A pesar de que el ayuno, ya sea físico o espiritual, es clave central en la condición de todo discípulo, puede que lo vivamos como una mera imposición externa o una práctica superficial desprovista de suficiente sentido. Al no entender su lógica intrínseca, no lo vivimos en sus verdaderas posibilidades y, a menudo, la desmotivación lleva a su descarte o relativización.
Sin embargo, ayunar es piedra de toque para el crecimiento en la gracia de Dios. En la Palabra encontramos una respuesta paradigmática de Jesús a una pregunta, en tal sentido, de los discípulos de Juan El Bautista que nos servirá de mucha ayuda: ¿Por qué tus discípulos no ayunan? Su pregunta es nuestra pregunta. Para captarlo mejor, veamos.
Narra Lucas en su Evangelio, bastante al inicio, (Lucas 5, 33-35) que: Le dijeron a Jesús: Los seguidores de Juan y los de los fariseos ayunan mucho y hacen muchas oraciones, pero tus discípulos no dejan de comer y beber. Jesús les contestó: –¿Acaso podéis hacer que ayunen los invitados a una boda mientras el novio está con ellos? Ya llegará el momento en que se lleven al novio; cuando llegue ese día, ayunarán.
La razón por la que Jesús usa la imagen del novio es porque esta le representa a Él mismo. Jesús es el novio en la boda. La boda es una de las expresiones que más frecuentemente encontramos en la Palabra para expresar la Alianza que establece Dios con el hombre. Dicho de otro modo, el vínculo que Dios quiere tener con cada persona es análogo a una unión esponsal.
Desde aquí se entiende la respuesta de Jesús: la razón de ser del ayuno es posibilitar la unión con Dios (en seguida diremos en qué sentido). Como los discípulos de Jesús ya están con él directamente, no necesitan ayunar de nada (por eso el texto había remarcado antes que, de hecho, los discípulos de Jesús no dejaban de comer y beber), ya que la finalidad del ayuno es precisamente llenar el alma del mismo don de Dios (don en sus dones espléndido, secuencia de Pentecostés). Al mismo tiempo, Jesús les matiza que, eso sí, cuando Él falte, entonces, volverán a tener necesidad de ayunar nuevamente porque el ayuno es lo que posibilitará lograr y mantener esa unión frente a la ausencia de una presencia física e inmediata de Jesús.
Pero todo esto no acaba de quedar claro si no reparamos en el significado del ayuno. Ayunar significa apartarse de todo aquello tangible o intangible que-no-es-según-Dios para sustituirlo por lo de Dios o para crear el espacio a Dios para que Él lo colme. Nos vaciamos para llenarnos. En términos más llanos, ayunamos de mundanidad para poder ser llenados de divinidad.
Tanto por la dinámica que generó en nosotros el pecado original (la inclinación a buscar fuera de Dios lo que solo Dios puede dar plenamente); como por los efectos que aún permanecen en nosotros del pecado propio y ajeno, vivimos desordenadamente muchas cosas que bien nos alejan de Dios, bien no nos acercan a Dios. Es por eso por lo que desde el Antiguo Testamento Dios iba avisando al pueblo de Israel de que mantenía una relación idolátrica con su realidad (cosas, personas) que le llevaba a su perdición ¿Qué perdición? Perder a Dios y, con ello, la propia divinización del hombre. El ayuno es, por tanto, una pauta consciente dirigida a quitar esos impedimentos que se interponen en la participación del don divino.
Dado que mantenemos una relación idolátrica con muchas cosas, el ayuno aparece como uno de los dos lados de una elección. En un lado, el quitar; en el otro lado, el tomar. Optar por Dios es dejar algo (que me perjudica o que no es lo mejor para mí) para tomar algo (que me diviniza, que es mejor para mí). Dejar y tomar son dos caras de la moneda escoger. Escoger a Dios y según Dios. Porque en todo hay un coste de oportunidad: si escogemos una cosa, dejamos otra. Es una cuestión binaria en la que cada elección, por pequeña que sea, puede acercarme o mantenerme en Dios, alejarme o impedirme.
Gran parte de la dificultad estriba en que, a menudo, la elección hay que realizarla entre dos cosas buenas: algo que es bueno en sí mismo frente al Bien en sí mismo, por lo que cuesta abandonar lo primero por el segundo. En este punto, cobra relevancia la distorsionada imagen que solemos tener sobre lo que Dios hace y nos quiere dar. Solemos pensar que las cosas del mundo son mejores que lo que nos daría Dios, que parece más incierto. La contraposición que refleja nuestra dinámica interna se parece mucho a la del rico que acumulaba bienes innecesarios (Lucas 12, 19: “y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes depositados para muchos años; descansa, come, bebe, diviértete… necio, esta noche te robarán el alma”), frente a la de los bienes queridos por Dios para nosotros (Lucas 22, 28-30: vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, yo preparo para vosotros el reino como me lo preparó mi Padre a mí, de forma que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino). Como podemos ver en ambos textos, como también en el de la escena de los discípulos de Juan y los fariseos que preguntan a Jesús, los discípulos del Señor también comen y beben cuando están con Él, pero su alimento es distinto y es mejor (el vino que Jesús regala en las bodas de Caná es mejor que el que habían ofrecido los novios), aunque no resulte evidente de primeras. Necesitamos tener esto en perspectiva porque el ser humano se mueve por lo que es apetecible, no en el vacío.
