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Lectura dominical de la resurrección de Lázaro 🔗
En el ciclo A de la Cuaresma se nos propone como evangelio dominical la escena de la resurrección de Lázaro, pero quitando algunas partes.
Juan 11, 3-7. 17. 20-27. 33-45:
En aquel tiempo, las hermanas le mandaron recado a Jesús diciendo: «Señor, el que tú amas está enfermo».
Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba. Solo entonces dijo a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea».
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará».
Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día».
Jesús le dijo:«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Jesús se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?».
Le contestaron:« Señor, ven a verlo».
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!». Pero algunos dijeron:
«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».
Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús: «Quitad la losa».
Marta, la hermana del muerto, le dijo:«Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».
Jesús le replicó: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».
Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, sal afuera».
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar».
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.
El episodio de la resurrección de Lázaro ocupa todo el capítulo 11 del evangelio de Juan, pero ya que en la lectura litúrgica dominical no se lee entero, sino que se omiten algunas partes y se resaltan otras (Juan 11, vv. 3-7; 17; 20-27; 33-45), en esta ocasión, nos ceñiremos al texto con esas limitaciones.
La realidad nos golpea🔗
Lo primero que sucede es que llega una mala noticia: las hermanas Marta y María comunican a Jesús que su hermano está gravemente enfermo.
Se nos presenta una realidad que golpea en toda su crudeza. Aquí la enfermedad está al servicio de la enseñanza, pues es una enfermedad terminal que va a provocar la muerte del individuo.
Esto es lo que nos quiere mostrar Dios: que hay realidades que nos afectan y que pueden generar nuestra muerte. De hecho, hay realidades en nuestro interior (simbolizado después en la cueva) o que nos acontecen (matrimonio, familia, salud, misiones, etc.), que están en una fase terminal de deterioro y que deben ser revividas, aunque, a veces, por su apariencia, más bien se asemejen a un muerto-viviente.
En primer lugar, por tanto, la Palabra nos propone tomar conciencia de nuestra realidad.
Se nos anuncia una mala noticia y es que hay una realidad personal que está en una situación crítica. Tenemos aquí una invitación a descubrir cuál pueda ser la nuestra.
Y si cuesta verla, hagamos como en el texto de la resurrección de Lázaro; llamemos a Jesús y digámosle “Señor, ven a ver” y nos/me dices cómo y dónde mirar.
No somos conscientes🔗
No es Lázaro quien pide ayuda, son las hermanas. Lázaro no habla en toda la escena. Probablemente no lo hace porque no puede hacerlo por inconsciencia o por incapacidad. Posiblemente está ignorante de la realidad que le acontece y que le golpea hasta postrarlo en una situación de impedimento personal absoluto.
Por ello, son las hermanas las que piden ayuda, del mismo modo que, a menudo, son otras las personas las que frecuentemente se dan cuenta de que hay algo que nos está deteriorando (e, incluso, que no nos deja vivir) y de lo que no acabamos de ser conscientes, a veces por un punto ciego grande (como puedes profundizar en esta otra entrada).
Puede que hayan tratado decírnoslo sin herirnos, pero no ha habido modo, el mal ha seguido avanzando y ha infectado nuestro espíritu como un parásito penetra en el cuerpo de una persona. De manera que solo queda acudir a Jesús.
Ellas no quieren apartarse de aquel a quien aman, de modo que envían a colaboradores que traigan la ayuda de Jesús. Los comunicadores de esta mala situación se nos parecen a aquellos que ruegan por los males que aquejan nuestra alma: los intercesores, los mediadores, los que ruegan de continuo para que Jesús venga y actúe porque los medios humanos parecen haber tocado su límite y no dan más de sí en la situación que se nos encomienda o que percibimos desde fuera con relación a alguien.
En este punto, ¿cuántas situaciones nos desbordan y nos afectan malamente?: un matrimonio con dificultades para vivir desde el amor; un hijo que se desvía de su deber; unos familiares que no nos reconocen; y tantas otras situaciones. Cada uno la suya.
Hay una respuesta🔗
Jesús lo oye y genera una respuesta. Cuando dirigimos nuestras súplicas a Dios, Él las oye. Es importante detenernos en esto por un momento: Dios nos solo nos oye, nos escucha porque genera una respuesta siempre: incluso su silencio puede llegar a ser un tipo de respuesta. Lo importante es saber que a Él no le es indiferente nuestra realidad pues hasta los cabellos tenemos contados ¿Quién se detendría a contar los cabellos de alguien si no es por la profunda atención que tiene a su criatura?
Jesús oye lo que le comunican (oración) y esto provoca en Él una respuesta que, además, podríamos decir que es muy propia de Dios, pues con su afirmación hace tres cosas: nos tranquiliza; nos habla de la enfermedad del alma; y nos dice que todo está bajo su control.
Efectivamente, lo primero que hace es llamar a la tranquilidad (nos serena), pues dice es que la enfermedad no es mortal y lo primero que percibimos es que es una respuesta tranquilizadora. Como diciendo: por muy mal que se vea, no está perdida la situación. En Jesús encontramos la serenidad que perdemos por una situación que percibimos abrumadora, sin salida.
En segundo lugar, Jesús acaba de convertir nuestra mala noticia en la buena noticia. Es como un diagnóstico: la mala noticia es que no estamos bien, aquejados como andamos por alguna clase de mal que nos afecta, pero hay una segunda noticia y es buena: no será mortal, la enfermedad tiene cura. Esto lo solemos captar mejor cuando lo referimos al estado de nuestra alma.
En tercer lugar, Jesús nos transmite con su Palabra que Él está en control. Como esa frase que circula por el mundo y que dice algo así como: no te centres en la tormenta, céntrate en mí (como parafraseando el evangelio: busca el Reino y lo demás se te dará por añadidura).
Learning by doing para Gloria de Dios🔗
Pero, a continuación, Jesús hace algo más. Dice algo que nos puede resultar enigmático porque seguidamente afirma que la enfermedad servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo del hombre sea glorificado por ella.
De hecho, a donde Jesús regresa, al cabo de dos días desde la noticia, remarca el texto que es a la tierra de Judea (parafraseando la etimología: la tierra del pueblo de los adoradores); de los llamados a alabar, dar y ser Gloria de Dios.
