Itinerario de los reyes magos🔗
Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella desde el Oriente y venimos a adorarlo». Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel”». Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo». Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino (Mateo 2, 1-12).
Te propongo emprender un viaje como el de los Reyes Magos. Un viaje interior tomando como brújula y guía el recorrido que hicieron los Reyes Magos para encontrarse con Jesús.
Suelen decir los peregrinos que no es el caminante quien hace el camino, sino que es el camino quien hace al caminante. Con esta disposición, te invito a seguir las huellas que nos deja la Palabra para tener un encuentro con el Niño.
Día 1. El punto de partida🔗
Habiendo nacido Jesús… El nacimiento de Jesús es el punto de partida. Cuando nace Jesús empiezan a suceder cosas; comienzan las señales; se mapean las oscuridades.
Todo viaje empieza antes de caminar porque los primeros pasos siempre son interiores. Algo lo pone en marcha. El nacimiento de Jesús es el detonante para ponerse en camino. Ponte en camino por Jesús. Dios no solo se ha encarnado por algo; también se ha encarnado por alguien. Jesús viene por ti y quiere que vengas a su presencia.
Día 2. Coordenadas🔗
…en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?…
Jesús nació en un lugar y un tiempo determinados. El Evangelio nos proporciona estos datos como coordenadas históricas de la encarnación y de la historia de los sabios de oriente. Estos aparecen como unos puntos de referencia para interrogarnos por nuestra propia historia.
Cuando se producen acontecimientos históricos es muy habitual la pregunta ¿dónde estabas tú cuándo sucedió? ¿en qué estabas cuando ocurrió aquel evento que impactó al mundo?
Pues ahora se trata, de forma análoga, de reproducir esa misma pregunta, pero en relación a tu propio mundo y con relación al acontecimiento que marcó el antes y el después de la Humanidad y de tu humanidad.
De modo que nos lleva a una sencilla, pero incisiva, pregunta ¿Cuáles son tus coordenadas con respecto a la venida del Señor en tu vida? Es decir, con relación a la llegada del Señor ¿dónde estás tú con relación a Él?; ¿en qué tipo de momento te coge su llegada? Recuerda que el Señor no vino una vez, sino que viene continuamente. Por tanto, ¿en qué punto estás hoy con relación a Dios?
Sea lo que sea lo que brote, solo toma conciencia de ello. No lo juzgues en ningún sentido, favorable o desfavorable. Detente ahí y simplemente interioriza, no lo dejes pasar. Parece que es poco, pero es un proceso. Vamos a paso de camello.
Día 3. Tan lejos, tan cerca. Tan cerca, tan lejos🔗
…Unos magos de oriente… En su contexto los reyes magos (magoi) vendrían a ser como unos consejeros cortesanos u hombres sabios, altos dignatarios o potentados, procedentes de pueblos “alejados”, situados más allá de las fronteras de Israel.
Podemos ver en ellos, no solo una representación de los pueblos gentiles, sino también del anhelo universal del ser humano y de los pueblos por una sabiduría bajo la cual guiar la propia existencia.
Estos sabios habrían oído hablar de la profecía que respondería a ese anhelo del ser humano y de los pueblos; de un Rey ungido que traería la paz (armonía, plenitud) definitivamente; y que habría de venir por medio del pueblo elegido; el de los judíos (“adoradores”). De ahí que se presenten directamente en Jerusalén, que significa “Ciudad de la Paz” (y así es el anuncio de los ángeles a los pastores “Paz a los hombres…”), preguntando claramente por el Rey de los Judíos, es decir, el Rey de los adoradores de Dios.
Los Reyes magos, pues, como representantes de la sabiduría humana que sigue buscando una sabiduría definitiva, se han puesto en camino desde lejos para encontrarse con ella. Una sabiduría que responda a sus preguntas existenciales de ese aquí y ahora que el texto había enfatizado antes.
Lo que los caracteriza es precisamente presentarse con una pregunta ¿No es la pregunta la manera en cómo buscamos humanamente?
Paradójicamente los que estaban lejos, serán los que más cerca lleguen y los que estaban más cerca, acabarán completamente alejados.
Pues ya te sientas o estés más o menos lejos de Dios en este aquí y ahora, lo cierto es que todos partimos de lejos en algún momento de nuestra vida y aún hay lejanías en nuestro corazón que no hemos visto y a partir de las cuales Dios puede seguir naciendo en ti.
En una ocasión, Santa Faustina Kowalska expresaba algo en este sentido: Hoy he sentido angustia porque hace una semana que no viene nadie a visitarme; cuando me quejaba ante el Señor, me contestó: “¿No te es suficiente con que Yo te visito todos los días?” He pedido perdón al Señor y la angustia ha desaparecido. Oh Dios, fortaleza mía, Tú me bastas. Ella, con toda su cercanía al Señor, aún tenía lejanías en su corazón que no había identificado. Dios le aclaró que Él era la respuesta a su (y nuestro) insaciable anhelo.
A menudo nos enfocamos en las experiencias de pecado para identificar aquello que aún no hemos rendido ante el Señor, pero si vamos un poco más lejos, podemos ver tras ellas como una raíz común en forma de anhelo insatisfecho mal enfocado. Así que, del mismo modo, te invito a buscar en esos anhelos profundos a los que Dios parece no haber llegado y que, por ello, parecen lejanos, ignorados.
Para los Reyes Magos “el Rey de los Judíos” ya había nacido, solo tenían que encontrarlo. Debes mirar dentro con la misma convicción: Dios está ya ahí dentro tuyo; ya nacido; oculto a simple vista; el trecho que queda para verlo es corto; el destino debe desvelarse mediante la indagación.
Día 4. Dios te hace señales que tienen sentido para ti🔗
…Porque hemos visto su estrella desde el Oriente… La estrella que ven los reyes magos se refiere claramente a Jesús quien ya había sido profetizado así por Zacarías, el padre de Juan Bautista, al proclamar en su cántico – Benedictus –: “…por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto…”.
Pero la estrella implica otra cosa importante: los magoi normalmente eran sabios con amplios conocimientos en diversas materias, entre ellas, habitualmente de astronomía. Estos expertos, habituados a contemplar las estrellas, y justamente porque las conocen muy bien, detectan que hay una que destaca de un modo que no encaja del todo con lo que hasta ese momento conocían. La estrella capta su atención lo suficiente como para interrogarse. Asocian una estrella en especial al nacimiento del salvador del mundo. Podríamos decir que conectan su saber científico con la idea presente previamente en su cultura de un salvador definitivo que habría de venir. Dios habló a estos sabios usando el saber que ya tenían para comunicarse con ellos y llamarlos.
Dios habla en un lenguaje que puedes entender y que ya está en lo que conoces. Envía señales para revelarte o llevarte a su presencia; ponerte en camino; hacerte buscar… Son señales que puedes reconocer y asociar a Dios. No porque seas un experto, sino porque tu propia experiencia previa te permite darte cuenta de que hay algo más en ese hecho aparentemente normal y que te está revelando la presencia o llamada de Dios de algún modo. La diferencia entre calificar un hecho como casualidad o causalidad, suele ser la fe. Hoy día, Dios sigue enviando señales continuamente. Sobre todo, a quien le busca.
El abrazo que reveló a Dios. En un testimonio Guillaume contó que en la facultad él era increyente y no estaba bautizado. Allí conoció a Magali, una compañera de clase creyente y con una fe viva con la que salió durante un tiempo, aunque él permanecía escéptico, en parte, por su formación intelectual. Al cabo de un tiempo dejaron de salir, pero ese hecho le había afectado de un modo que le llevó a hacerse preguntas sobre Dios. En esos tiempos comenzó una colaboración con una asociación de ayuda a niños discapacitados. Por ello, había ido a una convivencia de cuatro días por el puente festivo de la Asunción, donde le tocó estar, entre otros, con Charles-Étienne, un niño autista de 11 años que tenía: “un gran problema de comunicación. Nunca te miraba a los ojos y rechazaba el contacto físico, salvo que fuera, como en ocasiones, violento”. Cuenta entonces que, después de comer del tercer día, como Charles-Étienne estaba inquieto y no quería dormir siesta, decidió llevarle a pasear hacia el río. En medio de todo ello, Guillaume seguía interrogándose sobre Dios y cuenta que: “Empezaba a cuestionar mis razonamientos tan sabios”. Con este tipo de pensamientos iba en el paseo cuando llegaron a la orilla del río y relata: “Allí hice algo que puede parecer completamente increíble, absurdo desde un punto de vista científico. Nunca lo habría hecho si lo hubiese pensado cinco minutos”. Y continúa: “Aunque Charles-Étienne no hablaba, le planteé una cuestión y quería una respuesta. Le dije: ‘Charles-Étienne, quiero que me digas quién es Cristo. Naturalmente, no me contestó. Pero se sentó y yo me senté a su lado, para reposar un poco. En el fondo de mi ser, yo tenía la certeza de que iba a responder a mi pregunta. Entonces el Espíritu Santo sopló de nuevo, le miré y le dije: ‘Escucha, Charlie, no has respondido a mi pregunta. Quiero que lo hagas’. Y entonces ese niño me miró a los ojos por primera vez, cogió mi rostro entre sus manos, y me abrazó”. Y cuenta: “ahí estaba yo, impactado hasta un punto al que jamás nadie me había impactado”, añade Guillaume: “Me puse a llorar – ¡lágrimas de alegría! – durante veinte minutos. La única palabra que acertaba a decir era ‘Gracias’”. Y comprendí también que a través de Charles-Étienne, Jesús vino personalmente a mi encuentro”. “La respuesta que ese pequeño me dio, abrazándome sin palabras, me explicó verdaderamente el corazón de la fe: el amor de Jesús que se expresaba para mí, personalmente, a través de ese niño”.
Podemos reconocer en Guillaume tantos elementos del viaje de todo creyente y de los Reyes Magos: el contacto con una realidad previa; el ansia y la búsqueda incesante a través de la interrogación… La primera señal por la que a Guillaume lo llamó Dios, fue el testimonio de su novia. Luego él fue haciendo camino y terminó entrando en ese espacio interior donde ver a Jesús quien finalmente se le reveló con el abrazo afectuoso de un niño cuya naturaleza rechazaba el contacto físico. Este niño fue como la estrella detenida encima del Niño Jesús. Dios es todopoderoso y hace este tipo de cosas cuando alguien necesita una señal fuerte para encontrarlo.
Cuando Dios respondió valiéndose de Google Maps. Carolina Uribe se encontraba en un tiempo de profunda confusión y turbación. Se sentía triste en casa, sola, pero entendió que necesitaba a Dios y le dijo: “Si existes, dime dónde estás, porque no sé dónde ir a buscarte y sé que Tú quieres que lo haga. De repente apareció en su teléfono móvil la aplicación de Google Maps con una flecha señalando la parroquia de Santo Tomás de Villanueva “¿O sea que Tú existes y me respondes?». Te dejo aquí el resto de su historia por si quieres conocerla mejor. Como puedes ver, en la historia de Carolina hay mucho de nuestro pasaje evangélico y, de hecho, llega a decir, como los Reyes Magos, “¿Dónde estás?”, y a recibir su señal a través del teléfono.
Shannon Wendt cuenta que, para ella, una primera señal fueron los sucesivos rosarios que le regalaban y narra que fue guiada por la Virgen María, a través de esta oración, hasta el encuentro definitivo con su hijo. Un proceso que duró un tiempo (como el viaje de los Reyes Magos).
Otros testimonios aparentemente más “normales”, no carecen de señales y experiencias maravillosas. Por ejemplo, el de Carmen, la hija de Publio Cordón quien relata: ¿De verdad tengo que seguir luchando tanto?, me preguntaba. Así que me senté en un banco, a medio camino, y me regalé quedarme ahí, tan tranquila. En ese momento sentí la presencia de Dios, muy real. No fue un sentimiento, sino la gloria absoluta de Dios mirándome dentro del corazón. Era una presencia tan real como el banco en el que estaba sentada. No hay palabras, es como estar en una habitación oscura y saber que hay alguien a tu lado, aunque no le veas. Dios me miró con una ternura tan profunda que me quebró por dentro y me hizo llorar. Yo me sentí miserable, fea por dentro, injusta y mala, torpe e ignorante, pero Dios me dijo: «Te quiero», y eso me hizo profundamente feliz. Me irradió una alegría que no he sentido en la vida. Vivo soñando con volver a tener eso. Me encantaría apartar el ruido de mi vida para volver a tener ese momento. Ojalá, Dios se lo regalara a todos los seres humanos, porque viviríamos en el cielo. Esa revelación que me hizo Dios, Jesús, esa gracia, me ha cambiado mucho más la vida que ver aquel vaso pulverizarse por sí solo.
