La Transfiguración, una cuestión de perspectiva

La escena previa a la de La Transfiguración🔗

El texto de la Transfiguración comienza así: Seis días más tarde, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. 

Por eso, antes de verlo completamente, para captar un poco mejor el principal mensaje de esta escena, viene bien saber qué sucede antes y después. Esto es porque el pasaje comienza diciendo que esto tiene lugar seis días después, por tanto, la referencia está antes.

Un inciso: mientras lees, quédate con estas palabras especialmente: Iglesia, Reino de Dios; y Perder la vida para ganarla.

Y lo que había pasado antes era esto:

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». Ellos contestaron: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas». Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Jesús le respondió: «¡Bienaventurado tú, Simón, ¡hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.

Como vemos, Pedro, que está ungido, tiene la certeza de que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios (recordemos cómo el Diablo cuestionaba esa identidad en la escena de las tentaciones). Y sigue el texto:

Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

Tras la confesión de fe de Pedro, Jesús le cambia el nombre, que es como cambiarle su identidad, y le encomienda su misión: nada menos que ser el primer Papa. Lo que le dice es tremendo de digerir: sobre ti edificaré mi Iglesia. Desde luego, las espaldas de Pedro eran grandes, menudo peso acababa de recibir. Pero no es así del todo, realmente, Jesús, acto seguido, ¡le da las llaves del Reino! Que es darle el poder del reinado de Jesús. Es decir, le da el mismo poder de Dios. Impresionante.

Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.

Como vemos, una vez que Jesús ha apoderado a Pedro, anuncia su Pasión; lo que tendría que padecer y que tendría que morir, aunque, eso sí, resucitaría al tercer día. Pero, justo entonces, se produce una fuerte perturbación en Pedro:

Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte». Jesús se volvió y dijo a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».

¿Recordamos lo que sucedía en la escena donde Jesús es tentado en el desierto? Pues lo mismo le está sucediendo a Pedro. Allí era el mismo Satanás el que intentaba desviar a Jesús de su misión y llamada y aquí, de nuevo, es Satanás intentándolo de nuevo, pero valiéndose del desvío a Pedro de su llamada y su misión (las que acababa de recibir con el cambio de nombre y la encomienda de edificar su Iglesia). De ahí que Jesús increpe a Pedro y lo llame Satanás, pues, claramente se estaba introduciendo la lógica del Diablo en cómo acontece el Reino. Exactamente lo mismo que sucedía en las tentaciones del desierto con el intento del Diablo de hacer pasar su lógica por la de Dios.

Toda la dinámica de las tentaciones del desierto está en esta otra escena (hasta los ángeles aparecen al final como los menciona Jesús a continuación).

Lo que hace Jesús aquí es lo que comentábamos entonces: pisar rápidamente la cabeza de la serpiente, pues un pensamiento contrario a Dios se ha introducido en el núcleo mismo del mensaje de Jesús: el amor que reina es un amor de entrega personal.

Pobre Pedro, había recibido una Bendición y una Maldición sin solución de continuidad. Pero allí estaba Jesús para ayudarlo, como siempre está. Y sigue el texto:

Entonces dijo a los discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta. En verdad os digo que algunos de los aquí presentes no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre en su reino».

Para una mente como la nuestra, perturbada por la herida del pecado original es algo complicado de digerir y el anuncio produce rechazo (aquí puedes entenderlo mejor). Pero, claro, la realidad es la que es y no hay amor sin entrega.

Entendiendo el sentido de La Transfiguración de Jesús🔗

Ahora, ya, podemos leer en contexto el resto de La Transfiguración:

Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo». Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo (Mateo 17, 1-13). 

¿Qué es lo que ha pasado aquí realmente? Muy sencillo, Jesús se había dado cuenta de que los discípulos ya estaban preparados para ir más a fondo, para crecer, para subir; pero, al mismo tiempo, habían entrado en crisis con el anuncio de la Pasión y el perderse a uno mismo, así que hace algo muy propio de la pedagogía y liderazgo de Jesús: genera una experiencia muy honda que da perspectiva y fortalece para volver de nuevo a la realidad (donde lo primero que harán será expulsar un demonio. Esto sí que es un Máster con su teoría y su práctica).

Para ello, en el discipulado de los apóstoles, y como hacen ahora los entrenadores, Jesús escoge a su «equipo de capitanes» y los lleva de concentración para tenerlos enfocados antes de la partida que se está jugando (en el valle, contra los que impiden que el reino se despliegue) y los “retira” y “los eleva” subiendo a un alto.

