A las razones para evangelizar que venimos tratando, se añade una principal como es que el apostolado hace crecer la propia fe y es fuente de santificación. Algo en este sentido habíamos visto al reflexionar sobre cómo evangelizar abre posibilidades nuevas de encuentro con Jesucristo.
El hecho es que la evangelización, vivida ordenadamente y sobrenaturalmente, es un manantial de santificación. El apostolado hace crecer la fe y la mantiene viva.
Dar testimonio no solo beneficia a quien escucha, sino que evangelizar nos santifica en nuestro propio camino espiritual.
El Papa Francisco en Gaudete et Exsultate (27) llega a decir que «a veces tenemos la tentación de relegar la entrega pastoral o el compromiso en el mundo a un lugar secundario, como si fueran «distracciones» en el camino de la santificación y de la paz interior. Se olvida que «no es que la vida tenga una misión, sino que es misión». Es decir, identifica la misión apostólica con la propia santificación.
San Pablo viene a expresar esto en su primera carta a los Corintios cuando dice que «me he hecho todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos. Y todo lo hago por causa del Evangelio, para participar yo también de sus bienes» (1 Corintios 9, 22-23).
Es impresionante cómo el apóstol une las dos cosas: ganar almas para Dios con la motivación personal de ser destinatario de las bendiciones del propio Evangelio. No oculta San Pablo cómo se desliza su propio interés personal en ello. Equivale a decir que le va la vida en ello (Ay de mí si no evangelizará dirá en otro momento).
De hecho, esto mismo lo experimentaron los discípulos enviados en misión por Jesús. Narra el evangelio de Lucas que, tras designar el Señor a otros setenta y dos discípulos, los mandó delante suyo, de dos en dos, a los lugares donde pensaba ir Él y que, al regresar de las misiones «Los setenta y dos volvieron con alegría». Vemos aquí cómo cuando los discípulos despliegan su dimensión apostólica se llenan de alegría, un bien evangélico por excelencia.
Observamos también cómo el texto evangélico usa el término mandar, en el sentido de enviar, pero que igualmente podemos entender como mandatorio o mandamiento, pues otros textos traducen por envío de emisarios (como los embajadores son emisarios de sus reyes o gobernantes, Jesús nos envía como emisarios de un Rey para reinar). Una vez más, el Evangelio nos muestra que evangelizar no es una opción.
La dinámica de la santificación personal al evangelizar la contemplamos también en la propia parábola de los talentos. Si recordamos, el evangeli cuenta que un Señor se fue de viaje y dejó a varios siervos al frente de sus bienes. A uno le encomendó cinco talentos, a otro, tres, y, al tercero, uno.
En la conclusión de la parábola, dos siervos habían devuelto doblados los talentos recibidos, mientras que el tercero, solo había devuelto lo recibido en su día sin ofrecer rendimiento alguno. En realidad, devolvió menos de lo que recibió como, en seguida, veremos.
Al volver en busca de lo suyo, el Señor responde de distinta manera según lo sucedido, de modo que a los que se habían empleado en hacer rendir los dones recibidos les recompensa con palabras de elogio; un cargo importante y vivir en el gozo del Señor: “Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”.
En cambio, con el tercero sucedió algo distinto: «Se acercó también el que había recibido un talento y dijo: “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”. El señor le respondió: “Eres un siervo negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese siervo inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes”» (Mateo 25, 14-30).
El contraste es muy grande. Unos entran en el gozo del Señor, es decir, son santificados por Él al hacerles Dios partícipes de su propio gozo personal. En cambio, el tercero no solo no conserva lo poco que tenía, sino que, además, pierde. Es decir, su vida se convierte en pérdida, deterioro o directamente en un infierno personal por no haber puesto los talentos recibidos en juego.
La fe es don y tarea. En esta parábola queda muy claro. Recibimos unos dones para ponerlos en juego y que rindan. Es más, los recibimos como un acto de confianza de Dios en nosotros; como algo que nos encomienda para hacerlo fecundo.
Cuando optamos por el inmovilismo lo que tenemos pierde valor. Por eso, el Señor critica al siervo que enterró el talento (de la fe) y, ni siquiera, lo puso en el banco para que generara intereses. Como consecuencia, cuando el Señor volvió después de mucho tiempo, la inflación no solo había impedido mantener el valor de aquel talento, además, lo había depreciado. Por eso entregó menos de lo recibido y causó su propia perdición.
La vida y la fe son así, si no das pasos; si no inviertes; si no pones en juego, lo que se tenía va perdiendo su esencia, su brillo, su valor. Algo así se contempla también en la parábola del hijo pródigo quien, durante un tiempo, disfrutó de los dones del Señor, pero que, al alejarse de la fuente de donde manaban, acabó perdiéndolo todo («juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad»).