Para otras personas, su señal ha sido un suceso aparentemente normal o un proceso intelectual más largo. Por ejemplo, Sor Teresa Benedicta de la Cruz (Santa Edith Stein), describió cómo se encontró con el Señor cuando, siendo aún judía, observó cómo una mujer entraba en la Catedral de Frankfurt con la cesta de la compra quedándose un rato para rezar. Contaba que: «Esto fue para mí algo completamente nuevo. En las sinagogas y en las iglesias protestantes que he frecuentado los creyentes acuden a las funciones. Aquí, sin embargo, una persona entró en la iglesia desierta, como si fuera a conversar en la intimidad. No he podido olvidar lo ocurrido». También existen testimonios de intelectuales que se convirtieron a la fe porque los argumentos para refutar la religión de los ateos a los que admiraban (por ejemplo, Richard Dawkins, quien lideraba el movimiento del Nuevo Ateísmo) les empezaron a parecer inconsistentes en sus propios términos.
Ciertamente, podemos quedarnos con la idea más básica y aceptable en torno a la estrella: Dios llama tu atención a través algo que te está pasando; que piensas; que sientes… Esto puede suceder de muchas maneras distintas sin que parezcan tan extraordinarias, pero, como vemos por las experiencias de personas totalmente comunes, puede que a veces sea un poco más explícito o intenso ¿por qué no a ti? En todo caso, la pregunta sería ¿Qué está llamando tu atención ahora mismo?
Quizá te preguntes ¿pero esto me puede pasar a mí? ¿no es para los elegidos? La respuesta es claramente afirmativa: te puede pasar a ti porque eres elegido, ahora te toca a ti elegirle a Él.
El tiempo de Adviento se caracteriza por la preparación y la vigilancia. Este velar implica un escrutar; un estar atento. Así que, pregúntate o pídelo ¿qué señal podría estar teniendo lugar o podría tenerlo para ti? En cuanto la veas, síguela.
Día 5. Causa & Propósito🔗
…Porque hemos visto su estrella desde el Oriente y venimos a adorarlo… Cuando los Reyes Magos preguntan por el niño, en seguida, declaran que lo que motiva su llegada incluye un “por qué” y un “para qué”.
Efectivamente, están allí, en primer lugar, porque han visto una señal divina y, en segundo lugar, acuden con una finalidad, para adorar.
Así, en una única frase, los reyes magos recapitulan el fundamento de nuestra existencia humana, pues nos muestran el origen y el fin de nuestro caminar: Dios llama y la respuesta del hombre a esa llamada tiene su máxima expresión en la adoración (en feliz expresión de San Ignacio «El hombre ha sido creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios Nuestro Señor, y mediante esto, salvar su alma«). Si entendemos esto, nuestro caminar se transforma en un peregrinar porque sabemos lo que nos ha puesto en marcha y para qué vamos mientras descubrimos el camino.
De modo que es importante caer en la cuenta de ello. Estoy en la fe o camino de la fe porque Dios me ha llamado (mi atención), pero me mantengo en el camino de la fe para adorar, es decir, para reconocerle y entregarme a Él ¿En qué sentido? En el sentido de que voy percibiendo o me he dado cuenta de que la vida verdadera, la que trae todo lo bueno, proviene solo de su sabiduría y, al reconocerla así, deseo que dirija y gobierne mi devenir; por lo que le entrego a él la iniciativa en todos los aspectos de mi vida (todas mis fuentes están en Ti, dice el Salmo 87).
Podemos sentir que no lo hemos descubierto así aún, pero no nos fustiguemos, se trata de entender la dirección que llevamos. Justamente por eso los Reyes aparecen “haciendo camino”. No parten de cero, ellos ya han visto “desde la distancia del oriente” que puede ser cierta esa intuición de fondo que tenían, pero aún deben dar pasos hacia el lugar donde verlo de manera definitiva.
¿Te has parado a meditar alguna vez sobre la causa y propósito de tu fe? Es importante interiorizar este vector en nuestro espíritu con convicción. Para ello, planteárselo como posibilidad o como descubrimiento sobre el que profundizar puede ser el primer paso. A continuación, una oración sencilla, pero recurrente, a modo de jaculatoria, que, según el caso, consista en pedir poder recordar o experimentar este hallazgo, es decir, llegar al hogar de Belén y conocer, esto es, entender (como les sucedió en los testimonios que hemos relatado).
Día 6. Sobresalto🔗
…Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él… Cuando los reyes magos se presentan en Jerusalén, Herodes y toda la ciudad se sobresaltan.
Se trataba de Herodes El Grande, rey de los judíos gracias a Roma y, por ello, sometido a ella y vasallo suyo. Rey despiadado que no había tenido reparo en ejecutar a varios miembros de su propia familia, incluida su mujer, Mariamna. Un rey profundamente desconfiado, obsesionado con la traición y atemorizado por la pérdida del trono.
Por tanto, el sobresalto del rey y de la ciudad de la paz tienen mucho sentido si quien se presenta pregunta por un nuevo rey. Se trata de un nuevo competidor y, además, nada menos que el Mesías profetizado. Pero Herodes no teme solamente por él, sino también por los romanos, que no permitían que nadie fuera proclamado rey o dios sin su consentimiento.
Por otra parte, Herodes era idumeo, es decir, provenía de un grupo que se había convertido forzosamente al judaísmo, pero no era judío de origen, lo que, de algún modo, influyó en su enfoque ante el anuncio de la llegada del Mesías: reaccionó como un pagano que se siente amenazado de perder su posición, en lugar de un creyente que goza por poder ser gobernado por tan buen rey. Razones había para dejar constancia del sobresalto causado.
Ahora bien, el Evangelio lo recoge por motivos espirituales, de modo que podemos ver en ello un trasfondo mayor: se trata de contraponer dos poderes y dos visiones: el mal contra el bien; la visión mundana de la existencia, frente a la vocación divina del hombre.
Se trata también, por ello, de una lucha entre dos formas de reinado: la representada por Herodes/Roma y la que trae Dios. Esta lucha entre dos reinados es la que se produce en tu corazón. Se trata de ver a quién dejamos reinar, si a la mundanidad o a Dios Padre.
De hecho, el eje en toda la Palabra de Dios es este: para que el hombre recupere el paraíso perdido debe dejar reinar a Dios; Dios es lo primero siempre y en todo caso. Así, por ejemplo: el primer mandamiento (amarás a Dios sobre todas las cosas); la pugna entre Moisés y el Faraón (me cubriré de gloria a costa de Faraón); el Padrenuestro (venga a nosotros tu reino); buscad el reino; «Está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, sólo a él darás culto» (Mt 4, 10);
Así, la ciudad de la paz (Jerusalén) se ve amenazada por la llegada del “Príncipe de la paz”. Sí, por cuanto esta ciudad no respondía en ese momento a su vocación, sitiada como estaba, por un instrumento humano del Imperio Romano. De este modo, queda en entredicho la estabilidad de la Pax Romana frente a la Paz que trae Dios. Y vemos en la frase que después dirá Jesús “La paz os dejo, la paz os doy, no como la da el mundo” este contraste entre lo que ofrece un planteamiento puramente mundano del que ofrece Dios. Este sobresalto recuerda mucho también al del endemoniado que queda al descubierto cuando Jesús se presenta en la Sinagoga para proclamar la Palabra (Al ver a Jesús, gritó y cayó delante de Él, y dijo en alta voz: ¿Qué tengo yo que ver contigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te ruego que no me atormentes, Marcos 1, 21).
Paradójicamente, cuando se revela Dios, queda al descubierto este sobresalto, pero ¿Es un tormento la venida de Jesús acaso? Lo es para quien no quiere recibirlo. Nosotros no estamos a salvo. Realmente, nuestra lucha es esta: tantas veces no permitimos recibirlo. Lo notamos en nuestros errores e imperfecciones cuando no optamos por la lógica de Dios; cuando preferimos la creación al propio Creador y no nos arrepentimos, sino que nos obcecamos (los dones de Dios y no al Dios de los dones, como se suele decir); cuando somos indiferentes ante la llamada de Dios.
Dios mismo expresa su amargura cuando es rechazado como soberano que gobierna a través de jueces: Se reunieron todos los ancianos de Israel y fueron a Ramá, donde estaba Samuel. Le dijeron: «Tú eres ya un anciano y tus hijos no siguen tus caminos. Nómbranos, por tanto, un rey, para que nos gobierne, como se hace en todas las naciones». A Samuel le pareció mal que hubieran dicho: «Danos un rey, para que nos gobierne». Y oró al Señor. El Señor dijo a Samuel: «Escucha la voz del pueblo en todo cuanto te digan. No es a ti a quien rechazan, sino a mí, para que no reine sobre ellos« (1 Sam 8:4-7). Así que te invito a ver a Herodes no solo como una representación del mal, sino también como algo que está en uno mismo. Los reyes magos tuvieron que confrontarse con esto y tomar sus decisiones, convenientemente iluminadas y guiadas (no olvidemos), y del mismo modo hemos de hacer nosotros en todo cuanto vivimos: optar siempre por el Rey, dejarnos reinar. En otro caso, perdemos la paz «que no puede dar el mundo» y obtenemos un sucedáneo.
Día 7. Discernimiento🔗
…convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel”…
Cuando los Reyes Magos llegan a Jerusalén preguntando dónde está el Mesías es porque estaban en un punto del camino donde no está Dios.
Desde el Oriente, habían visto salir su estrella y sabían que el Salvador venía por el pueblo de Israel (pues buscan al rey de los judíos no a otro), así que su saber y su lógica los llevan hasta donde se supone que habría de nacer el rey de los judíos: a Jerusalén. Sin embargo, al llegar se ven obligados a preguntar dónde está (no cuándo podrán verlo), pues no se halla allí. Parece ser que el Salvador ya ha llegado, pero aparentemente no hay noticia de Él. La parálisis es grande.
Podemos imaginarnos el soliloquio de los Reyes Magos: hemos venido a dónde la lógica nos decía que debíamos encontrar al rey de los judíos cuando vimos aquella señal que nos hablaba de que había llegado la hora, pero resulta que hemos ido a donde nos llevaba aquella lógica y ahora vemos que aquí no está.
A veces se pierde el camino. Es normal. Lo que sucede es que, aunque Dios se vale de nuestro entendimiento para guiarnos, lo cierto es que este entendimiento no solo es limitado, además, debe ser purificado y enriquecido según su Sabiduría, la cual debemos recibir. A menudo, el saber que te ha permitido acercarte a Dios hasta donde estás ahora no será suficiente para encontrarlo definitivamente. No vale con la fe que sabe que existe, es necesaria la fe que nos lleva al encuentro personal. Mantenerse siempre en búsqueda activa (como los Reyes Magos) y continua es clave para no quedarnos estancados en un punto del camino. Dios se dejará encontrar; nos ayudará y mostrará el camino, pero no sucederá si no le buscamos. De ahí que haya momentos de desubicación y oscuridad donde parecen perderse las referencias. Simplemente significa que se requiere de nosotros un nuevo paso espiritual a dar.
La purificación del entendimiento proviene de Dios como acredita el hecho de que su nueva revelación ya no procede de una señal, proviene de la misma Palabra de Dios profetizada. Esta palabra no había estado al alcance de los Reyes hasta ese momento, pero, una vez llega, la acogen con toda convicción y corrigen el rumbo.
Podríamos decir que su lógica los llevó hasta el Palacio de Herodes pensando que era el destino final, pero la Sabiduría de Dios cambia ahora su planteamiento y los lleva hasta una casa en la que habrá que introducirse y que constituye un cambio de paradigma: Dios no viene como uno esperaría mundanamente (en la capital y en un palacio), sino que lo hará en otro sitio (un sitio pequeño, en la periferia).
Los Reyes representan muy bien las dificultades que tienen los menos creyentes para encontrar a Dios. Estos siguen lógicas que los mantienen cerca, pero no les permiten encontrarlo del todo. Necesitan ser educados por Dios y esto hay que aceptarlo primero para poder seguir avanzando. En otro caso, se quedarán estancados en el punto en el que se encuentran: tan cerca, pero tan lejos.
Hay una recualificación de la lógica a seguir y es la lógica del Logos (no la propia), siendo Dios quien, además, la ha de guiar. En nuestro caminar esto sucede continuamente. A veces nuestra idea de cómo acontecerá nuestra salvación debe ser cambiada, pues será llevada a cabo en un sitio y manera distintos a como supusimos hasta entonces.
Dios nos va reorientando, ya que el estado de nuestro entendimiento, hasta ese momento, llega hasta donde llega; está en las condiciones que está; y frecuentemente parece encontrarse en un callejón sin salida. Llega el momento, pues, de entender que hay que consultar a Dios y abrirse a una respuesta distinta a la convicción que uno traía. Debe haber una palabra nueva y distinta (aquí representado por la profecía y el cambio de ubicación de Jerusalén a Belén). Nuestra apertura a escuchar algo distinto a lo que pensábamos que había que hacer y la inestimable ayuda de los maestros espirituales (como aquí los escribas) nos permitirán hallar esa nueva Palabra de Dios con la que encontrar el nuevo rumbo.
De este modo, los Reyes Magos nos enseñan que en el camino Dios pondrá palabras nuevas que superan y cambian nuestro entendimiento presente; que hemos de aprender a discernir esa palabra porque, con lo que llevamos, no nos bastará para un encuentro definitivo y que hemos de estar abiertos a recibirla a través de los acontecimientos que actúan aquí como sacramentos de la realidad. Finalmente, nos muestran que los maestros espirituales nos ayudan a recibir esa palabra, de modo que consultarlos (los libros de espiritualidad; el consejo de los sacerdotes, como mínimo) aparece como necesario en nuestro camino para encontrar al niño que ya ha nacido, pero que, por alguna razón, aún no podemos ver.
