Recordar la acción de Dios en nuestra historia es un hábito transformador dentro del discipulado cristiano porque nos mantiene continuamente en la dinámica de la salvación al recordarnos, de manera concreta, cómo actúa el amor de Dios en nosotros.
Así es, de hecho, Dios nos da una pauta muy clara: que, para mantenernos a salvo, recordemos continuamente todo lo que hace y ha venido haciendo por nosotros y en nosotros. A esto lo podemos llamar también hacer memoria de salvación.
Hacer memoria de salvación es traer al presente el recuerdo de la continua acción salvadora de Dios que viene teniendo lugar en nuestra vida desde siempre.
Es esto tan importante que hay que hacerlo de manera constante. Es una instrucción operativa que Dios nos da: un hábito que adquirir, integrar y mantener de continuo para nuestro bien. Cabría decir que para hacer viable la vida verdadera a la que nos llama.
En la Palabra de Dios encontramos el fundamento de hacer memoria de salvación. Está particularmente bien expresado en el capítulo 8 del libro del Deuteronomio, donde el Señor no solo nos da esta instrucción para que lo hagamos, además, nos enseña cómo reconocer su presencia salvadora en nuestra historia, casi como si de un caso práctico se tratara. Dice este texto:
Observaréis cuidadosamente todos los preceptos que yo os mando hoy, para que viváis, os multipliquéis y entréis a tomar posesión de la tierra que el Señor prometió con juramento a vuestros padres.
Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, para probarte y conocer lo que hay en tu corazón: si observas sus preceptos o no.
Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres, para hacerte reconocer que no solo de pan vive el hombre, sino que vive de todo cuanto sale de la boca de Dios. Tus vestidos no se han gastado ni se te han hinchado los pies durante estos cuarenta años. Reconoce, pues, en tu corazón, que el Señor, tu Dios, te ha corregido, como un padre corrige a su hijo, para que observes los preceptos del Señor, tu Dios, sigas sus caminos y lo temas.
Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra buena, tierra de torrentes, de fuentes y veneros que manan en el monte y la llanura, tierra de trigo y cebada, de viñas, higueras y granados, tierra de olivares y de miel, tierra en que no comerás tasado el pan, en que no carecerás de nada, tierra que lleva hierro en sus rocas y de cuyos montes sacarás cobre, entonces comerás hasta saciarte, y bendecirás al Señor, tu Dios, por la tierra buena que te ha dado.
Guárdate de olvidar al Señor, tu Dios, no observando sus preceptos, sus mandatos y sus decretos que yo te mando hoy. No sea que, cuando comas hasta saciarte, cuando edifiques casas hermosas y las habites, cuando críen tus reses y ovejas, aumenten tu plata y tu oro, y abundes en todo, se engría tu corazón y olvides al Señor, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con serpientes abrasadoras y alacranes, un sequedal sin una gota de agua, que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres, para afligirte y probarte, y para hacerte el bien al final.
Y no pienses: “Por mi fuerza y el poder de mi brazo me he creado estas riquezas”. Acuérdate del Señor, tu Dios: que es él quien te da la fuerza para adquirir esa riqueza, a fin de mantener la alianza que juró a tus padres, como lo hace hoy. Si olvidas al Señor, tu Dios, y vas en pos de otros dioses y les das culto, postrándote ante ellos, yo os aseguro hoy que pereceréis sin remedio. Lo mismo que las naciones que el Señor va a destruir ante vosotros así os destruirá también a vosotros, por no haber obedecido la voz de vuestro Dios.
Si en el capítulo ocho encontrámos un texto especialmente motivador y aleccionador sobre el peligro de olvidar para quien debe tomar conciencia, previamente, en el capítulo seis, se estipulaba el primer mandamiento y, con gran elocuencia, se hacía énfasis en la necesidad de tenerlo presente continuamente:
Estos son los preceptos, los mandatos y decretos que el Señor, vuestro Dios, me mandó enseñaros para que los cumpláis en la tierra en cuya posesión vais a entrar, a fin de que temas al Señor, tu Dios, tú, tus hijos y tus nietos, observando todos sus mandatos y preceptos, que yo te mando, todos los días de tu vida, a fin de que se prolonguen tus días. Escucha, pues, Israel, y esmérate en practicarlos, a fin de que te vaya bien y te multipliques, como te prometió el Señor, Dios de tus padres, en la tierra que mana leche y miel. Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Estas palabras que yo te mando hoy estarán en tu corazón, se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado; las atarás a tu muñeca como un signo, serán en tu frente una señal; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portales.