¿Pero por qué dice esto? ¿A qué viene? Muy sencillo: en primer lugar, Jesús aprovecha nuestra realidad para enseñarnos algo de sí mismo; algo de Dios. Porque la misión por la que ha venido Jesús es tiene por objetivo restaurar la relación del ser humano con su Padre, la cual, a menudo, está más muerta de lo que somos capaces de reconocer.
El caso es que Jesús aprovechaba las circunstancias para enseñar a los discípulos y a nosotros también. Lo que Jesús está haciendo, como hacía continuamente, es enseñarnos a aprender mientras hacemos; enseñar usando como materia de examen lo que vivimos y, como veremos en seguida, los deberes serán pocos: creer. Lo que Jesús hace es enseñar a todos haciendo: learning by doing.
Dice Jesús que la enfermedad servirá. No dice que la enfermedad es para algo o por algo, como si Él pudiera ser su causa, sino que servirá para un bien mayor; uno que, incluso, sea meritorio para dar Gloria a Dios. Es decir, que, sin rechazar la difícil realidad, sino asumiéndola, ya que hemos de aceptarla porque se nos impone, digamos, Dios obrará para sacar un provecho benigno, incluso mayor que el propio mal (donde abundó el pecado, sobre abundó la gracia, dirá el apóstol San Pablo). Por tanto, le servirá a Él, le servirá al Padre y le servirá al destinatario o víctima del mal y a todos cuantos son aquí testigos (discípulos, judíos, hermanas…). Esto es, Jesús nos enseña a usar las contrariedades para que Él se nos revele a través de ellas; nos muestre algo e intervenga.
En este sentido, podemos ver las contrariedades como en la imagen del mar Rojo: el pueblo de Israel está entre la espada y la pared porque por detrás viene el Faraón (el mal) en su persecución, mientras que por delante tiene un obstáculo aparentemente insuperable: un mar que no puede cruzar a tiempo para escapar. Es una situación límite. En medio de esta circunstancia, la respuesta de Dios es abrir el mar rojo. Así son nuestras circunstancias desafiantes y así actúa Dios: abriendo un camino insospechado generalmente o, al menos, difícil de contemplar para la persona cuando se siente abrumada por lo que le ocurre.
¿Y a qué se refiere con la gloria de Dios? Pues, en segundo lugar, de lo que se trata es que Jesús nos está mostrando las bienaventuranzas: las realidades negativas del ser humano para las que hay una divina respuesta e intervención. En este caso, a través de la bienaventuranza en su dimensión más esencial: ante lo que hay de perecido en el hombre, Dios responde con su vivificación.
Así es. Jesús lo demuestra en esta escena con hechos (como había dicho en Juan 14: 11 Creedme (…) creed a causa de las obras mismas), pero lo explica un poco mejor más adelante (Juan 17) cuando dice que: Así habló Jesús. Después, levantando sus ojos al cielo, dijo: “Padre, la hora es llegada; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a Ti; conforme al señorío que le conferiste sobre todo el género humano– dando vida eterna a todos los que Tú le has dado. Y la vida eterna es: que te conozcan a Ti, solo Dios verdadero, y a Jesucristo Enviado tuyo. Yo te he glorificado a Ti sobre la tierra dando acabamiento a la obra que me confiaste para realizar.
¿Vemos cómo se repite el patrón? Jesús está en control (señorío) sobre el género humano y quiere que todo glorifique a su Padre ¿cómo? Dando vida eterna ¿y qué es la vida eterna? Conocer al Padre, encontrarse con Él y recibir su misma vida. En este sentido, dirá San Ireneo después: “la gloria de Dios consiste en que el hombre viva, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios”.
La misión de Jesús es, por tanto, cumplir el deseo de Dios de que el hombre viva como cuando lo puso en el Paraíso precisamente, pero que, a causa del pecado, quedó malogrado.
Todo el empeño de Dios desde entonces es que el hombre vuelva a tener la vida que pierde por el mal originado por el pecado propio y ajeno, ya que la obra de Dios es que creamos en quien él ha enviado (Juan 6, 29).
De hecho, en el texto del domingo no se lee esta importante mención que figura en el capítulo: Entonces Jesús les replicó claramente: «Lázaro ha muerto y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su encuentro».
Fijémonos en cómo refuerza Jesús este interés que tiene en que se crea, que llega a decir que se alegra de no llegar a tiempo por los que tienen que creer, ya que servirá para la fe de sus discípulos. Esta dinámica que va más allá de la víctima, la comentaremos posteriormente un poco más.
Jesús da la perspectiva🔗
Como vemos, Jesús lo que hace es dar la perspectiva adecuada. Nos enseña a leer los acontecimientos como ocasión de Gracia, nos presenta la visión con la que debemos abordar cualquier realidad malograda que nos desborde: Él tiene una finalidad y sacará un provecho de una realidad negativa; convertirá la malaventuranza en bienaventuranza como convirtió el agua en vino y con esta transformación tu vida da gloria a Dios ya que le permites que Él haga su obra en ti. Pero, para ello, hay que creer, como veremos más adelante.
Por lo tanto, quédate con esta triple perspectiva: tanto tu vida entera como cuando te sobreviene una contrariedad: (1) Jesús quiere enseñarte algo; (2) esto será para gloria de Dios porque vivificará algo que estaba muerto (véase: ignorado, desconocido, cautivo, paralizado, bloqueado, etc.); (3) será ocasión para aumentar tu fe o para adquirirla; (4) la transformación derivada dará gloria a Dios porque será el fruto de su obrar en ti. Y esto es lo que tenemos que buscar como el buen comerciante de perlas (Mateo 13).

En cada ocasión de bienaventuranza, Jesús nos quiere regalar una perla. Y la imagen de la perla tiene mucho sentido por la forma en cómo se origina:
1. El intruso: Todo comienza cuando un objeto extraño se introduce accidentalmente en el cuerpo de un molusco (generalmente ostras o mejillones). Contrario al mito popular, no suele ser un grano de arena, sino más bien un parásito, un trozo de sedimento o una partícula de comida que se queda atrapada entre la concha y el tejido blando del animal, llamado manto.