Día 8. Claroscuro🔗
…Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo…
El camino no está exento de dificultades. Siempre es así. Imaginamos un camino despejado y lo que encontramos son obstáculos de manera recurrente alternados con signos. Todo tiene su sentido y se irá desvelando en el momento oportuno.
Los Reyes Magos no fueron ajenos a estas dificultades. La primera de ellas, no encontrar al niño donde se suponía que iba a nacer. La siguiente, encontrar en el camino palabras y hechos, mezcla de luz y oscuridad, que generan desconcierto.
Efectivamente, por un lado, los Reyes Magos notan que Herodes no sabía nada del niño; no se alegra, se ha turbado mucho ante lo que ellos consideran una gran noticia; es desconfiado, los llama en secreto; no indaga sobre cómo encontrarlo sino sobre el cuándo pudo nacer (así pudo calcular que, para la matanza de los inocentes, el límite estaría en los menores de dos años); les pide que indaguen cuidadosamente acerca del niño.
Por otro lado, Herodes ha convocado a los maestros espirituales del país; ello ha posibilitado una palabra iluminadora en cuanto que indican dónde está el Mesías; manifiesta su interés por el niño, aunque sea de una forma un poco elaborada; se une formalmente a su deseo de ir a adorarlo y ruega que le avisen para ir después.
Tenemos, pues, una situación muy propia de claroscuro. Con elementos de luz y elementos de oscuridad. Es algo muy representativo del camino de la fe sobre lo que aprender: un caminar plagado de situaciones cuya claridad no es nítida y que, por tanto, requieren discernimiento.
Además de las situaciones, la escena es toda una lección para aprender sobre cómo el mal se disfraza de bien para lograr su objetivo. Envuelve sus intenciones de cosas buenas para lograr una apariencia de bondad y engañarnos, tal y como lo comprobamos en las palabras de Herodes donde todo está muy entreverado.
Día 9. Discernimiento & Consciencia🔗
…Ellos, después de oír al rey… El texto hace énfasis en que los Reyes Magos continuaron tras escuchar al rey Herodes. El camino del encuentro con Dios supone un proceso consciente que implica prestar atención a lo que se escucha.
Esto está muy relacionado con los pensamientos que tienen lugar en nuestro entendimiento. Podríamos decir que oímos distintas voces y tenemos que ver qué fondo de verdad hay en cada una de ellas.
Juan Casiano, uno de los Padres de la Iglesia, ya decía a comienzos del siglo V en su Colaciones (Los Tres Principios de nuestros Pensamientos, Colación XIX, Juan Casiano) que: (…) ante todo, que son tres los principios de que se originan nuestros pensamientos: Dios, el demonio y nosotros mismos (…). Conviene, pues, que estemos sobre aviso v observemos de continuo estas tres causas de nuestros pensamientos, examinando con discreta sagacidad todos los que sobrevengan a nuestro corazón. Debemos indagar, ante todo, su origen, la causa y el autor de que proceden para darles el crédito que se merecen y saber cómo conducirnos con ellos. Así llegaremos a ser, según el precepto del Señor, hábiles cambistas. La habilidad y la ciencia de los cambistas consisten en distinguir el oro puro del que no ha sido purificado de igual suerte en el crisol; en no dejarse engañar y saber apreciar una moneda de cobre en un denario vil que tuviera en apariencia el brillo del metal precioso. Pero no sólo deben reconocer las piezas que ostentan la efigie del emperador. Su sagacidad va más lejos. Distinguen, inclusa, aquellas que, aunque llevan la impronta del rey legítimo, no son en realidad más que mera falsificación de la verdadera moneda. A ellos incumbe, en fin, comprobar can la balanza la gravedad del metal y justipreciar el peso debido. Muchos siglos más tarde, San Ignacio lo sistematizará de nuevo en sus Ejercicios Espirituales: presupongo ser tres pensamientos en mí, es a saber, uno propio mío, el cual sale de mi mera libertad y querer; y otros dos, que vienen de fuera: el uno que viene del buen espíritu y el otro del malo (EE 32).
Como vemos, Casiano nos persuade de observar bien cómo son esas voces que escuchamos, para determinar si nos llevan o no a Dios. En esta misma clave se sitúa la escucha de los Reyes Magos. La búsqueda conlleva escucha y evaluación para la toma de decisiones “seguir por este camino, seguir por el otro, así, asao…”. En este caso, los Reyes Magos deciden seguir la indicación de Herodes para ir al encuentro del niño, a pesar de que el contexto de sus palabras arroja pistas de que hay elementos que no acaban de ser benignos del todo.
A los Reyes Magos les sucede algo muy parecido a la problemática y la dinámica que tienen lugar en aquella otra enseñanza de Jesús, de la parábola del trigo que crece junto a la cizaña (Mateo 13, 24-30). Dado que la cizaña es “mala hierba” que puede echar a perder o dificultar la cosecha de la buena simiente, los siervos plantean arrancar la cizaña. Parece lógico, sin embargo, Jesús les dice que eso no es posible en ese momento porque la cizaña se confunde con el trigo y no se pueden distinguir. De hacerlo, se quitará lo malo a costa de lo bueno y la pérdida de bien no compensa. Paradójicamente, su respuesta es que hay que dejar que crezcan ambos un tiempo para poder distinguir, a su debida hora, qué es cada cosa y obrar en consecuencia. Jesús enseña así que el Reino de Dios acontece en medio de un terreno donde lo bueno está entremezclado con lo malo y que hay que proceder con finura, no de cualquier manera.
¿Cuántas veces se nos presentan en el pensamiento situaciones así en las que si decidimos algo en base a una parte de los elementos parecen que las consecuencias favorables no eliminan las negativas y esto paraliza nuestra decisión? Algo así como “Si hago esto, pasa esto y no lo veo claro; si, en cambio, hago esto otro, pasa esto otro y tampoco lo veo claro ¿Qué hago?” o algo así como “por un lado, esto tiene buena pinta, pero por el otro, hay elementos de todo lo contrario ¿qué hacer?”. A menudo, la respuesta es análoga a la de los reyes magos y la parábola citada: de momento, hay que seguir caminando sin grandes cambios, luego ya veremos; la solución deberá surgir más adelante seguramente. Ahora no se acaban de dar las condiciones.
En el caso de los Reyes Magos, podría decirse que hay una prelación. Dentro de su discernimiento, optan por lo más genuino. Si hay una posibilidad de que el rey de los judíos tenga que estar en el lugar que les han indicado como probable o seguro, eso es lo primero; ir allí. Anticipando un poco el desenlace, puede decirse que en su discernimiento, los Reyes Magos se dijeron «de los deseos de Herodes ya se verá», pues no es lo que motiva su viaje, aunque él los quiera implicar.
Lo importante, por tanto, es que aprendamos a identificar las características de la sutil dinámica del mal que usa el bien para lograr su propio objetivo; evaluar las cosas desde esta óptica que San Ignacio llamaría “de la sospecha” (en el sentido de no dar por bueno lo primero que aparece como oportunidad o en nuestro pensamiento o que nos acontece, cuestionarlo sabiamente para verificarlo, pasarlo por el tamiz de la Sabiduría) y que en el Adviento se manifestaría como una variante de ese velar, vigilar, prepararse; en el sentido de cuestionar, revisar, contrastar, verificar lo que se nos presenta para contemplarlo bajo la luz correcta, pues el mal también se presenta disfrazado como “ángel de luz” (2 Co 11,14), y poder decidir adecuadamente. Se trata, por tanto, de que veamos nuestro caminar como un proceso marcadamente consciente, que requiere un escrutinio continuo.
Día 10. Ponerse en camino🔗
…se pusieron en camino… Los Reyes Magos se pusieron en camino de nuevo. Para ir al encuentro de Dios y poner rostro a Dios es necesario dar nuevos pasos. Ahora en la novedosa dirección fijada.
Se trata de seguir las nuevas orientaciones que se han indagado, discernido y decidido. Estos segundos pasos, a menudo, son los más decisivos. Pese a que parecemos estar ya muy cerca del encuentro con Dios, al igual que los Reyes Magos, sigue siendo necesario hacer ese último tramo del camino.
Este ponerse en camino es para todos con independencia del recorrido en la fe que se tenga. La clave es moverse con pasos adicionales respecto al punto en el que uno se encuentra hasta ese momento, por lo que en cada persona tendrá una concreción distinta.
Hay que avanzar, progresar, porque si no damos pasos que sean nuevos en calidad y en cantidad, nos quedamos estancados en el punto en el que estábamos y corremos el peligro de perdernos el encuentro cara a cara que desea tener Dios con nosotros.
Aunque la figura de Herodes representa al despiadado mal que amenaza el encuentro con Dios, también nos sugiere a la persona estancada; la que se queda atrás; la encerrada en su castillo; la cautiva de sus propios intereses y replegada en sí misma; una persona incapaz de encuentro.
El problema del estancamiento en relación con la fe es que ofrece la falsa sensación de seguridad; de que a uno le basta con mantener esa posición; que es suficiente con conservar lo que uno ya tiene. Pero esto no es así. Esta idea, como buena ilusión, nos distrae de lo que está en juego. Tal y como nos recuerda la parábola de los talentos, cuando optamos por el inmovilismo, lo que tenemos pierde valor. Por eso, el Señor critica al siervo que enterró el talento (de la fe) y ni siquiera lo puso en el banco para que generara intereses (Mateo 25, 14-30). Como consecuencia, cuando el Señor volvió después de mucho tiempo, la inflación no solo había impedido mantener el valor de aquel talento, además, lo había depreciado. La vida es así, si no das pasos; si no inviertes; si no pones en juego, lo que se tenía va perdiendo su esencia, su brillo, su valor.
Nos jugamos mucho porque nos jugamos el inefable cara a cara con el Señor.
Como solemos ser caminantes ciegos que creen que ven, es importante que le preguntemos al Señor de una forma sencilla: Señor ¿Qué pasos debo dar ahora para no quedarme estancado? ¿de qué tipo son los pasos que debo dar? ¿en qué aspectos debo darlos? ¿por qué camino llego mejor a acercarme a Ti un poco más? ó simplemente ¿Cuál es el siguiente paso, Señor?. Puede ser recomendable dedicar un rato de calidad y escribirlo. Luego, con este mapa trazado, únicamente ponerlo en marcha y hacerlo.
Día 11. Confirmación🔗

… y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría… Ya en camino, los Reyes Magos, de repente, de forma inesperada, vuelven a ver la estrella que habían visto salir desde el Oriente, pero ahora, además, los va llevando de la mano hasta el lugar exacto donde está Dios.
Los Reyes, que venían de una experiencia de desconcierto que había requerido de ellos realizar un fino escrutinio, sin más apoyo que su propio entendimiento, para ver cómo proseguir, no se habían quedado paralizados y, en cambio, se habían puesto en marcha de nuevo.
Habían avanzado en medio de la oscuridad únicamente guiados por una promesa lejana en el tiempo que venía del pueblo de los adoradores (Israel); caminando, en definitiva, en cierta incertidumbre. Van a Belén porque lo ha dicho Herodes, cuya palabra podía ser fiable solo hasta cierto punto. Pero habían hecho algo más importante aún; se habían mantenido en la búsqueda, es decir, habían perseverado en la fe. Y esto, en realidad, fue un punto de inflexión en su vida.
Efectivamente, de súbito, sin hacer nada aparentemente por su parte, aparece la misma estrella que había puesto en marcha su éxodo inicial. Es Dios quien, viendo el deseo de encuentro de estos hombres, y viendo que son capaces de mantenerse caminando incluso a oscuras, decide enviarles una señal de confirmación. Aunque es algo más, como veremos.
Así es, Dios envía su auxilio mediante una gracia especial. Como gracia que es, se recibe de manera gratuita y sin que podamos lograrla de otra manera. Es Dios en su Sabiduría y Gratuidad quien decide enviarla sin merecerla de modo alguno.
Con esta señal, por un lado, Dios se apiada del estado de incertidumbre; por el otro, el corazón de Dios es conmovido por esta perseverancia maravillosa de los Reyes Magos (dicho de otro modo, movido con los deseos de encuentro de estos hombres sabios al encuentro de la Sabiduría).
Dios quiere nuestra fe y no nos quiere hacer dependientes de las señales (a Santo Tomás le dirá Jesús “Dichosos los que creen sin haber visto”), pero es un Dios de una bondad paternal y se comporta como el padre que enseña a caminar a su bebé; le deja dar sus pasos, pero permanece cerca mientras lo hace para que no caiga y para recibirlo con un abrazo. Estos Reyes que ya habían demostrado su fe al ponerse en camino tras tanta perplejidad reciben este regalo de confirmación de su caminar: van por el buen camino.
