Jesús es tentado en el desierto

Conocer la manera en cómo somos tentados es esencial en la formación cristiana. En la escena de Jesús en el desierto podemos aprender qué elementos tener en cuenta para identificar las tentaciones, afrontarlas y superarlas, de modo que nos mantengamos en la identidad de los Hijos de Dios, tal y como hizo Jesús.

Introducción🔗

Muchas veces, cuando fallamos, nos preguntamos después ¿Qué me ha pasado? ¿Por qué caigo siempre en lo mismo? ¿Cómo no lo vi venir? ¿Qué podría haber hecho para evitarlo? ¿Cómo afrontarlo a la próxima ocasión? ¿Son las tentaciones un puro moralismo?

La escena donde Jesús es tentado en el desierto es un auténtico manual de instrucciones que responde a estas preguntas y otras muchas que nos hacemos.

Pero, entre estas interrogantes, hay una que late más a fondo: ¿Cómo optar siempre por Dios? Esta pregunta es el eje sobre el que gira toda la enseñanza de la escena en la que Jesús es tentado en el desierto y es la pregunta de nuestra vida, pues la fe por la que vivimos consiste en buscar el reinado de Dios.

La escena en la que Jesús es tentado en el desierto es una Masterclass del Señor sobre la interioridad y la lucha espiritual contra el mal que nos acontece desde fuera y que cuestiona ese reinado de Dios.

En los próximos días, aprenderemos cómo identificar la tentación; cómo enfrentarla; a qué prestar atención; qué es importante. Si, como Jesús, nos dejamos llevar por el Espíritu Santo a través del texto de Mateo, vamos a poder recibir un gran auxilio para encajar muchas piezas del día a día.

Como Jesús, venimos del tiempo litúrgico de la Navidad, que concluye justamente con el Bautismo del Señor, y rápidamente somos conducidos, como Él, en el tiempo litúrgico de la Cuaresma, comenzando por el desierto y sus tentaciones.

Efectivamente, en la escena inmediatamente anterior a este evangelio, Jesús había sido bautizado por Juan; los cielos se habían abierto y se había visto descender al Espíritu Santo mientras se escuchaban las palabras “Este es mi Hijo, el Amado, en quien me complazco” y, acto seguido, el Espíritu Santo lo conduce al desierto y dice “para ser tentado”, después de ayunar durante cuarenta jornadas.

Jesús experimentará la tentación hasta el final de su vida y, de hecho, este pasaje está íntimamente unido al momento de la crucifixión.

En cierto sentido, podemos contemplar las tres tentaciones de Jesús en el desierto en paralelo con las tres caídas de Jesús cuando carga con la cruz camino del monte Calvario.

El ataque llegará en todo su apogeo cuando Jesús esté en su máxima debilidad: en la agonía de la cruz, Él escuchará de las autoridades judías: “si eres hijo de Dios, baja de la cruz y sálvate a ti mismo”; y de uno de los ladrones: “Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros” (sobre esta situación, puedes encontrar un poco más en esta otra reflexión).

Esto aparece al comienzo y al final de los Evangelios para llamar nuestra atención sobre lo que está en juego todo el tiempo: vivir como hijos de Dios se asimila a un combate, a una lucha espiritual continua. Y, para ello, uno debe aprender a conocer algo de las tácticas posibles de su enemigo; cómo es el lugar de batalla; por qué se combate y con qué fuerzas aliadas cuenta. Iremos poco a poco. Empecemos por el texto del Evangelio.

Jesús es tentado en el desierto (Mt 4, 1-11)🔗

Dice el evangelista San Mateo que: 1 Por aquel tiempo Jesús fue conducido al desierto por el Espíritu, para que fuese tentado por el diablo. 2 Ayunó cuarenta días y cuarenta noches, después de lo cual tuvo hambre. 3 Entonces, el tentador se aproximó y le dijo: “Si Tú eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se vuelvan panes”. 4 Mas Él replicó y dijo: “Está escrito: “No de pan sólo vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. 5 Entonces, lo llevó el diablo a la Ciudad Santa y lo puso sobre el pináculo del Templo; 6 y le dijo: “Si Tú eres el Hijo de. Dios, échate abajo, porque está escrito: “Él dará órdenes a sus ángeles acerca de Ti, y te llevarán en palmas, para que no lastimes tu pie contra alguna piedra”. 7 Respondióle Jesús: “También está escrito: “No tentarás al Señor tu Dios”. 8 De nuevo le llevó el diablo a una montaña muy alta, y mostrándole todos los reinos del mundo y su gloria, 9 le dijo: “Yo te daré todo esto si postrandote me adoras”. 10 Entonces, Jesús le dijo: “Vete, Satanás, porque está escrito: “Adorarás al Señor tu Dios, y a Él sólo servirás”. 11 Le dejó entonces el diablo, y he aquí que ángeles se acercaron para servirle.

¿Por qué ir al desierto a ser probado?🔗

Lo primero que puede desconcertar del texto es que Mateo afirme que el Espíritu Santo llevó a Jesús al desierto para ser tentado. Es un poco fuerte ¿no? Aunque, Jesús pasó la mayor parte del tiempo allí ayunando (cuarenta días), el Evangelista señala específicamente que la intención del Espíritu Santo era llevarle “para ser tentado”, cosa que ocurre al final.

Este hecho resalta más al comparar este texto con los de los otros dos evangelios y que usan otros matices: Marcos, con su parquedad habitual, dice simplemente que «El Espíritu lo empujó al desierto» y Lucas dice que «era conducido por el Espíritu por el desierto, mientras era tentado».