Aplicado a nosotros, diríamos que el mal del pecado que nos parasita nos genera una herida en el alma que nos impide tener una vida plena en amor, la vida del Padre.
2. La irritación: Para el molusco, este objeto es una molestia constante que irrita sus tejidos sensibles.
En nuestra realidad se traduciría en que esta alteración para vivir según nuestro ADN vital (que es el amor), genera una molestia constante; una disfunción continuada que altera nuestra relación con nosotros mismos y que se manifiesta en esa molestia permanente; esa irritación que sufrimos; ese malestar de fondo (vacío, tristeza, ira…); las cosas que nos escuecen.
3. El aislamiento: Como el molusco no puede «toser» o rascarse para expulsarlo, su cuerpo reacciona cubriendo al intruso para protegerse.
Esto representa nuestra impotencia. No podemos resolver todo lo que nos acontece por nosotros mismos, necesitamos a Dios mismo si queremos vivir como Dios mismo. Es la gracia que acude en nuestro auxilio para darnos vida de verdad, para curar la herida que nos acontecido, muchas veces involuntariamente, como le sucede a la ostra.
Cuando algo nos hiere profundamente, normalmente lo cubrimos con capas de cicatrización. A veces parece que la herida está curada porque vemos la cicatriz externa. Una cicatriz es el resultado de haber recubierto con “capas de nuevas pieles” y que le dan a esa parte de la pies una apariencia nueva “parecida” a la que tenía.
Pero también es cierto que, a veces, la herida se reabre porque no ha cicatrizado bien o, incluso, que hay una hemorragia interna (las más peligrosas porque no las vemos y, tal vez, no las sentimos, como si fueran asintomáticas o, tal vez, solo las notamos internamente de algún modo, pero atribuimos los síntomas a otras causas).
Como en un baile de máscaras en Carnaval, el manto del molusco comienza a segregar capas de una sustancia llamada nácar (o «madreperla»), sustancia compuesta principalmente por aragonita, un carbonato de calcio que forma cristales microscópicos y por conchiolina, una proteína orgánica que actúa como pegamento entre los cristales.
4. Proceso: capa tras capa.El animal deposita miles de capas concéntricas de nácar alrededor del objeto extraño, de modo que llegará a producirse una cristalización del nácar que le dará su aspecto característico.
La luz se refleja a través de estas capas translúcidas, lo que le da a la perla ese brillo característico llamado oriente (pues por el Oriente sale el sol que nace de lo alto como decía el anciano Zacarías).
En la perla, las capas de nácar son increíblemente delgadas y ordenadas, lo que permite que la luz rebote de forma especial.
¿Nos damos cuenta? Es Jesús quien debe intervenir para que la infección sirva para darle una vida nueva a la ostra que somos (Otras, esto sí que es bueno) y convertir un parásito en una perla (un gusano en una mariposa); lo hace con su Luz porque, efectivamente, somos seres racionales (agentes intelectuales como diría Santo Tomás) y necesitamos Luz para entender lo que nos pasa y lo que pasa.
Cuando creemos en el proceso que Jesús va estructurando ordenadamente y movilizando en nosotros capa a capa, día a día, año a año, entonces, empezamos a coger el brillo de lo divino; nos volvemos traslúcidos (en términos evangélicos, nos transfiguramos); porque dejamos pasar la luz de Dios que podrá “rebotar” y abrirse paso a través de ese tejido muerto y se verá desde fuera.
El proceso de la perla es lento y laborioso: para que una perla alcance un tamaño considerable, pueden pasar dos años o más.
Del mismo modo, a veces el proceso de una persona es lento porque está muy herida y lleva más tiempo o bien porque la persona no lo está tanto, pero está poco dispuesta. Llevará el tiempo que sea preciso según lo que se encuentre el Señor en cada uno.
Por lo tanto, deja que la Luz de Jesús entre en tu circunstancia y haga de tu materia una perla, cuya luz le refleje a Él, dándole gloria con la regeneración producida.
Paradójicamente, una ostra que no haya sido herida de algún modo no puede producir perlas porque la perla viene a ser una herida cicatrizada. Por ello, no debemos reprimir, huir o rechazar las heridas, sino abrirnos a la acción de la gracia para que las sane mediante la transformación.
Esto es una invitación a vivir la conversión también desde las heridas y no solo como una secuencia de fallos sistemáticos respecto a un ideal. Si partimos de la percepción de que fuimos heridos por el pecado original, nos resulta más asequible la idea de la salvación como una forma de sanación y restauración continuada. No en vano, Jesús se presentó a sí mismo como médico que sana enfermos.
Brigitte Bédard, periodista de la televisión de Montreal (Canadá), había llevado una vida de desenfreno basada en el sexo, la droga, el alcohol en la que “nunca encontraba descanso”. Cuenta que «el vacío afectivo seguía ahí, como el sentimiento de abandono, la gran herida del rechazo… Y me dediqué a ahondar todo eso cambiando la droga por el sexo. Es fácil, cuando eres joven, consumir personas«.
Su confusión iba en aumento: «Un día me di cuenta de que muy probablemente era lesbiana. Durante ocho años llevé una vida bisexual. Cuando estaba con un hombre, estaba segura de estar hecha para una mujer, y cuando estaba con una mujer, estaba segura de estar hecha para un hombre. Todos los días me planteaba esta cuestión existencial«.
«Me acostaba para dormir, pero nunca encontraba descanso. Buscaba encontrar sentido a mi vida. No sabía cómo sería mi vida con una mujer, no sabía cómo sería mi vida con un hombre. Quería tener una familia, tener una vida ‘normal’, en definitiva, quería ser feliz… pero eso no llegaba nunca«, confesó.
A causa de cómo se comportaba, perdió a todos sus amigos. Un día, una de las personas con la que se veía, harta de verla llorar, le escribió el nombre de un monje en un trozo de papel y se lo dio: «Brigitte, deberías ir a la abadía de Saint-Benoît-du-Lac y hacer un inventario de tu vida«.