Entonces, el texto hace una parada para señalarnos algo y que no se nos pase desapercibido: se llenaron de inmensa alegría. La alegría es inmensa y no es para menos: se han reencontrado con la misma señal que les sirvió de signo para ponerse en marcha. Podemos imaginar qué clase de profunda motivación, intuición, anhelo hace a alguien salir de su comodidad y ponerse en marcha desde lo lejos en busca de algo que no tiene más indicio que esa intuición; algo que era incomprobable. Habían arriesgado la totalidad; habían puesto en riesgo su fama; lo habían apostado todo a favor de Dios ¡Pero si ya llevaban los regalos y todo! ¡Qué fe! Volver de vacío habría sido mucho más que fracasar. Años después dirá Jesús poniendo de ejemplo a otro gentil “¿encontrará Dios esta fe en la tierra?”
Esta inmensa alegría también procede de revivir esa primera experiencia que sirvió de primer punto de encuentro con Él y lo hizo a uno salir de sí mismo; que lo expropió de las referencias vitales que conocía para ir a verlo más de cerca; al encuentro de algo que todavía aparecía como en la lejanía; sin contornos muy definidos; que constituía una mera posibilidad; un anuncio, una promesa. La atracción de aquella estrella tuvo que ser tan increíblemente potente como ahora lo era su inmensa alegría. Trayéndolo a nuestro presente de una forma un poco más libre podríamos imaginarnos a los Reyes pensando y diciendo algo parecido a “No estábamos locos. No nos equivocamos. No era imaginación o suposición nuestra. El Dios personal existe. No hay probabilidad alguna en el universo que pueda explicar esta secuencia de acontecimientos, por otra parte, tan extraordinarios. Es un fenómeno que vemos y comprobamos por nosotros mismos” o cosas de este estilo.
De algún modo, reviven esa experiencia y la aumentan. Revivir las experiencias de Dios nos llenan de alegría y recibir señales suyas que confirman nuestro camino producen una alegría en el corazón que no tiene parangón, es inefable. Quien la ha sentido, lo sabe.
Es muy importante darnos cuenta de que esta alegría les llenó. Les dejó llenos. No es flor de un día; no es alegría efímera; no es euforia. Es una alegría que ocupa por completo el ser de uno. Así que vamos de signo en signo porque ya no es solo signo la estrella que guía, es la propia alegría que la acompaña y que, además, es alegría que llena. Aprendemos así que los signos de Dios vienen con características propias que viene bien aprender y examinar del mismo modo que examinábamos los rasgos de las situaciones donde no está. Más adelante, el discípulo amado será quien le señale a Pedro precisamente diciendo “es el Señor”, ya que, desde lo lejos, reconoció los rasgos divinos de la figura que aparecía en la orilla. Cuántas personas de Dios son así: luminosas, acompañantes, llenas de alegría. De estas personas es de quien se solía decir: “esta persona es un cielo” porque del cielo proceden las estrellas y mediaciones de Dios que brillan y se mueven al modo de Dios.
Pero, como decíamos, los Reyes Magos obtienen algo más: un camino acompañado y personalizado. Tienen su guía particular (Santa Teresita de Jesús, por ejemplo, le dirá a su hermana Céline en una carta: «No tengo otro director que Jesús; Él me enseña directamente»). En este punto del camino es ya el mismo Dios quien les hace de guía a través de sus providencias. Ya no va a soltarles de la mano, no va a dejar que nada impida (resuena aquí la paulina exclamación “quién nos podrá apartar del amor de Dios”, Romanos 8, 35) el encuentro definitivo que marca el auténtico antes y después, el punto de inflexión definitivo. Este Dios “movido con” tanto deseo de encuentro, llega un momento en el que ya no nos suelta de la mano.
Cuando vayas al portal de Belén, recuerda esto: Dios es capaz de hacer brillar una estrella más que otras para llamar tu atención; es capaz de mover estrellas por ti para encontrarse contigo. Y lo hace. Créelo y nunca lo olvides.
Todo esto nos hace caer en la cuenta de que, cuando los Reyes Magos llegan al portal de Belén, lo hacen ya llenos de alegría; desbordados; con el depósito lleno de gaudete. No les cabe más que alegría. Llegan preparados para ser recibidos por el Señor (estad alegres). En tu camino vital, busca y rememora habitualmente los signos de Dios que te lo anunciaron y los que lo van confirmando. Esto que tradicionalmente siempre se ha llamado lectura creyente de la realidad personal o simplemente discernimiento y principio y fundamento; hacer memoria de la salvación, te recordará la promesa de Dios para que sigas caminando con paso firme y alegre hasta el encuentro definitivo.
Día 12. Entrar🔗
… Entraron en la casa… El lugar donde vino a pararse la estrella marcaba justo donde estaba el niño. Dice el texto que era una casa, no una gruta o un establo, de modo que el niño Jesús ya no estaría en el pesebre, sino en un hogar de Belén.
Los Reyes Magos, pues, no habrían llegado en la noche del nacimiento, sino probablemente varios meses después. Esto es coherente con el hecho no solo de que un viaje desde el Oriente tomaría varios meses, sino también por los otros datos: la Sagrada Familia huye a Egipto solo tras la visita de los Reyes, pero previamente habían visitado el Templo de Jerusalén para cumplir con los ritos de circuncisión, presentación y purificación en el templo (no antes de ocho y cuarenta días respectivamente). Por otra parte, Herodes había preguntado a los Reyes Magos cuándo habían visto salir la estrella con toda intención. Esto le permitiría calcular la edad aproximada del niño y estimar que tendría un máximo de dos años para entonces. De ahí la medida que tomaría después de asesinar a todos los nacidos menores con el límite de esa edad. De modo, que hay margen para pensar que el niño Jesús tenía varios meses de edad cuando llegaron.
Entran, pues, los Reyes Magos en una casa. Este dato tiene una importancia grande para nosotros en varios aspectos:
- Dios se pone a la altura: la Sagrada Familia mantiene la humildad inicial, ratificada en la compra de la ofrenda menor en la presentación en el Templo. No solo recibieron la llegada de Dios en una cueva o establo, además, continuaron con sencillez. Esta humildad y sencillez no es solamente una apelación a la virtud moral, se trata, además, de tomar conciencia de cómo Dios se pone a nuestra altura. Sobre todo en el pesebre, Dios llega poniéndose a un nivel con el que se puede identificar cualquier ser humano. No nacer y no crecer entre lujos y comodidades excesivas, incluso con menos que eso, permite a cualquier persona sentirse acogida. Dios la puede entender porque Él no vino ni en un entorno propicio ni cómodo ni que facilitara objetivamente las cosas. De hecho, se irá de la misma manera: clavado en una cruz. Y esto es muy importante porque, desde el comienzo, Dios llegó de una manera en que todos podamos sentir que se puso a nuestra altura; que no nos habla desde arriba mirándonos hacia abajo; sino que lo hace, también, como el que está incluso por debajo (como sucederá también en el lavatorio de los pies o cuando se encuentra a Zaqueo alzado en un árbol y Jesús lo mira desde el suelo).
- Los Reyes entran en algo más que una construcción: así es, estos sabios gentiles, cada vez más creyentes, entran a algo más que a un habitáculo. El término casa usado aquí es Bayit/oíkos que se usa en la Biblia con distintas acepciones: con el significado más sencillo de casa u hogar («Entraron en su casa y les preparó un banquete…», Génesis 19,3); como lugar de origen o destino («Sal de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre…», Génesis 12,1); como símbolo de familia, estirpe, linaje («Entra tú y toda tu casa en el arca…» , Génesis 7,1, Lucas 1,27); como expresión del pueblo («Haré una alianza nueva con la casa de Israel y la casa de Judá», Jeremías 31,31; Hebreos 3,6; Efesios 2,19–22); como templo («He edificado una casa para morada tuya…», 1 Reyes 8,13); como unión y comunión con Dios mediante su “habitación” («Habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida», Salmo 27,4)
Si combinamos los dos aspectos, lo que entendemos es que Dios se pone a nuestra altura y al alcance para que: 1) habitemos con Él; 2) formando parte del Pueblo de Dios (su Iglesia) que, además, es su Cuerpo Místico; ya que, 3) formamos parte de su estirpe y linaje al hacernos hijos suyos (por el bautismo, la entrada oficial en la fe).
Vemos, entonces, que los Reyes Magos, como gentiles, han realizado un éxodo desde donde se encontraban para poder encontrar lo que buscan, al rey de los Judíos, pero, para ello, deben entrar a la Iglesia donde se recibe la nueva condición de formar parte de la estirpe de Dios por adopción.
El Evangelio deja claro que para ver a Jesús cara a cara primero hay que entrar adentro y, además, a un lugar determinado porque Él se le encuentra en un lugar concreto. Es donde se le puede llegar a poner rostro; conocerlo personalmente y no solo de oídas o como una idea desdibujada.
Debemos, pues, entrar en el habitáculo de nuestro corazón porque solo entrando ahí podremos encontrar al niño. Se trata, por tanto, en este paso, de pasar de vivir desde fuera a vivir desde dentro. El destino de nuestro viaje solo se pude hallar desde el camino interior. No podemos quedarnos en lo de fuera, hemos de penetrar para encontrar el misterio (pero tú, cuando ores, entra en tu cuarto, Mateo 6,6).
Y debemos entrar en la Iglesia, que es la casa que Dios dejó preparada específicamente para quienes quieren conocerlo plenamente.
Día 13. Ver🔗
…vieron al niño… Todo el proceso de los Reyes Magos consiste en un “ver” progresivo. Cuatro veces se repite este verbo en el texto. Primero solo podían ver los signos de Dios; luego podían “verle” a través de una Palabra recibida a través de otros; ahora, ya, en cambio, pueden ver a Dios mismo por sí mismos.
Esto es porque para ver a Dios hay que creer y perseverar. Ellos creyeron y por eso vieron. Para los Reyes Magos todo comienza como una posibilidad (cuyo mero hecho de que pudiera ser verdad la hacía decisiva), que los puso en camino; después se convierte en una promesa recibida a través de la Palabra revelada en el pueblo de adoradores; finalmente, se hará pura realidad personal.
Creer para ver. Este creer para ver no es meramente intelectual sobre la existencia de Dios. Es un creer en el sentido de caminar fiado de que se producirá una progresiva experiencia real de revelación a cada paso y de encuentro definitivo. A los Reyes Magos no les bastaba el conocimiento que provenía de un Dios de oídas, había que ir a verlo personalmente (venid y veréis, dice justamente Jesús a algunos de los primeros discípulos). Ahora los Reyes Magos pueden ver quién es Dios realmente. Muchas veces no podemos ver a Dios porque no creemos. En cambio, las personas que creen y se fían contemplan a Dios en todo. De la casualidad (una estrella que brilla un poco más) a la causalidad (esa estrella que brilla como ninguna otra por algo y por alguien) se pasa a través de la confianza.
Porque ver es la facultad sensitiva superior para cualquier ser humano. La facultad por la que entra la luz y, por tanto, por la que somos iluminados. Es también la que recoge más información de la realidad que tiene delante para entenderla, comprenderla, aprehenderla; la facultad que confirma y que permite a uno ser testigo cualificado. No en vano, Jesús mismo dirá: la lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad! Así que, en función de lo que vemos, entendemos. Y si nuestro mirar está iluminado, caminamos sanos, pero si no lo está, caminamos a oscuras, es decir, con enorme dificultad vital. Cuántas veces vemos que nuestra salvación depende de nuestra percepción.
Esto nos pasa a los creyentes: vamos pasando por distintas etapas y vamos aprendiendo a confiar progresivamente, de modo que el velo que nos oculta el rostro de Dios se va rasgando para poder ver, cada vez, algo más de él. Del mismo modo que el hablar implica poner palabras a la experiencia; la visión pone rostro a lo previamente imaginado.
Una ocasión en la que Jesús llegó a Betsaida, un ciego le pidió que lo tocase. Entonces, Jesús lo sacó de la aldea (como los Reyes Magos son sacados de su lugar de origen); llevándolo de la mano (como la estrella de Belén llevó a los Reyes Magos justo encima de Jesús), le untó saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntó «¿Ves algo?». Levantando los ojos dijo: «Veo hombres, me parecen árboles, pero andan» (esta imagen difusa que ya permite ver, pero no de manera plena como los Reyes Magos habían visto cosas de Dios, pero no a Dios realmente); le puso otra vez las manos en los ojos; el hombre miró: estaba curado y veía todo con claridad (Los Reyes Magos ven a Jesús plenamente al pasar el umbral de la casa, por eso lo adorarán seguidamente); entonces, Jesús lo mandó a casa diciéndole que no entrase en la aldea (Los Reyes Magos retornarán a su tierra por otro camino).
Esta regeneración ocular se convierte, entonces, en un acto de regeneración personal. Somos recreados en cuanto que miramos a Dios (solo os pido que le miréis, dice Santa Teresa de Jesús).
