Jesús vino a sanar y sigue viniendo para sanarte

Que nuestro Señor Jesús pasó haciendo el bien y curó a muchos enfermos es algo que solemos saber. Cuando alguien tiene una dolencia o se encuentra gravemente enfermo, suscita muchas oraciones a su alrededor. De lo que solemos ser menos conscientes es de otro tipo diferente de sanación a la curación física por la que también vino Jesús al mundo: la sanación emocional.

Las dolencias del alma o espirituales tienen una gran manifestación emocional y hay una tendencia a minusvalorarlas (otras veces, a exagerarlas). Sin embargo, son causantes de no pocas dolencias corporales. Cuántas veces, las contracturas mismas son resultado de acumular preocupaciones intensamente. Parecido sucede con las bulimias, anorexias, depresiones, etc. Quien sabe si no son responsables o coadyuvantes también de otras patologías físicas.

Siempre se ha dicho que el estado interior puede ser un factor más para luchar contra una patología o facilitar una curación.

Como decíamos, solemos tener claro que Jesús curaba enfermedades físicas y, aún hoy, recurrimos a la oración por nuestras patologías.

Pero Jesús no vino solo por patologías físicas severas (parálisis, cegueras, sorderas, mudez, hemorragias, cojeras…), también vino a sanar los corazones quebrantados. De hecho, podemos decir que vino a esto principalmente.

En los primeros compases del evangelio de Lucas, el evangelista nos narra la presentación mesiánica en sociedad de Jesús. Justo tras ser tentado en el desierto donde queda certificada su identidad absoluta y total con el Padre, en seguida, vuelve a Galilea enseñando por toda la comarca y adquiriendo gran fama. En un momento determinado, vuelve a Nazaret y entra en la sinagoga como tenía por costumbre y se pone en pie para hacer la lectura con el rollo que le entregan. Jesús parece llegar en el momento justo, pues precisamente la lectura que le entregan es la del Siervo del Señor del profeta Isaías que se refiere a Él. Es lo que le da pie a presentarse y proclamar que aquello que se anunció ha llegado; lo tienen delante; se trata de Él. Dirá de forma proverbial “Hoy se cumple esta escritura”, que era esta: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor».

En el evangelio de Lucas, la versión cambia un poco, pero cuando uno acude al texto del profeta se encuentra lo siguiente:

Isaías 61, 1: El Espíritu del Señor, Dios, está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, para curar los corazones desgarrados, proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad; para proclamar un año de gracia del Señor, un día de venganza de nuestro Dios, para consolar a los afligidos, para dar a los afligidos de Sión una diadema en lugar de cenizas, perfume de fiesta en lugar de duelo, un vestido de alabanza en lugar de un espíritu abatido.

Como podemos, ver la versión de Lucas es algo más sintética y menos literal. Tal vez por eso, algunas biblias protestantes no lo traducen así, sino que transcriben directamente las palabras del profeta Isaías.

En todo caso, la Palabra de Dios afirma claramente que el Siervo de Dios ha venido para curar los corazones desgarrados y para consolar a los afligidos; darles perfume de fiesta en lugar de duelo; vestido de alabanza en lugar de espíritu abatido. Como también había anunciado el profeta Ezequiel, Él buscará a la oveja perdida; recogerá a la descarriada; le vendará a las heridas; y la fortalecerá a la enferma.

Como podemos ver, Jesús viene para tratar incluso todo aquello que hoy día identificaríamos con el mundo emocional e interior. Es una gran noticia para todos nosotros. Nadie queda excluido de la obra de Dios y de su curación. Aunque no tengamos dolencias físicas, todos tenemos dolencias del corazón. Dios se ocupa de sanarlo todo y, como hemos podido apreciar, en su programa tienen prioridad las dolencias del corazón quebrantado.

Dios sabe que el dolor del corazón es causa de gran sufrimiento para sus criaturas a las que ama tanto y, a su ve, causa de nuevos males. Todos sabemos cómo el dolor nos lleva a tomar malas decisiones; realizar actos de desamor de distinta gravedad; a no tratarnos a nosotros y a los demás como Él nos ama y cómo el dolor del corazón nos debilita con bloqueos y parálisis que a veces, incluso, provocan una total incapacidad.

