Narra el Evangelio que, en una ocasión, Jesús había estado predicando a la orilla del lago Tiberíades y había acudido tanta gente que tuvo que hacerlo desde una barca. Al terminar sus enseñanzas al anochecer, Jesús decidió ir con sus discípulos al otro lado del lago en esa misma barca junto a otras. Pero, en el transcurso de la travesía se desató una tormenta con un viento tan fuerte que las olas caían sobre la barca, de modo que se llenaba de agua. Jesús se encontraba dormido en la parte de atrás, apoyado sobre una almohada. Entonces, lo despertaron y le dijeron: “¡Maestro! ¿No te importa que nos estemos hundiendo?” Jesús se levantó y dio una orden al viento, y dijo al mar: “¡Silencio! ¡Quédate quieto!”. El viento se calmó, y todo quedó completamente tranquilo. Después dijo Jesús a los discípulos: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe? Se llenaron de miedo y se decían unos a otros: «Pero ¿quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!” (Marcos 4, 35-40).
En muchas ocasiones, en nuestra vida aparece un factor que convierte nuestra conciencia en pura tormenta interior. Parece haber un agente (el viento) que pone en movimiento otros elementos que nos afectan (el mar) que nos sobre pasan y, entonces, hacen (las olas) zozobrar la barca (nuestra existencia), lo cual nos genera una enorme turbación (interior y exterior).
Una tempestad de pensamientos intrusivos🔗
Cuántas veces sentimos las oleadas de intrusivos pensamientos negativos que nos asedian y nos desestabilizan al pretender tomar violenta posesión de nuestra conciencia. A menudo, sentimos que ya hemos puesto medios para luchar e incluso que hemos intentado todo lo humanamente posible para echar a tales intrusos, pero estos son pertinaces y parecen campar a sus anchas sin remedio. Nos sentimos impotentes y tenemos la tentación de dejarnos hundir un poco más, anegados como estamos por esa ola tras ola que nos asedia.
Pero hay esperanza. De hecho, una esperanza sobrenatural. En medio de todo ello podemos invocar a Jesús para que actúe e intervenga donde nosotros no alcanzamos. Podemos dirigir una oración breve, pero confiada, para que Jesús silencie las ráfagas de pensamientos intrusivos que lo alteran todo y no nos permiten avanzar sin una gran dificultad y enorme desgaste que frecuentemente parecen superar nuestras fuerzas emocionales. Podemos orar para que Él luche en nuestro lugar y ordene parar las oleadas de detonantes que asaltan nuestra barca y nos desestabilizan.
Muchos de estos pensamientos intrusivos dependen de nosotros, de nuestra propia inclinación a revisitar ciertos hechos o estímulos que los provocan o apegos a situaciones de los que aún no nos hemos desprendido y sobre los que tenemos que hacer duelo. Otros parecen proceder de fuera, provocados por un agente externo (mal espíritu); que descubre la vía de agua (el punto débil) en nuestro interior y la explota en nuestra contra, de modo que no tenemos control sobre su aparición.
Sin embargo ¿no es impresionante que las palabras de Jesús sobre el viento y el mar sean los términos silencio y parar precisamente? Jesús puede hacer que nuestros malos pensamientos cesen y callen.
En estas situaciones, a veces muy intensas e incluso duraderas, podemos y debemos fijar nuestra atención en Jesús de forma sostenida; invocar el poder de Dios y decir “!Silencio! En el nombre de Jesús, ordeno que calles y pares” o “Jesús, no puedo contener solo esta oleada de pensamientos negativos, necesito que tus los pares y vuelva la calma para poder seguir navegando. Sé que lo harás. En ti confío”.
Créeme y créelo, Jesús lo hará y volverá la calma y la tranquilidad. Él puede hacerlo y tú puedes invocar su poder pidiendo su auxilio.
