Rasgos del apóstol

Rasgos del apóstol

Después de las condiciones de partida que deben darse en el evangelizador como disposición personal, consideramos algunos rasgos que, como apóstol, debe reunir para llevar a cabo su misión.

Nos detenemos en las condiciones que debe reunir, en general, todo discípulo misionero para evangelizar, pero, en esta ocasión, atendiendo más al aspecto de su despliegue personal.

Confía🔗

En el episodio de Jesús con sus discípulos por el mar de Galilea con miles de personas nos queda claro que la misión requiere de la gracia. Cuando los discípulos perciben que atardece, ven que las personas que los han seguido no tienen que comer y piden a Jesús enviarlos a sus casas para proveerse.

La reacción, por naturaleza, de los discípulos era normal. Se sienten desbordados. Como nos sentimos ante una tarea que, a poco que se profundice, claramente excede nuestra capacidad. Pero es así solo cuando se responde sin contar con el poder de Dios. Es lo que hace Jesús. Él cuenta con lo poco que tienen los discípulos y toma la iniciativa; se hace cargo. Y lo que es más importante: lo multiplica.

Arriesga🔗

Evangelizar implica ser valiente. Porque anunciar la Palabra de Dios conlleva, para empezar, salir de las propias seguridades y exponerse ante los demás.

También porque supone un cierto grado de osadía comunicar un mensaje que, muchas veces, cuestiona la vida de quien lo escucha, aunque se haga, como debe ser, con caridad.

Hay un término griego en la Biblia que expresa muy bien esta osadía y libertad para actuar con confianza: parresía. Significa literalmente «decirlo todo» y, por extensión, «hablar libremente», «hablar atrevidamente» o «atrevimiento».

Creativo🔗

Si evangelizar es un acto de amor genuino, no puede dejar de ser creativo porque el amor busca sin descanso las aberturas por las que poder colarse para llegar al amado.

En el Cantar de los Cantares, el canto del amor de Dios por excelencia, el amante busca a su amor por los recovecos de la roca: Paloma mía, en las grietas de la peña, en lo secreto de la senda escarpada, déjame ver tu semblante, déjame oír tu voz. Es lo que hacen los amantes: seducir a sus amados a través de vericuetos.

Proactivo🔗

Los evangelizadores salen al encuentro y toman la iniciativa, no permanecen esperando de manera pasiva y reactiva a que las ovejas los busquen y los encuentren a ellos, lo que también sucede, sino que salen a su encuentro como el Buen Pastor sale a buscar a la oveja perdida o el sembrador esparce la semilla, aunque no toda caiga en tierra buena.

Enviado🔗

El apóstol no es solo alguien enviado por Dios, además, debe aprender a discernir a qué personas lo envía Dios. Efectivamente, lo primero es percibirse como alguien a quien Dios quiere enviar y después ver a quién es enviado uno.

Incluso si uno solo siente al principio que es enviado a los más próximos, deberá desentrañar de qué manera quiere Dios que desempeñe su envío.

Siembra🔗

La persona que está lista para proclamar la Palabra, aprovecha cualquier situación para hacerlo sin preocuparse por recoger el fruto.

En la parábola del sembrador, Jesús transmite que la obligación del evangelizador es difundir la Palabra de Dios en toda clase de terrenos. Incluso los que parecen infecundos.

No corresponde al discípulo decidir dónde y cuándo, sino obedecer y actuar como Dios mismo hace caer su lluvia sobre justos e injustos. El discípulo siembra, pero es Otro el que hace crecer.

Paciente & Sacrificado🔗

Como la función que hace la levadura en la masa a la cual transforma y hace aumentar de volumen, el trabajo del evangelizador es paciente y sacrificado, sin retorno inmediato, pero igualmente fecundo. No es solo fecundo desde el punto de vista de aquel cuya conversión y crecimiento deseamos, también lo es hacia nosotros mismos. Cuando no se percibe fruto en el otro, a menudo, podemos verlo, al menos, en nuestro propio crecimiento personal.

En todo caso, hay que comprender que cada palabra dicha en el nombre de Jesucristo es una siembra que tiene la oportunidad de caer en el terreno adecuado. Todas las personas requieren un proceso. Los procesos requieren tiempo y muchos estímulos. De modo que no nos extrañemos de que a veces las cosas requieran tanta perseverancia sin un rendimiento aparente. Pero, cuántas veces la Palabra sembrada ya está haciendo brotar algo en el interior de la persona y no lo percibimos desde fuera.

Empatiza🔗

Cuando Jesús estaba por la Decápolis, símbolo de los espacios más paganos o alejados de la fe, le traen un sordo que además es tarta mudo o que, al menos, le costaba hablar. Entonces, Jesús le toca los oídos y la lengua y así le abre los oídos y le suelta la lengua.

Es un momento de profunda conexión entre Jesús y la persona. En este episodio Jesús nos muestra la profunda comprensión que tiene de las situaciones. Es capaz de conectar con aquello que mantiene a otra persona impedida de escuchar y limitada para hablar.

Es decir, Jesús nos enseña a buscar los puntos de dificultad que atraviesan otras personas y a remover los obstáculos por los que atraviesan. Para hacerlo, debemos entender sus dificultades desde ellas.

Personaliza🔗

Cuando Jesús se lleva aparte al sordomudo, no es la única vez que lo hace en los evangelios. Podemos contemplar aquí la necesidad de una actuación específica e individualizada. Como si hubiera que tratarlo aparte como caso específico, por protección, etc.

Hay muchos casos en los que la evangelización discurre así. Como si fueran “un caso aparte”. Es importante estar atentos a estas situaciones en las que hay alguien con características que precisan un tratamiento más individualizado y alejado del general, por así decir. En general, todos necesitamos un tratamiento personalizado porque hemos sido creados de una forma única y hemos vivido circunstancias diferenciales.

Acompaña🔗

Cuando San Felipe sale al encuentro del eunuco etíope, notamos que, pese a que tiene claro que es a él a quien envía el ángel, lo primero que debe hacer es acompañar la marcha de aquella persona. El ángel le dice: «acércate y escucha».

El eunuco ya tenía preguntas en su interior; ya buscaba. Hay que saber qué es lo que se pregunta y lo que busca la persona porque, desde ahí, Dios la está hablando. Detrás de esas preguntas está Dios esperando que un apóstol termine la labor que Él ya  ha iniciado en el interior de esa persona.

Entonces, Felipe acaba subido al carro y se sienta con él para enseñarle. Debemos subirnos en el carro de las personas que, de manera más o menos explícita, demandan que nos sentemos con ellas y las acompañemos un trayecto del camino. Subirse al carro es incorporarnos a su situación vital; al recorrido que vienen haciendo. Sentarnos es ponernos a su altura y nivel; enseñar como el “profesor particular” se sienta al lado de su alumno para explicarle lo que le cuesta entender para poder avanzar.