¿Qué hago durante la oración?

Aprender a estar en presencia de Dios es un elemento fundamental en nuestro proceso de discipulado católico porque no hay discípulo sin alguien que escuche a su Maestro como no hay sarmiento que pueda vivir sin estar unido a la vid.

Pero es cierto que, a menudo, puede surgir la dificultad y la pregunta ¿Por dónde podría empezar una persona que nunca ha orado o que reza poco porque se siente algo perdida?

Lo primero de todo es dejar claro que para orar no es preciso seguir una pauta concreta. Si rezar es encontrarse con Dios, podemos inferir que podremos hablar con Él de tantas maneras como lo hacemos con cualquier otra persona. Incluso un mero mirar.

Es una referencia la anécdota que contaba San Juan María Vianney. Contaba el santo cura de Ars que durante varios días seguidos vio en su parroquia a un campesino que se sentaba en un banco y pasaba tiempo ante el sagrario. Intrigado, el santo se dirigió hacia aquel hombre y le preguntó ¿Qué haces tanto rato quieto en la iglesia, junto al sagrario? Entonces el campesino le respondió con sencillez: «Nada. Él me mira y yo le miro». Muy parecido a cuando Santa Teresa de Jesús orientaba en la oración a sus hermanas: “Solo os pido que le miréis” (en Lucas 4, 20, por ejemplo, se dice también: Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él).

Así que, como podemos ver, las posibilidades son verdaderamente amplias y no es preciso adoptar un marco rígido.

Sin embargo, qué duda cabe que para un alma con menos recorrido en su relación con el Señor le puede llevar algo más de tiempo vivir de manera fácil lo que ahora le parece complicado.

En este sentido, empezar por alguna base, método o forma estructurada de rezar siempre ha venido bien a las personas que se sentían desubicadas en la oración y para las cuales incluso no saber por dónde empezar ya era un impedimento para hacerlo o mantenerla.

Por tanto, dejando claro que para encontrarse con Dios no hace falta más que dirigirse a Él en confianza, no obstante, plantear un esquema mínimo para un cierto tipo de oración puede venir bien para iniciarse.

Además, estamos hablando de un espacio de oración dedicado que hemos planeado tener con el Señor. Disponer de este espacio es esencial para percibir la presencia activa de Dios.

La oración puede seguir un sistema estructurado de pasos. Estos, a su vez, se pueden dividir en partes y estas, si acaso, también en momentos con un acento determinado.

Pese a lo que pueda parecer, tanta división no busca volver complejo un momento que está muy marcado por la libertad, sino servir de guía inicial hasta que se va interiorizando y asimilando todo ello.

En este sentido, orar se parece mucho a cualquier otro aprendizaje manual. Por ejemplo, cuando aprendemos a montar en bicicleta o a conducir un vehículo es muy normal estar muy pendiente de cómo colocarse; cuándo poner una marcha; hacer algún tipo de señal para indicar un giro; o estar muy pendiente de a dónde mirar. Al principio, parece todo muy mecánico y antinatural, pero cuando lo hemos integrado no nos hace falta pensar en ello, lo hacemos automáticamente todo casi sin ser conscientes.

La sensación al aprender a orar es muy parecida. A medio plazo, los pasos dejan de estar tan marcados para diluirse en una experiencia que fluye por sí misma.

Volviendo a la estructura del tiempo de oración, principalmente distinguimos cuatro grandes partes en esta oración: la disposición, la meditación, el diálogo y el agradecimiento.

1. Disposición: el primer paso es disponerse a orar.

Esta parte, por tanto, es de preparación y de solicitud de ayuda, pues, como nos dijo el Señor, “Sin mí no podéis hacer nada”.

1.1. Me santiguo con la señal de la cruz y recito la oración mientras lo hago: en el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, amén. Aunque, dado que la oración es estar ante un “alguien”, quizá, pueda servirte mejor decirlo así: en tu nombre, Padre; en tu nombre, Hijo; en tu nombre, Espíritu Santo. Amén.

