Cristo Rey

Reconocer a Jesús como Señor de nuestras vidas es el fundamento de todo discipulado. El reinado de Cristo, en todos los sentidos, es el principio y el fin de la fe. Todo lo que no sea dejarle reinar es caer en la tentación de la auto afirmación, tal y como vemos en el Evangelio según san Lucas (capítulo 23, versículo 35).

El pueblo estaba mirando, pero los magistrados le hacían muecas diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido». Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos». Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».

Cuando rezamos el Padrenuestro decimos “venga a nosotros tu reino”, pero bien podemos decir “venga a nosotros tu reinado”. Son palabras centrales del Padrenuestro y están inexorablemente unidas a estas otras: “hágase tu voluntad”. Así debe ser porque para que haya un reino hay que dejarse reinar (para que no sea yo quien vive sino Cristo quien vive (reina) en mí, Gálatas 2:20).

Toda la escena representa esta lucha para que el reinado de Dios se abra paso en nuestro corazón. Comienza con un ataque descarnado a la obra de Dios: tres veces se interpela a Jesús para que busque su propia salvación (¡que se salve a sí mismo!… “sálvate a ti mismo” …; “sálvate a ti mismo y a nosotros”. Es el drama de todo hombre: hacerse autónomo ante Dios (sobre todo cuando le va bien y cree que no es gracias a Dios) y llegar a creerse su propio dios, el auto engaño de creer que puede darse su propia salvación.

En medio de esta tentación recurrente que todos experimentamos también, brota, sin embargo, una palabra inesperada por su procedencia: uno de los inmorales malhechores reacciona repentinamente y le dice al otro: “¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Y, a continuación, da una clase magistral y una catequesis que explica por qué habla así: Nosotros, en verdad, (…) estamos (condenados) justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo». Entonces, acto seguido, reconociendo a Jesús como Rey, le implora su favor: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». En medio de su agonía, estas palabras tienen un valor intrínseco de tal calibre para Jesús que son capaces de arrancarle un nuevo esfuerzo extremo para volver a hablar y algo más: volver a salvar («En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso»).

Lo que nos está diciendo el buen ladrón es que vivimos condenados justamente por nuestros malos actos y merecemos en la misma consecuencia (en otro caso, de qué justicia hablamos). Es imposible salvarse si Dios no te perdona primero porque somos malhechores, es decir, malhacedores. Por lo tanto, cuando nos queremos salvar por nosotros mismos únicamente, estamos perdidos. Este malhechor da testimonio de su propia condenación: su forma de vivir le ha llevado hasta ahí y ahora está pagando las consecuencias. Ahora bien, también nos dice que Aquel que nunca hizo nada malo (que quede claro que Dios nunca daña); pese a todo, realmente es rey y puede llevarnos a su reino. Es decir, es Rey y, como tal, ejerce su poderío. En la cruz, Jesús está ejerciendo el poderío propio de Dios.

Viene a contarle (y a contarte): Yo hice lo mismo que estos dicen ahora (buscar la salvación por mí mismo) y nos ha llevado aquí. Pero me acabo de dar cuenta de que era cierto lo que había oído desde antiguo: solo había que reconocer la propia miseria y dejarse guiar por Dios. Así que, aquí me tienes, totalmente condenado y totalmente salvado. No he sido yo quien lo ha logrado, ha sido Jesús, que ha hecho un esfuerzo sobrehumano para que yo pudiera entrar en su Reino.

Lo que está transmitiendo el buen ladrón es toda la dinámica de la salvación, anunciada desde el comienzo en los Evangelios: convertíos y creed en la Buena Noticia. Esto mismo hace él: reconoce sus pecados (convertíos) y pide la salvación que, al estar a punto de morir deja claro que no hay modo de lograrla por sí mismo (para que no haya duda) y solo puede venir de Dios (la Buena Noticia de que Dios salva).

Ahora bien, ¿por qué dice: “Ni siquiera temes tú a Dios estando en la misma condena”? ¿A qué se refiere con temer a Dios? ¿Debe Dios ser temido? ¿Qué hay que temer? ¿Por qué menciona la condena?

