No hay discípulo sin oración. Pero, para quien aún no vive de ella, puede haber aspectos que le venga bien conocer para motivarse y para confirmar lo que ya vive. Podemos interiorizar mejor diferentes aspectos presentes en la oración jugando nemotécnicamente con la letra “P”. Descubrir estos aspectos de la oración nos llevarán a vivir mejor como verdaderos discípulos del Señor:
Paternal: por la oración renovamos nuestra condición de hijos de Dios adquirida en el bautismo. De hecho, en la oración del Padrenuestro comenzamos con una invocación por la que expresamos la paternidad de Dios y toda nuestra oración adicional debe estar revestida de esta condición de hijos (Lucas 15, 11-32).
Prioridad: debemos darle una antelación y un espacio preeminente en nuestra organización diaria a la oración porque la divinización de nuestra alma no es posible sin ella y, por tanto, crecer en la fe, tampoco. Busquemos el reinado de Dios y lo demás se nos dará por añadidura
Personal: la oración es personal en cuanto que es relación con el Señor, quien desea vivir en sociedad con nosotros como dijo Santa Isabel de la Trinidad. También es personal en el sentido de que es encarnada: Dios nos habla sobre nuestra personal realidad.
Poderío: por la oración podemos pedir que el poder de la intervención divina tenga lugar y en la actitud orante descubrimos cómo se ha desplegado el poder de Dios en nuestra realidad. No estamos solos, el Emmanuelle (Dios-con-nosotros), tiene una potente presencia activa. Por ella se cumple lo que nos dijo Jesús “todo cuanto pidáis en la oración, creed que os lo han concedido y lo obtendréis”.
Proceso: la oración canaliza, de hecho, el camino de nuestro crecimiento personal. En la oración percibimos que nuestro caminar es una peregrinación.
Progresiva: Jesús enseña a orar. La cualificación de la oración aumenta a medida que el Señor nos enseña a orar. Lo hizo con los discípulos y lo hace con cada uno de nosotros si se lo pedimos y le dejamos. Digamos: Señor, enséñanos a orar.
Paciencia: la oración puede requerir esfuerzo en distintos momentos vitales y, por ello, a veces se puede sentir que cuesta porque podemos vernos desubicados; secos o desmotivados. Pero mantenerse es parte del secreto de su fecundidad.
Perseverante: la oración está llamada a ser no solamente diaria, sino también constante porque para recibirlo todo, hemos de pedirlo todo, todo el tiempo posible.
Pasional: porque la oración debe implicar nuestro afecto por Dios y debe poner en juego todo nuestro ser como dice el Señor: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente» (Mateo 22, 37).
Planificación: Organizar mínimamente la forma en cómo oraremos; qué materias elegiremos y cuándo lo haremos no solo muestra a Dios nuestro gran deseo de buscarlo y de dejarnos transformar, sino que nos costará menos orar porque será como una instrucción que le damos a nuestro cerebro para que se programe y ya cuente con ello.
Predisposición: preparar nuestra alma para encontrarnos con el Señor es disponerla para entrar en su presencia. Es el propio Dios quien pide a Moisés que se descalce para pisar terreno sagrado y recibir su identidad y misión. Nosotros, lo mismo.
Petición: en el orar expresamos a Dios nuestra necesidad de Él. Lo hacemos a través de la súplica por nuestros anhelos, oscuridades y necesidades y las de otros. Pedir es demandar que Dios venga a nosotros; intervenga; derrame sus dones y delicias; y nos divinice.
Presencia: orar es entrar en presencia de Dios; abrir la puerta para que entre y more en nosotros; para que cumpla la promesa de las promesas de hacernos partícipes de su Ser, de modo que podamos decir con San Pablo “No soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí” o con Santa Isabel de la Trinidad: “Creer que un Ser que se llama el Amor habita en nosotros en todo instante del día y de la noche, y que nos pide que vivamos en Sociedad con Él, he aquí, os lo confío, lo que ha hecho de mi vida un cielo anticipado”.
