Falsa evangelización

Si evangelizar es toda circunstancia que posibilita un encuentro con Dios o un crecimiento en Él, puede haber situaciones que lo aparenten, pero no resulten evangelización.

No se puede anunciar a Dios de una manera contraria a Dios (Papa Francisco)

Para evitar desviaciones y actuar con autenticidad, conviene revisar si lo que nos mueve sigue criterios de una auténtica evangelización.

El proselitismo como transformación del medio en fin en sí mismo🔗

El proselitismo, siguiendo la definición clásica, sería el celo por ganar prosélitos, es decir, seguidores, para su incorporación a un colectivo u organización (adeptos se diría en otro tiempo).

Actualmente, la palabra proselitismo puede resultar equívoca, puesto que ha ido adquiriendo una connotación negativa. Sin embargo, en su acepción primigenia no era así y San Pablo la usa en sus cartas para referirse a las nuevas incorporaciones.

Convocar a otros para que puedan incorporarse a una estructura que facilite su unión con Dios es una forma de apostolado natural y de por sí loable y necesaria.

Sin embargo, cuando el fin primordial no es que la persona se encuentre con Dios, sino aumentar el número de prosélitos que se unen a un colectivo; entonces, el medio se convierte en fin y se desvirtúa por completo la legitimidad del apostolado. El proselitismo así entendido es una forma nefasta de entender la evangelización.

El punto ciego de esta aproximación pasa muy desapercibido porque suele estar enmascarado por buenas razones: creer que se tienen los mejores medios; que se podrán ofrecer las amistades más adecuadas para rodear a los destinatarios del confort necesario; que estos dispondrían de estructuras a las que ellos ya pertenecen y que les parecen las óptimas para llevar a un alma a la santidad, etc.

Como vemos, todo buenas razones, aunque no exentas de ciertas carencias. Efectivamente, a menudo, quienes así evangelizan ni siquiera conocen otra forma de hacer apostolado y, a menudo, tampoco conocen en detalle otros ámbitos de la Iglesia que podrían decir exactamente lo mismo de sus propias organizaciones. Un sinsentido. En este punto, siguen consignas recibidas de otros, pero no al Señor. La ausencia de discernimiento es muy notable en estas situaciones.

Ciertamente, como los recursos y el medio propios que se ofrecen son legítimos, es necesario discernir bien qué razón nos mueve realmente para proponerlos y si es la adecuada.

Cuando hacemos de la incorporación a nuestro espacio de fe la condición sine qua non de nuestra evangelización perdemos la gratuidad; perdemos de vista que somos miembros de un mismo cuerpo y, a menudo, cosificamos al destinatario, el cual queda descartado una vez que vemos que no se incorporará a “nuestro” espacio de fe.

Esta idolatría sobre lo propio (en el sentido de que lo nuestro es lo mejor, por no decir lo único aceptable), conlleva ignorar el obrar de Dios en el resto de miembros de la Iglesia y, por tanto, desconoce que el Cuerpo Místico de Cristo está integrado por todos los miembros y no solo por algunos. Más aún, que el Espíritu Santo actúa por medio de todos y no solo de algunos.

San Pablo realizó una fuerte interpelación acerca de esta cuestión en su carta a los Corintios lo que revela que la problemática se manifestó muy pronto: Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, aunque son muchos, constituyen un solo cuerpo, así también es Cristo. Pues por[a] un mismo Espíritu todos fuimos bautizados en un solo cuerpo, ya judíos o griegos, ya esclavos o libres, y a todos se nos dio a beber[b] del mismo Espíritu. Porque el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos. Si el pie dijera: Porque no soy mano, no soy parte del cuerpo, no por eso deja de ser parte del cuerpo. Y si el oído dijera: Porque no soy ojo, no soy parte del cuerpo, no por eso deja de ser parte del cuerpo. Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿qué sería del[c] oído? Si todo fuera oído, ¿qué sería del[d] olfato? Ahora bien, Dios ha colocado a cada uno de los miembros[e] en el cuerpo según le agradó. Y si todos fueran un solo miembro, ¿qué sería del[f] cuerpo? Sin embargo, hay muchos miembros, pero un solo cuerpo. Y el ojo no puede decir a la mano: No te necesito; ni tampoco la cabeza a los pies: No os necesito.