Pero el texto había dicho antes algo muy importante: que Jesús los tomó consigo. Y aquí viene la maravilla para entender por qué cambia el aspecto de Jesús. El Señor se transfigura para tomar a sus discípulos consigo ¿por qué? Porque la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo.

Efectivamente, el evangelio de Mateo usa el término παραλαμβάνει que significa “tomar consigo”. Ahora, si damos un pequeño salto y vamos al evangelio de Juan 14, 3 donde dice “Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros”. Vemos que está hablando claramente del Cielo, del Paraíso; del estar con Jesús junto al Padre. Pues bien, aquí se usa también el mismo término “παραλήμψομαι” solo que cambia el tiempo, la voz y la forma verbal.

¿Y por qué esto es de tanta relevancia? Porque es la clave de la promesa de Dios: nuestra divinización (seréis dioses dice la Escritura).

El obispo Juan Straubinger, en su comentario de la Biblia, lo explica de una manera muy luminosa y dice que este tomar consigo hay que entenderlo en el sentido de “os tomaré junto a Mi. Literalmente: os recibiré a Mí mismo (…) Más que tomarnos consigo, nos tomará a Él, porque entonces se realizará el sumo prodigio que S. Pablo llama misterio oculto desde todos los siglos (Ef. 3, 9; Col. 1, 26): el prodigio por el cual nosotros, verdaderos miembros de Cristo, seremos asumidos por Él que es la Cabeza, para formar el Cuerpo de Cristo total. Será, pues, más que tomarnos junto a Él: será exactamente incorporarnos a Él mismo, o sea el cumplimiento visible y definitivo de esa divinización nuestra como verdaderos hijos de Dios en Cristo (Ef. 1, 5).

Así que, entendiendo esto, vemos que allí, los discípulos, aislados de la realidad del valle, casi sin aliento, reciben el aliento que necesitan: ver a Jesús en su “verdadera forma”, podríamos decir, y escucharle.

En este punto interviene el Padre para que ellos escuchen como lo escuchó Jesús en su bautismo, pero, en este caso, más bien parece que para confirmar a Jesús delante de sus discípulos. Muchas veces, nuestro Padre hace esto: llama nuestra atención con algo muy específico para confirmarnos en algún aspecto del camino. Esto suele venir bien cuando la dificultad interior es grande. Podemos imaginar la profunda crisis espiritual en la que se encontraron los discípulos que requirió de tal despliegue de divinidad y, muy especialmente, de la misma intervención de Dios-Padre.

Si los discípulos siguen a Jesús en todo serán divinizados. Para ello, tienen que escucharle, pues si no, quien se los llevará consigo será Satanás (en la escena de la tentación de Jesús en el desierto, también se dice que Satanás lo llevaba consigo. Se ve claramente que el combate que hay al fondo del valle es esta lucha entre ir con Dios o irse al infierno; entre ser tomado o ser dejado. Recordemos el Adviento “uno será tomado…otro dejado”. Por eso Jesús les toca después. Lo hace para “tomarlos” de nuevo consigo).

Pero el Diablo sabe que todo lo que sea sufrimiento, entrega, sacrificio, esfuerzo, normalmente le proporciona a él una oportunidad para perturbar el alma y la obra de Dios.

La Transfiguración nos ayuda a entender nuestra divinización mediante la pérdida🔗

Si algo es la fe, es la respuesta a la llamada de Dios a unirnos con Él donde Él nos hará partícipes de su propia vida. Tanto para unirnos a Él como para recibir su SER, debemos dejar reinar a Dios. Esto requiere un corazón despojado, listo para ser colmado. Es decir, perder la vida mundana. Este ser colmado es ser despojado de todo lo que no es de Dios para llenarlo de Dios. Ser un despojo humano es ser un tesoro divino si dejamos que la bienaventuranza de ser pobres en el Espíritu tenga lugar.

Había una anécdota de una santa que era algo así como:

Una hermana o una postulante se acercó a una santa con cierta angustia o afán de perfeccionismo y le preguntó: — «Madre, ¿qué me falta para ser santa?«. A lo que la Santa, con mucha agudeza y cierto humor, le respondió: — «No, hija, no es qué le falta, sino qué le sobra«.