«¿Cómo? ¿Realmente crees que voy a ir a ver a un cura?«, respondió, escandalizada: «¡Aborrezco a los curas! ¡No quiero saber nada de religión!«. Pero su amiga acudió a un argumento que la convenció: «Nunca volverás a ver a ese monje, y todo lo que le cuentes no podrá repetirlo jamás a nadie, no tiene derecho a ello«. Así que Brigitte le cogió el papel de las manos con malos modos, y al final, aunque sin decir que iba a ir… fue.
Y allí estaba ella allí, por fin ante aquel monje, dispuesta a leer ante él una «lista de cuarenta páginas, solo para las aventuras sexuales«. Él le dijo que sí, y empezó a escucharla. «Al cabo de cinco o diez minutos empecé a atacarle sobre el papel de la mujer, sobre la Inquisición, sobre las brujas… todo lo que yo reprochaba a la Iglesia se lo arrojé, le hice personalmente responsable, le dije: ‘Si usted lleva ese hábito, es porque usted está de acuerdo con todo lo que hace y ha hecho la Iglesia, con todo lo que dice’. Bueno, yo lo decía educadamente, pero luego se lo dije estando de pie delante de él, y golpeando la mesa, y gritándole a la cara«.
Sin embargo, algo iba pasando en el alma de Brigitte con esas conversaciones: «Por primera vez en mi vida me sentí escuchada. Esa intensidad en la mirada, esa compasión… Él me miraba realmente con la mirada de Jesús. No me habló de Jesús ni una sola vez durante seis horas, pero él fue Jesús, encarnó a Jesús«.
El monje y ella charlaron durante tres días, dos horas por día: «Al final del tercer día, de la sexta hora, yo había ‘vaciado mi maleta’. Y entonces me eché a llorar, porque yo no sabía qué iba a sacar en limpio de esos tres días, qué me iba a pasar… La vida no era nada para mí. Y entonces él me dijo unas palabras que me traspasaron. Mirándome con unos ojos muy bellos, me dijo: ‘Brigitte, si conocieras el don de Dios…» Yo no sabía que son las palabras que le dije Jesús a la samaritana (Jn 4, 10). Esas palabras… ¡era Dios quien me hablaba! ¡Era Jesús quien me hablaba! Ablandó mi corazón, que era duro como la piedra… Se levantó, se me acercó, dijo una oración, me impuso las manos y me absolvió de todos mis pecados«.
«Creí, creí que todos mis pecados, mi falta de amor, habían sido perdonados», prosigue: «En apenas una fracción de segundo comprendí que Dios había resucitado, que Jesús era Dios, que Dios estaba vivo, que yo era hija de Dios, que Dios era mi padre y que podía recomenzar mi vida completamente, que Dios me amaba. Jesús murió por mí, solo por mí, para que yo pueda vivir». «Todo estaba cerrado, y en una fracción de segundo todo se abría ante mí», concluye. [Testimonio transcrito de ReL]
Actualmente, Brigitte Bédard es autora de libros como Je me suis laissé aimer… Et l’Esprit Saint m’a emportée (2022) y J’étais incapable d’aimer. Le Christ m’a libérée (2019), y colabora con medios católicos como la revista Le Verbe y el programa de TV La Victoire de l’Amour (TVA).
Como podemos ver, Dios generó una perla de una vida completamente perecedera.
Dios se hace esperar🔗

A nivel de la escena, Jesús llega cuando es seguro no solo que Lázaro ha fallecido, sino que habrán transcurrido varios días desde entonces, pues su cadáver estará ya en descomposición (ya huele dice el evangelio de la resurrección de Lázaro), señal de no hay rastro de espíritu de vida.
De este modo, nadie podrá cuestionar que la resurrección solo puede atribuirse a la acción de Dios, pues ha quedado claro para todos que Lázaro había fallecido, pues ya olía a descomposición.
Para nosotros hay otra lectura. Dios no siempre responde rápidamente como esperaríamos. A veces puede tomarse su tiempo. No es para hacer sufrir, es para tengan lugar los acontecimientos que Él contempla como parte de la intervención salvadora que Él quiere tener.
Dios tiene sus tiempos porque en Él hay una sabiduría más grande. Él «ve» más que nosotros y hace más de lo que podemos vislumbrar. De ahí que nuestra respuesta deba ser la confianza y la aceptación de cuanto sucede. Cuando lo hacemos así y nos ponemos en sus manos en seguida notamos paz, ya que Él viene con la paz (la paz os dejo… no como la da el mundo).
Cuando los resultados no llegan, normalmente desesperamos, pero considerar que la dinámica que tiene pensada Dios podría ser otra puede ayudarnos mucho a entender el abandono y la confianza: Él a veces demora su respuesta porque quiere que suceda algo más que arreglar un problema. Puede haber más en juego que una sola situación o, al menos, el Señor puede haber contemplado sacar un provecho mayor que si lo redujera a una sola cosa.
Tener esta mirada amplia en el sentido de que “está pasando mucho más que lo que me está pasando” o que “esto puede servir para mucho más que lo que yo veo” es algo ya, de por sí, muy consolador y toda una gracia. Como decíamos anteriormente, Dios está en control, pero, más aún, el despliegue de su gloria puede salvar mucho más que donde está puesta nuestra mirilla.
Si lo contemplamos en la escena evangélica de la resurrección de Lázaro, toda la tensión se dirige hacia la sepultura de Lázaro y lo que va a suceder ahí, pero, de camino, Jesús ha tenido varios diálogos con sus discípulos y amigos donde los ha ido instruyendo y orientado. La escena terminará con un gran acto de fe colectivo de los que han podido ser testigos del proceso y de la intervención de Jesús ante un imposible. En lenguaje cinematográfico, casi se podría hablar de una escena coral donde los arcos narrativos de los personajes se entrelazan y desembocan en el sepulcro.
Llevado de nuevo a nuestra realidad, para ilustrarlo un poco más, podemos recurrir a lo que relataba en su obra, «Sanación», Francis Macnutt:
Alguien muy estrechamente vinculado a nosotros había sido hospitalizado tres veces este año con intensos dolores, en determinado momento durante días. Oramos por sanación y no pasó gran cosa, pero al final el resultado fue maravilloso: la permanencia forzada en el hospital ha resultado en una conversión real y en una sanación de las relaciones que no hubiese pasado sin la emergencia y todos sus dolores asociados y el transcurso de tiempo perdido. Luego de cuatro meses, el problema físico ahora resulta haber desaparecido misteriosamente (la oración fue respondida), y ahora estamos contentos de todo lo ocurrido dolorosamente, como lo fue en su momento.
