¿Cuánto tiempo rezar? Las personas que buscan al Señor se hacen esta pregunta tarde o temprano.
En el evangelio de Lucas se narra que Jesús les puso varias parábolas para instruir a los discípulos acerca de la oración. En una ocasión (Lc 18, 1-8), les expuso una para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer:
«Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”. Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme”». Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».
La respuesta, por tanto, nos la dio el mismo Señor. Esta llamada a orar constantemente no es nueva de los evangelios. En realidad, estaba ya presente desde mucho antes. Así, por ejemplo:
- Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré, y él oirá mi voz (Salmo 55:17);
- (…) bendeciré al Señor en todo momento; su alabanza estará de continuo en mi boca (Salmo 34:1);
- (…) mis ojos están cansados de llorar; te he llamado día y noche, oh, Señor, y he extendido mis manos hacia ti (Salmo 88:9);
- (…) siete veces al día te alabaré a causa de tus justos juicios (Salmo 119:164);
- (…) sobre tus muros, oh, Jerusalén, he puesto guardas; que no callen ni de día ni de noche. Los que recordáis al Señor no os deis tregua ni a él descanséis (Isaías 62:6-7);
- (…) buscad al Señor y su poder; buscad su rostro continuamente (1 Crónicas 16:11).
- (…) Les decía una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer (…) pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche? ((Lucas 18, 1, 7).
Después de la Resurrección, San Pablo también lo reiterará:
- (…) Siempre en oración y súplica, orad en toda ocasión en el Espíritu (Efesios 6,18),
- (…) velando juntos con constancia, y suplicando por todos los santos; Sed constantes en orar (1 Tesalonicenses 5, 17).
Es necesario🔗
Si nos fijamos en el texto evangélico de Lucas, Jesús no dice que sea obligatorio, dice que es necesario. El Señor no reduce la oración constante a una obligación formal, sino que la señala como una necesidad.
Es normal. Si Dios es el Emmanuelle (que significa Dios-con-nosotros), y la oración es forma de encuentro directo con Él, queriendo Él dárnoslo todo, lo lógico es que no dejemos ocasión de recibir. Así, por medio de una oración continuada durante todo el día le presentamos, le ofrecemos, nos encontramos, recibimos.
La vida eterna se obtiene por la fe en la caridad; la fe se expresa a Dios por la oración. Por lo tanto, para vivirlo todo con Él, desde Él y en Él; entonces, todo con Dios, nada sin Dios, para que todas mis fuentes estén en Él («todas mis fuentes están en ti», Salmo 87,7). Cuando rezo, invoco a Dios para poder ser partícipe de su divinidad. San Pablo lo dice mucho mejor al hablarnos a través de su carta a los Efesios:
Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo —estáis salvados por pura gracia—; nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha sentado en el cielo con él, para revelar en los tiempos venideros la inmensa riqueza de su gracia, mediante su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. En efecto, por gracia estáis salvados, mediante la fe. Y esto no viene de vosotros: es don de Dios. Tampoco viene de las obras, para que nadie pueda presumir. Somos, pues, obra suya.
En otro rincón del evangelio, Jesús dice a los discípulos: sin mí no podéis hacer nada. Y, aunque esto no siempre lo vemos desde el principio, cuando Él dice nada, es nada. Así que, cuando Jesús dice que sin Él no podemos hacer nada, en realidad, podemos entender que sin Él no debemos hacer nada. Como el comer, la necesidad torna en obligación por puro sentido, nadie la percibe como una imposición externa porque entiende hasta qué punto depende de ello para vivir.
Esta llamada a acudir constantemente a Jesús la vemos también en su encuentro con esa samaritana que nos representa a todos. En aquel diálogo, Jesús le revela que Él es el agua viva. Debe acudir a Él para apagar su sed y dejar de hacerlo con cosas que no sacian. Por tanto, la invitación es clara: acudir a la fuente a apagar la sed. Todo el tiempo.
En otro fragmento, Jesús muestra lo mismo a los discípulos con otra imagen: yo soy la vid, vosotros sois los sarmientos. Si un sarmiento es arrancado de la vid, se muere, pero si permanece unido recibe su savia constantemente.
Por tanto, si la oración es encuentro con Dios, la oración continua es la forma de estar unidos a Dios en todo momento y, por tanto, para todo. Recuerda, rezamos para ser.
