¿Te has fijado alguna vez en la cantidad de veces que los Evangelios muestran a Jesús sanando? Es por algo. En las sanaciones que realiza Jesús podemos contemplar también una sanación ontológica, es decir, no solo la que se produce a nivel físico, sino la que se produce también a nivel espiritual.
Como bautizados, aprendemos de pequeños que Jesús hacía sanaciones físicas y devolvía la vista a los ciegos; la movilidad a los paralizados; la sanidad a los leprosos, etc.; pero, a menudo, no aprendimos a ver en ello también la propia sanación espiritual, lo cual implica a todo nuestro sistema de conducta, creencias, sentimientos, actitudes, es decir, hablamos de una sanación espiritual que es menos visible, pero tangible también.
De hecho, en uno de los episodios con paralíticos, Jesús primero le perdona sus pecados al postrado y solo para mostrar algo más, acaba sanándolo físicamente. A Dios le interesa la salvación de nuestra alma, de ahí que para Él sea prioritaria la sanación espiritual, ya que el resto de circunstancias vitales están en función de ella.
Somos seres traumatizados, pero normalmente no lo sabemos o no lo bastante. Como no somos lo suficientemente conscientes de ello, no nos damos cuenta de, hasta qué punto, el mal que hemos padecido nos impactó y dejó afectados y, con ello, alteradas nuestras capacidades de relación con nosotros mismos, con los demás, con las cosas y, por supuesto, con Dios.
El mal padecido nos ha dejado heridas más traumáticas de lo que pensamos. 🔗
En su origen más remoto, esto se explica por la entrada del pecado en el mundo tras el pecado original. Este pecado alteró el orden establecido por Dios y, como resultado, distorsionó su creación para todos los tiempos en todos los hombres. Santo Tomás de Aquino, cuando habla del impacto de esta disrupción, la compara con una herida, de modo que, al igual que ésta produce la desorganización en el regular funcionamiento del cuerpo sano, el pecado rompe la armonía en las inclinaciones de las facultades del hombre[1].
La parábola del Buen Samaritano (Lucas 10, 30-37) lo expresa muy bien. Recordemos un segmento: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto (…) Pero un samaritano que iba de viaje llegó a donde estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”.
Generalmente, cuando leemos este evangelio, nos fijamos más en lo que provoca esta pedagogía de Jesús y que responde a la pregunta ¿Quién es mi prójimo? Sin embargo, la imagen que deja Jesús también tiene un grado de detalle enorme en el que merece la pena detenerse para percibir cómo Dios actúa para sanar la raíz de nuestro padecimiento.
Las referencias que usa Jesús en la parábola son muy específicas: “lo desnudaron” (le quitaron lo que lo revestía y lo protegía; su dignidad, su inocencia…); “molido a palos” (los palos de la vida); “se marcharon” (lo agredieron y lo abandonaron); “dejándolo medio muerto” (la situación es crítica). Entonces, llega un Samaritano, se compadece, se acerca y comienza un proceso de sanación sobre el malherido.
Ese tirado del camino somos todos nosotros en mayor o menor medida y necesitamos que el Samaritano venga a curarnos las heridas para poder volver a la vida. En algunos casos, el mal que hemos padecido nos puede haber dejado en un estado de tal calibre que nos encontramos moribundos, casi sin vida.
