Cuatro razones que nos motivan a hacer memoria de salvación

Los seres humanos nos movemos por la atracción de bienes apetecibles, por eso solemos necesitar buenas razones que nos motiven a hacer algo.

Si por algo se caracteriza el discipulado de Jesús o el apostolado de San Pablo y los Papas es por el enorme esfuerzo pedagógico que hacen explicar la lógica de Dios.

Con la memoria de salvación sucede lo mismo. Podemos apetecer más su realización si entendemos su importancia desgranada en varias razones. Concretamente, podemos apreciar, al menos, cuatro.

La memoria de salvación facilita el cumplimiento del primer mandamiento porque pone a Dios como la raíz🔗

La razón primordial por la que hemos de hacer memoria de salvación es porque así cumplimos el primer mandamiento: amar a Dios sobre todas las cosas con toda nuestra mente, con todo nuestro afecto y con toda nuestra voluntad.

El motivo de poner a Dios en el centro de toda nuestra realidad personal como el principio y el fin en el que deben encontrar su origen y al que deben dirigirse todas nuestras acciones, decisiones, pensamientos y palabras tiene su razón de ser en que así es como todas las cosas de nuestra realidad personal adquieren el orden adecuado, ya que así cada una encuentra su lugar correcto y su justa medida.

Cuando estamos orientados a Dios, estamos en contacto con Él continuamente. Pasar tiempo con el Primer Amor es lo que nos permite amar de manera real. Dios es el Primer Amor de toda persona tanto por el mero hecho de haber sido creada por Él como porque todo su horizonte se sigue sosteniendo adecuadamente en tanto cuanto se orienta a Él.

Hacer memoria de salvación es una forma de orar motivadora porque repasamos nuestra realidad vivida al tiempo que nos desvela a Dios🔗

Otra razón que nos puede motivar a hacer de la memoria de salvación un ejercicio constante es que así encontramos una manera de relacionarnos con Dios desde nuestra propia realidad.

La memoria de salvación comprende un elemento objetivo y otro subjetivo. Subjetivamente supone a Dios como autor de nuestra salvación y a nosotros como destinatarios de ella. Objetivamente comprende la acción salvadora de Dios sobre nuestra realidad.

Al ser la realidad personal de nuestro yo la que está en el centro de la oración junto a la de Dios, rezar se vuelve una fuente de motivación enorme.

Delante de Dios vamos desvelando su paso y nos vamos reconociendo con el paso del tiempo, pues nuestro yo se va desvelando a través de las continuas acciones salvadoras con las que Dios nos bendice.

Esto hace que, además, el tiempo pase volando mientras estamos recordando lo que continuamente hace Dios por nosotros, de modo que reduce la fricción para adquirir y mantener el hábito de oración, el vínculo que une al sarmiento con la vid.

La memoria de salvación hace crecer nuestra fe🔗

La memoria de salvación nos une más a Dios y, por ello, hace crecer nuestra fe. Al contemplar el paso del Señor en innumerables acontecimientos, aprendemos a contar con Él para lo sucesivo. De este modo, comenzamos a entregarle a Él todo cuanto nos acontece.

Como si de un entrenamiento se tratara, cuanto más presente tenemos al Señor, más nos capacitamos para afrontar las realidades, a menudo desafiantes, desde la confianza.

Es una confianza tomasiana. El apóstol Santo Tomás necesitó experimentar primero por sí mismo el culmen de la obra de Dios, es decir el Jesús resucitado (cuya apariencia y propiedades habían cambiado). A partir de su experiencia personal de primera mano, Santo Tomás ya pudo vivir en la confianza perenne haciendo vida la proclamación de Jesús: dichosos los que creen sin ver.

Cuando te habitúas a reconocer la constante acción de Dios en tu realidad, te acostumbras a vivir desde la confianza. A partir de ahí brota la paz y la libertad de saber que Dios camina con nosotros de forma activa. La tranquilidad de Jesús en medio de la tormenta es la imagen de cómo podremos vivir si ponemos nuestra confianza en Él. No habrá tempestad que pueda eliminar la tranquilidad de saber que todo está en sus manos.

Sin la memoria de salvación no podemos evangelizar porque no podemos transmitir a quien no hemos reconocido previamente🔗

Dice el punto segundo de la constitución dogmática Dei Verbum que el plan de Dios de revelarse al ser humano para que este pudiera vivir en amistad con Él, siendo beneficiario de las inestimables ventajas que tal amistad supone que se realiza con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas.

Dei verbum nos enseña la maravillosa dinámica de la salvación. Cómo las palabras de Dios quedan confirmadas por su propio obrar y cómo el obrar divino se manifiesta en palabras. De hecho, es en el pesebre donde podemos reconocer que Jesús es la Palabra encarnada sin necesidad de mayor palabra; El Niño es, ante todo, la Palabra puesta por obra (al principio era la Palabra, dirá San Juan evangelista).

Por su parte, en el número 22 de la exhortación apostólica Evangelium Nuntiandi el maravilloso Papa San Pablo VI dice que la Buena Nueva debe ser proclamada en primer lugar, mediante el testimonio, pero que, sin embargo, esto sigue siendo insuficiente, pues el más hermoso testimonio se revelará a la larga impotente si no es esclarecido, justificado —lo que Pedro llamaba dar «razón de vuestra esperanza»—, explicitado por un anuncio claro e inequívoco del Señor Jesús. La Buena Nueva proclamada por el testimonio de vida deberá ser pues, tarde o temprano, proclamada por la palabra de vida. No hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios.

En la acción evangelizadora de los bautizados, como continuadores que colaboran en su tiempo con el obrar divino, el testimonio, es decir, la obra, es primero y esencial; pero no menos fundamental es la palabra que debe seguirla inexorablemente. El testimonio de las obras es inescindible del testimonio de la Palabra.

Testimonio es la manifestación que realiza el testigo sobre lo que ha visto y oído. Por tanto, cuando testimoniamos, en gran medida, hacemos una recuperación de las intervenciones divinas experimentadas para poder darlas a conocer.

Es el propio versículo 16 del salmo 65 el que nos lo confirma: “venid a escuchar, os contaré lo que ha hecho conmigo”.

Poner palabras a la experiencia salvadora de Dios a nivel personal es lo que posibilita poder expresar en palabras aquella experiencia precisamente.

Generalmente, el Cristo que conozco es el que voy a poder transmitir. Si no sé lo que ha hecho conmigo, no lo podré transmitir. Para saberlo, habré de recoger, repasar, identificar y fijar el recuerdo de su paso. Sin hacer memoria de salvación no podemos evangelizar con eficacia porque no habremos reconocido aún el efecto de Dios en nuestras vidas.

Esta es justamente la clave esencial del Magníficat de la Virgen. María, nada más conocer el designio divino de ser portadora de la encarnación del Señor, visita a su prima Isabel y lo primero que hace es transmitir la obra de salvación del Señor que en ella se realiza de manera proverbial:

«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia —como lo había prometido a nuestros padres— en favor de Abrahán y su descendencia por siempre».

En María encontramos el perfecto cumplimiento del magisterio eclesial antes citado junto a lo que veníamos exponiendo: en su realidad (ha visto la humillación de su esclava); ella reconoce la acción salvadora de Dios (el Poderoso ha hecho obras grandes en mí) y comunica que esta intervención divina que ella experimenta, en realidad, es el plan de salvación es para todos (Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia —como lo había prometido a nuestros padres— en favor de Abrahán y su descendencia por siempre).

Una vez más, María, nuestra maestra. También en hacer memoria de salvación. Siendo ella maestra, pidamos su intercesión para aprender a realizarla.