Uno podría preguntarse qué vieron los Reyes Magos en un niño (y su madre) para adorarlo como el Dios buscado y esperado, pero sería una pregunta que se mueve en las posibilidades humanas solamente. En cambio, si nos preguntamos cómo vieron (como será, dice la Virgen María), la respuesta es divina: con los ojos de la fe, auxiliados por la gracia de Dios. Dice Orígenes en el siglo III que «Si sólo hubieran visto a un niño, no le habrían adorado; pero vieron algo más que un niño porque Dios les concedió ver con el corazón». Dios completa la visión del hombre dándole el campo de visión que le falta porque no puede llegar por sus propios medios («Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras… entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron.» Lucas 24, 31, 45).
Lo que vieron los Sabios de Oriente es que la sabiduría no era un «qué» era un «quién». Aunque ese alguien era también un qué porque era el amor puro, la materia con la que fuimos hechos, aunque no siempre lo veamos. Verían también esa inocencia pura que ellos habían perdido y en la que se pudieron ver reflejados; el niño que dejaron de ser al que nos invita a volver Jesús (el Reino de Dios se recibe como un niño).
Ahora, deja que Dios te entre por los ojos. Para ello, además de aproximarte a Él, seguir sus signos; y fiarte de su Palabra; pide habitualmente el don de que te ilumine interiormente para que tu ver se transforme en tu contemplar. Así vivirás en un cielo anticipado porque le verás en todas las cosas. Él lo hará.
Día 14. María🔗
… con María, su madre… Al describir la entrada de los Reyes Magos, Mateo deja claro que el niño está junto a María, que es su madre. Lo más llamativo es que el Evangelio desdobla la mención a la Virgen al referirse a ella, primero, con nombre propio y, después, en su condición de madre. Otro aspecto que destaca es el orden: la Virgen es mencionada en segundo lugar, después del niño.
En primer lugar, se refiere el texto a María llamándola por su nombre y este hecho ya es, de por sí, un pozo sin fondo porque es un acto de reverencia; un acto de identidad; un acto de concreción; un acto de creación… El hecho es que María es designada por su nombre personal como nosotros somos llamados por nuestro nombre (recordemos cuando Jesús llama a María Magdalena para que le reconozca en el sepulcro: ¡María! y entonces ella se experimenta reconocida, no solo por su nombre, sino por cómo lo pronuncia). Cuando sentimos que Dios pronuncia nuestro nombre experimentamos una gran dicha porque notamos que Dios se acuerda de nosotros de manera concreta; percibimos su cercanía y su cariño.
En segundo lugar, que se haga referencia a que María es su madre asegura que la llegada de Jesús es encarnada (su madre). La salvación viene humanamente por definición, aunque también sea un milagro la manera en como ello se produce. Conviven así de una manera inescindible e indescifrable humanidad y divinidad en toda la obra de salvación de Dios.
Al mismo tiempo, al mencionar a María y ser José padre solo adoptivo (y nada menos), se produce un salto. Como padre adoptivo de Jesús, el Salvador es de la estirpe de David, es decir, de la de José, hecho que confirma ser el Mesías prometido porque así había sido anunciado (la Palabra se confirma con los hechos), pero el Salvador es algo más que un rey al modo humano, es un rey divino y tal es su origen: habiendo sido encarnado por obra del mismo Espíritu Santo (el Espíritu Santo te cubrirá con su sombra le dice el ángel a la Virgen), su estirpe, en realidad, viene directamente de Dios-Padre quien lo engendró de sí mismo (engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre dice el Credo). Así que, mencionar a María y omitir a José, aquí tiene también este sentido. La estirpe de Jesús es divina como es divina su concepción, directamente salida de Dios. De esta manera, lo viejo tiene continuidad en algo nuevo; comienza un nuevo linaje sin dejar de estar unido a la estirpe anterior (de modo parecido a como el bautismo de Juan el Bautista da paso al bautismo del Espíritu a partir de Jesús). Los bautizados pertenecemos a este nuevo linaje porque somos adoptados como hijos por el Espíritu Santo en nuestro bautismo.
Volvemos a María de quien sabemos que es la llena de Gracia. Su presencia junto a Jesús es, por tanto, enormemente inspiradora por muchísimos motivos. Entre otros, porque María y su presencia junto al niño es el paradigma de la obra de Dios: llenar de su gracia y su presencia al ser humano (el niño con María… alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo… hágase en mí según tu palabra). De modo que, cuando los Reyes Magos miran dentro de la casa de Belén lo que ven primero al salvador, luego a la obra de salvación, es decir, al Salvador y al arquetipo de su obra, María; ven a quien lo hace y lo que ya ha hecho; ven a quien hace su salvación y ven quien ya es imagen de su salvación y, por tanto, la promesa realizada de lo que será la propia salvación de los Reyes Magos; lo que Dios quiere hacer con ellos. Aunque María es inalcanzable para nosotros, Dios no podía presentar algo menor.
Finalmente, este “con María, su madre” expresa también el “estar” de María con el niño: es evocativo de la siempre presencia de María donde está su hijo. El ángel le había dicho que Dios estaba con ella y ella responde estando con su hijo. Como los Reyes Magos, cuando buscamos a Jesús, muchas veces encontramos a personas que son camino de Él porque no se apartan de su lado (como la profetisa Ana no se apartaba del templo y hablaba a todos del niño después de conocerlo). Reconozcámoslas. Ellas también son estrella de Belén.
Día 15. Rendir🔗
… y cayendo de rodillas, lo adoraron… La mayor parte de los textos bíblicos traducen por “postrándose, lo adoraron”, mientras que la Biblia de la Conferencia Episcopal Española lo transcribe como “cayendo de rodillas, lo adoraron” y el texto literal en griego dice: «habiendo caído, hicieron reverencia a él», siendo este último el que más matices aporta a este gesto.
Primero hay un “caer” y luego hay un “reverenciar”. Tras ver al Dios encarnado y su obra llena de gracia junto a él, los Reyes Magos caen en la cuenta del todo que su sabiduría debe rendirse ante la divina Sabiduría; que su sistema de creencias no solo debe dejar paso a la lógica de Dios, sino que debe quedar sometido a Dios. Dicho de otro modo, después de lo que han experimentado, caminado y finalmente visto (descubierto), se han dado cuenta de que solo merece la pena vivir según la Sabiduría de Dios; la cual es tan desbordantemente maravillosa que no permite otra respuesta que no sea la de adorar.
De esta manera, los Reyes Magos vienen a entrar y formar parte del pueblo judío, es decir, del pueblo de los adoradores. Ahora, el que era el Rey de los Judíos se convierte en su Rey también y, por extensión, su reinado queda al alcance de toda persona si así lo busca y lo reconoce como tal.
Aunque muchas veces se describe con acierto la adoración como un acto de humillar el ego, la falta de matices a la afirmación puede dificultar un poco su entendimiento. Esto suele ser porque entendemos la humillación como una forma de disminución de nuestro yo o de pérdida de dignidad en lugar de como forma de entrar en nuestra realidad. Pero entenderlo bien, cambia por completo el enfoque y la vivencia.
Efectivamente, humildad viene del latín humus. Humus significa tierra. Por tanto, ¿qué es la humildad? La humildad es reconocer el barro del que estamos hechos, asumir nuestra realidad. Ese barro que Dios vino a seguir moldeando (Yo soy el alfarero, y estoy dando forma a una desgracia, dice Jeremías 18,11). Por tanto, adorar es humillar el ego en el sentido de entrar en mi realidad y entregarla a Dios para que él la moldee; la recree; la salve; la auxilie porque me doy cuenta de que sin su sabiduría no acabo de ser quien debo… Al hacerlo, la adoración se convierte en un acto de rendición, es decir, de reconocimiento de que todo lo encontramos en Él. Dicho de otro modo, reconocemos lo que Él es y lo que Él hace.
Adorar es ad-orar (ad– = hacia, en dirección a; ōs / ōris = boca; literalmente, «llevar a la boca», «dirigir la boca hacia»), es decir, proceder a comunicar a Dios que reconocemos y le damos el lugar que debe ocupar, esto es, el primero, y, en realidad, el único, ya que todo lo haremos buscando su primacía, su agrado, su criterio, su lógica, su deseo (primer mandamiento: adorarás al Señor, tu Dios, y a Él solo darás culto), no porque estemos obligados, sino porque libremente nos damos cuenta de que es lo mejor. Al hacerlo así, sin embargo, paradójicamente elegir lo mejor acaba pareciendo lo obligado ¿no?
Así que, “habiendo caído, lo reverenciaron” significa que al ir a orar (adorar), lo que hacemos es caer en la cuenta de nuestra realidad y la rendimos ante Dios para que, primero, Él la pueda restaurar a su verdadero ser y, después, la pueda mantenerla así, reconociendo con ello que deseamos que nuestra vida responda continuamente a esta dinámica.
En este sentido, queda derribado el ego o el orgullo adecuadamente, pero no como una pérdida de dignidad, sino como su ganancia: nos damos cuenta de que no podemos, ni debemos, ser autónomos de Dios, sino todo lo contrario; ser dependientes de Él como el sarmiento unido al tronco de la vid que recibe continuamente su savia (sabiduría) y le permite fructificar adecuadamente. Esta es la gran paradoja del ser humano: solo encuentra la vida plena cuando toma conciencia de que su autonomía de Dios lo hace cautivo y que su dependencia de Dios le da la verdadera vida. De ahí que se rinda a esta realidad en agradecimiento y veneración.
El recorrido de los Reyes Magos les había permitido llegar en unas disposiciones óptimas para recibir la iluminación final que terminó con la contemplación del niño y, junto a él, a su triunfo, el ser lleno-de-gracia que mostraba lo que Dios pensó originalmente para el ser humano. Este contraste con su realidad les hizo caer en la cuenta de lo que realmente merecía la pena: acudir a Dios para recibir su gracia en todo momento e irse llenando de su presencia amorosa (como la de un niño). Así que esto mismo hemos de ir haciendo nosotros progresivamente y una y otra vez.
Nancy Charles, una mujer que había hecho un viaje a la fe desde unas condiciones de gran lejanía y dificultad, tiempo después, al hilo de una interpelación pública que realizaba sobre cómo aproximarse a ciertas situaciones de otros, expresaba con gran finura algunas claves sobre su proceso (por eso se omiten fragmentos), que son realmente universales y decía:
Ahora puedo ver, solo mirando atrás con claridad, cómo Dios me hablaba lentamente muchos años antes de que mi verdadera conversión a Cristo ocurriera. Veo esos momentos como algunos de los primeros movimientos de gracia en mi alma. El momento que ahora me viene a la mente fue cuando sufrí una sobredosis de metanfetamina y Adderall, preguntándome si esa sería la última noche que respiraría. Fue una noche profundamente desordenada y turbulenta, y aun así, una cantidad casi imperceptible de gracia estaba obrando. Pasarían años antes de que llegara a rendirme por completo…
Porque rendirse lleva tiempo. No siempre porque lo neguemos, sino porque a veces ni siquiera sabemos qué es rendirse por completo. ¿No has tenido alguna vez esos momentos en los que tu alma está intranquila y sientes que le has entregado todo a Cristo para que Él lo cargue, pero por dentro aún sientes que algo anda mal o no está del todo bien? Solo cuando llega la rendición más profunda te das cuenta de que todo lo que hiciste antes fue solo un paso hacia la rendición, pero no la rendición en sí. Ahí es cuando llega esa profunda paz interior. Todos conocemos bien esa sensación… el momento en que nos damos cuenta de que finalmente nos rendimos. La verdadera rendición. La mejor sensación del mundo. Pero, hombre, el camino hacia allí a veces es un infierno.
Para un alma fracturada, aprender el lenguaje de la gracia es una especie de cirugía frágil. Dios, como cirujano divino, puede ver todo el cáncer que habita en nosotros y actúa con la velocidad necesaria para evitar matar accidentalmente al paciente al extirparlo. Si actúa demasiado rápido, el paciente puede desangrarse. Este lento proceso de aprender a operar con gracia a menudo resulta incierto, está plagado de heridas, autoengaños, un dolor creciente, acompañado de un anhelo cada vez más profundo que parece llamarte a algo más elevado. La mente y el corazón se afanan por comprenderlo todo, y así es como la lenta obra de la gracia ayuda a desentrañarlo. Es un proceso, y el cirujano divino nunca actuará más rápido que la comprensión del paciente para someterse a lo que Él está haciendo. ¿Por qué? Porque espera nuestro permiso antes de empezar a destruirnos.
El proceso a veces es confuso y, a menudo, está profundamente arraigado en el mismo pecado del que Dios quiere liberarnos. Sin embargo, incluso entonces, cuando alguien se atreve a decir: «Conocí a Jesús», deberíamos temblar ante ese misterio con la reverencia que merece (…)
Acercarse a un hombre sangrante que se acerca a Cristo requiere reverencia y prudencia. Esa que, al tener ojos para ver el significado más profundo de la obra que Dios está realizando lentamente en alguien, temblar al reconocer que pisas tierra santa (…).