Es notable el esfuerzo que hace la Palabra en que nos quede claro que debemos llevar grabado el amor a Dios en todo momento y circunstancia. Hasta el punto de ser mandato; de requerir emplear el ser entero; de considerarlo en relación con todas las fuerzas humanas; de llevarlo atado cual pulsera en la muñeca para evocarlo continuamente (a modo de post it diríamos hoy día). En definitiva, de tenerlo como frontispicio, es decir, en palabras del Deuteronomio, de ser una señal en la frente y marca en el frontal de los portales y las jambas. Lo que configura debe estar al frente en toda circunstancia.
La memoria de salvación nos mantiene a salvo🔗
Este texto deja claro que el fundamento y finalidad de esta instrucción radica en conservar y no perder la vida que viene de Dios, que debe mantenerse a base de recordar lo que Él hace continuamente en tu vida.
Porque si dejas de recordar, acabarás olvidando y, si olvidas, suceden dos cosas: por un lado, tu corazón se engría, es decir, se vanagloria o endiosa de sí mismo apropiándose de lo que Dios había hecho en ti y por ti; por el otro, acabarás buscando cubrir tus nuevas necesidades en mundanidades que prometen lo que no pueden ofrecer, pues la plenitud de la salvación solo puede venir de Dios. Si extractáramos esta clave del texto original, quedaría así:
Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos (…) años por el desierto (…) Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra buena (…) en que no carecerás de nada (…) Guárdate de olvidar al Señor, tu Dios, no observando sus preceptos, sus mandatos y sus decretos que yo te mando hoy. No sea que (…) se engríe tu corazón y olvides al Señor, tu Dios (…) Y no pienses: “Por mi fuerza y el poder de mi brazo me he creado estas riquezas”. Acuérdate del Señor, tu Dios: que es él quien te da la fuerza para adquirir esa riqueza, a fin de mantener la alianza que juró a tus padres, como lo hace hoy. Si olvidas al Señor, tu Dios, y vas en pos de otros dioses y les das culto, postrándote ante ellos, yo os aseguro hoy que pereceréis sin remedio
No solo dice que recordemos, nos enseña a hacerlo🔗
Pero en esta Palabra del Deuteronomio, Dios no solo nos da la instrucción de lo que hay que realizar, también nos instruye en cómo llevarlo a cabo. Para ello, Él mismo les viene a explicar a los miembros del pueblo de Israel que recuerden los eventos que tuvieron lugar en su historia y especifica los aspectos o momentos que deben tener presentes habitualmente para que no se descentren. Es como si nos pusiera un ejemplo para que entendamos cómo hacerlo luego nosotros:
(…) te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres, para hacerte reconocer que no solo de pan vive el hombre, sino que vive de todo cuanto sale de la boca de Dios. Tus vestidos no se han gastado ni se te han hinchado los pies durante estos cuarenta años (…) que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con serpientes abrasadoras y alacranes, un sequedal sin una gota de agua, que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres, para afligirte y probarte, y para hacerte el bien al final.
Si te fijas, Dios va tocando distintos aspectos que nos sirven para empezar a practicar y hacer nuestro recorrido personal por nuestra propia historia para descubrir su constante mano salvadora: el alimento físico, pero también las palabras (valores, creencias, principios), que te han ayudado a vivir correctamente; los vestidos (las cosas que te han arropado); los caminos que has hecho sin desgastarte; las cautividades de las que te has ido liberando (adicciones; falsas creencias; dependencias personales, etc.); peligros externos que has superado (acontecimientos que sobrevinieron; personas que te podían hacer daño, etc.); la sed calmada (anhelos colmados de crecimiento; de afecto, etc.)…
Se trata, por tanto, de ver la mano salvadora de Dios en todo tipo de detalles, unos más aparentes o notorios que otros, pero en todos se advierte la intervención de Dios, aunque sea a posteriori (algo muy normal, por otro lado, pues Dios pasa y se le suele descubrir, a menudo, cuando ya ha pasado, dejando su rastro).
La tentación de atribuirnos el éxito cuando nos va bien🔗
En esta lectura, además, El señor te avisa de que, cuando las cosas te vayan bien, tras haber recorrido un camino de dificultades de las que has ido saliendo airoso gracias a Él, no te olvides de que todo ello fue por Él y no por ti mismo.
