Agua, sangre y Espíritu

En el evangelio de Juan (19, 32-35) se narra esto: fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero, al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis.

¿Por qué salió agua del costado de Jesús?🔗

Que saliera sangre tras ser traspasado nos puede resultar obvio, pero ¿por qué el agua? La medicina moderna lo explica como una consecuencia de un tipo de trauma, el mismo que sufrió Jesús: antes de morir, los rápidos y continuos latidos del corazón causados por un shock hipovolémico provocaron que el líquido se acumulara en la bolsa alrededor del corazón y de los pulmones. Esta acumulación de líquido en la membrana alrededor del corazón se llama derrame pericárdico, y el líquido que se acumula alrededor de los pulmones se llama derrame pleural. La lanza traspasó pulmón y corazón.

Es por eso que el brote de sangre y agua del costado de Jesús descrito en Juan 19,34 es totalmente veraz. No es puramente simbólico. Hoy sabemos que el testimonio que se dio no solamente era verdadero en el sentido de que tal cosa sucedió, sino que, además, es totalmente realista.

¿Por qué pasó esto?🔗

Ahora bien, para que esto sucediera, primero tuvo que haber un soldado romano que traspasara a Jesús ¿por qué?: para que quedara claro que el plan de Dios para salvar a la humanidad había quedado consumado.

Esto está previsto como un acto de fe y de dar fe, por eso se subraya tanto este aspecto al decir: El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Hay un interés enorme en dejar constancia. El que lo vio es testigo, pero también actúa como notario que primero ve y luego deja constancia. Da fe. Dar fe, para un notario, es hacer prueba. Lo que dice un notario tiene presunción de veracidad. Así que el evangelista Juan hace de notario: él ve y dice «esto es prueba» ¿prueba de qué? de la consumación del plan de salvación de Dios ¿prueba para qué? Para que creamos. Es el corolario, la recapitulación, en dos elementos, de lo que hace Dios con nosotros cuando habla de salvarnos.

Vamos a verlo, aunque, con temor y temblor, alertando que las palabras son limitadas, pues nada agota el misterio definitivamente.

Significado del agua🔗

A causa de la entrada del mal en el mundo del hombre por el pecado original, el ser humano quedó afectado para siempre y, a partir de entonces, siente una constante inclinación hacia el mal, hacia el pecado (a excepción de nuestra madre la Virgen).

Los efectos de este mal que experimentamos cuando caemos en él nos va quitando la vida. La manera de restituirlo es como limpiar y sanar una herida en nuestro cuerpo: Jesús nos lava personalmente, de modo que el agua significa la purificación y la vida de Dios, que lo primero que hace para devolvernos a nuestro estado original (el Paraíso) es eliminar el mal, quitar el pecado.

Significado de la sangre🔗

Jesús nos lava consigo mismo y nos sana asumiendo ese mal en sí mismo. Él asumió de una sola vez todo el mal de todos los hombres en todos los tiempos. El mal del pecado original fue de tal calibre que nada que hiciera el hombre podía restablecerlo. Tenía que ser el propio Dios quien lo hiciera con su propia entrega por el hombre. Sacrificio significa santa entrega porque solo lo genuinamente santo podría restablecer la santidad con la que había sido bendecido el hombre en su creación. Por eso somos salvados por los méritos de Cristo precisamente. Su mérito es lo que hizo posible no estar bajo el poder total del pecado, aunque aún suframos la inclinación a ello por padecer los efectos del pecado original (y por eso se dice que el mal no tiene la última palabra, ya que lo seguimos padeciendo, pero Jesús nos ha liberado de estar bajo su control definitivo).

Pero hay algo más que tomar en cuenta en este punto. Es justo en este momento cuando el hombre puede vover a ser hijo de Dios. Y no solo por este mérito de la sangre de Jesús, sino porque Jesús nos dejó su Espíritu Santo (Dice Mateo que, al morir, «entregó el Espíritu»). Su mérito posibilita al don del Espíritu.

Es decir, en la cruz de Jesús contemplamos nuestro bautismo como hijos de Dios ¿Quiénes son los Hijos de Dios? Aquellos que viven en la Gracia de Dios, que son divinizados por Él mediante la doble acción de Dios: quitar el pecado – lo que separa de su Gracia – y darnos su Gracia. Solo podemos ser divinos si recibimos su divinidad (seréis dioses, recordó Jesús que había dicho la Escritura).

El teólogo Antonio Royo Marín lo enseñaba maravillosa y pedagógicamente: Cuando un niño huérfano de padre y madre es adoptado legalmente por una familia caritativa, recibe de ella una serie de bienes y ventajas, entre los que destacan el apellido de la familia adoptante y el derecho a los bienes que se le asignen en herencia. Pero hay una cosa que no le dan ni le podrán dar jamás, a saber: la sangre de la familia. Ese pobre niño tiene la sangre que recibió de sus padres naturales, pero de ningún modo la de sus padres adoptivos. En cambio, cuando Dios nos adopta por la gracia, no sólo nos da el apellido de la familia divina—hijos de Dios—y el derecho a la futura herencia—el cielo, sino que nos comunica en forma muy real y verdadera su propia naturaleza divina. Empleando un lenguaje metafórico-puesto que Dios no tiene sangre-, pero que encierra en el fondo una realidad sublime, podríamos decir que la gracia es una transfusión de sangre divina en nuestros almas. En virtud de esa divina transfusión, de este injerto divino, el alma se hace de tal modo participante de la misma vida de Dios, que no solo nos da derecho a llamarnos hijos de Dios, sino que nos hace efectivamente tales.

Así que ¿qué podemos ver en la sangre que brota del costado de Cristo? podemos ver nuestra propia adopción personal. Podemos ver que, con su propia trasnsfusión, Dios nos adopta como hijos suyos. La transfusión es de la propia sustancia divina. Podemos vivir divinamente porque Él lo hace posible con su propia sustancia. Esta sustancia no ha dejado de brotar desde entonces a través del Espíritu Santo que recibimos por nuestro bautismo (diría Jesús antes que de Él brotaba el manantial de agua viva permanente).

Así que ¿qué puedes ver cuando sale del costado de Jesús agua y sangre? Puedes ver la transfusión que te hace Jesús mismo de su propia sangre. Te está mostrando a qué estirpe perteneces realmente. Por eso, cuando rememoramos el sacrificio de Jesús en la cruz también contemplamos que fue una entrega, una transfusión de sí mismo en nosotros para hacernos hijos del Padre, adoptarnos como hijos. Recordamos nuestro bautismo y empezamos a entender que es importante ser lavados continuamente para llenarnos del Espíritu que nos entregó: el que nos hace divinos y nos devuelve al Paraíso.

La lanza del pecado alcanzó el pulmón y el corazón de Dios y Él, en respuesta, nos dió su propio respirar (aliento) y su propio ser salido directamente de su pulmón y su corazón. Por eso, cómo no arrodillarse ante tamaño amor.