Dios quiere que todos se salven (1 Timoteo 2,4). Cuando Jesús resucitó, comunicó su Espíritu Santo a los apóstoles y lo primero que hizo a continuación fue enviarlos al mundo entero a predicar la Buena Noticia de que el pecado ya no tenía la última palabra sobre el ser humano y a liberar a los oprimidos por el ese mal.
Después, en Pentecostés, el mismo Espíritu Santo constituyó la Iglesia descendiendo sobre los que estaban reunidos. Tras posarse en la casa en la que estaban, los apóstoles inmediatamente salieron al exterior a anunciar la Salvación. Y lo hicieron con una capacidad que no tenían antes de la efusión del Espíritu: la capacidad de hacerse entender por cuantos concurrían en aquel lugar. Gracias a la propia capacitación previa que el Espíritu Santo les había otorgado con sus innumerables dones.
La Iglesia existe por causa de la evangelización y para la evangelización. El Señor instituyó la Iglesia como su Nuevo Pueblo: el lugar y el medio donde se le puede conocer con el mayor alcance aquí en este tiempo terrenal.
Aún más, la Iglesia es el mismo cuerpo místico de Cristo. A través de ella, El mismo Señor sigue evangelizando y continua haciendo su obra por medio de su Nuevo Pueblo, precisamente, por ser su cuerpo místico.
Por eso, la Iglesia es punto de partida y de llegada para unos y otros, ya que, a través de ella anunciamos y en ella encontramos a Cristo. Es por esto que la evangelización es elemento constitutivo de la Iglesia y le da su carácter y su horizonte.
La Iglesia existe no solo para la misión, sino por la misión: es causal, no solo finalista. Esta afirmación nos recuerda el núcleo esencial de la misión eclesial y la importancia de evangelizar hoy en día.
Evangelizar es constitutivo de la fe y de la Iglesia
Evangelizar no es opcional🔗
Si evangelizar es lo constitutivo de la Iglesia y la Iglesia existe para evangelizar, para los bautizados, evangelizar no es una opción, sino que es algo que le es impelido por mor de su propio bautismo; que forma parte de su naturaleza y que es mandatorio para su propia pervivencia.
Cuando Jesús dijo «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Marcos 16,15) no estaba planteando algo opcional, estaba dando una directiva.
No se trató de una imposición de voluntad arbitraria y vacía, es un mandamiento porque informa la Fe y la vertebra. Sin este elemento esencial, la fe se desvirtúa. De algún modo, la evangelización es un vector para que los bautizados mantengan la fe, pero también para que crezcan en ella.
Cuando la Iglesia no evangeliza, deja de ser ella misma
Cuando la Iglesia no evangeliza, deja de ser ella misma o, como decía el Señor, es como si la sal se vuelve sosa; ya no sirve más que para descartarla y ser pisoteada (Mt 5, 13-16).
Efectivamente, habiendo sido creada para posibilitar el encuentro pleno con el Señor, si la Iglesia deja de evangelizar, deja de cumplir la función por la que fue creada; pierde su identidad y deja de ser ella misma. Al perder su identidad, se vuelve sosa (como lo soso que carece de sabor, que es insustancial; o aquel que parece que no tiene nada que decir, que no nos dice nada); pierde su funcionalidad y se vuelve inhábil.
Evangelizar le da su ser a la Iglesia y al Pueblo de Dios
Cuando la Iglesia deja de evangelizar, deja de tener miembros🔗
Al igual que en la parábola de los talentos, el siervo que no puso en juego el talento recibido y decidió enterrarlo porque alegaba tener miedo a arriesgarse, recibió el reproche del Señor. El dueño de la heredad lo confrontó por, al menos, no haber puesto el talento en el banco para que así rindiera intereses, es decir, para que no perdiera valor con la inflación. De esta manera no dejó que se justificara con sus pretextos.
Y es que lo que no se pone a rendir, pierde su valor y se deprecia, de modo que, con el tiempo, acaba desapareciendo. Exactamente igual sucede con los bautizados: si viven su fe de manera rutinaria y ni la comunican ni la testimonian con todo el afecto, el entendimiento y la voluntad, entonces se deprecia y, siendo inservible, no se transmite a las siguientes generaciones y, mucho menos, al resto de sus congéneres. Una fe sosa no tiene capacidad para competir con las seducciones del mundo y del mal. Mientras dejamos de hacer nuestro trabajo, como el siervo infiel, el Demonio nunca deja de hacer el suyo a través de dispersiones; ideologías y mundanidades de todo tipo que impiden u obstaculizan crecimiento personal y comunitario.
Desde ahí entendemos mejor que «al que tiene, se le dará más, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene» (Mateo 25, 14-30), pues, como, en la parábola del sembrador, lo que no cae en tierra buena es llevado por las fuerzas externas, que se lo llevan volando; o ahogado por las dificultades o seco por falta de raíz (Mateo 13:2-9, Marcos 4:1-9 y Lucas 8:4-8), así que se pierde hasta lo que se tiene, al igual que el coste de vida que es la inflación, se lleva por delante el valor de lo atesorado cuando no rinde intereses.
Dicho de otro modo, si no evangelizamos:
- Incumplimos la voluntad de Dios;
- Le restamos su ser a la Iglesia;
- Nuestra fe pierde valor y capacidad de crecer (pues no completa el alcance real de su llamada o se llena de inconsistencias, de manera que no se puede completar, en nosotros, la obra de Dios) y, finalmente,
- Impide su transmisión a las siguientes generaciones.
Es mucho lo que está en juego, pues la salvación personal, comunitaria y de todos los pueblos depende de esta labor esencial.Es muy imporante que los bautizados que componen la Iglesia salgan constantemente de sí mismos al encuentro de los otros para darles a conocer a Jesús y hacerlos crecer en Él. En este sentido, es un auténtico éxodo personal y comunitario. La Iglesia satisfecha de sí misma, carente de un dinamismo exterior, acaba languideciendo.
De ahí que, al tomar conciencia de ello, podamos unirnos a la exclamación de San Pablo sea tan proverbial «¡Ay de mí si no evangelizara!».