Como vemos, cada Evangelista quiere que nos fijemos en algo diferente cada vez: Mateo, en la intención; Marcos, en la dirección o lugar y Lucas en el proceso.

¿No es apasionante la Palabra de Dios?

Volviendo a Mateo, que el Espíritu Santo enviara a Jesús para ser tentado, nos permite caer en la cuenta de que así Jesús, también en este aspecto, experimentó la misma realidad que cada uno de nosotros, tal y como San Pablo diría después cuando afirmó que «fue probado en todo como nosotros, menos en el pecado» (Heb 4,15).

Por ello, debemos tener siempre presente que nos podemos identificar con Jesús porque Él se identificó con nosotros primero. La primera clave, por tanto, es que Jesús vivió mi misma realidad. Mi realidad no le fue ajena, como no le es ajena en mi presente. Todo lo que va a decirme a continuación es, para mí, de total realismo y plena actualidad. Es lo que vivo.

s; acusamos; perdemos la paciencia; invalidamos, simplificamos, etc.).

La relevancia de la identidad en la tentación🔗

Cuando Jesús es tentado en el desierto, por dos veces, le dice el Diablo: “Si eres hijo de Dios…” y, a continuación, le pone una condición y/o un desafío.

¿Qué supone esto? Es un ataque basado en la identidad.

En su momento, una interpretación entendía que el Diablo podría estar tratando de averiguar si Jesús era el Hijo de Dios y por eso lo retaba de esa manera, pero parece difícil acoger esta posibilidad, ya que habría visto previamente cómo se abrían los cielos en su bautismo; descendía el Espíritu Santo y se escuchaba la voz del Padre diciendo “Este es mi hijo”.

Por tanto, parece, más bien, una tentación en sentido propio. Al fin y al cabo, el texto es claro al decir que Jesús acudió al desierto para ser tentado.

Teniendo esto claro, podemos entender este aspecto de la tentación en un doble sentido: bien como cuestionamiento de la identidad (demuestra quién eres haciendo lo que digo); bien como manipulación de la identidad (desvirtuando el despliegue de la identidad, puesto que eres hijo de Dios…), es decir, como una especie de virus que infecta la célula identitaria y contamina su núcleo alterando su verdadero ser.

Lo que define la identidad de Jesús es la de haber sido engendrado por el Padre y ser uno con Él en completo amor, de ahí que en la escena previa del bautismo del Señor sean centrales las palabras del Padre: Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco.

Lo que define la identidad de ser hijo de Dios es la paternidad de Dios, no otras cosas. Los bautizados tenemos la oportunidad de vivir desde la conciencia de ser hijos adoptivos de Dios. Nuestra identidad ya está establecida desde nuestro bautismo, no necesitamos demostrar nada. Al revés, vivimos gozando de la adopción recibida directamente (dirá Jesús en Juan 17, 13, “voy a Ti… para que ellos tengan en sí mismos el gozo cumplido que tengo Yo); no tenemos que demostrar nada, ni ganarlo, porque Dios Padre ya nos lo ha dado y lo ha hecho gratuitamente.

En cambio, todo lo que viene del Diablo implica un cuestionamiento de nuestra identidad, bien en su esencia, bien en su realización (acaso es lo mismo). Es un provocador que nos lleva a entrar en su juego de tener que demostrar y hacerlo en el campo definido por él: la demostración; poner condiciones; la transacción, una cosa en función de otra, etc.

La respuesta de Jesús es elocuente, Él no va a entrar en ese juego ni acepta jugar en campo contrario y se quita la cuestión de encima, simplemente rebatiendo la premisa preestablecida por el Diablo: simplemente, como el alimento de un hijo de Dios no se reduce a satisfacer necesidades materiales, no hay más que hablar. Queda rechazada la enmienda. Podríamos parafrasear: buen intento, pero no cuela, tengo claro quién soy; no he sido creado para satisfacer tus expectativas ni reducirme a ellas, por inocentes que parezcan.

Tomar conciencia de esto nos ayuda mucho cotidianamente, pues, en la vida ¿cuántas propuestas y estímulos recibimos que nos invitan o inducen diariamente a demostrar lo que somos o lo que valemos? ¿Cuántas veces el planteamiento de vida que hacemos es para demostrar a los demás que somos lo que mostramos que tenemos o hacemos? En estos casos dejamos de vivir como hijos para hacerlo como esclavos de las expectativas de otro.

Sin embargo, no es eso lo que nos define. A nosotros, los bautizados, nos define nuestra condición de hijos adoptivos de Dios y lo que ello supone. Vivir de esta condición supone, en la práctica, vivir libres de tener que demostrar. No vivimos demostrando, vivimos mostrando lo que somos porque somos testigos. Por lo tanto, no entres en el juego; recuerda quién eres; recuerda tu dignidad o, en su caso, empléate en descubrirla.

Ahora bien, a menudo lo olvidamos. Por eso, para vivir como hijos de Dios, hemos de hacer el ejercicio de recordar continuamente quiénes somos de verdad. Si lo recordamos habitualmente, no nos conformaremos con menos. En esto no estamos solos, pues hemos de superar la inclinación a la dispersión y, para ello, contamos con un aliado sin igual: el Espíritu Santo, quien tiene como parte de su misión recordarnos todo lo que Jesús dijo para que tengamos en nosotros mismos el gozo que tiene Él.

El campo de batalla de las tentaciones y su trazabilidad🔗

¿Dónde se produce la batalla con las tentaciones? El campo de batalla de las tentaciones es nuestra alma y la superficie de ataque es esencialmente nuestro interior y, particularmente, los pensamientos que tenemos, pues, como veremos, no todos tienen su origen en nosotros.