1.2. Invocación inicial: pedimos ayuda al Espíritu Santo para que nos guíe en la oración y nos lleve por dónde Él quiera. Podemos hacerlo con nuestras palabras, pero si nos cuesta, podemos apoyarnos en la oración de invocación más común en la Iglesia: Dios mío, ven en mi auxilio, Señor, date prisa en Socorrerme. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Amén.

1.3. Concienciación: me tomo unos momentos para percibir el estado de mi conciencia con el que llego al encuentro; el que tengo en ese momento y estoy trayendo a la oración, para poder orientarla hacia Dios.

Es decir, me doy cuenta de dónde y cómo estoy para orientarme hacia dónde tengo que ir; dejo de pensar en lo que estaba para centrarme en Él. Si es necesario, me tomo tiempo para reducir mi efervescencia mental.

Esto ya es parte de la oración. Es la manera en la que entro en mi interior para encontrarme con el Señor.

Para no centrarlo todo en mí y en el estado en el que entro a la oración, voy pasando progresivamente a “entrar mentalmente en presencia del Señor”. Es decir, me voy descentrando de mí mismo para centrarme en Él. Trato de que mi conciencia perciba ante Quién está. Lo hago ya dirigiéndome a Él, con mis palabras, y dándole las gracias por estar en su presencia. Por poder recibir su atención. Por el tiempo que Él me dedica.

También es un momento muy adecuado para ser sinceros con Él sobre nuestras intenciones al orar. Con nuestras palabras, las sintamos torpes o no, le expresamos lo que deseamos. Puede ser de lo más variado (entender, ofrecer, entregar, pedir, expresar, etc.). Nos abrimos a lo que Él quiera darnos. Le manifestamos que, en todo caso, buscamos hacer o entender su voluntad; dejarnos enseñar, alcanzar o hacer por Él, etc.

A veces, sin embargo, alguien puede sentirse más fuera de juego aún. Digamos que alguien puede pensar que ni siquiera siente algo como todo eso y que se sentiría artificial si así lo hiciera, como un poco forzado. En este caso, aprovechemos nuestro estado actual como la propia oración y expresémonos con la mayor espontaneidad, sinceridad y naturalidad; la que sea necesaria, sin guardar nada. Con franqueza, pero buscando siempre abrirme a una relación y respuesta; a crecer; a avanzar.

Imaginemos a alguien que nunca ha rezado de una manera personal y que empezara a rezar. Lo más probable es que aún no pueda dirigirse al Señor como a un padre y le cueste menos dirigirse a Él directamente como Dios o como Jesús. Esto está bien. Es normal. Empecemos por donde podemos, lo demás llegará si somos sinceros en el día a día de la oración.

Por ejemplo: Hola, Dios. Me han dicho que para conocerte es importante rezar. No tengo ni idea de por dónde empezar, pero me fío de las personas que me han invitado a hacerlo. Me han dicho que orar es hablar, pensar y escuchar, así que me pongo a ello… Padrenuestro… te cuento…

Si nos fijamos, es un diálogo muy propio de una persona que se dirige a otra a la cual apenas conoce. Se siente la timidez, la inseguridad, pero también la determinación, la iniciativa, la naturalidad y, en definitiva, también la confianza.

Muy importante: a nosotros puede parecernos poco, pero a Dios no. Dios nos ve como un padre que contempla los primeros pasos de un bebé. Se alegra muchísimo solo de ver que la criatura intenta caminar. Lo que hará en la oración es cogernos de las manos para elevarnos y enseñarnos a dar los pasos. Lo hará cuantas veces sea necesario hasta que aprendamos a caminar. Cada niño aprende a caminar a su propio ritmo porque cada uno tiene unas características propias que le hace ir más rápido o más lento en esto o aquello.

Es un momento muy adecuado para finalizarlo pidiendo que sea Él mismo quien nos disponga y nos regale sus dones espirituales para identificar qué palabras; sentimientos o imágenes de las que brotan, vienen de su parte. También para entender los silencios.