Esta dinámica la apreciamos muy bien en otros pasajes de los evangelios. En un sentido incorrecto, en el encuentro de Jesús con el joven rico. Esta persona había empezado bien orientada (Maestro, qué debo hacer para heredar la vida eterna), pero sus apegos le impidieron recibirla (se fue triste porque tenía muchos bienes). En cambio, en un sentido correcto, lo vemos en el símil del mercader de perlas finas: alguien experto en valorar el género que comercia es capaz de reconocer la mayor cualidad de una especie mejor (el Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una perla muy valiosa, va y vende cuanto tiene y la compra). Cuando ayunamos elegimos dejar algo bueno por algo mejor. Recuerda, Dios siempre da el ciento por uno, como mínimo.
Por ello, mientras no hemos podido descubrir el enorme alcance del desprendimiento, la imagen con la que se nos representa mentalmente el ayuno puede ser la de un mero sacrificio vacío de sentido. Por eso psicológicamente suele producir rechazo. Y es normal sentirlo así porque el esfuerzo interior que hace el ser humano para volverse a Dios es muy grande dadas las enormes fuerzas (por otro lado, habitualmente muy inconscientes) que tiran de él para que no lo lleve a cabo. En esto también necesitamos la ayuda de Dios porque sin el propio poder de Dios, nos sentiremos impotentes.
Lo apetecible de lo que ya conocemos ejerce una atracción gravitatoria enorme frente a lo que aún no conocemos del todo. Optar por lo mejor, menos conocido, al principio es como las maravillas que a duras penas atisbamos del espacio exterior a las que solo podemos llegar desplegando formidables fuerzas que venzan la gravedad que nos mantiene anclados en la tierra que conocemos (como vemos en el despegue de un cohete espacial). Pero, sin este esfuerzo, no hay oportunidad de maravillarse de lo que se encuentra al trascender. Una vez venzamos la resistencia gravitatoria en la que nos encontramos nos asombraremos y flotaremos en la liviana atmósfera de Dios.
Por eso necesitamos dar un salto de fe ahí y confiar: Dios también vendrá con su poder para ayudarnos y no defraudará. Dado que la fe es tarea y don (donacción), Dios tampoco nos deja solos en esto. Una de las cosas que hará es darnos los dones divinos que necesitamos para vivirlo.
Estos dones los debemos pedir habitualmente con cada ayuno que estemos haciendo en ese momento (pedid y se os dará), pues mientras Él mismo no se haga cargo también dándonos de su propia potencia divina (la gracia santificante), lo sentiremos como un muro (por eso solemos hacer poco ayuno y sentimos resistencia), de ahí que ayuno y oración estén tan unidos, entre otras razones.
Quizá nos ayude recurrir a la imagen de la vida contemplativa de tantos religiosos de clausura. Ellos lo comprenden bien. Si nos fijamos, todo su orden de vida (horarios, recursos, hábitos, elecciones) está estructurado y orientado para que estas almas retiradas estén enfocadas totalmente a Dios en todo lo que viven. Su despojamiento tiene como fin tenerles completamente centrados. La vida laical no es distinta en su esencia, solo en la forma de su realización. Dadas las constantes ofertas y los múltiples estímulos que nos descentran de nuestro horizonte una y otra vez, el ayuno se presenta como medio idóneo para recuperar y mantener el foco, más aún considerando que el orden externo de vida está más expuesto y sujeto a más variaciones que el ritmo más contemplativo. En el entorno secular tampoco faltan inspiraciones sobre lo que es estar centrado. Un reflejo lo podemos apreciar con facilidad en los deportistas que adoptan un plan de vida integral y sistemáticamente dirigido a un logro; pero también lo podemos ver en otras situaciones de diversa naturaleza totalmente entregadas a una motivación determinada: una familia que cuida a un miembro gravemente limitado; una persona entregada a liderar una causa noble, etc. Cuando algo merece la pena, todas las fuerzas se canalizan al mismo punto.
Finalmente, para que el ayuno tenga un sentido cada vez mayor para ti, discierne en oración qué silenciar, o qué dejar, o qué evitar, o qué apartar que tenga una utilidad para tu crecimiento espiritual. Así estará conectado con lo que vives y podrás ir verificando su fecundidad. Así lo hacemos en familia, por ejemplo.