Es por ello que toda la labor que venimos proponiendo de observación es esencialmente interior, aunque parte de la información proceda del exterior y haya circunstancias externas muy valorables también.

San Juan Casiano, uno de los Padres de la Iglesia, ya decía a comienzos del siglo V: (…) ante todo, que son tres los principios de que se originan nuestros pensamientos: Dios, el demonio y nosotros mismos (…). Conviene, pues, que estemos sobre aviso y observemos de continuo estas tres causas de nuestros pensamientos, examinando con discreta sagacidad todos los que sobrevengan a nuestro corazón. Debemos indagar, ante todo, su origen, la causa y el autor de que proceden para darles el crédito que se merecen y saber cómo conducirnos con ellos. Así llegaremos a ser, según el precepto del Señor, hábiles cambistas. La habilidad y la ciencia de los cambistas consisten en distinguir el oro puro del que no ha sido purificado de igual suerte en el crisol; en no dejarse engañar y saber apreciar una moneda de cobre en un denario vil que tuviera en apariencia el brillo del metal precioso. Pero no sólo deben reconocer las piezas que ostentan la efigie del emperador. Su sagacidad va más lejos. Distinguen, inclusa, aquellas que, aunque llevan la impronta del rey legítimo, no son en realidad más que mera falsificación de la verdadera moneda. A ellos incumbe, en fin, comprobar con la balanza la gravedad del metal y justipreciar el peso debido (Colaciones, Colación XIX, Los Tres Principios de nuestros Pensamientos). 

Muchos siglos más tarde, San Ignacio lo sintetizará en sus Ejercicios Espirituales al decir: presupongo ser tres pensamientos en mí, es a saber, uno propio mío, el cual sale de mi mera libertad y querer; y otros dos, que vienen de fuera: el uno que viene del buen espíritu y el otro del malo (EE 32). A partir de ahí, Ignacio sistematizará toda una serie de reglas para escrutar y saber el origen de lo que nos mueve.

Como vemos, así como los pensamientos pueden tener un triple origen, también las tentaciones pueden tenerlo. Tomando como concepto de tentación el de incitación o invitación al pecado, ésta puede provenir de tres enemigos espirituales: el mundo, el demonio y la carne, es decir, de nosotros mismos, de otras personas y de los demonios. Quien no aparece aquí, frente a la terna del origen de los pensamientos, es Dios mismo, ya que Dios no tienta (Carta de Santiago 1, 13 … “nadie cuando es tentado diga: “Es Dios quien me tienta”. Porque Dios, no pudiendo ser tentado al mal, no tienta Él tampoco a nadie”). En este caso, nos estamos centrando en las tentaciones que tienen su origen en los demonios solamente.

En este punto y antes de seguir, viene bien una breve explicación sobre cómo interactúan los demonios con nuestro ser.

Para Santo Tomás de Aquino, la acción de los demonios sobre el hombre es real, pero está cuidadosamente delimitada por la naturaleza espiritual del alma humana. Su doctrina aparece sobre todo en la Summa Theologiae (I, q. 111; I-II, q. 80), donde explica que los ángeles —y por tanto también los demonios— pueden actuar sobre el mundo corporal y sobre las potencias sensibles del hombre, pero no pueden penetrar directamente en el núcleo espiritual del alma.

En primer lugar, Santo Tomás sostiene que el demonio no puede mover directamente la voluntad. La voluntad es una potencia espiritual cuyo movimiento interior pertenece propiamente a Dios. Solo Dios puede obrar desde dentro del acto voluntario. El demonio no puede forzar una decisión ni obligar al pecado. Puede tentar, sugerir, inclinar indirectamente, pero el acto libre sigue siendo siempre del hombre. Por eso, para el Aquinate, incluso cuando hay tentación diabólica, la responsabilidad moral permanece intacta: el pecado nunca es causado por el demonio como autor principal, sino por la libre adhesión de la voluntad humana.

Tampoco puede el demonio iluminar u oscurecer directamente el entendimiento como facultad espiritual. No puede infundir ideas en el intelecto del modo en que Dios puede hacerlo, ni puede modificar inmediatamente un juicio intelectual. Sin embargo, aquí aparece un matiz decisivo en la psicología tomista: aunque el entendimiento sea espiritual, en el hombre depende de las imágenes sensibles (los phantasmata) para ejercer su actividad. Y es precisamente en ese nivel donde el demonio puede intervenir.

Santo Tomás explica que los ángeles pueden mover los cuerpos y, en consecuencia, alterar los órganos corporales y los llamados “espíritus animales”, que en la antropología medieval están vinculados a la imaginación y a la memoria sensible. De este modo, el demonio puede suscitar imágenes, reactivar recuerdos, intensificar representaciones mentales o hacer más vívida una fantasía. No introduce directamente un concepto en el entendimiento, pero sí puede modificar el material imaginativo sobre el cual el entendimiento trabaja. Y como nuestro conocimiento intelectual parte de esas imágenes, la influencia puede ser psicológicamente muy fuerte, aunque no sea metafísicamente directa.

Además, puede influir en las pasiones. Las pasiones —como el miedo, la ira, el deseo o la tristeza— tienen una dimensión corporal. Al poder actuar sobre el cuerpo, el demonio puede intensificarlas o atenuarlas. Puede, por ejemplo, exacerbar una inclinación al miedo o reforzar un deseo sensible. Y dado que la voluntad suele verse afectada por la fuerza de las pasiones, la tentación puede adquirir mayor intensidad. No obstante, incluso en ese caso, la voluntad conserva la capacidad de resistir, porque su acto no está determinado por la pasión.