1.4. Confianza: parte de nuestra preparación es realizar un acto de confianza en el sentido de que Dios está presente; Dios nos escucha y Dios actuará por nuestra oración. Muy a menudo, esta confianza se concreta en la convicción absoluta de que recibiré una palabra de Dios de un modo u otro.

A veces, para pasar de este momento al siguiente, puede ayudar intercalar un padrenuestro u otra oración aprendida. Lo recitamos con atención y pasamos adelante.

2. Meditación: en esta parte, reflexiono sobre la materia de oración que he elegido previamente al rato de oración. Puede ser algo que he sentido; puede ser una escena del evangelio; puede ser un texto ajeno sobre el que quiero pararme y profundizar porque llamó mi atención (de un libro, un artículo, una homilía); puede ser sobre algo que me ha sucedido y sobre lo que quiero recibir orientación de su Sabiduría.

Santa Teresita de Lisieux contaba lo siguiente sobre su oración: «Entonces mis pensamientos eran muy profundos, y, sin saber qué era meditar, mi alma se sumergía en una real oración» (…). «Un día, en la Abadía, una de mis maestras me preguntó cuáles eran mis ocupaciones de los días de fiesta, cuando estaba en los Bouisonnets. Respondí tímidamente: «Señora, con mucha frecuencia me oculto en un pequeño espacio de mi habitación, que es fácil de cerrar con las cortinas de mi cama, y allí pienso…» «Pero ¿en qué piensas?», me dijo la religiosa riendo. «Pienso en Dios, en la brevedad de la vida, en la eternidad; en fin, pienso.» Hoy entiendo que hacía entonces una verdadera oración, durante la cual el divino Maestro instruía dulcemente mi corazón»

Dios me habla a través de lo que pienso. Dios se vale del proceso de reflexión y lo ilumina. Me fío de que lo hace. Siento así que Dios me plantea las cosas a partir de mí mismo, lo cual me facilita mucho la oración porque la siento como algo connatural a mí, aparece como algo que me es conocido y ya sé hacer; algo que, de algún modo, ya hago.  

Llevo a cabo una reflexión, a mi modo habitual de analizar, intentando llegar a conclusiones que tengan que ver conmigo; con la situación que estoy discerniendo o con el mismo Dios, es decir, con la realidad que se me presenta.

Al reflexionar, también soy consciente de qué emociones se presentan en mí, ya que me ayudan a distinguir lo que viene de Dios de lo que no viene de Dios a través de mi pensamiento. Dios siempre se presenta con paz, por lo que si lo que estoy pensando me turba, me inquieta, me agobia, me angustia, me bloquea o paraliza, es signo de que esa parte de la reflexión no viene de Dios y posiblemente no deberemos mantenernos por ahí, aunque nos podrá servir como un indicador de que algo nos pasa.  

3. Diálogo: hablo con Dios sobre lo que ha ido saliendo; lo que he ido viendo. Lo hago con la mayor naturalidad y espontaneidad.

Estoy en confianza, así que me expreso con mucha confianza. Lo hago dirigiéndome a un Tú porque estoy hablando con alguien.

Lo hago de modo análogo a cuando estoy deseando contarle a un amigo algo que me ha pasado y he quedado con él para hacerlo.

Este amigo nos permite hablar en confianza expresándonos desde todo nuestro ser y en intimidad. Ante él podemos desnudar lo que llevamos por dentro. Sentimientos incluidos. Es más, los sentimientos compartidos suelen ser la prueba de la intimidad que hemos alcanzado con alguien. Cuando mostramos nuestros sentimientos, nos hemos abierto, hemos visto al otro como un entorno seguro y le hemos abierto el corazón; nos hemos permitido mostrarnos vulnerables. Nos hemos dado permiso para expresarnos en autenticidad, en inocencia, como hacen los niños con otros niños.