El apóstol de los gentiles es muy luminoso en esto. En realidad, nos está hablando de una soberbia institucionalizada. Un nuevo movimiento o comunidad o grupo de fe parroquial que está teniendo éxito puede llegar a pensar que toda la Iglesia debería ser como es él, de modo que la apreciación de Pablo de que «si todo fuera oído qué sería del olfato» está muy bien traída. En el mismo sentido, afirma que el ojo no puede decir a la mano que no la necesita y de la misma manera la cabeza a los pies.

Este proselitismo implica convertir el medio en un fin y buscar la pertenencia por encima del discernimiento de lo que quiere Dios tanto del evangelizador como del evangelizando, sacrificando no solo la libertad de la persona destinataria; sino también el enriquecimiento del resto de la Iglesia y del Cuerpo de Cristo (uno es cabeza, otro mano, otro pie…) y el propio crecimiento y enriquecimiento personal del evangelizador, el cual puede necesitar experimentar la gratuidad del servicio en mucha mayor medida para vivir las cosas según Dios. Sin gratuidad no amamos ni evangelizamos a imagen de Dios.

Cuando evangelizamos debemos buscar la voluntad de Dios sobre nosotros como evangelizadores (¿Qué quiere Dios de mí en relación con esta persona? y sobre el evangelizando (¿Qué necesita realmente esta persona?).

Está bien tener tendencia a ofrecer nuestros medios, pues los valoramos como inmenso don del Señor, pero estos no siempre tienen por qué ser los más adecuados para la persona necesariamente. Es posible que a alguien le venga especialmente bien otro ámbito de Iglesia por su estilo, su carisma o su especialización en cierto aspecto.

En este sentido, es lógico que lo que mejor conocemos es lo que tengamos tendencia a recomendar, pero no dejemos de conocer el resto de la Iglesia; hay personas cuyo lugar es uno diferente a aquel donde hemos encontrado nuestro sitio. Si no conocemos bien el resto del Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia es claro que nuestra evangelización tiene carencias.

Somos engranajes de un mismo mecanismo y las almas no nos pertenecen. Más bien, estamos para servirlas de la mejor manera posible. Un servicio es ayudarlas a encontrar aquello que más les conviene. A veces, lo nuestro no es lo más conveniente.

Pescar en pecera: los troyanos eclesiales🔗

Una nota que debe estar presente en nuestro apostolado es la gratuidad. De modo que actuemos como sembradores que esparcen semillas no solo como cosechadores que recogen lo sembrado por otros.

No, en vano, San Pablo mismo, desde la carta a los Corintios, nos conmina a ello precisamente al invitar a «…dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde…» (1 Corintios 18)

Una fuerte tentación que se manifiesta en el apostolado cuando este adopta la forma de convocatoria (invitación a unirse, a incorporarse o a participar), se se observa cuando un grupo eclesial anda buscando prosélitos en foros eclesiales distintos, muchas veces diocesanos, para unirlos a su colectivo.

Este tipo de praxis bien podría llamarse “pescar en pecera”. Se define porque no reman mar adentro, sino que pescan en un entorno propicio donde la materia prima ya está madura para pasar a su organización. Muchas veces esto supone una auténtica descapitalización del foro eclesial donde se pesca y una auténtica extracción de sus recursos. En lugar de apoyar el foro ajeno en el que están presentes, parecen parasitarlo para sus propios fines.