En cuanto al conocimiento de nuestros pensamientos, Santo Tomás es igualmente claro: los demonios no pueden conocer directamente los actos internos de la voluntad ni los pensamientos secretos del corazón. Ese conocimiento pertenece solo a Dios. Los demonios pueden inferir disposiciones internas observando signos externos, cambios corporales, hábitos adquiridos y comportamientos repetidos. Son, por así decirlo, grandes observadores de la psicología humana, pero no lectores inmediatos del alma.

En síntesis, según Santo Tomás, la acción demoníaca en la mente humana es indirecta y mediada por lo sensible: pueden sugerir, excitar imágenes, influir en las pasiones y proponer un bien aparente bajo una forma atractiva. Lo que no pueden hacer es determinar el juicio del entendimiento ni forzar la decisión libre de la voluntad. Precisamente por eso, la lucha espiritual en la perspectiva tomista no es una lucha contra una fuerza que anule la libertad, sino contra sugestiones que buscan inclinarla sin destruirla.

Profundizando en los pensamientos que tienen su origen en un evento provocado por los demonios, Evagrio Póntico, uno de los Padres del Desierto más importantes, pide prestar mucha atención a los pensamientos y sentimientos, a los demonios y a sus leyes: «Para que el hombre pueda conocer por propia experiencia a los malos demonios y familiarizarse con sus artimañas, le aconsejo prestar atención a sus pensamientos. Ha de prestar atención a su intensidad, también a cuándo remiten, a cuándo aparecen y desaparecen. Tiene que prestar atención a la multiplicidad de sus pensamientos, a la regularidad de los demonios que son responsables de ellos, cuáles se han disuelto y cuáles no. Luego ha de pedir a Cristo que le aclare lo que ha contemplado… (Tratado Práctico, Capítulo 43).

Y sigue: «Para nosotros es muy importante que aprendamos a discernir también los distintos demonios y a apreciar las diferentes circunstancias de su venida. Esto podrían enseñárnoslo nuestros pensamientos… Además, deberíamos prestar atención a qué demonios atacan con menos frecuencia y cuáles son los más molestos, cuáles abandonan más rápidamente el campo de batalla y cuáles ofrecen mayor resistencia. Finalmente deberíamos conocer los que atacan de pronto y llevan al hombre a blasfemar de Dios. Es muy esencial conocerlo, para que, cuando se pongan a actuar los malos pensamientos, cada uno según arte y manera, podamos salirles al paso con palabras eficaces, esto es, tales que se refieran acertadamente a ellos. Tenemos que hacer esto antes de que nos hagan perder nuestra disposición de ánimo. Sólo así, con la gracia de Dios, conseguiremos hacer buenos progresos … (Tratado Práctico, Capítulo 43).

Como podemos observar, la manera que tiene Evagrio de describir la situación recuerda mucho a la de un médico que diagnostica una enfermedad por síntomas, pero, más aún, por su explicitud, aparece como una situación bélica en toda regla, en la que tenemos como aliado el auxilio de Dios (recordemos aquí la parte del Padrenuestro en la que pedimos que sea Él mismo quien impida que caigamos en la tentación), que hay que invocar, y que lleva por tarea conocer bien cómo, por dónde, con qué frecuencia y de qué tipo es el ataque para “verlo venir” y poder “salirle al paso” y hacerlo “antes de que nos hagan perder nuestra disposición de ánimo”, es decir, antes de caer en la tentación.

Como dice literalmente Evagrio, hay que familiarizarse con lo que no viene de Dios para poder reconocerlo y prevenir o reaccionar a tiempo, antes de que perdamos el control interior y exterior.

Esta familiarización llega al punto de poner nombre o identificar qué tipo de demonio es responsable del mal que vemos venir, lo cual no es nada fantasioso, pues, si nos fijamos, en la escena en la que Jesús es tentado en el desierto, Él mismo identifica a quien lo tienta: nada menos, que Satanás (cuyo nombre significa opositor o adversario).

Como vemos, si anteriormente teníamos que identificar los puntos débiles de nuestra realidad personal, ahora se trata de ver cómo logra asaltar el enemigo nuestro interior para subvertirlo.

A toda esta labor de escrutar los pensamientos; su origen; motivación, etc. se le denomina habitualmente “discernimiento” o “discernimiento de espíritus”, que es la actividad espiritual por la que buscamos saber cómo desvelar qué viene de Dios y qué no viene de Él.

Prestar atención a lo que acontece interiormente, además de generar un gran auto conocimiento y de hacernos crecer en virtud; constituye una gran muestra a Dios de nuestro deseo de Él.

Para aprender a detectar, al principio, te invito a realizar manualmente la trazabilidad de las situaciones, los pensamientos, los inductores y los remedios que tienen lugar, escribiendo todo ello en una sencilla matriz donde, caso a caso, vayamos recogiendo lo que vamos notando.

