Cuando de Dios se trata, a menudo, las personas a veces entramos en un bucle intelectual, del que cuesta salir, por el que concluimos que no podemos creer porque no entendemos todo o, al menos, todo aquello de lo que hemos hecho depender hasta ese momento abrirnos a la fe.
Es normal, somos seres racionales y nos apoyamos en grandísima medida en esa facultad superior que Dios nos ha dado porque así debe ser también. En el aprendizaje de la fe, entender bien lo que es el acto de la fe nos puede ayudar mucho a crecer en ella.
En este sentido, explicaba el Papa Benedicto XVI: Modificando el primer versículo del libro del Génesis, el primer versículo de toda la sagrada Escritura, san Juan comienza el prólogo de su Evangelio con las palabras: «En el principio ya existía el Logos». Ésta es exactamente la palabra que usa el emperador: Dios actúa «συνλόγω», con logos. Logos significa tanto razón como palabra, una razón que es creadora y capaz de comunicarse, pero precisamente como razón. De este modo, san Juan nos ha brindado la palabra conclusiva sobre el concepto bíblico de Dios, la palabra con la que todos los caminos de la fe bíblica, a menudo arduos y tortuosos, alcanzan su meta, encuentran su síntesis. En el principio existía el logos, y el logos es Dios, nos dice el evangelista. Vemos, por tanto, que Dios mismo se presentó en su Palabra, de algún modo, como logos, razón. Nosotros hemos sido a su imagen y semejanza, así que la lógica juega un papel de toda relevancia.
Por ello, comenzar por la razón tiene sentido y es legítimo. Sin embargo, aunque la fe es razonable y a Dios se accede a través de la razón, a Dios no se le puede acaparar solo con la razón actual que uno lleva, siempre limitada, sino que debe abrirse a una razón superior y/o distinta: a una verdad más amplia a la conocida hasta entonces.
El número 155 del Catecismo de la Iglesia Católica expresa muy bien los elementos de la fe (un poco más en el acento como virtud): En la fe, la inteligencia y la voluntad humanas cooperan con la gracia divina: «Creer es un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios mediante la gracia» (Santo Tomás de Aquino, S.Th., 2-2, q. 2 a. 9; cf. Concilio Vaticano I: DS 3010).
Santo Tomás lo desarrolla con detalle algo mayor en otra parte al tratar de nuevo la cuestión (Suma teológica – Parte Ia – Cuestión 111): Para la fe se requieren dos cosas. Primero, un hábito intelectual que dispone al entendimiento para seguir a la voluntad en su tendencia hacia la verdad divina, porque el entendimiento asiente a las verdades de la fe, no como convencido por la razón, sino como obligado por la voluntad, pues nadie cree sino queriendo, como dice Agustín; y en cuanto a esto, la fe viene exclusivamente de Dios.
El matiz adicional que introduce Santo Tomás es muy revelador y alentador para nosotros al decir no como convencido por la razón, sino como obligado por la voluntad. De algún modo, se nos viene a decir que la fe, aún empleando la razón, es más una adhesión a una verdad nueva por voluntad o deseo que por convencimiento y que, además, esta voluntad es movida por el propio Dios. De ahí que los deseos personales sean siempre tan importantes en la fe.
Santo Tomás nos enseña, por tanto, que la fe es un acto del entendimiento, ya que consiste en asentir a una verdad; pero su factor motriz es la voluntad, movida por Dios por la gracia (causa motora). Por tanto, tenemos:
→ Intelecto: objeto formal, la verdad revelada.
→ Voluntad: factor motriz, el querer creer.
→ Gracia: causa motora, que mueve la voluntad.
Esta dinámica la podemos ver en los Evangelios de diversas escenas. Una de ellas, por ejemplo, en la que, tras su resurrección, Jesús tendrá que “abrir el entendimiento» a los discípulos «para comprender las Escrituras”, es decir, abrirlos a una comprensión más honda acerca de lo anunciado sobre Él desde antiguo. Esto que hizo Jesús, lo hace continuamente el Espíritu Santo en nosotros a través de sus dones (don de entendimiento, de sabiduría, de ciencia…), de ahí que San Anselmo llegara incluso ya a invertir los términos y a decir: “creo para entender” por contraste con «comprender para creer«.
Por lo tanto, aunque la fe implica la razón, tiene mucho que ver con el deseo de creer y, desde luego, con el hecho de que hace falta algo divino: el don que nos mueve a ello. Cuando Dios ve que hay deseo de Él (en sus diversas formas: búsqueda, llamada, curiosidad, inquietud, anhelo, interrogantes…), es como si se le abriera la puerta para que pueda entrar, es decir, para mover nuestra voluntad hacia esa verdad que se nos pone delante para creer.
Darnos cuenta del peso e interacción de estos elementos del hecho de creer nos servirá de mucho para avanzar hacia la fe plena, ya que normalmente la fe se experimenta de forma progresiva (de ninguna o poca fe a alguna o mucha fe) y se renueva de forma continua (actos de fe constantes). Para el que no tiene fe o apenas tiene fe, lo primero será adquirir o consolidar la fe como virtud (creencia). Para el que ya tiene una cierta fe vívida; podríamos decir que lo siguiente será vivir la fe como carisma.