Cualquiera que haya experimentado una hermosa conversión sabe que no se trata de una conformidad instantánea, sino de una rendición gradual. Y puedo expresar con certeza cuán profundamente doloroso es el proceso en el que Dios te revela la profundidad de tus heridas. Si pudiéramos ver la traición de la bestia invisible que la mayoría de las personas cargan, probablemente nunca las culparíamos por el miedo que sienten al dudar en confrontarla. Reconoceríamos que la batalla que se está librando no solo es antigua, sino bíblica (…)
Día 16. Abrir y entregar🔗
… después, abriendo sus cofres, le ofrecieron presentes … Cuando uno reconoce que debe rendir su realidad a Dios, lo siguiente es abrir su interior y revelarlo. Para entregar el corazón, hay que exponerlo también.
Ante Dios, hay que abrir el cofre y sacar lo que hay dentro. Para Dios es un regalo que saquemos aquello que mantenemos encerrado e infecundo y que le entreguemos nuestros presentes. Nuestros presentes están hechos precisamente de lo que es nuestro presente en cada momento. Hacerlo es muy importante porque es la materia, el barro, con el que el Señor puede trabajarnos.
Cuando no lo hacemos así, a Dios le parece que le ofrecemos un culto vacío (“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí, Mateo 15, 8-9). En cambio, cuando le ofrecemos al Señor “nuestros presentes” concretos, Él puede obrar en nuestro corazón (dirá Jesús después donde está tu tesoro, está tu corazón).
Cuenta el Libro de Reyes que había un hombre de Ha Ramatáin Sufín (“el clan de las dos alturas de los vigilantes”), en la montaña de Efraín («Dios me ha hecho fructificar en la tierra de mi aflicción». Gn 41,52. Parece ser que viene de una raíz que significa un dar fruto abundante: “doblemente fecundo” o “fructífero en abundancia”), llamado Elcaná (“perteneciente a Dios”) que tenía dos mujeres: la primera se llamaba Ana y la segunda Feniná. Feniná tenía hijos, pero Ana no. Ese hombre subía desde su ciudad de año en año a adorar y ofrecer sacrificios al Señor del universo en Siló (…) Elcaná ofrecía sacrificios y entregaba porciones de la víctima a su esposa Feniná y a todos sus hijos e hijas, mientras que a Ana le entregaba una porción doble, porque la amaba, aunque el Señor la había hecho estéril.
La Palabra se refiere a Feniná como rival de Ana y, a causa de su circunstancia, aquella la vejaba:
Su rival la importunaba con insolencia hasta humillarla, pues el Señor la había hecho estéril. Así hacía Elcaná año tras año, cada vez que subía a la casa del Señor; y así Feniná la molestaba del mismo modo.
A la pena que tenía Ana por ser estéril se sumaba, por tanto, el desprecio de Feniná, cuyo estado interior estaba al límite:
Por tal motivo, ella lloraba y no quería comer.
Entonces, interviene su marido expresando su inquietud por ella:
Su marido Elcaná le preguntaba: «¿Ana, por qué lloras y por qué no comes? ¿Por qué está apenado tu corazón? ¿Acaso no soy para ti mejor que diez hijos?».
Estas preguntas, que recuerdan mucho a las que escucha María Magdalena en el Sepulcro (Mujer, ¿por qué lloras?), parecen como dichas por Dios. Le pregunta cómo está; qué le pasa – cuál es su presente – y le hace una pregunta de fondo ¿no soy bastante para ti? Si nos fijamos, es lo que hace Dios continuamente con nosotros: quiere que abramos ese cofre de lo que nos pasa y se lo manifestemos, al mismo tiempo que le interesa saber qué lugar ocupa él en lo que hay dentro, en nuestra existencia (recordemos, el primer mandamiento es amar a Dios sobre todas las cosas, por eso la interrogante ¿no te basto yo?. Algo parecido a lo que le decía Jesús a Santa Faustina Kowalska ante la falta de visitas).
Entonces, Ana recurre al Señor y lo hace probablemente como hasta entonces no lo había hecho, pese a que llevaba años yendo (probablemente porque ya no veía solución y hasta entonces andaba como esperando):
En cierta ocasión se levantó Ana, después de comer y beber en Siló (Lugar de descanso, paz donde Dios hace habitar su Nombre). El sacerdote Elí estaba sentado en el sitial junto a una de las jambas del templo del Señor. Ella se puso a implorar al Señor con el ánimo amargado, y lloró copiosamente. E hizo este voto: «Señor del universo, si miras la aflicción de tu sierva y te acuerdas de mí y no olvidas a tu sierva, y concedes a tu sierva un retoño varón, lo ofreceré al Señor por todos los días de su vida, y la navaja no pasará por su cabeza».
Lo que hace Ana es llamativo porque, aunque parece plantearlo inicialmente como una negociación con Dios, ella le pide algo a Dios para luego entregárselo de nuevo.
El texto, entonces, destaca enfáticamente la manera en cómo Ana hablaba a Dios:
Mientras insistía implorando ante el Señor, Elí observaba su boca. Ana hablaba para sí en su corazón; solo sus labios se movían, más su voz no se oía. Elí la creyó ebria. Entonces le dijo: «¿Hasta cuándo vas a seguir embriagada? Echa el vino que llevas dentro». Pero Ana tomó la palabra y respondió: «No, mi señor, yo soy una mujer de espíritu tenaz. No he bebido vino ni licor, solo derramaba mi alma ante el Señor. No trates a tu sierva como a una perdida, pues he hablado así por mi gran congoja y aflicción».
Podemos ver que Ana le compartía a Dios para sí en su corazón, esto es, desde tan dentro del cofre y con tal dolor interior que la angustia ahogaba su voz. Lo que le compartía era su anhelo; el anhelo que marcaba su presente tanto por sí misma como en relación a los demás (su marido, la otra esposa…). Expresaba así a Dios todo lo que llevaba dentro y particularmente la circunstancia que, en ese momento, marcaba su existencia. En el fondo, Ana es un grito silencioso que le dice al Señor “haz fruto en mí” o “llena mi vacío”. Como dice, había derramado su alma, es decir, la había rendido ante Dios.
El sacerdote, por su parte, que la había visto ir a orar tras comer y beber, una vez hubo eliminado cualquier sospecha y que su actitud era sincera, la confirma en la fe, a lo que ella responde con otro acto de fe, así sea:
Elí le dijo: «Vete en paz y que el Dios de Israel te conceda el favor que le has pedido». Ella respondió: «Que tu sierva encuentre gracia a tus ojos». Luego, la mujer emprendió su camino; comió y su semblante no fue ya el mismo. Se levantaron de madrugada y se postraron ante el Señor. Después se volvieron y llegaron a su casa de Ramá. Elcaná se unió a Ana, su mujer, y el Señor se acordó de ella. Al cabo de los días Ana concibió y dio a luz un hijo, al que puso por nombre Samuel, diciendo: «Se lo pedí al Señor». El esposo Elcaná y toda su casa subieron a ofrecer al Señor el sacrificio anual y cumplir su voto (…). La mujer (…) lo llevó a la casa del Señor a Siló y el niño se quedó como siervo (…) lo subió consigo (…) Ella le dijo (…) imploré este niño y el Señor me concedió cuanto le había pedido. Yo, a mi vez, lo cedo al Señor. Quede, pues, cedido al Señor de por vida». Y Elcaná se postró allí ante el Señor.
Vemos entonces cómo el camino de Ana es similar al de los Reyes Magos, aunque no siga un orden exactamente igual: hay algo que destaca en ella a lo que no se puede sustraer y por lo que recibe una interpelación; pasa por una gran oscuridad; toma una decisión; el sacerdote la confirma; vuelca su alma ante Dios; sube al lugar de la paz; Dios responde; ella vuelve a su ser.
Ana nos completa singularmente el gesto de los Reyes Magos en ese “abrir el cofre” interior y sacar de él lo que traemos. Para Dios son un regalo nuestros presentes del presente. Como decíamos, cuando le ofrecemos al Señor las circunstancias de nuestro ahora, le damos el “material” con el que Él puede obrar en nosotros y generar en nosotros su propio fruto (en el texto, Samuel, el hijo de Ana, vuelve a Dios consagrado a Él). Así que, hagamos como Ana, abramos el cofre interior; hagamos emerger todo lo que atesoramos y volquémoslo sobre el Señor para entregarlo. Así, nuestro corazón estará carca del suyo. Ese es el regalo que Él quiere.
Día 17. Compromiso, afecto y ofrenda🔗
… le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra … Los Reyes Magos ofrecieron al Señor oro, incienso y mirra como regalos. Estos presentes muestran más de lo que se ve a simple vista.
Como mínimo, los regalos son, en primer lugar, un acto de fe (llevaban los regalos consigo antes de ver al niño); en segundo lugar, una expresión comprometida del reconocimiento previo (adoración); en tercer lugar, una muestra de afecto personal (regalos); en cuarto lugar, un acto de ofrenda (le ofrecieron) personal y concreto.
En primer lugar, los regalos son un testimonio de enorme confianza porque los Reyes Magos salieron con ellos desde su origen. Es como si hubieran creído lo que se dirá más tarde: el que busca, encuentra (Mt 7,8)..; o por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que os lo han concedido y lo obtendréis (Mc 11, 24)… Creer en las promesas es vivir fiado de que ya está concedido, solo hay que esperar. Esta es la confianza que quiere Dios (¿encontrará Dios esta fe en la tierra?, Lc 18, 8). Estamos habituados a vivir la fe reducida a saber que Dios existe y nos ama, lo que es un comienzo, pero estamos llamados a vivir la fe como el Dios todopoderoso que actúa; que está presente; que reina nuestras circunstancias cuando lo buscamos, lo llamamos y lo pedimos. Seamos, por tanto, fiados del Señor.
En segundo lugar, los regalos actúan como forma de expresar el compromiso personal de su reconocimiento existencial. Vienen a ser como una consecuencia de este acto de adoración. Detenerse en este aspecto es importante porque revela que la veneración no queda reducida a mero gesto, ni a mero rito hueco, sino que se prolonga en la propia vida como respuesta implicada y concreta. Es una adoración puesta por obra. Y así debe inspirarnos también en nuestra forma de adorar a Dios: con compromisos concretos que adquirimos voluntariamente y, más importante aún, que son expresión espontánea y natural de reconocimiento de lo que significa el inefable encuentro con el Dios-con-nosotros. Seamos, por tanto, comprometidos con el Señor.
En tercer lugar, es una muestra de afecto personal. Si algo son los regalos en nuestra existencia es que son una expresión de afecto. Los regalos que más nos calan son los que proceden del afecto de una persona. Y así hemos de ver también a los Reyes Magos y a nosotros: como quienes aman al Señor (amarás al Señor sobre todas las cosas… Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?, le pregunta Jesús a Pedro).
En este punto, es inexorable mencionar que la teología ha visto en la naturaleza de los regalos tres significados y aplicaciones personales maravillosos: «Por el oro se significa al Rey; por el incienso, a Dios; por la mirra, al que había de morir.» y se dice después que el «Oro ofrecemos cuando reconocemos su realeza; el incienso cuando adoramos su divinidad; la mirra cuando confesamos su muerte».
Pero estos mismos significados también revelan un detalle precioso de los Reyes Magos; el detalle universal que marca la diferencia cualitativa para los regalos verdaderamente grandes: que han sido pensados para que tengan relación con la identidad de quien los recibe. Efectivamente, generalmente no hay regalo que se agradezca y valore más que aquel que nos hacen porque tiene relación con nosotros. Más aún si captan nuestra verdadera esencia. Este tipo de regalos revelan que alguien nos conoce bien y en profundidad, por lo que toca nuestro corazón de una manera singular ¿Y qué hacen los Reyes Magos? Regalar cosas que tienen que ver con el misterio del Mesías, ya que los tres regalos están íntimamente relacionados con lo que Él trae y representa: un reinado, la divinidad encarnada y la humanidad genuina. Estos regalos, por tanto, le llegaron al alma a Dios-Padre y naturalmente a la madre del niño, porque evidenciaban que los Reyes Magos captaban perfectamente la esencia de Dios.
Invitados estamos, por tanto, a tocar el corazón de Dios con regalos que captan su esencia y que expresen que le conocemos y sabemos quién es; el lugar que ocupa y lo que significa para nosotros. Seamos, por tanto, afectuosos y afectivos con el Señor.
Finalmente, en cuarto lugar, los regalos constituyen un ofrecimiento al Señor que Él, a su vez, ha de acoger. Como decíamos en la meditación anterior, no hay nada que el Señor valore más que el hecho de que le ofrezcamos nuestra realidad como su propia obra, aquella que Él puede seguir moldeando y restaurando para devolverla a su verdadera imagen original. Por lo tanto, busquemos en el tesoro que es nuestro corazón para no dejar de ofrecerle los presentes que constituyen nuestro aquí y ahora (ese que abría también esta peregrinación de los Reyes Magos) y así le entreguemos/consagremos lo que somos. Seamos, por tanto, entregados con el Señor.
Vemos, entonces, en los regalos de los Reyes Magos, cuatro componentes esenciales que vertebran nuestra vida de fe y la realizan: la confianza, el compromiso, el afecto, la ofrenda. Tomemos, pues, nuestra vida de fe y tomémosla el pulso desde estos cuatro aspectos para que nos ayude a tener una perspectiva más concreta y desde un ángulo distinto para dar pasos nuevos.