Como decíamos antes, no siempre será fácil de discernir. A menudo, quienes así se comportan lo hacen porque el foro eclesial donde hacen su proselitismo les parece pobre de recursos y consideran que las almas allí presentes recibirían un acompañamiento y recursos más idóneos en su propio espacio. Pueden estar acertados en el diagnóstico, pero frecuentemente yerran en el tratamiento: optan por llevárselos en lugar de paliar con su contribución personal las carencias del espacio objeto de crítica.

En la Pastoral Universitaria de mi juventud a veces sucedía esto. En una de las situaciones, una religiosa que había ido a ayudar a esta pastoral anduvo cortejando a una de las universitarias (que venía de una situación difícil). Cuando logró su objetivo, desaparecieron las dos y la ayuda a la pastoral universitaria también. Quedó claro el verdadero objetivo de su presencia. Aquella universitaria nunca se consagró. 

Esta forma de actuar es eclesialmente muy deshonesta y genera un gran rechazo y desconfianza en quienes son testigos de esta pauta de comportamiento, lo cual daña la unidad de la Iglesia y su misión. No es lo mismo organizar un evento en el que una realidad eclesial se da a conocer en el foro de otra por haberse concertado así para promover las vocaciones, por ejemplo, que actuar que, pese a ser tan sibilina, nunca pasa desapercibida en el resto de feligreses.

La cosificación y la alienación🔗

El Papa Francisco enseñó magisterialmente en su viaje penitencial a Canadá que no se puede anunciar a Dios de un modo contrario a Dios (Iglesia del Sagrado Corazón de Edmonton (Canadá), 25 de julio de 2022), lo cual es predicable para todo apostolado.

Existe un fenómeno particularmente paradigmático de una evangelización cosificadora y, por tanto, contraria a Dios. Es el denominado «love bombing» (o bombardeo de amor) que conlleva una estrategia de captación con un fuerte componente psicológico. Esto sucede, a menudo, en relación con personas frágiles o dependientes o que se encuentran en un momento de debilidad.

Esta pauta de conducta consiste en inundar a un posible nuevo miembro (el «candidato») con muestras exageradas de afecto, atención personalizada, halagos e invitaciones a planes exclusivos. El objetivo es generar de manera muy rápida un fuerte sentido de pertenencia y validación, lo que relaja las defensas de la persona y la vuelve más receptiva a compromisos profundos.

En estos casos, durante las primeras etapas de acercamiento, los miembros activos reciben la instrucción más o menos explícita o implícita de volcarse por completo en el candidato. Se le hace sentir el centro del universo, una persona «elegida» o especial, creando una dependencia emocional que dificulta decir «no» cuando llega el momento de plantear la incorporación.

El bombardeo de amor se camufla como una amistad sincera y desinteresada. Se invita al joven a retiros, tertulias o excursiones donde todos lo tratan con un entusiasmo desbordante. El candidato asocia inconscientemente al grupo con un entorno seguro, feliz y perfecto, lo que neutraliza cualquier sospecha o crítica externa (incluso las advertencias de su propia familia).

En el momento en que la persona ya no responde a estas seducciones o plantea dudas, los autores de esta estrategia la presionan; la confunden con argumentos idealistas o le retiran automáticamente todas las “ventajas” de que venía disfrutando, lo que confirma la enorme manipulación que existía, dejando así a la persona totalmente desubicada y cosificada. El mensaje que ha recibido entonces ese alma es que solo será merecedora de ese afecto o de ciertos servicios si pertenece al grupo proselitista, pero no, en cambio, si no lo hace, de modo que se pierde la incondicionalidad y gratuitad.

Al desaparecer las notas de gratuidad e incondicionalidad, que son propias de Dios, la evangelización ha quedado totalmente desvirtuada e infecunda. Lograr prosélitos mediante la promesa de seguridades humanas en lugar de ofrecer la seguridad que solo puede otorgar Dios constituye una práctica sectaria y pecaminosa por mucho que se quiera justificar.