De hecho, en la Palabra no son infrecuentes las exclamaciones de Jesús al respecto: “Hombre de poca fe”; “¿Todavía no crees?”; “¿No te he dicho que creas?” (en lugar que comprendas); “Tu fe te ha salvado”, etc., pero, detengámonos, por un momento, en dos escenas del Evangelio de Lucas, de fuerte contraste, que operan como un díptico y que quizá nos pueden ayudar especialmente: los dos anuncios del ángel Gabriel a María y a Zacarías.
En el Evangelio de Lucas, primero se presenta el anuncio a Zacarías. En este caso, el ángel Gabriel le comunica a Zacarías que, pese a la vejez de Isabel, ella concebirá un hijo: Zacarías replicó al ángel: «¿Cómo estaré seguro de eso? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada». Entonces, “Respondiendo el ángel, le dijo: «Yo soy Gabriel, que sirvo en presencia de Dios; he sido enviado para hablarte y comunicarte esta buena noticia. Pero te quedarás mudo, sin poder hablar, hasta el día en que esto suceda, porque no has dado fe a mis palabras, que se cumplirán en su momento oportuno».
Si nos fijamos, podemos sobre entender que la respuesta de Zacarías está expresada desde una lógica de mínimos válida (Isabel no puede tener hijos porque es mayor y perdió su fertilidad), pero también condicionada por seguir una lógica limitada desde la perspectiva de la fe (la lógica de lo que puede hacer Dios que, por definición, es ilimitado), por eso probablemente su respuesta.
A continuación, el Evangelio narra de forma seguida el anuncio a María sobre algo mucho mayor. Por su juventud, sería normal entender que María, en cambio, está en edad fértil para tener un hijo, pero lo que le anuncia el ángel es no solo que ella es llena de Gracia, además, le comunica que será vehículo de la encarnación del Mesías por largo tiempo prometido. El acto de fe de María, por mucho que estuviera anunciado desde antiguo, es imponderable desde una lógica humana. Requiere mucha fe asumir ser portadora de la encarnación de Dios y hacerlo de manera inmediata, indubitada. La de respuesta de María es: María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?». El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible». María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel se retiró.
Como podemos ver, María integra en su lógica la potencia de Dios, la cual conoce por fe, aunque es verbalizada y confirmada por el ángel en referencia a Isabel.
Son dos anuncios, dos revelaciones de fe, sin embargo, la respuesta es distinta. Zacarías no responde con fe plena, ya que no lo niega, pero busca la seguridad al decir “como estaré seguro”, mientras que María lo da por hecho y, por eso, solo pregunta “cómo deberá llevarse a cabo”. Son dos «como» totalmente distintos; uno refleja el afán por las seguridades; el otro, pleno de confianza. Zacarías, al pedir seguridad, queda paralizado y como privado temporalmente de la gracia (mudo); María, al preguntar sobre el cómo, ya está en camino, es puro dinamismo. María es el paradigma de la fe perfecta, Zacarías es el paradigma de la fe que crece, pues aunque su fe parezca pequeña, se hará más grande y Dios sigue contando con él y le divinizará también (el cántico de Zacarías no deja lugar a dudas).
En ambos casos, el fruto de la fe llegará transcurrido un tiempo, cuando lo podrán comprobar sensitivamente (primero el acto de fe, luego el fruto, en medio, el proceso de mantener la confianza).
Como decíamos, caer en la cuenta de esto es de gran utilidad para acercarnos a la fe o crecer en ella, puesto que aunque la fe implica la razón tiene mucho más que ver con la adhesión a una verdad previamente revelada. Se trata de seguir la enseñanza del ángel: dar fe a las palabras de Dios; a sus promesas; a lo que Él puede hacer en ti y por ti.
Para los bautizados que realizan un camino consciente, a menudo, su siguiente paso consistirá en volver a dar un salto en la fe; volver a adherirse a la promesa con su voluntad y no tanto con lo que pueden entender o tocar (como en “la duda” de Santo Tomás).
Cuántas veces las cosas no pintan bien. Entonces, tenemos dos opciones, confiar en la promesa de que Dios proveerá o desesperarnos en una búsqueda de soluciones puramente humana que prescinde de toda gracia. Pero incluso cuando las cosas pintan bien, debemos vivir en confianza (¿acaso los dos anuncios del ángel Gabriel no eran auténticas buenas noticias?), para que Dios nos mueva y se haga según su palabra.
Si la fe es asentir voluntariamente con el entendimiento a una verdad previamente revelada, estamos de enhorabuena, Dios no ha negado el entendimiento, pero ha puesto el énfasis en la voluntad, en la conducta. Al hacerlo así, lo ha puesto todo mucho más fácil. Así, me puedo decir “En la situación en la que me encuentro, racionalmente no las tengo todas conmigo, pero Dios no me ha dicho que lo entienda todo, me ha dicho que le crea a Él. Simplemente que diga: sí, tú lo harás” (El que os llama es fiel, y él lo realizará. San Pablo a los Tesalonicenses 5, 16-24).
