El amor de Dios (1): el amor de Dios es la clave de todo

El amor es la clave de tu existencia hasta un punto que aún no has percibido

En un momento determinado, el Cantar de los Cantares expresa la gran verdad sobre todo ser humano: (…) Buscaba al amor de mi alma; lo buscaba, y no lo encontraba. «Me levantaré y rondaré por la ciudad, por las calles y las plazas, buscaré al amor de mi alma» (…) «¿Habéis visto al amor de mi alma?» (…).

Seguramente no te has dado cuenta, pero es lo que buscas. La presencia de amor o desamor en tu vida, en tu pasado y tu presente, lo explica todo. Tienes un ansia insaciable de amor. Tu vida es un grito que dice ¿a quién le importo? ¿Cómo colmar los anhelos que siento?

No suele resultar evidente, pero lo que está en el origen de toda tu orientación existencial, tus actitudes y tus reacciones es la presencia o ausencia de un amor determinado.

Lo buscas al querer sentirte reconocido por los demás; al desear ser escuchado; lo buscas al desear un mundo mejor; lo buscas al querer comprensión; lo buscas cuando deseas compartir algo que te llena; lo buscas cuando te sientes solo; cuando te has sentido abandonado; cuando te sientes poco significativo en el mundo frente a los demás; lo buscas cuando te preguntas cuál es tu lugar en el mundo; a qué merece la pena entregarse; cuando no te sientes digno.

Todo lo que buscas es amor, pero seguramente no te has dado cuenta o quizá no hasta qué punto es la clave de tu existencia. Un amor sin límites, un amor perfecto, un amor activo. Es decir, un amor divino.

Así es, porque todo lo que necesitas es amor, pero no cualquier amor porque tu sed es infinita y solo Dios, que es eterno, puede colmarla. Nadie te ama como Dios porque nadie puede amar como Dios, ya que solo Dios es pleno.

Piénsalo ¿qué ser humano puede conocer todos los recovecos de tu ser y entender lo que vives? ¿qué ser humano sería capaz de decirte lo que necesitas exactamente en el momento justo en el que lo necesitas y de la manera en que lo precisas? ¿a quién podría compartirse todos los secretos, los anhelos y los deseos? ¿quién puede acogerlo todo en todo momento? Nadie más que Dios que es todopoderoso y, por eso, omnisciente.

Decía el Papa Francisco que «Este amor de Dios encierra un gran misterio: Es un amor que no se puede comprender. Un amor que supera toda conciencia. Lo supera todo. Así de grande es el amor de Dios. Un poeta decía que era como ‘el mar sin orillas, sin fondo, un mar sin límites. Esto es el amor que debemos entender, el amor que recibimos«.

La Palabra de Dios está llena de esta constatación del vacío del hombre que solo Dios puede colmar. Es el vino que falta en las bodas de Caná (Jn 2, 1-11); es la cierva que busca corrientes de agua (salmo 41); es la Samaritana que acude al pozo a por agua cada día (Juan 4,5-42).

Por eso, el amor que no vivimos es la causa de nuestros problemas. El amor que no sentimos nos hace perder el camino porque el Amor es el combustible de nuestra vida.

El amor humano es limitado. Nadie ama como Dios

Dios es amor y te ama. Esto lo cambia todo porque en Dios encuentras el amor que nadie más puede ofrecer; con un alcance que los demás no pueden dar.

Llenarse del amor de Dios es saberse ya lleno. Buscarlo fuera de Él es ir al pozo a por agua todos los días.

Cuando te sientes amado de esta manera, cuando permites que Dios te llene con su amor, desaparece la frustración de no encontrar lo que buscas.

En el amor de Dios encuentras tu verdadero ser

Cuando te sientes amado infinita, gratuita e incondicionalmente todo cambia porque recibes aquello que te hace ser; aquello de lo que estás hecho y para lo que estás hecho.

En el amor de Dios desaparece el miedo de mostrarte tal como eres. Es el amor de Dios el que te permite estar tal cual eres, sin velos.

Adán y Eva vivían desnudos en el paraíso porque se sentían seguros. Era el amor de Dios el que lo hacía posible. Cuando entró el pecado en sus vidas, el desamor, tuvieron que taparse, necesitaban protegerse frente al otro, pese a que, hasta un momento antes, habían podido mostrarse uno frente al otro en su desnudez. La relación había cambiado, ya no había un vínculo seguro, ahora había desconfianza, miedo, fragilidad y, con ello, la auto protección.