Podemos decir que, en la fe, el temor de Dios tiene dos niveles o expresiones: por un lado,como miedo a padecer un mal, es decir, aquí, a sufrir una condena y, por el otro, como reverencia o adoración.

En el primer caso, es el miedo a padecer las consecuencias de nuestras malas conductas, ya que todo mal lleva aparejada una pena (temor servil dicen los teólogos).

En el segundo caso, se trata del miedo a separarnos de Dios, a quien amamos; es reverenciar a Dios y amarlo por sí mismo (temor filial lo denominan los teólogos).

Normalmente, el creyente comienza por la primera forma de temor, más imperfecta por la razón que la mueve, pero cuando descubre a Dios de forma personal, normalmente comienza a vivir desde la segunda, la perfecta, la verdaderamente agradable a Dios (en la que Él se puede complacer mejor).

Así que el llamado buen ladrón, al dirigirse al otro bandido, nos está lanzando una interpelación a nosotros al respecto.

Al decir “ni siquiera”, en primer lugar, quiere llamar su atención sobre el peligro que corre. Le viene a decir ¿no te das cuenta de que tus actos te llevan a la condenación? ¡Mira dónde nos han traído! (temor imperfecto o servil).

Pero, en segundo lugar, también son expresión de una reverencia profunda: aunque no lo exprese así, él se ha dado cuenta de que Jesús es Hijo de Dios y, como tal, con poder para perdonar o invocar el perdón al Padre.

Pero ¿cómo lo sabe? Pues porque unos momentos antes ha escuchado las palabras de Jesús: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen ¿Quién podía perdonar los pecados?: solo el Dios soberano (Lucas 5,21).

Por tanto, ¿Quién es Jesús?: el Hijo de Dios que clama al padre por la salvación de los pecadores entregándose Él mismo como acto de amor inefable de intercesión que conmueve de tal manera al Padre que Dios no puede resistirse y provoca que haga desbordar y descender su Misericordia sobre el género humano para darle esa salvación que no puede obtener por sí mismo.

He ahí la realeza que ha reconocido el malhechor y que ahora venera. Su temor ha pasado de ser servil e imperfecto a ser perfecto y venerante.

Con su afirmación, el malhechor se convierte en bienhacedor y su fe y su conducta le hacen merecer, a los ojos de Jesús, una salvación total e inmediata porque ha defendido a Jesús y la obra por la que Él vino.

Ha defendido el núcleo de la fe; ha entendido todo lo que no entendían los magistrados judíos. Un acto de fe y un credo en toda regla. Tanto que Jesús le responde: hoy estarás conmigo en el paraíso. Su testimonio de Jesús como salvador le ha ganado la entrada al paraíso.

Jesús es rey:

+ Por estirpe (¿dónde está el rey de los judíos? Porque hemos visto su estrella y venimos a adorarlo, dirán los magoi en Mateo 2,2);

+ Porque tiene potestad para perdonar los males que nos traen penas de condena (¿quién es este que perdona los pecados? se decían los judíos, pues solo Dios podía hacer tal cosa, Lucas 5,21); es rey

+ Porque restablece las condiciones para el reinado de Dios, de modo que el hombre pueda vivir la Ley del amor bajo el Imperio de la Gracia y no, en cambio, cautivo bajo el dominio del mal (ajeno pero también  el propio) y, por tanto, sin salida.

De ahí que, cuando digamos venga a nosotros tu reino, podamos expresarlo también comovenga a nosotros tu reinado; queremos vivir bajo el dominio del amor y de tu gracia porque por nosotros mismos no podemos.

El ahora bienhechor nos permite entender mejor lo que Jesús había invitado a hacer: busca el reinado de Dios y Él te dará lo que necesitas por añadidura, paraíso incluido, no puedes salvarte por tu cuenta.

Y ahora, tú, «vete a anunciar el Reino de Dios» (Lucas 9, 60).