Los salmos son el ejemplo por antonomasia de la expresión del corazón del hombre. En ellos encontramos todo tipo de materias por las que orar. El salmista hace de todo: agradece, alaba, implora ayuda, expresa angustia; se alegra. De todo. Una veces, parece dirigirse más a Dios directamente; otras veces, son una pura exclamación, como un desbordamiento. Así, por ejemplo:

En el salmo 50 quien reza es consciente del pecado que ha cometido, pero se dirige a Dios en confianza. Le va recordando a Dios cómo es el propio Dios. Como que se lo va ganando, digamos. Con esa confianza se expresa. Y así le dice cosas como “Yo reconozco mi culpa” (…) “Te gusta un corazón sincero” (…) “lávame y quedaré más blanco que la nieve” (…) “Haz de mí un corazón puro” …

En el salmo 138 quien ora es un alma que, en primer lugar, se ha dado cuenta (tal vez acaba de percibirlo) que Dios conoce todo su ser y lo exclama asombrada y su oración final, podríamos decir que consiste en reconocerlo, en constatarlo: Señor, tú me sondeas y me conoces. Me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares. No ha llegado la palabra a mi lengua, y ya, Señor, te la sabes toda. Me estrechas detrás y delante, me cubres con tu palma. Tanto saber me sobrepasa, es sublime, y no lo abarco.

La Virgen María es la Maestra de la oración. Ella nos enseña como nadie cómo expresar. En el Magníficat declara perfectamente lo que su alma percibe, piensa, siente. Es decir, expresa maravillosamente su “experiencia de Dios”. Veámosla: Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia –como lo había prometido a nuestros padres– en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.

4. Despedida: cuando sentimos que la oración toca a su fin, reservamos un último momento para despedirnos afectuosa y personalmente de Dios, como haríamos con cualquier otra persona.

Y le damos las gracias por habernos podido dirigir a Él y querer comunicarnos su sabiduría. El mayor fruto de la oración es poder estar con Él, lo sintamos así o no. Así que siempre podremos darle las gracias a su Majestad, como mínimo, por poder estar con Él (que, en realidad, es lo máximo).

No obstante, si además hemos podido concretar algo que estimamos significativo, expresamos nuestro agradecimiento por esos frutos de la oración, pues son la luz que hemos recibido.

De igual modo, si lo que hemos sentido nos ha conmovido, también es algo enormemente significativo por lo que dar gracias y llevar con nosotros. Recordemos que la Biblia siempre nos invita a «gustar» y «ver», es decir, gozo e iluminación.

Si por el contrario, tenemos la sensación de que “no hemos sacado nada en claro”, aún así, le damos las gracias, ya que, al menos, sabemos dónde estamos en ese punto. Probablemente, tendremos que volver sobre ello una o varias veces más, de la mano del Señor, para que Él vaya introduciendo claridad.

El agradecimiento sincero es llave para nuevas bendiciones y gracias.

Para terminar, podemos encomendar lo recibido a nuestra Madre con un Ave María.

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Ayuda mucho que lo que percibo como relevante en la oración lo vaya recogiendo por escrito. A veces puede ser todo el proceso reflexivo; otras solo las conclusiones; el propio diálogo con el Señor como hacían los salmistas…, etc.

Cada uno va viendo lo que le encaja reflejar. No tiene por qué ser necesariamente extenso. A veces, una breve nota es suficiente. Diarios espirituales como el de Santa Faustina Kowalska suelen tener un párrafo por día nada más. 

Además, escribir ayuda a mantener nuestra atención en el objeto de nuestra oración. La concentración conlleva recogimiento y el recogimiento, el silencio. El silencio interior permite escuchar la voz de Dios con mayor facilidad. A menudo, es la única manera.

Finalmente, escribir permite volver sobre lo orado y repasarlo más adelante. Por ejemplo, al cabo de un mes; la última semana; tras un tiempo litúrgico fuerte como la Cuaresma, etc. Así uno percibe con más perspectiva la acción de Dios y se van haciendo conexiones. Frecuentemente, repasar lo escrito se convierte en una oración en sí misma. A Dios le encanta que hagamos «memoria de su salvación».