La oración diaria es el cimiento espiritual básico para sostener nuestra labor al evangelizar en el día a día.
El hogar, como lugar de transmisión de la fe, ofrece muchas oportunidades para enseñar a vivir espiritualmente. Una de ellas es la oración en familia.
Las formas de orar en familia pueden ser de lo más variadas, según el estilo, los hábitos, los ritmos, las personalidades, etc.
Uno de los momentos de oración en familia que más vivimos en la nuestra es la oración de la noche. Como tantas familias cristianas, nos reunimos a rezar al finalizar el día.
Es una oración corta y muy sencilla, pero que podemos aprovechar más de lo que cabría pensar.
Básicamente, cada miembro de la familia, incluidos los padres, primero debemos hacer en voz alta tres oraciones seguidas: una acción de gracias; una intercesión y una petición de perdón. Cuando el último ha terminado las suyas, entonces finalizamos recitando todos a la vez una serie oraciones que hemos ido añadiendo donde nos encomendamos. Por ejemplo: “Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío”.
El rato de oración es breve. No durará más de cuatro o cinco minutos probablemente. Y, como se puede ver, es sencilla, de modo que la podemos hacer habitualmente; en casi cualquier contexto, y es amigable.
Aunque sea sencilla, no por ello es menos aprovechable si la planteamos con intención.
En primer lugar, porque la oración de la noche la personalizamos con lo que le brota a cada cual en ese momento. A menudo, se reza desde las circunstancias de las cosas que le ha pasado a cada uno o de las que ha tenido conocimiento y le han afectado.
Este aspecto es muy importante porque evangelizamos a los niños en el sentido de una fe que es concreta; que tiene que ver con lo que uno vive; y que muestra a un Dios que le importa todo lo que vivimos.
En segundo lugar, la oración de la noche nos ayuda a aclarar malentendidos y a orientar a los niños sobre la forma de orar.
Aunque, en general, tras cada una de las tres expresiones no hay comentario alguno, a veces, les hacemos un matiz a los niños o al cónyuge si es necesario. Especialmente, en relación con la petición de perdón.
La petición de perdón es la que más matizamos porque a veces pueden pedir perdón por cosas que no corresponden, generando una auto exigencia que no es según Dios. Por ejemplo, si un niño pide perdón por haberse enfadado con alguien, le preguntamos a qué se refiere y, según el contexto, la confirmamos o la invalidamos. En el segundo caso, le indicamos que piense en otra. Esto es así porque enfadarse puede tener motivo o no; porque la mera emoción del enfado no es motivo de arrepentimiento; hay que saber si ha generado una reacción posterior no proporcionada, etc.
La ira puede ser según Dios o no; ordenada o desordenada. Es decir, la ira expresa la disconformidad con la injusticia normalmente, de ahí que haya que analizar el contexto. Así, como decía San Juan Crisóstomo «Quien con causa no se aíra, peca. Porque la paciencia irracional siembra vicios, fomenta la negligencia, y no sólo a los malos sino también a los buenos los invita al mal«. Santo Tomás de Aquino se inspira en San Juan Crisóstomo también y dice, al respecto: «quien se irrita sin motivo es culpable; pero quien se irrita con causa justa no es culpable (…)«.
De este modo, también estamos aprovechando la oración para ayudarles a entender algunas cosas de sus vivencias. Poco a poco, incluso los niños se interpelan entre ellos cuando no tienen claro que algo que ha dicho el otro le sea conveniente.
Una cuestión importante es que es un espacio de confianza, por lo que dejamos claro que no podemos usar contra los demás aquello que comparten en intimidad. Es un espacio seguro, a imagen y semejanza de Dios (recordemos cómo Adán y Eva se mostraban en el Paraíso en su desnudez, hasta que tuvo entrada el pecado). Si un niño pide perdón por algo, no le recriminamos después, más bien, le ayudamos como necesita.
En tercer lugar, la oración de la noche nos permite conocernos un poco más y acogernos porque cada uno destaca más un tipo de cosas o puede expresar inquietudes que no han salido en las conversaciones familiares de otra manera. Pueden brotar cosas que, de otro modo, no saldrían. Jesús lo hace. Siempre sin caer en la exageración por parte de nosotros como padres.