Si lo hacemos así, se hace realidad lo que Jesús dice en la parábola de la viuda que busca justicia: ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar.
Ahora bien, nos lanza una interpelación cuando dice justo después: cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra? No lo dice para juzgarnos, nos lo dice para enseñarnos; para mostrar el camino. Nos dice ¿te habías dado cuenta? ¿lo sabías? ¿lo vives así actualmente?
Debes aprender a creer que, como dice Santa Teresa de Jesús: “todo viene por la oración” y que, al que busca en todo al Señor constantemente, Él no tarda en hacerle justicia, es decir, en hacerle partícipe de su divinidad. No pienses en la justicia en términos puramente humanos; justicia es restaurar el bien que Dios pensó cuando te creó.
Dice el teólogo Christian Gouyaud que, en cuanto a la oración de petición, se trata de hacernos conscientes de que dependemos de Él y añade: Esta oración debe ser insistente, rayana en el acoso espiritual, y debe desembocar en la petición del don supremo que es el Espíritu Santo ¿por qué debe terminar en el Espíritu Santo? Porque en Él lo encontramos todo. En nuestra tradición siempre fue muy importante el Veni Creator. No era un mero canto, era un clamor interior interiorizado por una iglesia ferviente.
Pero ¿no es imposible orar todo el tiempo?🔗
Ahora bien, ante el hecho de orar todo el tiempo, a uno le puede surgir cierta incredulidad y creer que tal cosa es un recurso retórico del autor de la Palabra, que no es para tanto y que hay que relativizar; o le puede brotar cierto escepticismo y pensar inmediatamente que la realidad desmiente tal posibilidad; o simplemente interrogarse ¿cómo es eso posible? Bien, esto es normal porque vemos cómo es el discurrir de nuestra jornada y nos parece poco menos que imposible o un sinsentido.
En primer lugar, cabría decir que es posible, pero no al modo humano. Orar todo el tiempo no deja de ser una realidad sobrenatural y, como tal, requiere de algo sobrenatural para poder vivirse. Concretamente, la gracia de Dios. Recordemos cuando Él nos dice: sin mí no podéis hacer nada.
La teología nos explica esto acerca de la gracia de Dios: para obrar sobrenaturalmente, como exige nuestra elevación al orden sobrenatural por la misma gracia, necesitamos de unas facultades operativas de orden estrictamente sobrenatural que nos capaciten para realizar de manera connatural y sin esfuerzo los actos sobrenaturales propios de nuestra condición de hijos de Dios (Antonio Royo Marín).
Esto quiere decir que para “orar todo el tiempo” contamos también con la acción real del Espíritu Santo y no dependemos solo de nuestras fuerzas, pues somos limitados. El Espíritu Santo nos inspirará; suscitará en nosotros la manera de llevar a cabo la oración continua y nos auxiliará porque Dios no niega nada que ayude a estar en unión con Él. Por eso, debemos pedir esa sobrenaturalidad y no vivirlo desde una insana auto exigencia.
A veces no somos conscientes de que nuestra cavilación está siendo oración🔗
Por otra parte, la idea preconcebida que solemos tener sobre la oración puede ser algo restrictiva porque puede que tendamos a pensar en ella de una manera excesivamente concreta y no en todas posibilidades y formas de expresarse. Y es que, a veces, oramos sin ser conscientes del todo. Podemos tomar como ejemplo a Santa Teresita de Lisieux quien contaba lo siguiente sobre su experiencia:
«Entonces mis pensamientos eran muy profundos, y, sin saber qué era meditar, mi alma se sumergía en una real oración» (…). «Un día, en la Abadía, una de mis maestras me preguntó cuáles eran mis ocupaciones de los días de fiesta, cuando estaba en los Bouisonnets. Respondí tímidamente: «Señora, con mucha frecuencia me oculto en un pequeño espacio de mi habitación, que es fácil de cerrar con las cortinas de mi cama, y allí pienso…» «Pero ¿en qué piensas?», me dijo la religiosa riendo. «Pienso en Dios, en la brevedad de la vida, en la eternidad; en fin, pienso.» Hoy entiendo que hacía entonces una verdadera oración, durante la cual el divino Maestro instruía dulcemente mi corazón».