Día 18. Reinado, olor y bienaventuranza🔗
… le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra …
En el Sermón 31 (In Epiphania Domini), San León Magno relaciona los dones con la manifestación del misterio de Cristo: «Los magos ofrecen oro al Rey, incienso al Dios, y mirra al mortal». Es decir, la terna de regalos hace referencia a un reinado, a su divinidad y a su humanidad. Si nos fijamos, esto conecta tan bien con la petición que hacemos en el Padrenuestro al decir “hágase tu voluntad sobre la tierra como en el cielo”, pues, el reino de Dios viene por dejarnos gobernar por su Sabiduría en la tierra (humanidad), como sucede y sucederá plenamente en el cielo.
Por lo tanto, lo primero de todo es dejarnos reinar, esto es, fiarnos de su Sabiduría para orientar cada paso que damos; buscar el reinado de Dios en todo.
Por otro lado, si los regalos genuinos son los conectan con la inefable identidad del regalado, vemos en el incienso esa apelación a lo divino, al sacerdocio de Jesús como sacerdote de la Nueva Alianza. De manera que, con el incienso, le reconocen como sacerdote de la nueva y definitiva Alianza: en este sentido, vemos en el incienso la oración que elevamos a Dios donde le reconocemos como el ungido, el elegido, nuestro rey.
Hay, además, un aspecto bien inspirador en el incienso y es que el incienso desprende su perfume solo si arde, si se enciende (incendere) y no dirá adelante el evangelio ¿no ardían nuestros corazones? Y es que la agradabilísima fragancia que desprende el incendere nos lleva a pensar en el buen olor de Cristo que desprende todo aquel que está en su presencia. Cuando ardemos por Jesús, desprendemos un aire distinto. Las personas que caminan junto a Jesús y pasan tiempo con Él huelen a Él. Veamos, por tanto, también, el incienso de la oración como el aromatizador que deja el buen olor de Jesús en nuestra estancia interior. Aprendamos también a detectar lo que nos huele a Dios y lo que no (discernimiento), que siempre es más difícil cuando las cosas se presentan con apariencia de bien.
Finalmente, la mirra es un ungüento usado por sus propiedades curativas, analgésicas, rituales, conservativas, ya usada en el Antiguo Egipto para los embalsamamientos. Los místicos siempre vieron en la mirra de esta epifanía una anticipación profética de la muerte y resurrección de Jesús, ya que fue enterrado envuelto en lienzos ungidos por mirra y áloe (Jn 19, 39-40).
Estos elementos de mirra y áloe están presentes también en el Cantar de los Cantares, el cántico más poético sobre el amor de Dios, su búsqueda y su hallazgo. En el Cantar de los Cantares, la mirra se menciona muchas veces para significar un amor muy intenso que embriaga, pero que también permanece: he recogido mi mirra y mi bálsamo, he comido mi néctar con mi miel, he bebido mi vino con mi leche. ¡Comed, amigos, bebed, embriagaos de amores! (entre otras citas).
Y, sin duda, es así. Una característica de la mirra es que brota tras “herir” al árbol del que se obtiene. De la herida al árbol brota una resina amarga, pero curativa, que regenera el aire del ambiente y que, por ello mismo, beneficia a quien la recibe; del mismo modo que, del árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo brota amargamente la sangre del costado de Cristo (la herida), cuyas propiedades curativas nos sanan (sus heridas nos curaron, dice Isaías). Por los méritos del inefable amor que supuso la sangre derramada de sus heridas, nos ganó ante Dios-padre, el ser hijos adoptivos suyos, al vincularnos a su linaje mediante la transfusión de su propia divinidad por medio de su Espíritu Santo que recibimos en el bautismo. Se expresa así la relación entre el amor y las heridas. A través de nuestras heridas obtenemos la tan preciada sustancia, la vida eterna, cuando dejamos al Buen Samaritano que nos las cure.
Hay, sin embargo, un momento decisivo en el que Jesús rechaza la mirra: Y conducen a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), y le ofrecían vino con mirra; pero él no lo aceptó (Marcos 15, 23). Es toda una enseñanza de Jesús en un momento extremo sobre la dificultad que entraña la angustia y el dolor: Jesús rechaza sufrir menos para no restarnos nada a ganarnos la salvación; pero también rechaza anestesiar su sufrimiento para no perder la lucidez que se abre paso en mitad del sufrimiento y no perder ningún provecho de él.
No es una invitación al masoquismo, es una enseñanza e invitación a no huir de la cruz que salva, invitación a hacer camino con ella y dejar que brote el fruto que no podríamos descubrir si estamos anestesiados en nuestros sentidos y facultades en medio del dolor. Jesús señala que hay un dolor en el camino con el que hay que cargar inexorablemente y del que no hay que huir, solo aprender a llevarlo (a veces con ayuda de terceros como el caso de Simón de Cirene) para que de él brote un fruto que no tendríamos si nos anestesiamos o huimos siquiera internamente. Visto así, se trata de una bienaventuranza: tras el contratiempo se oculta una posibilidad de acción de Dios más grande de lo que somos capaces de ver al tener los sentidos embargados por el dolor. Een la película La Gata sobre el tejado de zinc (1958, de Richard Brooks, con Paul Newman), el diálogo final entre padre e hijo recoge esto en gran medida de una manera muy plástica que merece la pena ver.
Día 19. Sacerdotes, profetas y reyes🔗

… le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra … Aunque no es el único que lo menciona, se atribuye a S. Ruperto de Deutz ver en los regalos de los Reyes Magos un reconocimiento al triple oficio que reviste la condición de Jesús: «Por el oro confiesan su realeza; por el incienso, su sacerdocio; por la mirra, el misterio profético de su muerte».
Esto nos lleva a la triple condición de los bautizados como sacerdotes, profetas y reyes por participación en el propio misterio de Jesús.
Efectivamente, como dice San Juan Pablo II en Christifidelens Laici: La participación de los fieles laicos en el triple oficio de Cristo Sacerdote, Profeta y Rey tiene su raíz primera en la unción del Bautismo, su desarrollo en la Confirmación, y su cumplimiento y dinámica sustentación en la Eucaristía (…) . Se trata de una participación donada a cada uno de los fieles laicos individualmente; pero les es dada en cuanto que forman parte del único Cuerpo del Señor. En efecto, Jesús enriquece con sus dones a la misma Iglesia en cuanto que es su Cuerpo y su Esposa. De este modo, cada fiel participa en el triple oficio de Cristo porque es miembro de la Iglesia (…).
Así es, el ministro del bautismo, tras ungir con el Santo Crisma al recién bautizado, le proclama sacerdote, profeta y rey con la siguiente fórmula: Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que te ha liberado del pecado y dado nueva vida por el agua y el Espíritu Santo, te consagre con el Crisma de la salvación para que entres a formar parte de su pueblo y seas para siempre miembro de Cristo, sacerdote, profeta y rey.
Veamos qué supone cada uno de estos oficios:
- Sacerdotes: Los bautizados comparten el sacerdocio de Cristo, lo cual no significa que todos sean sacerdotes ordenados, sino que viven haciendo de su vida un acto de consagración y entrega a Dios en todo. Es decir, no hay resquicio de su existencia que no esté orientado a dar gloria a Dios (ya sea que comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios, dice San Pablo en 1 Corintios 10,31).
- Profetas: ser profeta implica anunciar y testimoniar a Dios de vida y de palabra. El Catecismo de la Iglesia Católica establece que: «Cristo […] realiza su función profética no sólo a través de la jerarquía […] sino también por medio de los laicos. Él los hace sus testigos y les da el sentido de la fe y la gracia de la palabra» (904). Seguidamente, dice que: “Los laicos cumplen también su misión profética evangelizando, con «el anuncio de Cristo comunicado con el testimonio de la vida y de la palabra«. «Este apostolado no consiste sólo en el testimonio de vida; el verdadero apostolado busca ocasiones para anunciar a Cristo con su palabra, tanto a los no creyentes […] como a los fieles» (905).
- Reyes: El bautizado que aprende primero a gobernarse a sí mismo según la Sabiduría de Dios, sirve también a los otros para su bien, pues el reino de Dios se abre paso por el amor de Dios. En este sentido, dice el Catecismo que: el Pueblo de Dios participa, por último, en la función regia de Cristo. Cristo ejerce su realeza atrayendo a sí a todos los hombres por su muerte y su resurrección (cf. Jn 12, 32). Cristo, Rey y Señor del universo, se hizo el servidor de todos, no habiendo «venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28). Para el cristiano, «servir a Cristo es reinar» (LG 36), particularmente «en los pobres y en los que sufren» donde descubre «la imagen de su Fundador pobre y sufriente» (LG 8). El pueblo de Dios realiza su «dignidad regia» viviendo conforme a esta vocación de servir con Cristo (786).
Es importante conocer esta triple proyección (entrega, anuncio y servicio) adquirida por el bautismo, pues tenerla presente nos ayuda, primero, a discernir si nuestra vida de fe responde a su vocación original por el bautismo; segundo, a caer en la cuenta de la inmensa dignidad que supone ser bautizado, lo que nos hace automáticamente sacerdotes, profetas y reyes; tercero, a vertebrar el desarrollo de nuestra misión dentro de la Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo, pues, si somos imagen y semejanza de Cristo, deberemos realizar esa imagen y semejanza desarrollando tales oficios como ministerios propios.
Día 20. Dios provee sin limitación🔗

… Y siendo avisados por revelación en sueños … Hay tres elementos de interés en esta frase: que se trata de un aviso; que llega por revelación; que se produce en sueños. Quizá un cuarto elemento podría tratar sobre si cada uno de estos sabios recibió la misma revelación individualmente, aunque el texto no matiza.
En primer lugar, se trata de una advertencia. Es una advertencia seria. Luego sabremos que la amenaza era de gran calibre, ya que José también recibe una revelación para que, por su parte, huya del país.
Como podemos ver, cuando nos encontramos con Dios no desaparecen los peligros, lo que cambia es el hecho de poder contar con la ayuda extraordinaria de Dios para afrontarlos.
Estas advertencias las realiza Dios a todo creyente para que vaya por el buen camino y es importante estar atento, siempre en ese espíritu de vigilancia tan propio de la fe cristiana.
En segundo lugar, se afirma que llega como una revelación. Es Dios mismo, sin iniciativa de la persona, en este caso, quien envía un mensaje claro al creyente. No es aquí la iniciativa orante del creyente quien obtiene una respuesta de Dios sino Dios mismo quien se ocupa de su criatura y de hacer viable el plan de salvación.
Dios siempre está en continuo cuidado de cada uno de nosotros, lo percibamos más o menos, y es debemos tomarnos un tiempo de oración específico, de forma recurrente, para tratar de hacer memoria y recordar tantas situaciones en las que percibimos su cuidado de manera general o situaciones donde lo hemos percibido de manera más destacada y extraordinaria.
Cuando termina el año, existe la tradición de rezar con este motivo precisamente: recordar tantas gracias recibidas, algunas de las cuales pueden haber sido advertencias sobre caminos que no se deben tomar o vidas a las que no hay que volver. En su Diario Espiritual, Santa Faustina Kowalska transcribía: Termina el año. Mi espíritu penetró en los beneficios con los que Dios me colmó durante el año. Mi alma tembló ante la inmensidad de las gracias del Señor y de mi alma brotó el agradecimiento a Dios y también hoy despedí el año 1936 y di la bienvenida al año 1937… Oh Jesús Misericordioso, Contigo enfrentaré con arrojo y audacia luchas y batallas. En Tu Nombre cumpliré y superaré todo. Oh Dios mío, Bondad infinita, Te ruego que Tu Misericordia infinita me acompañe siempre y en todo.
En tercer lugar, los Reyes Magos fueron avisados en sueños para que no volvieran a Herodes. El hecho de ser avisados en sueños no es lo más frecuente, pero no es descartable. De hecho, de modo parecido le sucederá luego a José también para huir a Egipto.