Postura: adopta la postura que más te facilite unirte al Señor según cada situación o momento. Como dijo San Ignacio: de rodillas; postrado en tierra; supino rostro arriba; sentado; de pie; andando (Ejercicios Espirituales número 26), cantando o, incluso, bailando como el rey David delante del Arca de la Alianza (2 Samuel 6,14-23)
Particular: la oración es concreta no vaga, genérica o abstracta. Planificar también ayuda mucho a concretar. En todo caso, incluso aunque nos parezca a veces dispersa, fragmentaria o caótica, habrán aparecido cosas concretas que podemos recoger en un cuaderno.
Productiva: siempre se dará algo específico en ella. Basta con tomar conciencia de ello para no desmotivarnos incluso cuando nos sentimos secos. El fruto no siempre se sentirá igual: unas veces puede ser un propósito; otras veces, un aprendizaje; otras veces una intercesión; otras veces, el mero placer de estar con el amado; otras veces, el sentirse mirado, sanado, escuchado, querido; otras veces, recordar una escena bíblica que nos servirá en el momento oportuno, etc.
Penitente: la oración posibilita que el creyente oriente su vida entera a Dios, del mismo modo que el mercader de perlas finas vendió todo lo que tenía al hallar una preciosa (Mateo 13, 45-46).
Plática: orar es expresar y ello se puede llevar a cabo mediante cualquier forma de comunicación: contar, cantar, clamar, compartir… En los salmos y en muchas narraciones del Antiguo Testamento encontramos muy buenas muestras de cómo aquellos hombres y mujeres se dirigían a Dios expresando todo tipo de estados de ánimo, situaciones, emociones, circunstancias y formas.
Pensar: porque las palabras que tiene Dios con nosotros aparecen en nuestro interior por medio del pensamiento y por el pensamiento nos elevamos a Dios.
Palabra: como en el bautismo de Jesús, tras orar, se abre paso la Palabra de Dios para que escuchemos al Padre decirnos lo que, como hijos, necesitamos oír para vivir como tales. Veamos la oración como el hablar de Dios que llega como maná que alimenta. También la Palabra de Dios, la Biblia, como una palabra viva, ya que el que la lee y medita recibe un mensaje mientras lo hace.
Posibilidad: en la oración se nos abren posibilidades nuevas porque, a través de ella, recibimos la Sabiduría de Dios para vivir al modo divino. En la oración descubrimos que es verdad cuando Jesús dice que es Él quien hace todas las cosas nuevas en nosotros.
Predestinación: solo consultando a Dios, podemos desvelar el proyecto sinigual que Él concibió para nuestra personal existencia. Por la oración se hace posible que nos sea revelada la vocación de nuestro verdadero ser, tal y como fue concebido para nuestra auténtica realización.
Pasividad: dejarse hacer es parte de la oración. No todo es voluntad. Recuerda, la fe es don y tarea. A menudo olvidamos que es todo un medio para recibir. De hecho, una oración de profunda Gracia es cuando el alma ora de manera que parece que lo único que hace es «tomar el sol» (Lc 1, 78).
Prueba: porque es prueba que demuestra a Dios nuestro deseo de Él o de nuestra confianza; porque al irse aprendiendo se vive por la prueba y el error; porque por ella probamos las delicias de Dios que degustaremos definitivamente en el cielo; porque merece la pena intentarlo y probar a ver.
Participación: por la oración participamos en el propio ser de Dios. En el orar hacemos consciente nuestro participar en su divinidad y nos contagiamos de ella. Somos deidades por participación en su Ser y la oración actúa como el catalizador o el conducto que permite que la vid del Señor transmita su savia a los sarmientos que somos.
Profundizar: en la oración cavamos en nuestra propia alma para descubrir el tesoro escondido (Mateo 13,44) de los misterios insondables del ser morada de Dios y para mantenerla en condiciones adecuadas para que Él descienda (Lucas 13:6-9).
P (Crismón): porque la oración es Cristo céntrica, ya que Jesús vino a mostrarnos el verdadero rostro del Padre y estamos llamados a configurarnos con Él a su imagen y semejanza.