Todo pensamiento que, de algún modo, lleva a Dios directa o indirectamente viene a ser oración, como podemos ver en el compartir de Santa Teresita de Jesús. Seguro que esto nos llena de alegría al percibir que oramos más de lo que pensamos y también nos libera; ya no parece una carga pesada como, quizá, habíamos pensado en primer lugar.
Una clave para empezar a orar todo el tiempo es encontrarnos con Dios desde la realidad que se nos presenta en cada momento. Dicho de otro modo, hacemos de la realidad nuestro motivo de encuentro. De esa manera, la oración continua no solamente resulta fácil y accesible, además, se vuelve connatural a nuestro propio ser y, por tanto, incluso espontánea. Como es algo que hacemos sin quietud exterior, podríamos llamarlo con un neologismo: oracción. Por eso, Santa Teresa de Jesús decía aquello de: entre los pucheros anda el Señor.
Podemos orar todo el tiempo a cada paso porque podemos hacer de cada cosa objeto de diálogo con el Señor. Nos despertamos y decimos “Señor, sé que me amas, gracias” o “Señor, qué bien he descansado, gracias”. Nos levantamos y decimos “Señor, sin Ti no puedo hacer nada, bendito eres”. Subimos la persiana o abrimos las cortinas y decimos “Señor, gracias por la luz, gracias por los pájaros que estoy oyendo”. Vamos a desayunar y decimos “Gracias por este alimento, que sirva para hacer mi trabajo de hoy” o “Señor, te ofrezco estos dolores con que me levanto” o “Señor, esta angustia que me invade, ilumíname, dame fuerza”. Me estoy vistiendo y recuerdo que Él me dijo en el Evangelio “que ni los lirios del campo vestían como Salomón” (Mt, 6, 29) o que Él “me pone un traje de fiesta” (Lc, 15, 22) y elevo una expresión o me conmuevo al haberlo pensado. Voy por la calle, veo una situación y se la encomiendo a nuestro Padre. Y así con todo.
Ese soliloquio que a menudo mantienes contigo mismo, puedes tenerlo con el Señor. Convierte tu monólogo habitual en diálogo. Llora, ríe, duerme, descansa en Él. Esto es signo de una gran familiaridad.
Contaban del hermano Lorenzo de la Resurrección (los testimonios son indirectos), que él decía que es un gran engaño pensar que los momentos de oración debían ser diferentes de otros momentos. Estamos estrictamente obligados a unirnos a Dios por medio de la acción en el tiempo de la acción, tanto como por la oración en su debido momento. Y se decía de él que, cuando terminaban los momentos dedicados a la oración, no encontraba ninguna diferencia porque seguía estando con Dios, alabándole y bendiciéndole con todas sus fuerzas, de tal manera que pasaba su vida en un gozo continuo. Hasta el punto de que decía: “para mí, el tiempo de trabajo no difiere del tiempo de oración, y en medio del ruido y el alboroto de mi cocina, con muchas personas pidiendo cosas diferentes al mismo tiempo, tengo una gran tranquilidad en Dios, como si estuviese de rodillas ante el Santísimo Sacramento”.
Recomiendo esta lectura sobre el hermano Lorenzo “La Práctica de la Presencia de Dios”. Es enormemente motivadora y es breve, lo que facilita las cosas. Su lectura no te dejará igual que estabas y te dará la sensación de que lo que parecía difícil, no lo es:
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No se puede orar todo el tiempo si no se ora con dedicación en ciertos momentos🔗
Pero hay otra clave adicional que nos da el Catecismo de la Iglesia Católica: (…) no se puede orar «en todo tiempo» si no se ora, con particular dedicación, en algunos momentos: son los tiempos fuertes de la oración cristiana, en intensidad y en duración (CIC 2697 in fine).
Se diría que reservar un espacio diario dedicado específicamente a un encuentro de calidad con el Señor es condición sine qua non para que la contemplación en la acción sea posible. Lo vemos en el propio Jesús quien se retiraba a orar frecuentemente en medio de una vida de intensa actividad.
Para que nos demos cuenta de cuán importante es reservar este espacio de oración específicamente dedicado contamos con la propia enseñanza de San Enrique de Ossó, quien, inspirado en Santa Teresa de Jesús, y parafraseándola decía: Porque un alma que persevera en la oración está salvada, lo que no puede decirse de otros ejercicios de piedad (…). Dadme cada día un cuarto de hora de oración mental y meditación y yo os daré el Cielo.