Aún, a día de hoy, sucede así. Ha sido muy notorio el caso de de Juman Al Qawasmi, hija de uno de los fundadores del grupo terrorista Hamas y exesposa de uno de sus líderes. Creció educada en la militancia a Hamás y en el odio a judíos y cristianos. Sin embargo, se hacía preguntas cuando comenzó a detectar incongruencias entre las promesas de Hamás y sus políticas una vez que tomaron el poder en Gaza. Su miedo era creciente y sus preguntas también. En un momento determinado, cuando el Ejército israelí avisó de un bombardeo inminente en su vecindario; esa noche, mientras su familia escapaba, ella oró de forma muy devota: «Dios, si existes, quiero conocerte, quiero que me salves«. Tras esa súplica, Juman contó que tuvo una experiencia que le cambió el rumbo de su vida: en un sueño vio a su madre, que había muerto un tiempo atrás, y estaban sentadas en un balcón mientras veían la luna, ésta se fue haciendo más grande y vio el rostro de Jesús en la luna, que le habló en árabe: «Soy Dios, Jesús. Tú eres mi hija; no tengas miedo‘. Cuando me desperté, sentí que había una luz en la habitación, algo como, ¡esto es real!». Nunca había escuchado el nombre de «Jesús» ni había tenido contacto con cristianos. «Mi comunidad era 100% musulmana, mis actividades eran ir al centro islámico y memorizar el Corán. Nunca había conocido a gente cristiana en mi vida«, decía. Sin embargo, aquella visión despertó en ella una paz interior desconocida. «Nadie me había hablado de Él antes, pero, cuando escuché Su nombre, sentí que era un nombre hermoso, un Dios hermoso, y sentí paz dentro de mí. Por primera vez, Alguien me amaba, nunca me había sentido amada por mi familia«, explica. Y, motivada por esa experiencia, buscó más información. Encontró un sitio web cristiano en árabe, donde se leía un mensaje que le llamó la atención: «Ama a tus enemigos«. Esa enseñanza le resultó completamente opuesta a lo que le habían inculcado desde pequeña: había que matar a los enemigos, no amarlos. Eso le hizo darse cuenta de que estaba ante un Dios diferente al que le habían enseñado en el islam. A través de esa página contactó con otros creyentes, comenzó a leer la Biblia y se adentró en la nueva fe hasta que, finalmente, decidió convertirse al cristianismo. Aquí tienes el resto de su relato.
Como podemos ver, en la historia de Juman Al Qawasmi hay mucho del recorrido de los Reyes Magos: cosas que no encajan; intuiciones previas a base de preguntas; un sueño; una visión de Jesús que se produce por primera vez; pasos de búsqueda; distintos signos; una palabra para ir por otro camino espiritual (amar a los enemigos, conocer el cristianismo); abandonar una vida de odio (como el que representa Herodes), etc.
Es importante tomar conciencia de que Dios puede emplear medios extraordinarios y que nunca hay que descartar. Como en el testimonio transcrito de una persona común y perteneciente a otra cultura y religión (como los reyes magos) y en el propio viaje de los sabios de oriente, observamos que suele ir precedido de un viaje interior intenso y devoto. Dios siempre responde a quien le busca con fe.
Probablemente Dios usa esta forma de comunicarse para que al alma que la recibe no le quede duda de que procede de Él. El sueño es un momento en el que sabemos que hay una intensa actividad cerebral que no procede de la iniciativa personal consciente. Es un espacio de máxima recogida y silencio interior que Dios puede aprovechar para enviar su mensaje sin que quede distorsionado por los juicios previos de quien la recibe. Para nosotros, como mínimo, es una invitación a buscar el recogimiento y deshacernos de nuestras creencias previas cuando nos ponemos delante de Dios, pues así podemos tener certeza de que la palabra que recibimos viene de Él. A esto se le llamó en la espiritualidad de San Ignacio el ser indiferentes ante los propios deseos, juicios y creencias con el fin de buscar solo la voluntad de Dios, aunque nos valgamos para ello de nuestro entendimiento, que no desaparece nunca; en otras espiritualidades se suele hablar del desapego a las ideas propias. En el Evangelio, directamente se menciona como la máxima de buscar únicamente el reino de Dios para que el resto se nos de por añadidura.
Sabemos por la historia de José, hijo de Jacob, quien tenía el don de interpretar los sueños de Dios y siendo él mismo receptor de múltiples de ellos, que lo recibido en un sueño requiere interpretación. Así lo hace José con los sueños que reciben, primero el jefe de los panaderos y el jefe de los coperos de Faraón, respecto a su destino tras su paso por la cárcel; y después con el propio Faraón sobre el futuro del país, lo que le permite prepararlo para la sequía que llegaría (nuevamente una advertencia).
En Job 33, 14-18, se dice: Dios habla de un modo u otro, aunque no nos demos cuenta: en sueños o visiones nocturnas, cuando cae el sopor sobre el hombre, cuando está dormitando en su cama. Abre entonces el oído del hombre e inculca en él sus advertencias: para impedir que cometa una acción o protegerlo del orgullo del hombre; para impedirle que caiga en la fosa, que su vida traspase el canal.
En el caso de los Reyes Magos no parece haber interpretación alguna. Aquí parece recibirse con una certeza absoluta e inmediata, de modo que la siguen sin demora. Quizá fuera esa posibilidad de que los sabios de oriente recibieran la misma revelación individualmente la que les hizo verlo como algo indubitado o, quizá, lo podamos atribuir simplemente al don de sabiduría que Dios da para que el creyente sepa lo que viene de Él con un sentido tan claro para quien lo recibe que seguir lo revelado es insoslayable.
En todo caso, es una invitación a darnos cuenta de que Dios siempre es más de lo que nuestra consciencia es capaz de aprehender y que Dios lo ve todo y lo sabe todo, de ahí que pudiera advertir a los Reyes Magos de aquello que, hasta ese momento, posiblemente solo fuera una intuición para ellos (Jerusalén y Herodes se habían alterado mucho al recibir la visita de los sabios de oriente y sus palabras posteriores chirriaban un poco por la falta de correspondencia ante el tamaño del evento del mesías largamente esperado y la aparente falta de prisa del rey por ir a adorarlo).
Si los Reyes Magos habían decidido seguir las palabras de Herodes y poner rumbo a Belén en busca del Salvador, quedaba por pensar si su petición de ser avisado él también para ir a verlo era legítima o no. Con esta revelación de Dios en sueños, queda claro que no y los sabios de oriente, enriquecidos personalmente por la sabiduría de Dios, aprenden a posteriori qué parte del material de discernimiento previo venía de Dios y cuál no (en lo que nos ayudaba recordar la dinámica de la parábola del trigo y la cizaña).
Así pues, los Reyes Magos, constatan a posteriori que una parte del mensaje de Herodes había sido cizaña y otra parte de trigo. Son el tiempo y las revelaciones posteriores de Dios las que nos permiten decantar definitivamente las cosas, ya que, tantas veces en la vida, no vienen claras y requieren ese proceso de escrutar y de dar tiempo a que algunas cosas sucedan o se coloquen para tener una perspectiva más definitiva. No queda más remedio, en tales casos, de ir por pasos y seguir solo lo que se vea como más propio de Dios.
Día 21. No desandar el camino🔗
… para que no volvieran a Herodes … La advertencia que en sueños les había hecho Dios a los Reyes Magos tenía una finalidad muy clara: para que no volvieran a Herodes.
Narrativa y teológicamente es claro que Herodes es y representa el mal, por lo tanto, el aviso de Dios a los Reyes Magos, por si quedaran dudas, es para no volver al mal que quedó atrás y atrás debe quedar. No se puede volver a transitar por el mismo camino que se traía porque lleva a un destino de destrucción.
Con ello, el Señor nos habla hoy de no dar pasos atrás; de no desandar el camino; de no perder lo logrado. Nuestro camino está lleno de tentaciones que vienen tan disfrazadas y difíciles de desenmascarar, que Dios mismo tiene que salir al paso para ayudarnos.
Esto es particularmente notorio en las personas con menos recorrido en la fe, incluso siendo bautizadas, en las que las tentaciones del mal, de volver a lo anterior, ejercen en ellas una atracción gravitatoria más grande, pues aún tienen que crecer en gracia para vencer el impulso de esa fuerza. En gran medida, porque aún no son capaces de reconocer del todo la presencia de ese mal en su vida del que deben alejarse.
Los Reyes Magos representan el camino de los alejados que llegan a conocer a Jesús e inician un nuevo caminar, por lo que en sus dificultades podemos contemplar las de cualquier persona que descubre la fe por primera vez o que la retoma con un nuevo acercamiento tras mucho tiempo alejada. No obtante, ningún creyente está fuera de peligro, por lo que esta máxima es aplicable a todo bautizado; desde el más encaminado al más estancado.
Por otra parte, lo que estamos viendo es el contraste entre las dos dinámicas del mal y de la gracia. Mientras que volver a Herodes evoca lo que había sucedido: oscuridad, perturbación, aislamiento, inmovilismo, apego, rabia incontenible, pérdida de control, egocentrismo … en el caso de los Reyes Magos hemos visto lo contrario: dinamismo, discernimiento, alegría incontenible, ponerse en verdad, signos divinos; encuentro con Dios y obediencia.
Lo más importante es saber que Dios ve nuestro corazón y sabe por lo que esta pasando, de ahí que, si es necesario, nos haga advertencias para no retroceder. Pídamosle a Dios que nos envíe advertencias sobre aquellos males que aún no han quedado atrás porque no los hemos percibido así aún. Nuestra sincera petición será escuchada y respondida.
Día 22. Es hora de volver a casa🔗
… regresaron a su tierra… Tras haber tenido un encuentro personal con el niño-Dios a quien han podido ver cara a cara y ser advertidos de no volver a la engañosa vida que representa Herodes, los Reyes Magos se retiraron a su tierra (algunas traducciones usan el término su país).
Narrativamente, parece lógico que, cumplida la finalidad del viaje, se emprenda el regreso al país de origen. Sin embargo, este regresar es algo más que reseñar el dato de emprender el viaje de vuelta.
Si tomamos como referencia la expresión “regresaron a su tierra” rápidamente nos brota en volver a pensar en el humus, es decir, la tierra o el barro del que estamos hechos. Si, en cambio, partimos de la expresión “volvieron a su país”, de modo parecido, nos lleva a pensar en ello, pero en un sentido más amplio: nos invita a pensar sobre el lugar de origen; allí donde se encuentran las raíces personales; las referencias vitales; el entorno personal; la propia identidad, es decir, el entorno en el que se desenvuelve mi yo; el aquí y ahora (que invitábamos a identificar al comienzo de este viaje) donde se realiza; se pone a prueba y se verifica.
Esto es, retornar a la tierra quiere decir regresar al yo; a nuestro barro personal; a la materia de la que estamos hechos; a las circunstancias que conforman nuestra realidad; las creencias que configuran nuestra identidad. Pero se trata no solo de volver al yo como cuando buscábamos en el cofre interior, se trata de volver al yo en su encarnación, en sus circunstancias: hemos mirado dentro del cofre; hemos sacado nuestros “presentes”; se los hemos encomendado al Señor; y ahora él nos envía al lugar de origen con una nueva visión. El movimiento interior se prolonga ahora en movimiento exterior a la propia realidad en todas sus posibilidades habituales, pero bajo la identidad adecuada.
Este retorno se realizará de una forma determinada como se encargará de matizar la mención siguiente del texto al decir “por otro camino”, pero, antes de entrar en ello, es importante caer en la cuenta, una vez más, de lo que ha sucedido y lo que sucede: se trata de volver al yo, y sus circunstancias, una vez nos hemos encontrado con Dios.
Esto es así porque solo podemos retornar adecuadamente a nuestro yo cuando nos hemos encontrado con quien lo creó que es quien, además, puede conservar ese yo en las condiciones óptimas de cuidado y mantenimiento, pues es Él quien conoce perfectamente su configuración “de fábrica” y, como fabricante, no solo da garantía y soporte; es también el que sabe cómo mejor necesita ser mantenido; el ajuste óptimo que necesita tener. La imagen y semejanza de Dios que es nuestro yo requiere el encuentro con Dios para no olvidarla, para guardarla como referencia y prevenir que se desdibuje (es decir no volver a Herodes).
En definitiva, uno puede volver a su propia realidad sabiendo quién es porque sabe quién es tras haberse encontrado con Dios. Es Dios quien le dice, en el niño Jesús, quién es y de dónde viene su ser: es un hijo amado que salió de Dios-Padre de una manera determinada. Si uno mantiene clara esta identidad, no se desconfigura.
Así que, los Reyes Magos, habiendo recuperado su verdadera identidad como hijos adoptivos de Dios, pueden regresar a su lugar de origen sabiendo quiénes son realmente. Dicho de otro modo, pudiendo ser ellos mismos ante los demás y ante las circunstancias.
Porque la fe, en definitiva, trata de esto: de ser uno mismo. Pero ser uno mismo solo es posible siendo lo que Dios pensó sobre uno mismo cuando lo creó. Así que toda nuestra vida consiste en regresar allí de nuevo: no se trata de ser la mejor versión de nosotros mismos, se trata de ser nuestra versión original. La vida consiste en recuperar nuestra identidad y mantenerla: hemos podido perder nuestro verdadero yo, pero la buena noticia es que podemos recuperarlo en el encuentro con Dios. Quien restaura nuestra versión original es Dios porque solo el autor sabe cómo era la obra original.
Día 23. Volver por otro camino🔗

… por otro camino … Los Reyes Magos volvieron por otro camino: el camino de Jesús, porque Él es el camino, la verdad y la vida. De esto se llenaron los cofres de los Reyes Magos una vez los vaciaron para ofrecer todos sus presentes a Jesús.
Cuando me contemplo como hijo amado de Dios, he encontrado el camino para saber amarme y para amar a los demás.
Al haber pasado tiempo con Jesús, vengo amado del corazón, he podido ver cómo me ama Él y, entonces, entiendo cómo debo amarme a mí mismo y cómo necesitan ser amados los demás. Eso abre un camino enteramente nuevo.
Ahora te toca caminar y descubrir este otro camino de Jesús para ti. Felices Reyes Magos.