Tanto en la parábola de los talentos como en la del Hijo Pródigo los dones recibidos no quedan limitados a los relativos al aspecto del apostolado, pero, qué duda cabe, evangelizar es algo mandatorio que encaja perfectamente en la enseñanza de los talentos, es decir, de los dones recibidos. Esto es así porque no hay mayor don que Dios mismo, de modo que no evangelizar es privar a otros del don recibido y, como expresa San Pablo, privarse a uno mismo de los propios bienes evangélicos que se generan (al estilo de los intereses bancarios) cuando se evangeliza. En definitiva, evangelizar es puerta de entrada para introducirnos en la santificación y el gozo de nuestro Señor, el que no tiene comparación con ningún otro disfrute vital.
Son tantas las bendiciones que se experimentan al evangelizar que exponerlas es un ejercicio de impotencia, pero, aunque solo sea por tratar de ver algunas, hagamos el intento. Cuando evangelizamos nos encontramos; nos llenamos y nos alineamos con nuestro propósito vital que es amar y ser amados; nos unimos a Dios, de quien viene toda la fuerza, sabiduría y provisión; nos llenamos de alegría al ver cómo Dios cambia las vidas ajenas; experimentamos una especial comunión con el resto de miembros del Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia; nos hace crecer y dinamiza nuestro interior al activar múltiples dones recibidos; permite entender tantísimas cosas de nuestra experiencia y convierte nuestra historia personal (a menudo de cruz) en una fuente de vida para nosotros (que vemos cómo Dios hace fecundo las experiencias de sufrimiento y de todo tipo) y para otros que acceden y pueden llenarse de vida eterna, etc.
Todo esto es aplicable también a la evangelización en su dimensión de pastoral comunitaria. Cuando las organizaciones eclesiales se reducen a conservar la fe recibida actúan como el siervo infiel que acaba perdiendo hasta lo que tiene. En cambio, cuando pone a rendir continuamente los dones previamente recibidos de Dios, las comunidades de fe no hacen más que multiplicarse en todo tipo de aspectos (como los panes y los peces). La pastoral de conservación y mantenimiento no es más que la gestión de la decadencia eclesial actual o próxima, mientras que la pastoral de evangelización llena de gozo y de vida cualquier ámbito de iglesia que la viva.
Esta reflexión eclesial es importante. Todos hemos visto cómo hay ámbitos eclesiales que fenecen por las limitaciones absurdas que se imponen; por los personalismos de muchos de sus pastores; por las auto referencialidades grupales; por el encerramiento en lo propio. Muchas de estas situaciones están motivadas por las mismas circunstancias alegadas por el siervo infiel: los miedos; y también por los auto engaños en que se incurren, pero que, al igual que en la parábola de los talentos, es puestea al descubierto por el mismo Señor. Dios no se traga nuestros falsos planteamientos. El miedo por experiencias pasadas que salieron mal no es justificante para seguir empleándose. Se aprende no para dejar de hacer, sino para hacerlo con las condiciones adecuadas que no tuvieron lugar. Cuántas cosas impiden los líderes pastorales (sacerdotes, religiosos o laicos) por los miedos adquiridos por malas experiencias previas. Es importante que los líderes pastorales purifiquen el impacto que dichas experiencias tuvieron en ellos para que no sean fuente de parálisis futuras que impidan al propio Espíritu obrar en la heredad de la que es Señor.
Si a nivel comunitario y personal hacemos de la evangelización el vector sine quanon que está llamado a ser, veremos cómo se dinamiza toda la vida personal y eclesial inmediatamente.
Con su manera tan propia de hablar, la Iglesia en salida que pedía el Papa Francisco a los fieles y pastores no deja de ser el éxodo que pide Dios de salir continuamente de nosotros mismos al encuentro de los demás donde tiene pensado ir Él. Abram (padre) solo se convirtió en Abraham (padre de una multitud) cuando obedeció a Dios que le mandó salir de su tierra y, aunque salir de la tierra es salir de lo mundano, es decir de lo no divino; hoy también lo entenderíamos como ese salir de nuestra zona de confort, pues tan cómodos estamos con pastorales que nos mantienen personal y comunitariamente en una especie de pecera en lugar de remar mar adentro, como pide el Señor, para afrontar tanta necesidad de Él.
Debemos tomar la evangelización como un vector que impetre toda nuestra actividad como perspectiva de diseño, acción y evaluación. Nuestra actividad espiritual debe ser, en este sentido, apostólica first, si se nos permite parafrasear, de modo que la pastoral esté inveterada por la perspectiva apostólica por definición y por defecto toda ella. Como decía el Papa Francisco, la misión no es una actividad, es la propia vida. Al fin y al cabo, la Iglesia existe por y para la evangelización y la Iglesia son todos sus bautizados.