Según el cardenal Angelo Comastri, Santa Teresa de Calcuta hablaba de un mínimo de media hora diaria. La había conocido cuando él era un joven sacerdote y decía que le dirigió una carta después de ser ordenado cuya respuesta fue “inesperada” y sorprendente. Tiempo después, el cardenal fue a buscarla cuando se encontraba de visita en Roma para agradecerle su respuesta. Cuando se encontró con ella, la Madre Teresa refirió que le hizo esta pregunta: “¿Cuántas horas al día reza?”, le preguntó. Él le respondió que rezaba la Misa diaria, la Liturgia de las Horas y el Rosario, pero le preguntó también ¿Por qué me pregunta cuántas horas rezo? La Madre Teresa le tomó las manos y las apretó entre las suyas, casi como para transmitir lo que tenía en el corazón; y luego le confió: Hijo mío, sin Dios somos demasiado pobres para poder ayudar a los pobres. Recuerda: yo soy sólo una pobre mujer que reza. Rezando, Dios pone en mí su Amor en el corazón y así puedo amar a los pobres ¡Orando!. Y, a continuación, le dijo: “Eso no es suficiente”. “El amor no puede ser vivido de forma minimalista”, le dijo, y le pidió que le prometiera hacer media hora de adoración cada día.
La propia santa relataba lo siguiente: “Recién en 1973, cuando empezamos nuestra Hora Santa diaria, fue que nuestra comunidad comenzó a crecer y florecer. … En nuestra congregación solíamos tener adoración una vez a la semana durante una hora; luego en 1973 decidimos dedicar una hora diaria a la adoración. El trabajo que nos espera es enorme. Los hogares que tenemos para los indigentes enfermos y moribundos están totalmente llenos en todas partes. Pero desde el momento que empezamos a tener una hora de adoración cada día, el amor a Jesús se hizo más íntimo en nuestro corazón, el cariño entre nosotras fue más comprensivo y el amor a los pobres se nos llenó de compasión, y así se nos ha duplicado el número de vocaciones. Dios nos ha bendecido con muchas vocaciones maravillosas. La hora que dedicamos a nuestra audiencia diaria con Dios es la parte más valiosa de todo el día”.
Testimonio personal: Hace algunos años hice unos ejercicios espirituales organizados por las Hijas del Amor Misericordioso (las HAM). Nos asignaban una hermana para contrastar cosas durante el retiro. El caso es que mi acompañante esos días me interpeló señalando cuarenta y cinco minutos al día de oración a partir de concluir el retiro. Debo decir que lo veía imposible de encajar en mi ritmo personal. Digamos que hasta me enfadé y lo rechacé internamente. Pero se me quedó grabado. De vez en cuando venía a mí esta palabra de la hermana. Lo cierto es que, al cabo de un tiempo, poco a poco esto fue teniendo lugar. No fue por sentirme obligado, el Espíritu Santo se fue abriendo paso y me pudo mostrar la razón de ser en mi necesidad de orar; de modo que me arrastró a ese desierto interior temporal diariamente.
Actualmente puedo reservar ese tiempo fijo levantándome un poco antes para poder orar. Tal vez, por nuestras obligaciones diarias, no podamos reservar una hora como la madre Teresa, de momento, pero sí empezar por reservar algo de tiempo fijo.
Como decíamos en otro sitio, parte de lo que uno hace es estar disponible para dejarse hacer. La clave es empezar con un tiempo al que no puedas negarte y mantenerlo diariamente. El Espíritu Santo hará el resto, créeme. Si para ti lo irrechazable sería un minuto, empieza por ahí y déjate llevar. Si estás disponible, se irá ampliando por sí solo sin que notes esfuerzo pues este ya lo hiciste al vencerte en el mínimo que podías dar en ese primer paso. Con el tiempo, si acaso, revisa si estás estancado. Si lo estás, pide la gracia de lo que te falta. Te aseguro que llegará.
Algunos medios para orar todo el tiempo🔗
Orar todo el tiempo es como estar hablando con el Señor todo el día sobre cuanto sucede en la realidad y lo que brota del corazón.