Como podemos ver, Dios había “escuchado” a los intercesores de uno que estaba hospitalizado muy enfermo, pero demoró “la solución que pedían” durante cuatro meses de hospital. Sin embargo, por el camino, Dios ya estaba obrando: mientras se iba produciendo la curación del cuerpo del enfermo por quien se pedía; Dios también iba sanando las relaciones heridas que esa persona tenía hasta ese momento con otras y, en todo el proceso, mantuvo en la fe a la comunidad de “intercesores” que rezaban por aquel, los hizo perseverar y acabó confirmando que su oración había sido escuchada a su debido tiempo.
Toda esta dimensión de los tiempos de Dios que se hace presente en la escena es una invitación a que nosotros nos hagamos esta pregunta en cuanto se presenta el contratiempo, de modo que, al mismo tiempo que pedimos “que resuelva algo” en favor nuestro o de otros, podemos preguntarnos también ¿Qué quieres que aprenda de esta situación, Señor? ¿En qué sentido puede servir esta situación para crecer en mi fe o la de las personas que están viviendo esta realidad por cuya solución te pido? o «más allá de lo que te pido, ¿Qué quieres hacer conmigo en esta circunstancia? ¿Te agradaría que contemplara algo más, quizá, aparte de pedirte por la solución?
Plantear esta interrogante y después revisar y recoger lo experimentado es una de las maneras que tenemos para descubrir cómo Dios nos habla y se nos revela e interviene. También es una manera de hacer consciente el tejido de nuestra propia historia de Salvación; del proceso de nuestra vida como obra de Dios.
La fe es un proceso incremental🔗
Cuando Jesús llega a Betania, el evangelio nos informa de que Él supo que Lázaro llevaba ya cuatro días desde su fallecimiento.
Este dato es importante porque confirma lo que Jesús ya había anunciado que sabía antes de llegar (que se ve en el texto completo que la lectura dominical no transcribe) y también porque le sirve a Jesús para saber cuál es la situación en la que va a encontrar a la gente ahora que ha llegado y, por tanto, cómo se encuentra el corazón de los que allí están.
Entonces acontece un singular diálogo entre Jesús y Marta en el que vale la pena detenerse porque es la plasmación de lo que el Señor quería realizar desde que supo cómo se encontraba Lázaro.
Pues bien, en cuanto Marta tiene noticia de la venida de Jesús, sale a su encuentro: es un movimiento del corazón. Marta está bien orientada: sabe a quién dirigirse.
Lo primero que hace Marta es una afirmación de fe: ella dice que si Jesús hubiera estado, su hermano no habría muerto:
Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Marta lo dice como quien sabe que cuando uno está cerca de Jesús, Jesús lo protege. Esta es la experiencia que tenemos siempre los bautizados: a poco que nos paramos a reconocer la presencia de Dios en nuestra realidad personal y familiar, en seguida nos damos cuenta de lo protegidos que hemos estado siempre ante las adversidades.
Marta afirma que Jesús no estuvo “a tiempo”, pero también declara y dice saber que, aun así, Él puede hacer obrar al Padre para recuperar a su hermano (Dios te lo concederá).
Es un primer acto de fe de Marta muy impresionante porque está reconociendo el poder del Padre y del Hijo para obrar y dar vida.
Esto tiene mucha relevancia para nosotros porque, habitualmente, el mayor desafío de un bautizado suele ser pasar de la creencia al acto de fe. Es decir, no solo conocer el poder de Dios en el plano teórico; sino reconocerlo en la realidad práctica. Generalmente, esto supone un salto en la fe para cualquier creyente.
La respuesta de Jesús ante una afirmación tan clara, sin embargo, es la siguiente:
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará».
La afirmación de Jesús es un poco ambivalente: se puede interpretar como que volverá a la vida terrenal o que resucitará con los muertos.
Pero es que Jesús está haciendo con Marta un auténtico coaching: quiere que se confronte; que entre en su realidad en el aspecto de la fe.
Efectivamente, es como una forma de hablar de Jesús con Marta para tantearla (y, de paso, que lo oigan los demás para que aprendan). Es decir, para tantear hasta qué punto se cree lo que ha dicho.
Nuevamente es importante detenernos aquí: la mayor parte de bautizados nos sentimos muy seguros hablando sobre nuestra fe porque lo hacemos desde las creencias y, podríamos decir, la teoría, pero hacerlo vida, eso ya conlleva un fiarse; un FIAT; un creer a alguien y no solo creer en alguien: de creer, a confiar.
Como la misión de Jesús es que confíen en el Padre a través y a quien Él ha enviado, el Señor quiere hacerla subir de nivel y con su laconismo le responde de una manera muy corta que provoca que Marta rápidamente complete su frase y prolongue la expresión de su experiencia de fe:
Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día».
Como vemos, en este momento Marta parece poner al descubierto el verdadero lugar en el que se encuentra su fe (creencia). Responde algo mecánicamente (manteniéndose en ese plano teórico más primario de la fe como decíamos) refiriéndose a la resurrección un poco como si fuera una parte del CREDO en la que “hay que creer”.
Entonces, ahora Jesús sí que se expresa de verdad:
Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre».
Una vez que ella ha reconocido dónde está en la fe (humildad, reconocer nuestra realidad); Jesús puede hacer llegar la Palabra que ella debe oír: la Buena Noticia (recordemos cómo la soberbia de Herodes le impedía salir de su Palacio – su interior – para ir al encuentro del Salvador, tal y como veíamos en esta reflexión de los Reyes Magos).
Es una afirmación muy importante de Jesús. Viene a decir que, si uno hace de su creencia en Él algo continuo, entonces, el que estaba muerto, revive, y el que estaba vivo, no muere para siempre. Es decir, quien cree en Él o recupera la vida o la mantiene.