Recuerdo una feligresa más joven de nuestra parroquia que se dolía de cómo en el colegio se le habían acercado un grupo de compañeras durante un tiempo mostrando todo este tipo de señales: afecto intenso; atención al detalle; confort emocional, etc. pero cuando quedó claro que ella no se uniría, desaparecieron por completo dejándola muy herida y confundida con sentimientos de cosificación, traición y abandono. Con su edad, además, lo que peor le podía venir.

Las heridas son una de las peores consecuencias, ya que, además de precisar un proceso sanador más intenso; muchas veces alejan a la persona de la fe. Los efectos de estas conductas, además, conllevan una labor del resto de la Iglesia para curar y que la persona que se ha alejado, regrese, pues, como decíamos, frecuentemente son personas frágiles lo cual repercute también en su vivencia de la fe.

Hace años, mi mujer y yo tuvimos contacto con un movimiento de nuevo cuño, originario del sur de España, que se estaba asentando en Madrid. Había elementos de su organización que eran realmente atractivos. Durante un tiempo nos cortejaron e insistieron mucho en darnos una de sus formaciones. Por nuestra parte, dejamos claro que no teníamos intención de unirnos, pero, ante su insistencia; un poco por dejarnos llevar y un poco por la expectativa de que siempre se pueden aprender si hay aportaciones novedosas, accedimos a recibir la formación. En paralelo a dicha formación cada varias semanas, como soy abogado, me invitaron al bufete de uno de ellos; poco a poco, de forma sutil dejaban caer expectativas de ayuda profesional (en esa época, nos encontrábamos esperando al primer hijo; yo ejercía como autónomo por mi cuenta y mis ingresos no alcanzan mil euros mensuales). Pues bien, al cabo de unos meses, terminamos la formación, que era enormemente básica, y confirmamos que veíamos cosas muy interesantes en su forma de vida, pero que no nos uniríamos. A los pocos días, el que lideraba el apostolado me llamó para invitarme a un último café para el día siguiente. A su vez, de víspera, el miembro que era abogado volvió a llamarme por posibles colaboraciones profesionales. Me tomé el café con aquel miembro y volvió a insistir de forma muy directa en lo bien que, a mí en particular, «por mi manera de ser» me vendría unirme (como no disciernen siempre ven la evangelización como una forma de presión), ante lo cual reiteré educadamente que no lo veíamos por nuestro recorrido; nuestra experiencia y por el horizonte que veíamos en esa etapa. En ese momento, como quien se quita una máscara y lanza su ataque final, me vino a decir que por nuestra cuenta teníamos mucho peligro de no hacer la voluntad de Dios. Dicho de otro modo, esta persona cayó en un vulgar chantaje emocional y espiritual. A mí el Señor me había protegido frente a esto con la perspicacia que otorgan los dones de su Espíritu, pero, aún así, fue una experiencia dolorosa. Uno no podía evitar pensar en cuántas otras personas podían sufrir una manipulación similar. Ni qué decir tiene que nunca más nos ofrecieron ninguna ayuda espiritual adicional y, ni qué decir tiene, las supuestas colaboraciones profesionales nunca tuvieron lugar.

Los perniciosos efectos de estas iniciativas🔗

Como venimos apuntando, estas maneras de proceder de ciertos sectores de la Iglesia (cuando está institucionalizada esta forma de actuar) o de personas individualmente tienen importantes consecuencias en los destinatarios.

En ningún caso pueden justificarse formas así de evangelizar porque no buscan la voluntad de Dios. No respetan la libertad humana e instrumentalizan a la misma Iglesia para sus propios fines. Es decir, son todo un pecado por mucho que se quieran revestir de apostolado legítimo.

Este tipo de conductas deben detectarse; denunciarse, rechazarse y, por supuesto, erradicarse de forma análoga a como Jesús expulsó a los mercaderes del Templo, que desvirtuaban el espacio de encuentro entre Dios y los gentiles.