La fe es don y tarea, así que, no será solamente nuestro esfuerzo lo que tenga lugar, también contamos con la asistencia de Dios. Veamos algunos apoyos que pueden ayudar.
En primer lugar, pidiendo a Dios que nos conceda el don orar continuamente; de presentarle todo; de que las cosas nos hablen y lleven a Él; que su propio Espíritu interceda y ore en nosotros y, en definitiva, como decía aquel teólogo, para que su Espíritu lo haga en nosotros. Cada uno con su forma de expresarse.
Un segundo medio que ayuda puede ser el hacer que las cosas nos evoquen a Dios. En el Antiguo Testamento hay una palabra de Dios maravillosa en este sentido. Se encuentra en el capítulo 15 del Libro de los Números; versículos 37-41. En ella, el Señor habló a Moisés y le dijo:
«Di a los hijos de Israel que, tanto ellos como sus descendientes, se hagan flecos en los bordes de sus vestidos y pongan en el fleco de sus vestidos un hilo violeta. Llevaréis esos flecos para que, cuando los veáis, os acordéis de todos los preceptos del Señor. Así los cumpliréis y no seguiréis los caprichos de vuestros corazones y de vuestros ojos, que os suelen seducir. Así os acordaréis de todos mis mandamientos y los cumpliréis, y seréis hombres consagrados a vuestro Dios. Yo soy el Señor, vuestro Dios, que os saqué de Egipto para ser vuestro Dios. Yo soy el Señor, vuestro Dios».
Hoy día a esto lo expresarían muchos con el anglicismo hack, es decir, un truco. Podemos decirle a nuestra mente que, al ver algo o suceder algo, nos lleve al Señor.
Busca tus flecos.
En la religiosidad tradicional un ejemplo de esto se encontraba en aquel hábito por el que, cuando una persona pasaba delante de una iglesia, se santiguaba. Ciertamente, si esto se perdió es porque probablemente se ritualizó y pasó de ser un medio de profunda dimesión vivencial a un formalismo, de manera que dejó de tener sentido para las siguientes generaciones. Lo que se pretendía era recordar a Dios para facilitar nuestra entrega a Él, es decir, como se dice en el párrafo de Números citado: para consagrarnos (como un proceso siempre inacabado que requiere renovación y, por ello, continuidad).
Testimonio personal: no sé cuándo empezó, pero recuerdo que cuando me desplazaba a trabajar había dos momentos que actuaban como detonante para llevarme a Dios. Cuando arrancaba la moto, para cuidar el motor, debía dejarla un minuto o dos calentando antes de salir, entonces comencé a presentarle a la Virgen María tres personas por las que quería interceder y con cada una iba un Ave María. Luego, cuando iba por la ciudad y me paraba en un semáforo rezaba por alguna otra cosa. Esos eran mis flecos. Podría decirse que el primero de ellos lo incorporé como hábito y actualmente lo mantengo; no tengo ni que pensarlo; llego a mi plaza de garaje y según giro la llave para arrancar me brota la oración.
A día de hoy, oro constantemente. Dios siempre es la causa de la oración, ya sea mediata o inmediata, por eso, unas veces, me puede parecer que tomo yo más la iniciativa y otras, en cambio, percibo claramente que no he puesto nada de mi lado. Es recurrente en mi experiencia que vaya en moto, me emocione y se me salten las lágrimas de la emoción. Como se puede ver, para Dios no hay obstáculos si un alma quiere estar con Él. Él lo hace y se encarga de hacértelo saber.
Otras personas elevan su pensamiento a Dios cuando pasan delante de una imagen que tienen en su casa; o cuando pasa una ambulancia, etc. Aquí cada uno, lo que le ponga el Señor en el corazón. ¿Quién sabe? Quizá hasta pase algo. Transcribo este testimonio que contó el padre Joe Freedy sobre un feligrés, John Petrovich, que había compartido tras un retiro.