Debes confiar, aunque tarde un poco en llegar lo que esperas🔗
Como en la barca, Jesús puede parecer que tarda, pero debes confiar, aunque el resultado no sea inmediato. Cuando los diez leprosos pidieron a Jesús que los curara, Él respondió indicando directamente que fueran a ver a los sacerdotes y los enfermos; ellos se fiaron aunque no fueron curados instantáneamente sino “mientras iban de camino”. En otra ocasión, cuando un oficial del rey le pidió su ayuda en una situación límite, Jesús le había dicho “vuelve a casa, tu hijo vive” y el hombre tuvo que esperar confiadamente un día entero para comprobarlo porque era el tiempo que se tardaba en poder regresar a su casa, aunque la curación había comenzado desde que se lo manifestó (Juan 4, 52 a los criados les “preguntó, entonces, la hora en que se había puesto mejor”).
Por lo tanto, confía en que sucederá porque todo lo que pedimos en oración, bueno para nosotros, creyendo que ya lo tenemos conseguido, lo recibiremos (Marcos 11, 24).
De hecho, es lo que quiere Jesús. Jesús quiere nuestra confianza. Como dice San Pablo, para acercarse a Dios, hay que confiar (el que se acerca a Dios debe creer que existe y que recompensa a quienes lo buscan. Hebreos 11, 6).
Es por eso que, en la escena del lago, Jesús interpela a los discípulos una vez Él ya ha obrado: ellos se habían dirigido a Jesús en confianza pero, a la vez, con cierta desesperación e, incluso, de una forma algo acusativa (¿no te importa lo que nos pase?), pese a ello, Él actúa. Como Jesús les está enseñando (le llaman Maestro y venían de oír sus enseñanzas precisamente) una vez ha pasado la intempestiva vivencia les interpela sobre su confianza (normalmente aprendemos mejor en calma): los discípulos no tenían por qué temer, bastaba que le hubieran despertado y pedido que actuara sin angustia, sin reprochar que Él no se involucrara aún. En este caso, les confronta hacia una confianza mayor, llamada algo más grande.
En medio de esas oleadas que nos aturden, aunque parezca dormido, aunque parezca que no actúa, el verdadero Señor de la situación sigue siendo Jesús. Duerme porque Él está en control de todo. Jesús es Señor de todo, también de nuestras tormentas. Jesús es Rey.
Cuando confiamos en que actuará al invocarlo, pasaremos de verlo como Maestro (como lo habían llamado) a verlo como Señor (¿Quién es este al que ¡hasta el viento y el mar lo obedecen!).
La confianza expulsa nuestros miedos, pero mientras no actuemos en confianza, volveremos a llenarnos de miedo. Por tanto, por todo, confía.
Aprovecha las tormentas🔗
Jesús hacía learning by doing, es decir, esta forma de enseñar que se denomina como “aprender haciendo”, sobre la marcha, en movimiento, con lo que tenemos a mano, sacando provecho de las circunstancias.
Así es, Él iba con sus discípulos atravesando pueblos, mares, muchedumbres, desiertos y se valía de todo para enseñarles. Bien le valía una boda (la falta de vino), que una higuera (falta de fruto); que una tormenta (falta de estabilidad) que una misión (los envió de dos en dos y volvieron contando que habían podido invocar el poder de Dios con eficacia).
Aprovecha tus tormentas porque toda circunstancia es ocasión para dar el siguiente paso en tu descubrimiento del Señor; para subir de nivel.
Junto a la oración a Él para que calme la tormenta y mientras todo va volviendo a su ser, podemos y debemos preguntarle también “Señor, ¿Qué quieres que aprenda de esto que me está pasando?”
Cuando llegue la calma, llegará la respuesta o puede que con la respuesta llegue la calma, pero, en todo caso, Él responderá.
Y recuerda: una confianza como un grano de mostaza es suficiente. Aunque la dimensión de la tormenta parezca precisar de una confianza igual de grande, lo cierto es que Jesús nos tranquiliza al respecto.
Un acto de confianza que nos parece insuficiente porque aún estamos emocionalmente en lucha, en realidad, será bastante. Basta mantenerla. Si la duda aparece, la rechazamos con otro pequeño acto de fe y así sucesivamente, pues esto forma parte del proceso.