En cuarto lugar, la oración de la noche es un momento maravilloso para orar por los adversarios, tal y como nos dice el Señor en el Evangelio.
Como todos tenemos vivencias en las que alguien nos hace daño, y los niños tienen diversas fricciones en el colegio por meras torpezas o por pobrezas ajenas. Por tanto, es un momento ideal para pedirle al Señor por las personas que, de un modo u otro, nos han hecho daño.
Diría que, gracias a esto, los niños han naturalizado orar y bendecir a los que les causan sufrimiento y, con ello, han aprendido a no odiar o no tener resentimiento. A menudo, este hablarle a Jesús de sus victimarios ha venido precedido de alguna conversación donde también les hemos mostrado las circunstancias de esta persona, ya que, más de un compañero tiene una situación de origen complicada que también hay que valorar.
Lógicamente, no adoptamos una actitud voluntarista o represora. Cuando se produce una agresión emocional o física intencionada o de una intensidad relevante, también les enseñamos a poner límites; ser asertivos; reaccionar proporcionadamente y pedir ayuda a los superiores, pero esto se realiza fuera de la oración para evitar la pérdida de intimidad en lo posible.
La oración de la noche en familia es una oportunidad estupenda también para introducir a los niños en la relación personal con Dios; y también hacerles ver que Dios interviene. Todo de forma muy simple. Como debe ser. Por ejemplo, a veces un niño o uno de los padres se queda atascado porque no le sale una de las oraciones (en general, sucede con la de perdón), entonces, en lugar de dejarlo pasar, le invitamos a que se lo pregunte a Jesús. Al cabo de unos momentos, brota rápidamente. Otras veces a lo mejor alguien sugiere algo que ha visto en el otro, pero siempre con cariño; y también para agradecer o pedir, claro.
Como podemos ver, una oración tan sencilla, pero cuidada. No es una mera costumbre ritualista, es un medio para vivir la fe relacionalmente; mostrar a Dios como alguien presente y participativo; desarrollar la dimensión del agradecimiento; del saber pedir ayuda; de mostrar la vulnerabilidad en un entorno seguro; de dejarse podar por el Señor y no caer en el voluntarismo. Algún día, el Señor nos concederá introducir la alabanza, forma de oración realmente culmen, pero que suele requerir su tiempo en familias cuya espiritualidad no es tan carismática como en otras.
Cuestión de interés puede ser la experiencia con la mayor o menor quietud de los niños al hacer la oración. Lo cierto es que, como siempre, es algo progresivo y madurativo. Cuando eran más pequeños se movían más y les llamábamos menos la atención, pero cuando han ido creciendo hemos intentado que le dieran importancia al momento y pudieran centrarse. Para ello, paciencia a través de la insistencia (como decía San Francisco de Sales: “Se cazan más moscas con una gota de miel que con un barril de vinagre”), parar si hace falta, esperar a que se tranquilicen las emociones, etc. es decir, promover un recogimiento mínimo, pero proporcional.
Algunas veces nos reímos ¿por qué no? La oración es la vida misma y si estás dialogando con el Señor también puede surgir alguna risa. Es un signo bien bueno de cómo se viven las cosas. Otras veces, pequeños o mayores también nos podemos emocionar con alguna situación determinada, casi siempre ajena, lo cual nos permite naturalizar mucho la oración afectiva. De forma análoga a como los salmos expresan todo tipo de estados de ánimo o afecciones.
Finalmente, es importante que los padres vayamos con intención a este rato, ya que, pese al formato, las risas, la sencillez y simplicidad, es un momento de encuentro que requiere el respeto que merece el Señor y que puede ser más fecundo si nos encomendamos adecuadamente y lo cuidamos. Personalmente, los primeros momentos suelo invocar al Señor en mi interior con las palabras del Evangelio: Señor, donde dos o tres están reunidos en tu nombre, en medio estás tú, aquí estás tú… Además, los niños absorben lo que ven en sus padres, de modo que si nosotros le damos importancia, esa siembra quedará y dará fruto a su tiempo.