Poco antes del retiro, un sábado por la mañana, Petrovich corría, como de costumbre, por un barrio de Pittsburgh. En el camino pasó por delante de una casa donde había una ambulancia en el camino de entrada. La puerta principal de la casa y las puertas del garaje estaban abiertas. Y cuenta que “cuando era niño, cada vez que escuchaba cualquier tipo de sirena (ambulancia o coche de policía), hacía la señal de la cruz y rezaba por los necesitados y protegía a los involucrados. Eso era algo natural para mí”. Una cosa diferente en esa ocasión fue que siempre dije esa oración, pero nunca me sentí obligado a decir una oración (en particular). Eso era lo único que era diferente a cualquier otra cosa. Y la primera oración que me vino a la mente (ese día) fue el Ave María”. Petrovich pensó en detenerse y ayudar, pero como no tiene formación en primeros auxilios, decidió seguir corriendo, aunque se preguntaba si se había equivocado al no detenerse. Sin embargo, oró: “Dios, si esa ambulancia todavía está estacionada en ese camino de entrada, me detendré y veré si puedo brindarle ayuda”, pero, al regresar, “La ambulancia no estaba allí, no había luces en la casa, la puerta del garaje estaba cerrada y la puerta principal estaba cerrada”. Sin embargo, el jueves siguiente, después del trabajo, Petrovich corría por el mismo barrio, al acercarse a la casa donde había visto la ambulancia, vio a una señora al borde del camino de entrada de esa casa, y ella comenzó a agitar la mano y le dijo: ‘Para. Por favor, detente’”, “así que llegué al borde del camino de entrada y ella dijo: “Gracias por detenerse, señor. Necesito hablar contigo. Tengo que agradecerte porque me salvaste la vida”. Perplejo, Petrovich preguntó: “¿Cómo te salvé la vida?”. Entonces” relató: “ella me dice: ‘Déjame contarte lo que me pasó la semana pasada’. Sola en casa, de repente había comenzado a sentirse extraña y desmayada. Ella sabía que estaba muriendo. Le contó a Petrovich cómo, antes de encontrarse en una cama de hospital y a punto de recuperar la conciencia, “tuvo una visión de Jesús que vino a ella y le dijo: ‘Está bien. Todo va a estar bien. Vas a estar bien porque esta persona oró por ti’. “En la palma de su mano estaba tu rostro, en la mano de Jesús”, le dijo, contando lo que pasó por su mente. “Y pensé: ‘Tengo que agradecerte por salvarme la vida’”. Petrovich diría más tarde al periódico The Register que: «Estaba sin palabras. No sabía qué decir excepto: ‘Gracias’”.
Finalmente, estarían las jaculatorias que son oraciones breves vocales que se repiten a lo largo del día expresando distintas cosas: petición, agradecimiento, alabanza, arrepentimiento, bendición…
Las jaculatorias han formado parte de la tradición desde siempre y cobran mucho sentido cuando se realizan con intención.
Las jaculatorias pueden ser expresión espontánea o tomarse de una fracción de una oración conocida como un versículo de un salmo; una frase del evangelio; una oración de un santo; una frase escuchada que adaptamos a nosotros y repetimos, etc.
Ejemplos de ello, podrían ser las inspiradas directamente en la Escritura: “Señor, que vea”; “Señor, hijo de Dios, ten compasión de mí, que soy pecador”; “Señor, hazme instrumento de tu paz”; “Señor mío y Dios mío, mi Dios y mi salvador”; “Ven, Espíritu Santo, haz morada en mí”; “Señor, hágase en mí, según tu palabra”; “No soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya basta para sanarme”; etc.
Otras pueden ser elaboradas por nosotros mismos según vamos viviendo cosas y nos vamos encomendando. Esas “frases” que van quedando en nuestro interior las pone el Espíritu Santo poco a poco. Generalmente, las oraciones que más ayudarán serán las que sintamos que tienen relación con nosotros mismos, es decir, con nuestras vivencias previas. Cosas sencillas que vas concluyendo en tu interior: desde un “Jesús, te quiero”; o un “Jesús, enséñame”; «Jesús, quiero conocerte más»; «Señor, enséñame a reconocer tu presencia, que me siento perdido»; a un “Señor, contigo, todo; sin ti, nada”. Vamos, lo que te brote porque cada sensibilidad es única y según el estadio de la fe en la que uno se encuentre.
Sin duda alguna, otras oraciones tradicionales también sirven. Lo relevante es que las recemos con intención; saboreando su sentido y poniendo atención; que las reiteremos a lo largo del día naturalmente y poco a poco para no caer en algo mecánico y ritualista.
