine esas sombras que no conoces bien aún, pero que igual notas por sus síntomas, para que entre los dos podáis hacer un proceso terapéutico de sanación, es decir, de iluminación, ordenación, etc. De momento, basta con que seas consciente de esta clave para que la puedas ir teniendo en cuenta poco a poco.