Aquí te expongo algunos ejemplos basados en los escritos de los Padres del Desierto:

Circunstancia concreta (hora, estado corporal, relación social)Logismós (pensamiento)Tipo de demonioEjemplo patrístico concretoRemedio ascético indicado
Soledad prolongada en la celda, calor del mediodía“Aquí no progreso… debería irme… esto es inútil”AcediaCasiano, Instituciones X: describe el “demonio del mediodía” que hace mirar constantemente por la ventana y odiar el lugarPerseverancia en la celda; estabilidad; salmodia
Exceso de comida o relajación corporalRecuerdos e imágenes sensualesFornicaciónCasiano, Instituciones V: la gula precede y facilita la lujuriaAyuno moderado y vigilancia de los sentidos
Corrección pública o roce fraterno“Me ha humillado… no es justo”IraApotegma: un hermano turbado tras ser reprendido; el anciano le dice que la ofensa está en su pensamientoSilencio inmediato y oración breve
Éxito en el ayuno o en la oración“Estoy avanzando más que los demás”VanagloriaCasiano, Instituciones XI: la vanagloria surge incluso al vencer otros viciosOcultar las prácticas; buscar el desprecio voluntario
No ser elegido para un servicio“No me valoran”Tristeza (según Evagrio, ligada al orgullo)Conferencias de Casiano sobre la tristeza que nace de frustracionesAcción de gracias y aceptación humilde
Riquezas o bienes administrados“Podría guardar algo para mí”AvariciaCasiano, Instituciones VII: la avaricia puede subsistir incluso en monjes pobresDesapropiación radical
Comparación constante con otros“Soy peor… nunca llegaré”Tristeza demoníacaApotegmas: el anciano que prohíbe compararseFijar la mirada en el propio combate
Vida comunitaria prolongadaJuicios interiores continuosIra + soberbiaCasiano, Conferencias XVI sobre la pureza del corazónCustodia del corazón (nepsis)
Larga paz sin tentaciones“Ya estoy seguro”SoberbiaCasiano advierte que la ausencia de combate puede preceder una caídaHumildad y memoria de la propia fragilidad

Hacerlo así, no solo es una forma de orar muy fecunda, además, es muy concreta y práctica, lo que la hace muy motivadora porque apreciamos que tiene una utilidad muy grande y nos resulta más atractiva.

Con el tiempo, como quien aprende algo nuevo, se vuelve más manejable y no requiere tanta manualidad. Será signo de que ya hemos adquirido esa “familiaridad” de la que habla Evagrio.

Dos maneras de ser tentados🔗

Cuando nos adentramos en la manera en como el Diablo se dirige a Jesús observamos que cada tentación tiene un patrón propio y distinto. Recordemos el diálogo cuando Jesús es tentado en el desierto:

“Si Tú eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se vuelvan panes”. Mas Él replicó y dijo: “Está escrito: “No de pan sólo vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Entonces, lo llevó el diablo a la Ciudad Santa y lo puso sobre el pináculo del Templo; y le dijo: “Si Tú eres el Hijo de. Dios, échate abajo, porque está escrito: “Él dará órdenes a sus ángeles acerca de Ti, y te llevarán en palmas, para que no lastimes tu pie contra alguna piedra”. Respondióle Jesús: “También está escrito: “No tentarás al Señor tu Dios”

Si nos fijamos, cada tentativa tiene características propias y sigue una pauta diferente.

En la primera, el Diablo invita a Jesús a que Él mismo convierta las piedras en panes, pues sabe que ha sentido hambre, pero Jesús le responde desde un pasaje del Deuteronomio, que hace suyo, y al Diablo le queda claro que su planteamiento ha quedado descartado.

En cambio, en la segunda tentación, Satanás ya no propone algo tan básico, ahora plantea algo bastante llamativo y un poco críptico; le dice que se tire de lo alto del templo porque sus ángeles impedirán que toque el suelo, ya que así está escrito, pero, podemos preguntarnos… ¿por qué hace esto Satanás?

El Diablo va de menos a más. Ha visto que la primera propuesta básica no ha sido convincente, por lo que la segunda tiene que ser más elaborada e indirecta para ser convincente y efectiva. Para ello, hace dos cosas:

  • Por un lado, ya no apela al instinto básico de Jesús (un instinto físico o de una necesidad primaria, podríamos decir), sino a otra cosa más rebuscada. Para ello, genera una especie de fantasía innecesaria o una escena aparentemente absurda: le invita a tirarse desde lo alto del templo;
  • Por el otro, ahora el Diablo, a fin de lograr deslizar la estrafalaria propuesta, racionaliza el planteamiento valiéndose para ello de la Palabra de Dios también (antes no lo había hecho), esto es, usando las mismas armas que Jesús. De este modo, busca mimetizarse en la lógica de su víctima usando una manera de razonar formalmente idéntica, pero, como veremos, sustancialmente divergente.

La pregunta surge de nuevo ¿por qué esto? También brota la exclamación ¡Qué retorcido! ¿no? Pero es que el Diablo, que es un ser de una grandísima inteligencia, ha percibido dos cosas de su presa:

  • Que a esta víctima no le vale una propuesta básica y que, además,
  • Se defiende bien con la Palabra de Dios;

Por lo tanto, debe cambiar la estrategia y adoptar una táctica más cualificada porque su presa no es una persona frívola o mundana, es profunda y comprometida, está totalmente identificada con Dios. Para ello, lo que hace entonces es apelar menos a lo terrenal o al instinto básico, e ir más a lo profundo, a lo más espiritual, podríamos decir. En definitiva, lo que hace en este segundo caso es apelar al ego y a la identidad profunda de Jesús.

Lo de tirarse al abismo puede parecer un absurdo, pero en la propuesta del Diablo, tenía mucho sentido: ha citado palabras del Salmo 91 porque prefiguran al Salvador anunciado: No se acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda, porque a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra; caminarás sobre áspides y víboras, pisotearás leones y dragones. «Se puso junto a mí: lo libraré; lo protegeré porque conoce mi nombre; invocará y lo escucharé. Con él estaré en la tribulación, lo defenderé, lo glorificaré, saciaré de largos días y le haré ver mi salvación».