¿No es esto lo mismo que sucede en el encuentro de Jesús con el joven rico? Le dice el joven “Maestro bueno, ¿qué me falta para ganar la vida eterna? Y Jesús le responde: te falta todo lo que te sobra, venir y seguirme. Es exactamente lo mismo: perder la vida mundana para poder ganar en vida divina. Es algo binario.

A todos los santos, es decir, a los que se han dejado llenar, morar y gobernar por El Señor, tras recibir Su luz les ha parecido que, en realidad, es sencillo: se trata de dejarse hacer y de obedecer.

Sin embargo, alcanzar esta iluminación que sobrepasa el entendimiento mental para llegar al entendimiento existencial, el del corazón, cuenta con obstáculos que lo dificultan: el pecado, la acción del mal que pone impedimentos, las propias limitaciones personales, dificultades de contexto; los cambios de perspectiva que implicará.

Esto nos puede desanimar ¡No parece tan fácil! Ciertamente es aún más difícil cuando lo vivimos como dependiente exclusivamente de nuestra voluntad y no contamos con el poder de Dios y en su voluntad de obrarlo en nosotros.

Los discípulos vivieron esto. Cuando Jesús les hablaba de su pasión, el horizonte hasta un momento antes tan luminoso parecía oscurecerse repentinamente de manera dramática. La propia subida a un monte parece simbolizar que se requiere esfuerzo. Pero lo importante está en la cima.

La pedagogía de Jesús es asombrosa. Lo que hizo Jesús, entonces, fue darles perspectiva. Los llevó temporalmente a la cima y les presentó un anticipo, un aperitivo, de cómo sería la meta por la que valía la pena pasar por algunos previos valles oscuros de esfuerzo, sacrificio, entrega, despojamiento, trabajo…

Es una de las cosas que contemplamos en la transfiguración.

Jesús se escoge a algunos y los lleva a otro lugar, a uno elevado. Entonces, en oración (dice Lucas, matizando), Él resplandece, trasluce y, al hacerlo, les deja entrever una muestra de su gloria y de cómo ellos están llamados a participar en ella. Moisés y Elías, aparecen así, participando de la gloria del Señor. Moisés y Elías actúan como notarios vivos, como los que han terminado la carrera, la han ganado y les dicen a otros “hemos llegado”, “esto es increíble”.

No fue algo teórico. Jesús fue más allá. De una manera sensitiva, ya sea interna o externa [te invito a leer esto del Cardenal Ratzinger, luego el Papa Benedicto XVI, sobre las visiones], los escogidos discípulos pudieron percibir un atisbo del indescriptible alcance de su llamada o, mejor dicho, de la verdadera dimensión de la promesa de Dios.

Porque, como dice Santo Tomás de Aquino “para que uno camine directamente por el camino, y sin rodeos, es necesario que, de algún modo, conozca el fin con anterioridad; así como el saetero no disparará bien la flecha, si antes no mira el blanco al que tiene que dar”.

Por eso había dicho Jesús antes, “no gustarán la muerte hasta que vean el reino de Dios”. Y eso hace Jesús, nos lleva a un lugar que se eleva sobre donde estábamos y nos muestra un atisbo del reino. Cuando ves la recompensa, todos los sacrificios del camino compensan, del mismo modo que a una madre le compensa dar a luz aun teniendo que experimentar las incomodidades, esfuerzos y sacrificios del embarazo y los dolores del parto.

Comprendiendo nuestro caminar desde la meta, desde la promesa, podemos gustar el camino se presente como se presente, como les sucedió seguidamente, ya que, en cuanto comienzan a bajar al valle (regresar a la realidad de la vida tras una experiencia tan espiritual), toda la conversación entre ellos gira en torno al rechazo que percibe Jesús a su mensaje y lo primero que se ven obligados a hacer es a liberar a una persona poseída por un demonio, lo que viene a dar perspectiva retroactiva a todo lo que había pasado con Pedro cuando es increpado por Jesús.

Esto es justo lo que nos pasa a nosotros tantas veces. Por tanto, cuando veamos que “la cabeza de la serpiente asoma”, elevémonos rápidamente para poder pisarla antes de que entre más a fondo como decíamos en la escena donde Jesús es tentado en el desierto.

Por otra parte, tomemos conciencia de la necesidad que tenemos de entrar en la atmósfera de Dios (la nube) para luego poder ir a nuestra realidad propia (humus) y ajena para sostener la lucha.