El trauma🔗
En una ocasión contaba el sacerdote dominico, Chus Villarroel[2], que él vivió lo siguiente con una mujer a la que fue a confesar: Cuando llegué allí, me encontré en la cama una señora de cincuenta años con cáncer que me pareció la mujer más guapa que había visto yo en mi vida. Pues esta señora había sido una señora despendolada toda la vida, con nada de moral, pero protegida en el corazón por el Espíritu Santo porque hizo muy poca falta pronunciar la palabra de Dios delante de ella para que “se la comiera”. Pues esta mujer, al final, porque la confesión duró seis visitas, hablando y hablando y hablando, me di cuenta de que había una referencia fundamental en esa vida; había un punto de concentración del cual emanaba y brotaban actitudes; una serie de actitudes… le pregunté “pero a ti, tú, algo te ha pasado en la vida”, algo de lo que te defiendes; dijo que no lo sabía. Al cabo de dos o tres días de confesión y de orar un poco me lo dijo: “ahora me doy cuenta, pero no me había dado cuenta durante toda la vida”. Cuando nació esta niña, murió su madre. Un día jugando esta niña (era una familia muy rica), jugando tiró no sé qué cosas y, entonces, pues una de las empleadas; una de las criadas dijo a la otra; “pero cómo no va a ser mala esta niña, si mató a su madre al nacer”. Entonces eso se le quedó grabado en el alma y, al final de los días, descubrió que necesitaba esa sanación (esa es la sanación que hace la unción de los enfermos). De sanaciones profundas habla Santo Tomás; las reliquias del pecado; el pecado tuyo o del que cometen otros sobre ti; esta mujer pues se dio cuenta al final de sus días que esa palabra la había matado.
Si entendemos bien el concepto de trauma, podemos comprender mejor nuestra condición de seres traumatizados. Según la primera acepción facilitada por el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, trauma sería toda situación de choque emocional que produce un daño duradero en el inconsciente. La segunda acepción también es esclarecedora: emoción o impresión negativa, fuerte y duradera.
Como podemos ver en la situación que relataba este sacerdote, todos los elementos del trauma estaban presentes en la situación de aquella mujer. Esta persona había quedado traumatizada por una afirmación que se había introducido en su interior como una mentira (choque emocional); que había producido un daño (le había quitado la vida) que se había enquistado toda la vida (duradero) y había permanecido velado para la propia persona (inconsciente). Cuando esta mujer lo experimentó ella era una niña, dotada de mucha inocencia aún, por lo que no había desarrollado recursos para protegerse de un mal así y reconducirlo de la forma adecuada (al igual que en la parábola, a su manera, estaba desvalida), de modo que no pudo filtrarlo y se tragó aquellas palabras, las cuales claramente le sentaron mal, le hicieron mucho mal, porque afectó a su identidad para siempre (de un momento a otro, se había convertido en una hija culpable de haber asesinado a su madre. Esa vida despendolada seguramente fue una huida del dolor; una búsqueda en placeres provisorios del amor que perdió, etc.).
Un profesional de la psicología al hablar de los traumas del pasado y su efecto en el presente describía la mecánica del trauma y su impacto de una manera muy esclarecedora: El ser humano es capaz de procesar o de asimilar las cosas que le suceden en la vida y de llegar a encontrar una solución adaptativa para cuanto le ocurre. Pero hay momentos en que la mente humana no es capaz de realizar ese trabajo. El motivo por el que se produce ese bloqueo es, bien porque el suceso es demasiado impactante para la persona; bien porque el suceso no es tan fuerte, pero ocurrió en una etapa infantil del individuo que no era capaz de entender o de comprender lo que estaba sucediendo y por ese motivo no podía asimilarlo; o bien porque son experiencias que no son demasiado dañinas, pero que se repiten de forma paulatina durante muchos episodios de la vida de esa persona dejando cierta huella o cierto impacto de tipo traumático en él [3].
Otro profesional, en la misma línea, extiende la comprensión de este concepto al decir: toda aquella experiencia que supere la capacidad de gestión de la persona y que, en consecuencia, desemboque en una manera de pensar, sentir y actuar disfuncionales frente a las experiencias del día a día, se puede enfocar como trauma.
La indagación como comienzo del proceso de sanación🔗
Del mismo modo que un médico (el Samaritano se comporta como tal, aunque no lo sea, significando que todos somos médicos de los demás) indaga en la raíz (que por su propia definición permanece oculta, bajo capas de sedimentos) del mal de su paciente para curarlo, hemos de mirarnos a nosotros mismos para entender cuál fue el mal padecido que nos dejó malheridos y disfuncionando.
Solo después de un cierto proceso de indagación interior podemos llegar a levantar los velos bajo los cuales permanecen ocultos los traumas padecidos y que no fueron afrontados a tiempo o de la manera adecuada.