La respuesta de Jesús, sin embargo, parece algo teórica también para el contexto de la situación. Parece que le está hablando en general, cuando de fondo hay una situación que ya ha rebasado todo límite.
Y, entonces, Jesús hace algo muy importante: le hace una interpelación
¿Crees esto?
Que si lo parafraseamos para nuestra vida sería algo así como ¿te lo crees?
La respuesta de Marta, entonces, es una declaración análoga a la de Pedro:
Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
La respuesta todavía parce un poco abstracta o teórica, pero ya ha subido de nivel porque Marta ha pasado de hablar del qué (una creencia: la resurrección); de creer en algo; al quién; a creer en alguien: ahora ya declara que cree en Jesús como Mesías.
Marta acaba de proclamar a Jesús como el Salvador. Es lo que Jesús quiere. Esto es lo que le ha conmovido porque si su misión es que crean y que tengan vida eterna, puede comprobar que en Marta está creciendo.
Aún le queda, pero no es poco, esto ya provoca la acción de Jesús, que pregunta dónde está el cadáver y da la orden:
Jesús se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?» (…) quitad la losa.
Cuando ya están delante de la tumba, a Marta parece entrarle la duda, pero tampoco lo dice directamente, sino que da un rodeo:
(…) Marta, la hermana del muerto, le dijo: «Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».
Se parece mucho a cuando nos cuesta reconocer la fragilidad de nuestra propia fe y nos referimos a las circunstancias que justifican un titubeo, una debilidad ¿no sucede esto con situaciones críticas o que se prolongan en el tiempo y, según transcurre, nos entran las dudas?
En estos casos nuestro diálogo con el Señor se torna parecido al de Marta: mira, Señor, es que esto ya lleva tiempo, parece que todo sigue igual o que estamos peor… pero, vamos, aquí estamos, Tú sabrás…
Es normal que en Marta surja la duda porque ha llegado el momento de confiar desde lo concreto de su realidad personal, implica un acto de creer que se verifica ante una situación concreta y desafiante, aquí y ahora.
Ya no hablamos de la teoría, ahora estamos haciendo las prácticas con Jesús, quien nos está dando una clase de cómo verificar realmente el estado de nuestra fe y hacia dónde tiene que ir en todo caso.
La cosa no es para menos, pues el drama de todo esto es que, ante la duda de Marta, la acción de quitar la losa ha quedado paralizada, tal y como narra la escena.
Dicho de otro modo, lo que Dios había puesto en marcha, ha quedado paralizado por la duda porque no confiar también es una losa del corazón que se interpone entre Dios y nosotros. Pero la fe, en cambio, mueve el corazón de Dios, pone en marcha resortes que ignoramos; moviliza recursos.
Pues lo mismo que le pasó a Marta, nos sucede a nosotros. Entonces, hemos de volver a escuchar en nuestro interior las palabras de Jesús, que nos recuerda de nuevo que se trata de creer:
Jesús le replicó: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Marta ya no responde, bien porque a veces confiar es simplemente no dudar, bien porque el evangelista parece querer darnos paso a nosotros para nuestro propio acto de fe (nos quedamos con las ganas de que responda ¿a qué sí?), de modo que seamos ahora nosotros quienes “completemos la frase” según nuestra particular circunstancia.
Al mismo tiempo, Jesús nos llama la atención a poner el foco en el lugar adecuado: no hemos de mirar a la situación moribunda, hemos de centrarnos en Él. La mirada foco debe estar puesta en Él no en el problema.
Como vemos, en Marta hay un proceso de fe: ha pasado de conocer las verdades de la fe y creer que vivir según la Ley de Dios es lo que salva a creer que Dios salva actuando, interviniendo con su Gracia. Marta ha subido de nivel: ha mantenido la serenidad porque ha confiado en el obrar de la Gracia.
Cuando lo hacemos así, nos abandonamos a Él en total confianza, de modo que hemos pasado por todas las fases del crecimiento en la fe: (1) creer algo; (2) creer en alguien; (3) confiar en Él, sea lo que sea.
Pues bien, Jesús da por bueno el silencio confiado de Marta (la pobrecilla está al límite, Jesús se compadece porque muchas veces nuestro silencio es para entregarnos; para presentar la rendición; no hablar para no desconfiar con una nueva elucubración mental) y, entonces, quitaron la losa y Jesús se pone en acción definitivamente.
Y es que todos estamos llamados a creer en este obrar de Dios que no se limita a decirnos cómo vivir, sino que se implica Él mismo para hacernos vivir. Aunque vivir por fe, en realidad, es la manera de vivir. Pero es un cómo de mayor nivel. Es la Buena Noticia puesta por obra.
A muchos bautizados nos sucede que tenemos muy clara la teoría, pero cuando llega la hora de creer… eso ya es otra cosa. Comienzan las dudas, se pone a prueba la verdadera consistencia y alcance de nuestra fe.
Y esto pasa no solo en las tragedias, sucede también en todas las cosas que nos desafían, algunas aparentemente más básicas y con todo tipo de situaciones en las que la fe no parece pintar mucho más que un sistema de valores y no un acto de confianza en el obrar de nuestro Señor.
Por tanto, veamos las situaciones en general, y las contrariedades en particular, como la ocasión que tiene el Señor de hacernos crecer en la fe; de subir de nivel; de pasar adelante (amigo, sube más arriba; amigo, pasa más adelante a un lugar mejor, le dice el novio al invitado humilde que se pone en el último banco reconociendo dónde está, Lc 14, 10).
Cuando lo hacemos así, Dios se nos revela de una manera que hasta entonces no habíamos percibido y es entonces cuando verdaderamente le damos Gloria porque empezamos a vivir en la libertad que trae la confianza y no en la parálisis que deriva del controlar cuanto sucede.
Merece la pena hacer un rato de oración meditando sobre ello. La historia de Santa Marta nos sirve de espejo para tomar el pulso. Pero sea cual sea la conclusión a la que lleguemos, no nos agobiemos, se trata de saber nuestra realidad (dónde estamos) y hacia a dónde hay que ir (a dónde vamos) y así lo podamos considerar. Esto ya, de por sí, sería un gran fruto para el momento presente, lo demás, llegará, pues así sucede cuando hay buenos deseos como puedes profundizar en lo que contábamos sobre el episodio de Zaqueo.