Pues bien, Jesús vino a sanar desde su raíz el trauma que constituye la huella del pecado y el mal en nosotros. Marcos y Lucas dejan claro en sus evangelios que la gente acudía a oírlo y a que curara sus dolencias porque salía de él una fuerza que los curaba a todos (Marcos 4, 23 y Lucas 6, 18). Nada nuevo, los salmistas ya habían manifestado que eso era lo que Dios hacía con ellos y por eso proclamaban: Él sana todas tus enfermedades (Sal 103, 3b).

Esta fuerza que curaba a todos tiene un paradigma en la eucaristía que es, al mismo tiempo, alimento y viático para el alma. Cuando acudimos a misa, vamos para glorificar y para ser alimentados; primero con su Palabra y después consigo mismo a través del pan consagrado por Él y transformado en Él. Pero no solo alimentados, también sanados. No en vano, antes de recibir su santo cuerpo, proclamamos “no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.

Al parafrasear al centurión que pedía la sanación de su siervo, pero que se sentía indigno de que Jesús entrara en su casa siendo él pagano, nos servimos de su profunda actitud de confianza y reverencia hacia lo que Dios es capaz de hacer por nosotros y en nuestro corazón. Al repetir sus palabras con conciencia y unción, tratamos de hacer nuestra la confianza con la que este gentil se dirigió a Jesús pidiendo la sanación de su criado.

Pero hay otra maravilla en este pasaje. El centurión pide la sanación por la palabra de Jesús  del mismo modo que el evangelista Marcos al describir lo que hacía Jesús: recorría toda Galilea enseñando (…) proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. La palabra de Jesús enseña a vivir y, al hacerlo, sana el corazón del hombre. Un corazón maltrecho por los traumas experimentados por el mal experimentado.

Por eso, cuando sufras malestar en el corazón; cuando experimentes la tristeza y la tribulación; acude al auxilio de Jesús para que Él haga descender sobre ti su palabra sanadora.

Hoy día, la psicología habla constantemente de cómo muchas dificultades emocionales tienen su razón de ser en la percepción de los acontecimientos y en cómo falsas creencias e ideas dañinas, como cristales a través de los que leemos nuestra realidad, se instalan e nuestro interior y generan un bucle de pensamientos negativos y nos hacen cautivos o nos postran en casos extremos.

Aunque en esta reflexión no podamos ahondar en ello, sí podemos apuntar a lo que Jesús dirá en otro momento: cuando tu ojo está claro, todo tu cuerpo goza de la luz, pero si él está turbio, tu cuerpo está en tinieblas. Vigila pues, no suceda que la luz que en ti hay, sea tiniebla (Lc 11, 33). Como vemos, Jesús ya está señalando que la manera de cómo miramos condiciona la luminosidad u oscuridad en lo que vivimos.

Cuántas veces nuestros estados depresivos o de tristeza y angustia no tienen un origen fisiológico sino que se basan en nuestra manera de percibir nuestra realidad y sentimos que, cuando empezamos a cambiar la forma de ver; cuando comenzamos a encontrar razones luminosas sobre la realidad que nos había entristecido; empezamos a recobrar la alegría, la paz, la confianza, la esperanza y, en general, todo aquello de los que nos vemos privados cuando nuestro “ojo no está claro”.

Así que, lo primero de todo en nuestra sanidad espiritual es tomar conciencia de que Jesús no vino solo a curar enfermedades físicas o patologías graves, vino para sanarlo todo, empezando por los quebrantos del corazón que todos experimentamos. A partir de ahí, acude a Jesús para que Él lo sane introduciendo su Palabra y dando su consuelo; generando mediaciones que auxilien tu corazón desgarrado y tu espíritu abatido por la pérdida, la herida, el anhelo, la agresión… Toma a Jesús como al médico del que sale una fuerza sanadora que también te alcanza.