Si nos fijamos en la parábola, el paciente está “medio muerto” y no podía caminar por sí mismo (estaba tirado, se lo llevó en su cabalgadura), de modo que podemos inferir que seguramente estaba inconsciente o poco consciente, aparte de paralizado. El matiz es relevante: nosotros vivimos de forma parecida; hemos podido recibir algunos palos que, pese a que nos han dejado postrados en una situación de cierta disfunción, sin embargo no acabamos de ser conscientes de lo que causó nuestro padecimiento actual.
La razón por la que esta inconsciencia ocurre es multi causal, ya que puede estar enmascarada por distintas razones: auto protección cerebral (shock); creencias (quien debía cuidarme – como las criadas en la historia – no lo hizo); etc.
La relativización del padecimiento🔗
Uno puede pensar que su caso no es como el relatado en la historia de la mujer o en la parábola, pero eso no es cierto, todos somos seres traumatizados en mayor o menor medida. Lo que puede diferir es la intensidad del trauma, pero hasta que este no aflora, no podemos tratarlo, por lo que un trabajo de atención ante nuestro comportamiento y de posterior indagación interior es necesario justamente porque permanece oculto.
Dios acude en auxilio🔗
Pero esto no debemos hacerlo solos, necesitamos al Samaritano. Necesitamos que el Samaritano pase, se compadezca; se acerque; nos vende las heridas; nos cargue sobre sí; nos lleve a una posada y nos cuide primero Él para luego dejarnos a cargo de otros que gasten su vida por nuestro cuidado. Si nos fijamos, en las acciones del Samaritano está expresado el ser de Dios: Él no pasa de largo como otros; nos ve postrados en el camino; se compadece de nuestro sufrimiento y se acerca (piensa en el espíritu defensor que te habita desde tu bautismo; en la eucaristía – «una palabra tuya bastará para sanarme«, decimos – y la confesión como sacramentos viáticos; en la oración como escucha terapéutica y enseñanza rehabilitadora); nos protege con su vendas; carga sobre sí nuestros sufrimientos (la cruz, sus heridas nos curaron dice la Escritura); y nos lleva a una posada como quien iba antaño a las casas de reposo (sanatorios); para finalmente encomendarnos a otro para que colabore en los cuidados (la Iglesia y otras personas no creyentes de las que se vale Él para nuestra sanación) hasta que Él vuelva para nuestra sanación completa en el cielo.
Como hizo Jesús con la Samaritana al señalarle que en su comportamiento errático estaba la manifestación de una sed profunda e imposible de satisfacer humanamente, será Él quien mejor nos muestre nuestras heridas del pasado si se lo pedimos. Como en la experiencia que compartió Chus Villarroel, es Él quien hará aflorar lo que que hasta, entonces, nadie, ni tú mismo, se había tomado la molestia, o no había tenido el poder, de hacer emerger para poder atenderlo.
Puede ser desconcertante pensar por dónde o cómo empezar, pero Dios viene en nuestro auxilio.
Basta con dirigirnos a Él con acto de fe y presentarle nuestra realidad, para luego confiar en el proceso.
Puedes empezar con una interpelación sincera y auténtica: “Señor, muéstrame las situaciones que sufrí y que aún hoy me están afectando y de las que no soy consciente”; “Señor, noto los síntomas de algo que no va bien desde hace tiempo, pero no sé qué es, muéstramelo. Hazme un escáner; auscúltame[4], examíname, diagnostícame”; como al doctor que se le pregunta “No sé qué me pasa, doctor”; una jaculatoria que podamos repetir: “Señor, sana mi corazón. Sé que lo harás”. O, también otras similares a esta: “Señor, mándame posaderos que sigan tus instrucciones y me hagan las curas para que pueda recuperar la vida que me falta”.
[1] https://www.gratisdate.org/texto.php?idl=17&a=421
[2] https://gratuidad.com/09_Ejercicios/060601_Lerma/01_Nos_hablo_de_muchas_maneras.mp3
[3] https://gabinetpsicologicmataro.com/los-traumas-del-pasado-y-su-efecto-en-el-presente/
[4] Aplicar el oído a la pared torácica o abdominal a fin de explorar los sonidos o ruidos anormales o patológicos producidos en los órganos que hay en esas cavidades.