Gracia, Cooperación & Autonomía🔗
En la intervención de Jesús se desencadenan varias cosas de las que podemos aprender la lógica que sigue Dios cuando interviene.
Primero, Jesús nos pide que removamos una losa que impide que algo se revitalice. Este remover la losa es una pregunta para nosotros, algo que está a nuestro alcance ¿qué hemos de remover que impide que haya algo que salga que aún no ha salido porque está sepultado?
Porque aquí normalmente se trata de algo que está muy al interior, algo que está sepultado y tapado; que aún no ha salido, pero que está muerto y, por ello mismo, ya nos huele. Y es que las cosas que están muertas en nosotros dejan un rastro, lo mismo que el mal olor apunta a algo podrido. Puede y suele haber cosas en nuestro interior que están muy deterioradas y que aún no han salido, pero que ya hay señales de ellas, generalmente porque nos lastran de un modo que quitan vida. Estas cosas hay que identificarlas para poder removerlas y dejar que emerja lo que tiene que salir.
Cuando la losa está removida, se abre paso la voz de Jesús para revitalizar lo que está muerto:
En este ejemplo que contábamos aquí, se ve muy bien cómo una persona había quedado muerta en vida y es precisa una intervención especial del Señor para devolverle su ser. En mayor o menor medida, toda persona ha vivido o vive cosas que le han dejado una huella, pero en las que aún no se ha detenido, pese a que le dificultan para vivir.
Jesús gritó con voz potente: «Lázaro, sal afuera»
Lo primero que resalta es que Jesús no saca a Lázaro, ni tampoco lo hace nadie, Jesús se limita a hablar con intensidad ¿Cómo puede salir alguien que está muerto, atado, a oscuras y que tiene que salir por un techo (estas cuevas tenían la losa por encima)?
Muy sencillo: “el primer paso”, el “primer impulso” para volver a la vida lo que está muerto, corresponde a la Gracia, pues Jesús es quien tiene el señorío sobre el género humano y llama a la vida aquello que está muerto por su propia invocación.
Así que lo primero que experimentamos en estas situaciones es estar enteramente en manos de la Gracia. Que quede claro, como era el caso de Lázaro, que ahí no hay más posibilidad que creer que Él lo hará. No hay otra.
Muchas veces esto se vive de una manera aparentemente muy básica: porque de repente comenzamos a percibir un halo de esperanza en una situación; o porque simplemente notamos como un aligeramiento o una liberación inicial o porque pasamos de creer en algo dañino a cuestionarlo. Parece poco, pero suele ser señal de que la losa ha sido retirada y que hay un impulso interior corto, pero suficiente para salir de la situación moribunda o de oscuridad, parálisis, bloqueo, ceguera, impedimento, dureza.
Dios quiere que vivamos así: sabiendo y creyendo que Él lo hará. No que digamos que creemos en Él y, al mismo tiempo, desesperemos porque las cosas no suceden como cuando están aparentemente bajo nuestro control (como si no fuera Él quien lo hubiera permitido, por otro lado).
Así que, nuestro Lázaro interior sale hacia afuera con el primer impulso de la Gracia. Pero, aun así, esto no ha acabado:
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario.
Lázaro, nuestro Lázaro interior o nuestra “situación Lázaro”, sale atado de pies y manos y sin poder ver. Pero salir, ha salido. Lo más difícil está hecho; lo que estaba fuera de nuestras posibilidades ya ha tenido lugar, ahora hay que dar un segundo paso:
Jesús les dijo: «Desatadlo».
A los mismos que les dijo que retiraran la losa, les invita ahora a desatar las vendas. Es la llamada a los enviados; a la propia Iglesia; a las personas de buena voluntad a ayudar al muerto.
Hemos de seguir las instrucciones de Jesús: retirar losas y desatar nudos de otras personas porque están como muertos vivientes; vivos, pero sin poder desenvolverse.
Así que, lo segundo que tiene lugar, podríamos decir que es la actuación y colaboración de la Iglesia congregada en torno al moribundo o la situación de muerte
¿No es así con tantas situaciones límite que vivimos donde ya huele a cerrado; donde ya no circula el aire del Espíritu; donde algo o alguien ha quedado prisionero y encerrado consigo mismo como en una cueva?
Finalmente, Jesús da una instrucción adicional:
dejadlo andar
Vivir es caminar por uno mismo. Una cosa es recibir ayuda y otra cosa es hacerse dependiente de medios que cumplen una función muy específica y en unos momentos determinados u oportunos.
Por tanto, una vez retiradas las losas y las vendas que aprisionan y los sudarios que impiden ver el nuevo camino: hemos de dejar andar a la situación, a la persona para que, al igual que un bebé cuando aprende a caminar, de sus primeros pasos. Es momento de quitarle los ruedines a la bicicleta, aunque estemos cerca por si se pierde el equilibrio.
No estaremos lejos de este caminar, pero este caminar debe hacerlo uno mismo. Cuántas veces los progenitores queremos controlarlo todo en el caminar de los hijos y, en realidad, somos impedimento; cuántas veces hay ámbitos de Iglesia que retiran losas y quitan vendas inicialmente, pero luego, en realidad, no dejan caminar a la gente con ciertas exigencias o ciertas imposiciones que no son según Dios; creando dependencias personales, etc.
Por lo tanto, aquí aprendemos una manera habitual de obrar de Dios (no la única), que sigue un patrón: Gracia; Mediación eclesial o mundana; Asunción personal (autonomía).
Y esta es, en gran medida, la manera de llevar a las personas a Dios: Dios los llama; los atrae o los impulsa; luego cooperamos en ayudar a sanar, orientar, ordenar, etc.; y, a continuación, la persona camina por su propio pie, aunque la comunidad esté cerca, como lo estuvo en el caso de Lázaro con sus hermanas y allegados.
Una película nos ayuda a coger la mecánica del renacer🔗
Todo lo que venimos exponiendo, identificando, desglosando puede ser contemplado en una película, El Príncipe de las Mareas, que refleja muy bien este renacer desde lo que se encuentra oculto y que hiere hasta un punto incapacitante.