Este salmo, sin ser explícito, anuncia a la figura de Cristo y, al mismo tiempo, contiene el anuncio de Salvación de Dios-padre. Tiene, por tanto, todos los ingredientes para tentar a Jesús puesto que la cita bíblica apela a su identidad Mesiánica y, al mismo tiempo, desafía la obra de Dios, pues tendrá que salvarlo para que su pie no tropiece en la piedra.

La vuelta de tuerca es mayúscula, no solo tergiversa el texto, sino que invierte su lógica y lo vuelve arma arrojadiza contra él. Lo pone en un brete, pues la escritura, al fin y al cabo, tiene que cumplirse ¿no?

Jesús, lógicamente, no cae en la trampa y no entra en esa lógica y le vuelve a responder con una larga-cambiada citando otro pasaje del Deuteronomio situando las cosas de nuevo donde deben estar; en la lógica de Dios que tampoco puede reducirse a la formalidad, como tampoco el hambre se sacia solo con pan.

Si la respuesta anterior de Jesús había sido, digamos, más o menos, asertiva, aquí la defensa de Jesús adopta un tono más serio, pues está señalando a su oponente: no tentarás al Señor, tu Dios. Jesús acaba de desenmascarar al Diablo, desvelando su verdadera intención.

Pero ¿qué supone todo esto que hemos ido exponiendo? Muy sencillo: los demonios tienen dos grandes maneras de tentar o, podríamos decir, existen dos grandes tipos de tentaciones distintas: tentaciones simples, evidentes o directas y tentaciones sutiles, elaboradas o indirectas.

Los demonios no solo tientan, también tantean el perfil de su presa. Si ven que con una oferta más o menos básica o banal no logran llevarse a la víctima a su terreno (recordemos que el evangelio, por dos veces, menciona que se lo llevó a otro sitio, es decir, trata de llevárselo a su terreno), plantearán algo más difícil de percibir; algo más disfrazado y enmascarado. Y una de las cosas más complicadas de ver es lo relacionado con el ego porque nos cuesta conocernos y ponernos en verdad.

SituaciónTentación simpleTentación sutil
Un estudiante ante un examen decisivo“Copia. Saca el móvil. Es lo más fácil y nadie lo sabrá.”“Solo asegúrate una respuesta clave. No es copiar todo, es equilibrar la injusticia de un examen mal planteado.”
Un profesional que aspira a un ascenso“Habla mal de tu compañero para dejarlo fuera.”“Simplemente informa objetivamente de sus errores. No es hablar mal; es ser transparente.”
Una persona cansada en su vida espiritual“Déjalo. No sirve para nada.”“Dios no quiere que reces sin ganas. Espera a tener más fervor; así será más auténtico.”
Sacramento de la confesión“No vayas, vaya vergüenza”“Para qué vas a ir si no tienes pecados mortales”
Sacramento de la comunión“Qué aburrida es la misa”«La misa es para gente más creyente»
Aborto“Si no abortas, no podrás ser feliz”“Mi cuerpo, mi decisión”
Apropiación indebida“Nadie se va a enterar y te viene bien”“Imagina el bien que podrías hacer con ese dinero”
Una persona se plantea ser catequista“Te quitará tiempo para otras cosas”“No te dejarán dar catequesis como a ti gusta”
La Pasión de Jesús“Crucifícalo, crucifícalo”    “Si sueltas a este, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se opone al César”

Por lo tanto, el primer modo de tentar se caracteriza por ser más grosero, burdo, evidente, ligado a lo sensible probablemente y a lo material o terrenal; busca la gratificación inmediata; va a lo primitivo del ser. Son formas de tentar que, generalmente, mueven al pecado de manera más manifiesta.

Sin embargo, no son desdeñables tampoco, ni estamos nunca a salvo de ellas, por más que nos parezca.

De hecho, este primer tipo de tentación tampoco está exenta de dificultad, pues, si nos fijamos, se produce en relación con algo bueno: alimentarse de pan es algo correcto. Si Jesús lo rechazó es porque la premisa no lo era: ser hijo de Dios no se reduce a eso, aunque también sea necesario.

En el segundo tipo de tentación, el enemigo se suele disfrazar de “ángel de luz” (cf. EE 332) o plantar cosas en la mente que vienen enmascaradas bajo capa de bien. En la escena del alero del Templo, la propuesta no puede ser más frívola: primero tirarse, para luego ser salvado; es decir, un acto de egolatría sin parangón que busca llamar la atención; se sitúa en el centro, desplazando a Dios, y convierte al Señor en el siervo de su capricho y su victimismo. Cuántas veces las cosas son así de reviradas. Por ejemplo, cuando una persona le hace chantaje emocional a otra para lograr lo que desea; cuando un progenitor educa a un hijo a su imagen y semejanza, en lugar de darle lo que necesita, porque desea que su progenie sea un reflejo de sí mismo.

En muchas ocasiones, estamos ante una situación donde sentimos una tensión especial o que nos pone en conflicto; vemos que hay un bien que se puede alcanzar, pero parece tener un vicio o una circunstancia que no lo valida del todo moralmente. Dudamos. Empezamos una reflexión o diálogo interior en nuestro pensamiento donde brotan frases como “te lo mereces”; “por un poco no pasa nada”; “todo el mundo lo hace”; “mereces algo mejor”, etc. y otras afirmaciones análogas que tratan de justificar un deseo previo y nos alejan de la lógica de Dios, mediante la racionalización, para que se consume el consentimiento.

