Mis hijos de Dios

Como cualquier otro padre cristiano, siento el deseo de evangelizar a mis hijos; de transmitirles la fe para que se experimenten como hijos de Dios.

La transmisión de la fe dentro del hogar forma parte indispensable de nuestra llamada a evangelizar en la familia.

Que sean hijos de Dios supone, al menos, dos cosas: que los hijos, en realidad, son mis hijos de Dios porque son del Señor y que forma parte de mi misión como padre enseñarles a vivir según su condición de hijos de Dios.

Los hijos son de Dios🔗

Job, que lo había perdido todo, pues quedó sin salud, sin bienes materiales y sufrió graves pérdidas personales, exclamó: «el Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor».

Parece una exclamación de resignación, pero no es así. Es la manera en que Job nos cuenta dónde estaba él situado en la fe. Es el “amén” de Job.

Al modo de la conciencia con la que vivía Job en todo momento, como él, podemos decir: mis hijos no son míos, son de Dios. Le pertenecen, siempre y en todo momento.

El Señor, de hecho, nos instruye en el Evangelio en el sentido de que todo lo vivamos buscando su reino, es decir, su señorío. Lo demás vendrá por añadidura.

Resuenan de fondo las palabras de Jesús quien nos pregunta a nosotros también: ¿me amas más que a estos? (Jn 21, 15) y también aquellas otras todavía más concretas: El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí (Mt 10, 37).

De esta forma, cuando reconocemos como padres el señorío de Dios sobre nuestra vida y, por tanto, sobre los hijos también, permitimos el reinado de Dios sobre nuestra familia y la abrimos a ser iglesia doméstica en toda la extensión de su llamada.

Esto, por otra parte, nos ayuda a no distorsionar nuestra relación con los hijos y a situarnos con ellos sin proyectarles apegos dependientes e insanos, pues se nos han confiado, no son una propiedad.

Conciencia de hijos de Dios🔗

Como padres, estamos aquí para llevarles a la vida de Dios, al modo de Dios.

Por ello, Dios me los ha encomendado no solo para que los cuide como un buen padre de familia, sino para que haga algo más: para que les revele su condición de hijos suyos amados; la que adquirieron por el bautismo y que, a menudo, permanece velada si no hay quien se la anuncie.

Qué duda cabe que los padres cristianos somos los primeros responsables de tal anuncio a los hijos. Por eso, para evangelizar a los hijos, a mi parecer, lo primero es tomar conciencia de que, como padre, yo mismo soy hijo de Dios.

Invito a todo padre a que inicie un camino de búsqueda, como tarea sistemática, para descubrirlo en su verdadera dimensión. Quedará asombrado del hallazgo y, entonces, el anuncio vendrá por sí solo, aunque solo sea por mero desbordamiento.

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Como cualquier padre, les digo a los hijos que los quiero. Quiero que lo escuchen (como Jesús escuchó decirlo a su padre en el bautismo precisamente). Pero muchas veces les digo también ¿sabes quién te quiere más y mejor? Exacto, Dios.