No se trata de identificarse o no con lo que sucede literalmente, sino de coger la lógica, plasmada en esta obra cinematográfica que pone imágenes a lo que sucede en el fondo de la persona.
En este filme de los años noventa, que tiene como protagonistas a Nick Nolte y Barbra Streisand, ambas, la escena evangélica y la narrativa psicológica contemporánea que muestra la película convergen en ilustrar el renacimiento a través de la verdad de nuestra realidad personal (ese humus en el que tenemos que entrar una y otra vez para que sea redimido, como planteábamos en esta otra entrada).
Pues bien, la historia comienza con una crisis: Savannah Wingo, una talentosa poeta que vive en Nueva York, intenta quitarse la vida una vez más. Este evento obliga a su hermano gemelo, Tom Wingo (Nick Nolte), un desencantado entrenador de fútbol americano de Carolina del Sur, a viajar al norte para ayudar en su recuperación.
En Nueva York, Tom conoce a la Dra. Susan Lowenstein (Barbra Streisand), la psiquiatra de su hermana. La doctora se había encontrado con un muro (o una losa, usando la terminología evangélica): Savannah ha bloqueado sus recuerdos y se niega a hablar. Para salvarla, Lowenstein necesita que Tom actúe como su «memoria», relatando los detalles de su infancia compartida en las marismas del sur.
A partir de aquí, podemos ir viendo los elementos de la historia que nos ayudan a aterrizar mejor en nuestra realidad lo que Jesús y la Iglesia hacen con nosotros. Para ello, vamos desglosando unos pocos elementos de la película en paralelo con la “trama” evangélica de Lázaro. Esto supone que debemos desvelar parte de la trama:
1. El Estado de Muerte: El Sepulcro y el Silencio
Lázaro está físicamente muerto y encerrado en una cueva. Por su parte, Tom Wingo está emocionalmente muerto, atrapado en una parálisis existencial. Así es:
- Lázaro: Lleva cuatro días en la tumba. Su cuerpo ha empezado a corromperse; hay un «mal olor» que advierte del peligro de abrir la piedra.
- Tom: Lleva décadas «enterrado» bajo el peso de secretos familiares. Su «corrupción» no es física, sino moral y emocional: su matrimonio está roto, su carrera estancada y su identidad oculta tras una máscara de sarcasmo.
- El Paralelo: El trauma no procesado es la tumba de Tom. Al igual que el cuerpo de Lázaro, el pasado de Tom «huele mal», y por eso prefiere mantener la piedra (el silencio) sellada.
2. El Agente Externo: La Llamada a la Vida
Ni Lázaro ni Tom salen de la oscuridad por iniciativa propia; necesitan que alguien con autoridad los llame desde afuera. Tal y como podemos ver:
- Jesús (en Betania): Llega para pedir que quiten la piedra, a pesar de las dudas que genera el hecho de que el cadáver desprende hedor, lo que certifica la muerte absoluta.
- Dra. Susan Lowenstein: Actúa como la fuerza catalizadora. Ella «mueve la piedra» de la negación de Tom, obligándolo a enfrentar lo que hay dentro. Ella no acepta sus bromas como respuesta; exige que el «verdadero Tom» salga a la luz. Si Tom actúa de manera evasiva (no quiere sacarlo/no puede salir), ella persiste (una forma indirecta de alzar la voz).
- El Paralelo: Lázaro y Tom requieren de una figura mediadora que crea que la vida todavía es posible incluso cuando parece que todo está perdido.
3. El Proceso de «Salir»: El Desentierro del Trauma
El momento culminante de ambas historias es el acto de emerger de la oscuridad:
| Elemento | La Historia de Lázaro | La Historia de Tom Wingo |
| La Piedra | La barrera física de la tumba. | El código de silencio de su madre y el trauma del asalto. |
| El Grito | «¡Lázaro, ven fuera!» | La insistencia de Susan para que Tom confiese el secreto familiar. |
| Las Vendas | Lázaro sale atado de pies y manos con vendas. | Tom sale de su silencio, pero todavía está «atado» por su odio hacia sus padres y su dolor. |
| La Liberación | «Desatadlo y dejadlo ir». | El perdón y la catarsis final que le permiten volver a su hogar como un hombre nuevo. |
4. La Resurrección como obra de sanación del Padre y la Iglesia:
En ambos casos, el regreso a la vida no es solo para el individuo, sino para los que lo rodean.
- Lázaro: Su resurrección sirve para que otros crean o acrecienten su fe (sus hermanas, Marta y María; los discípulos; los amigos que se acercaron a consolarlas, etc.).
- Tom: Su sanación es lo que finalmente ofrece una oportunidad de salvación para su hermana Savannah. Al «resucitar» su propia memoria, Tom libera a su hermana de la carga de ser la única guardiana de la verdad, al tiempo que él tiene que afrontar la suya propia y puede regresar a casa reconciliado con su realidad personal y, por tanto, con la familiar y social pues la primera ya nos e interpone en la segunda y tercera.
Conclusión: «Desatadlo y dejadlo ir»
El final de El príncipe de las mareas es, en esencia, la escena de las vendas. Cuando Tom regresa a Carolina del Sur, ya no es el hombre «atado» por la vergüenza. Ha sido «desatado» por la psicoterapia (su proceso milagroso) y ahora puede caminar libremente, incluso si el pasado sigue siendo una cicatriz.
La historia de Tom, Susan y Savannah narrada en esta película es un espejo en el que poder aprender cómo aplicar en nuestra propia realidad la enseñanza y mensaje de un pasaje evangélico como el de la Resurrección de Lázaro.
Eso sí, recuerda siempre que lo normal es que lo que está oculto no salga sin ayuda adicional. Primero de Dios que, si le pides su ayuda, intervendrá, bien iluminando un punto muerto como comentábamos en esta otra reflexión, bien señalando un patrón como mostraba Jesús en esta otra lectura comentada o de otra forma; y luego de las personas de Iglesia preparadas u otras de buena voluntad que ayuden en este proceso de sacar hacia afuera; desatar, descubrir y caminar. Lo importante es empezar como en la escena evangélica: llamando a Jesús y contar que algo está pasando. Él responderá.