Es lo mismo que sucede en el Génesis: Dios deja claro que no debe comerse del fruto del árbol del centro del jardín o morirá quien lo haga, pero la serpiente cambia la lógica de Dios introduciendo la desconfianza y dice: «No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal». Entonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia; así que tomó de su fruto y comió. Luego se lo dio a su marido, que también comió. Vemos el proceso:

PautaSuceso
CuestionaNo, no moriréis
TergiversaciónDios sabe que el día en que comáis de él…
Engaño… se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal»
Bien apetecibleEntonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable
Racionalizaciónpara lograr inteligencia
Concuspiscenciaasí que tomó de su fruto
Caíday comió
DinámicaLuego se lo dio a su marido, que también comió

Cuántas veces vemos una oportunidad en algo y, en el fondo, pensamos también algo así como “demasiado bueno para ser verdad”; “hay gato escondido”; “demasiado fácil”, etc.

Aprender a ver qué lógica oculta había tras cada caída que tengamos nos dará sabiduría para enfrentar nuevas tentaciones que empezaremos a detectar a tiempo justamente por la forma en que se presentan; la lógica que usan y las circunstancias en que ocurren.

Al final, lo que observamos es que el Diablo trata de sustituir la lógica de Dios por la suya propia y lo hará valiéndose de “urgencias” o “necesidades” o de “disfraces”. Por tanto, aprendamos a familiarizarnos con los rasgos con los que se presentan las tentaciones para poder prevenirlas.

Para terminar, no está de más, señalar que el Diablo, no contento con todo lo anterior, como en el fondo quiere destruirnos, primero anima y empuja al pecado y, una vez se cae, cambia la dinámica, y lo que hace es acusar, culpar, invalidar, desesperanzar… etc. viene bien saberlo.

Jesús nos inspira un método de afrontamiento: la Antirrhesis🔗

Cuando Jesús es tentado en el desierto, por tres veces responde con una cita del Deuteronomio. La primera se refiere al alimento (no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios); la segunda a respetar a Dios (no tentarás al Señor, tu Dios); la tercera, a la adoración de Dios (A Dios adorarás y a Él solo darás culto).

Esto no es casual. El Deuteronomio es uno de los libros que, por excelencia, plasma la Ley de Dios como Nueva Alianza. Así que Jesús se expresa no solo para defenderse, sino para reafirmar la Nueva Alianza frente a quien, precisamente, atentó contra la Alianza original del Paraíso.

En las tres respuestas de Jesús encontramos, por tres veces, la misma idea expresada de formas distintas: alimentarse de Dios; reverenciar a Dios; entregarse a Dios. Frente a la propuesta del Diablo, Jesús defiende el plan de Dios.

De aquí se extra que, para que podamos experimentar a Dios no necesitamos tanto protegernos de la pérdida como, en cambio, reafirmar nuestra vivencia de Él a través de la misma idea estructural: no busquemos fuera de Él lo que solo podemos encontrar en Él.

Si tomamos el capítulo 6 del Deuteronomio, vemos que el libro define su propia naturaleza y finalidad al decir: estos son los preceptos, los mandatos y decretos que el Señor, vuestro Dios, me mandó enseñaros para que los cumpláis en la tierra en cuya posesión vais a entrar, a fin de que temas al Señor, tu Dios, tú, tus hijos y tus nietos, observando todos sus mandatos y preceptos, que yo te mando, todos los días de tu vida, a fin de que se prolonguen tus días. Es decir, la Palabra de Dios es nuestro ADN.

Y como esta Ley es la que propicia la vida eterna, seguidamente da pautas muy asertivas para no perderla en momento alguno: escucha, pues, Israel, y esmérate en practicarlos, a fin de que te vaya bien y te multipliques, como te prometió el Señor, Dios de tus padres, en la tierra que mana leche y miel (…) Estas palabras que yo te mando hoy estarán en tu corazón, se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado; las atarás a tu muñeca como un signo, serán en tu frente una señal; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portales (…).

Lo que viene a decir este texto es que los israelitas debían rumiar y repetir continuamente la Ley del Señor para quedar configurados por ella; vivir por ella; entenderse desde ella. Es decir, las palabras y mandamientos del Señor, al ser el manual de instrucciones de nuestro sistema operativo vital, están como en el frontispicio de la existencia, de modo que no podemos funcionar sin que estas palabras se compilen continuamente, ya que construyen y mantienen nuestro ser.

Entonces ¿Qué hace Jesús? A Jesús le brotan de manera natural las palabras que definen la Ley por la que debe regirse y, al tiempo que son una defensa, son, más aún, una reafirmación, ya que constituyen la columna vertebral de la existencia que mana leche y miel. Podría decirse que lo que mejor nos protege no es tanto estar a la defensiva, como recordar aquello por lo que vivimos y expresarlo claramente.

Así, jugamos en terreno propio y no en el del rival y de esta manera evitamos que el Demonio nos lleve a otro lugar, es decir, a su terreno. Cuando una persona pretende ofendernos, solo lo logrará si le damos ese poder, pero, si, en cambio, en lugar de buscar su reconocimiento, simplemente somos asertivos y reafirmamos nuestra identidad, al no necesitar el reconocimiento ajeno, nos mantenemos en nuestro sitio y no lo perdemos.

Los Padres del Desierto tomaron la pauta del pueblo de Israel, ejemplarmente seguida por Jesús, y la convirtieron en método: la Antirrhesis. Evagrio Póntico enseña que cada tipo de pensamiento (logismós) debe combatirse con una palabra concreta de la Escritura. En su obra Antirrhētikós (“Tratado contra los pensamientos”), selecciona textos bíblicos según el tipo de tentación para poder expresarla en oración cuando uno se siente tentado por los demonios.