En Dios, en cambio, podemos mostrarnos como somos en realidad; en nuestra desnudez, que es como decir con toda nuestra vulnerabilidad, porque el amor de Dios es “un entorno seguro”.

El amor de Dios es creíble porque Él no da lo que le sobra, Él se da a sí mismo. Lo mostró llevando su entrega hasta sus últimas consecuencias al morir en la cruz. Es más, lo llevó más lejos aún al cumplir su promesa de descender a nosotros y establecer su morada en nuestro interior para divinizarnos por participación en Él. En alguien así se puede confiar.

El amor de Dios nos permite amar a los demás como necesitan

A menudo, buscamos en los demás el amor que nos falta. Pero nos frustramos cuando no lo obtenemos. El enamoramiento que se pasa y la idea de la dependencia emocional refleja esto muy bien.

Cuando acudes a Dios como tu primer y, en el fondo, único amor, todo cambia porque Él te da antes todo lo que necesitas. Te libera de servirte del otro para llenarte. Podemos decir que, con Dios, venimos amados de casa (Juan 14,23). Entonces, podremos amar a los otros a su imagen y semejanza: libre, gratuita e incondicionalmente.

Entonces ¿cómo llenarse del amor de Dios?

Ábrete al amor que El Señor te quiere mostrar y dar. Seguramente has oído muchas veces hablar sobre el amor de Dios. Sin embargo, no basta saberlo intelectualmente, necesitas que Él te lo haga experimentar. Pídele expresamente que lo haga porque desearlo genuinamente es “darle permiso” para entrar en ti (estoy a tu puerta y llamo, Apocalipsis 3:20).

¿Dónde encontrar el amor de Dios? ¿cómo experimentarlo? Este amor se halla en el encuentro íntimo con Él y, por tanto, en la relación; en el diálogo con Él. Más aún, en «hacerle hueco».

Cuando Moisés caminaba en el desierto con el pueblo de Israel, pasaba tiempo en la Tienda del Encuentro a solas con Dios. Y dice la Biblia que trataba con Él vis a vis como un hombre habla con un amigo. De ese encuentro Moisés salía tan afectado que su cara irradiaba una luz de tal calibre que se la tenía que tapar con un velo cuando salía de la tienda de lo que deslumbraba. Es la muestra de que el amor de Dios llena tanto que nos desborda e ilumina; emerge como una luz interior que sale hacia afuera.

Al igual que Moisés hablaba con Dios como un amigo con otro amigo, exprésate espontáneamente. Pregunta, reflexiona, pide. Ora con cualquier tipo de planteamiento que te brote; en todo el rango de variantes que precises según tu necesidad vital y tu confianza: “¿de verdad me amas?”; “¿de verdad soy digno de amor? realmente nunca me he sentido amado de verdad”; “Dios, ¿qué quiere decir que me amas totalmente?”; “quiero entender y sentir que me amas” o, incluso, ¿“de qué me sirve que me ames”?; “Si es verdad que tu amor lo cambia todo, quiero recibirlo” “Si es verdad que solo tu amor basta, quiero verlo” o “Señor, sé que me amas y eso me basta”; “Señor, ¿qué haría lejos de tu amor? No me dejes”.

Haz de esta oración un hábito estable y observa lo que te va sucediendo cuando mantienes este diálogo interior día tras día. Llegará el momento en el que sentirás claramente esto: Te amo; no como ama el mundo; te amo, te amo de verdad; me alegré cuando llegaste; eres precioso a mis ojos, de gran precio y yo te amo (Isaías 43, 4); te llevo tatuado en la palma de mi mano (Isaías 49,16); me importas tanto que me sé hasta el número de tus cabellos (Lucas 12:7); morí por ti, aunque todavía no lo entiendas del todo.

En el origen, eran los hombres quienes estaban en el Paraíso de Dios. Ahora es Dios quien ha hollado el corazón del hombre para establecer su Paraíso. Hazle hueco. Déjate alcanzar por el amor de Dios para que Él haga su morada en ti. Entonces adquirirás una nueva conciencia que te reconfigurará y te permitirá releer toda la existencia propia y ajena.

También lo puedes notar en cada eucaristía, en la que Jesús actualiza su entrega y te recuerda: Mira, me entrego a ti así, con esta facilidad, escondido a plena vista en pan, porque te amo y me sigo entregando a ti. Me reduzco a pan para hacerme alimento tuyo. Puedes meditar sobre esta entrega cuando vayas a comulgar y convertir aquellas interrogantes en peticiones de respuesta para que Él actúe. Él lo hará porque Él siempre cumple su Promesa.