Y es que el mayor riesgo que corremos los creyentes es olvidarnos de quién es nuestro Salvador (lo que, muchas veces, no es que se olvide, es que hay que descubrir que tenemos un Salvador), lo cual sucede, sobre todo, cuando nos va bien:
(…) Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra buena, tierra de torrentes, de fuentes y veneros que manan en el monte y la llanura, tierra de trigo y cebada, de viñas, higueras y granados, tierra de olivares y de miel, tierra en que no comerás tasado el pan, en que no carecerás de nada, tierra que lleva hierro en sus rocas y de cuyos montes sacarás cobre, entonces comerás hasta saciarte, y bendecirás al Señor, tu Dios, por la tierra buena que te ha dado (…)
Cuando nos va bien, tendemos a olvidarnos de Dios y caemos en el auto engaño de pensar que todo ha sido por nuestro propio mérito y esfuerzo personal como si el Señor no hubiera hecho nada al respecto para que ello tuviera lugar. Nos olvidamos de que somos cooperadores de una gracia previamente recibida:
17 Y no pienses: “Por mi fuerza y el poder de mi brazo me he creado estas riquezas”. 18 Acuérdate del Señor, tu Dios: que es él quien te da la fuerza para adquirir esa riqueza, a fin de mantener la alianza que juró a tus padres, como lo hace hoy.
Y es que el problema de olvidar a Dios es que acabaremos buscando en los ídolos lo que solo puede darnos Él.
Un ídolo es una cosa a la que le atribuimos efectos o propiedades divinas, pese a que carece de toda capacidad para dar nada con la dimensión o alcance en que se espera:
Si olvidas al Señor, tu Dios, y vas en pos de otros dioses y les das culto, postrándote ante ellos, yo os aseguro hoy que pereceréis sin remedio. Lo mismo que las naciones que el Señor va a destruir ante vosotros, así os destruirá también a vosotros, por no haber obedecido la voz de vuestro Dios.
El ídolo más famoso del Éxodo es el becerro de oro que el pueblo de Israel construye en ausencia de Moisés. Esto sucede pese a la experiencia reciente de haber sido liberados de la opresión de Faraón y haber abierto el Mar Rojo cuando eran perseguidos nuevamente por ese Mal. Dios que, precisamente, los había liberado de la opresión de este gobernante que se creía un semidiós (que bien podría representar ese engreimiento y endiosamiento propios); que precisamente daba culto a divinidades que nada podían hacer por la humanidad y que, desde luego, nada hicieron por el Pueblo de Israel si no, más bien, oprimirlo. De hecho, estas divinidades falsarias, cuando llegó el momento de ser probadas, no pudieron hacer frente a la acción salvadora de Dios (las plagas y prodigios que anunció e hizo Moisés ante Faraón).
La salvación “ordinaria” es por la Ley🔗
En el texto hay algo más aún que puede chocarnos de primeras. Dios no solo nos salva mediante intervenciones ordinarias y extraordinarias ante eventos de peligro o para una subsistencia material; nos salva principalmente a través de los mandamientos que configuran la vida verdadera. Por eso, en la cabecera de esta palabra del Señor del Deuteronomio se sitúa una aseveración en tal sentido como clave de bóveda de todo:
Observaréis cuidadosamente todos los preceptos que yo os mando hoy, para que viváis, os multipliquéis y entréis a tomar posesión de la tierra que el Señor prometió con juramento a vuestros padres. Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, para probarte y conocer lo que hay en tu corazón: si observas sus preceptos o no (…) no observando sus preceptos, sus mandatos y sus decretos que yo te mando hoy (…) pereceréis (…) por no haber obedecido la voz de vuestro Dios.
La insistencia de Dios en los preceptos y en los mandamientos radica en que el ser humano ha sido creado con una configuración predeterminada. Cuando se desconfigura es porque no ha seguido el manual de instrucciones divino en algún aspecto. En tal caso, entonces, toca volver; dar pasos atrás; ver qué ha sucedido y entender dónde se produjo el desvío para retomar el camino:
te ha hecho recorrer estos (…) años (…) para conocer lo que hay en tu corazón: si observas sus preceptos o no (…).
Si te fijas, esto es lo que hace un padre con un hijo: le enseña a vivir con pautas concretas que le recuerda una y otra vez al tiempo que lo auxilia y suministra para él, de modo que no le falte nada que no pueda proveerse por sí mismo.
No se trata, por tanto, de no olvidar a Dios (sería una conducta de mínimos); se trata de recordarlo constantemente, pues solo así podemos hacer presente en nuestra conciencia el continuo amor que nos tiene; el poder con el que actúa y la intervención permanente que Él es y desea ser en nosotros.
Cuanto más recordemos lo que de tantas maneras hace Dios por nosotros, más crecerá nuestra fe en Él; más aumentará nuestro afecto por Él; y más esperanza nos inspirará.