Y esto, como decíamos, hay que hacerlo rápido y de forma tajante. Paul Evdokimov, en su obra “La lucha con Dios”, describe este movimiento con mayor detalle:

“El primer movimiento de “contaminación” proviene de una representación, imagen, idea, deseo que cruza nuestra mente; algo muy fugaz que surge abruptamente y solicita nuestra atención. Desde el subconsciente la llamada sube a la conciencia y hace un esfuerzo por mantenerse allí. Esto todavía no es pecado, ni mucho menos, pero es la presencia de una sugestión. Es en este primer momento cuando la reacción inmediata de la atención en el reloj es decisiva. La tentación va a desaparecer o va a permanecer. Los escritores espirituales hacen uso de una imagen que era familiar en el desierto: «Golpea a la serpiente en la cabeza» antes de que entre en la celda. Si entra toda la serpiente, la lucha será mucho más laboriosa. Si la atención no reacciona, la siguiente fase pasa al placer. Una atención voluntaria a la solicitud tentadora provoca cierto placer, convirtiéndose en una actitud equívoca que ya coopera.

Un ejemplo podría ser el siguiente:

Tipo de pensamientoForma concreta actualTexto bíblico para oponerClave espiritual
Duda corrosiva (no búsqueda sincera, sino inquietud constante)“¿Y si todo esto es falso?” repetido obsesivamente2 Co 5,7 — “Caminamos por fe, no por vista”No todo pensamiento merece investigación
Escrúpulo religioso“No he hecho suficiente… Dios no me perdona”1 Jn 3,20 — “Dios es mayor que nuestro corazón”La conciencia no es juez supremo
Autoanálisis infinitoExaminar cada intención buscando pureza totalQo 7,20 — “No hay justo que no peque”Aceptar la condición limitada
Curiosidad teológica desordenadaQuerer resolver misterios que no conducen a conversiónDt 29,29 — “Lo secreto pertenece al Señor”No todo saber edifica
Confusión mental en oraciónMultiplicación de ideas durante el silencioSal 46,11 — “Estad quietos y sabed que Yo soy Dios”Volver a la simplicidad
Acusación interior persistente“No sirves para esto”Rom 8,1 — “Ninguna condena hay para los que están en Cristo”Distinguir acusación de corrección
Orgullo intelectual espiritual“Entiendo mejor que los demás”1 Co 8,1 — “La ciencia hincha, la caridad edifica”El criterio es la caridad

En este sentido, el Papa Francisco venía a confirmarlo cuando decía: Al diablo se le vence oponiéndole con fe la Palabra divina. Jesús nos enseña a defender de este modo la unidad con Dios y entre nosotros de los ataques del que divide. La Palabra divina es la respuesta de Jesús a las tentaciones del diablo. Por ello, preguntémonos: ¿qué lugar tiene en mi vida la Palabra de Dios? ¿Recurro a la Palabra de Dios en mis luchas espirituales? Si tengo un vicio o una tentación que se repite, ¿por qué no busco, haciendo que me ayuden, un versículo de la Palabra de Dios que responda a ese vicio? Luego, cuando llegue la tentación, lo recito, lo rezo confiando en la gracia de Cristo. Probemos, nos ayudará en las tentaciones, nos ayudará mucho, porque, entre las voces que se agitan dentro de nosotros, resonará la voz benéfica de la Palabra de Dios (Papa Francisco, Ángelus, 26 de febrero de 2023).

Sin embargo, lo anterior no debe tomarse tanto como una forma de dialogar con el Demonio, como, en cambio, una forma tajante de recuperar la mirada en Dios, perturbada por la tentación que se está sintiendo.

Efectivamente, con el Demonio no hay que hablar, hay que ser tajante y recordar la Palabra de Dios es una manera de volver a Él con rapidez. La Palabra, en este sentido, actúa como una espada.

Cuántas veces vemos que, en los momentos difíciles, para afrontar el espíritu de tristeza o de temor, recurrimos al salmo del Buen Pastor (El Señor es mi pastor, nada me falta…), porque nos produce un enorme consuelo; nos serena; aumenta nuestra confianza. Pues, del mismo modo, con otras situaciones y otras palabras, operamos según nos las ponga el Espíritu Santo a cada uno.

Esto es tan así que el propio San Pablo lo confirmará al decir que: porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos; penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón (Hebreos 4,12)

¿Y de qué se trataba, según vimos, cuando hablamos de los demonios? Justamente de lo que menciona San Pablo; de escrutar los pensamientos. Ahora consiste, en cambio, en salir al paso de las incitaciones del Maligno, para lo cual la propia Palabra de Dios aparece como poderosa y, además, también viva y eficaz, tal y como dice el apóstol.

Por lo tanto, hagamos como Jesús y seamos tajantes con los pensamientos intrusivos que nos descentran del Señor; retomemos el centro a través de la Palabra para no dejar de mirar a Dios en todo momento.

Para ello, repetimos interiormente un versículo, un texto, un himno, una canción… hasta que el pensamiento que nos acosa pierda fuerza.

Si, como el Pueblo de Israel, nos habituamos a rumiar y repetir los textos de la Palabra a través de pequeñas oraciones o jaculatorias, estaremos aún en mejor disposición cuando queramos invocar palabras concretas frente al asalto del Maligno. Puede que al principio nos cueste ver resultados, pero todo llega con la práctica y… la convicción, es decir, la confianza el obrar divino.