Parábola de las vírgenes sabias y necias: atención & cuidado

A través de la parábola de las vírgenes sabias y necias, casi al final del evangelio de Mateo, justo antes de la pasión, Jesús no deja de formar a sus discípulos y retoma con ellos un tema capital: el reino de Dios. En esta ocasión, con un gran énfasis en la actitud necesaria para entrar en él.

Parábola de las vírgenes sabias y necias🔗

Dice el evangelio que: Entonces se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes. Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!”. Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: “Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas”. Pero las prudentes contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”. Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo: “Señor, señor, ábrenos”. Pero él respondió: “En verdad os digo que no os conozco”. Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora» (Mateo 25).

La frase clave para entender lo que Jesús quiere transmitir viene al final: las que estaban preparadas entraron con Él.

La fe es una tarea que requiere cuidado🔗

Con la imagen de la parábola de las vírgenes sabias y necias, Jesús nos está recordando que la fe, aunque es don, también es tarea y, por tanto, es una responsabilidad personal que requiere una dedicación a la medida de las circunstancias y donde las decisiones marcan diferencias. Jesús es claro: la actitud que se toma con respecto a la fe marca la diferencia entre entrar o no en el reino de Dios.

Desde el texto, la diferencia entre unas y otras vírgenes apenas reside en que las prudentes llevaron consigo unas alcuzas adicionales con más aceite por si se les acababa el que ya tenían en sus lámparas; mientras que las necias lo fiaron todo al aceite que ya contenía la lámpara que llevaban.

Vemos aquí que existe una decisión diferencial en el cuidado empleado por proveerse de lo necesario para mantener viva la llama. Es decir, este hecho diferencial capta nuestra atención sobre la necesidad de un cuidado diligente en lo relativo a la fe: si nos dejamos llevar por la inercia; si somos permisivos con la pereza; si no prestamos atención; si no estamos en vela (nunca mejor dicho); si nos auto engañamos; si tratamos de vivir del mínimo; entonces, el novio llegará igualmente, pero no será posible estar con él. Nos perderemos la entrada en el banquete y nos quedaremos a las puertas.

La fe es algo vivo y requiere cuidados, cuidados proactivos (como los que muestra Zaqueo en esta escena), no es algo con lo que podamos contemporizar; debe constituir el centro de nuestra vida; es la llave con la que vamos a poder cruzar el umbral para poder vivir al modo divino (lo que únicamente sucede donde mora el novio).

Por lo tanto, hemos de evaluar si el cuidado que ponemos en mantener la llama de nuestra fe es el adecuado.

Solo con lo que llevas, no te da🔗

Uno debe revisar si va a ser suficiente con lo que lleva. Solo con el aceite que viene con la lámpara no es suficiente. Si no es suficiente, no te da. Si quieres un asiento en la mesa de Dios, tu deseo no puede ser teórico, débil, abstracto, genérico, improvisado o laxo. Al revés, deberá articularse concretamente.

Lo que nos está diciendo Jesús es que no se puede ir con el mínimo; hay que llevar un extra. No se puede vivir de rentas del cristianismo o de las vivencias espirituales que en su día se recibieron o disfrutaron. El que no cuida de llenar su alcuza, verá cómo la lámpara se queda vacía de combustible y se le apaga la llama.

Como las vírgenes necias, te quedas fuera si tu fe está en una situación de inercia (palabra que comparte la raíz con inerte).

Has recibido gracias para caminar (son el aceite que te queda o que “viene de serie” con la lámpara), pero hace falta tu colaboración activa para prolongar la llama. Debes proveerte de nuevo combustible. Esto se logra buscando, llamando, pidiendo, rezando, comulgando, sanando, aprendiendo, desasiendo, amando, priorizando… Entonces, lo demás se te dará por añadidura.

La fe es una tarea personal e indelegable🔗

Aunque parezca evidente, por algo se hace patente en el texto que la fe es tarea indelegable. Las vírgenes necias piden a las prudentes algo que estas no les pueden dar. Es una tarea personalísima, indelegable. Los demás no pueden suplir las deficiencias de tu fe. Por mucho que intercedan, te evangelicen y te anuncien, hay un punto en el que debes hacerte cargo tú mismo. Nadie lo podrá hacer por ti.

Y, en gran medida, también es indelegable por su propia naturaleza. Si la fe es encarnada significa también que se realiza sobre tu propia realidad personal, la cual, por su propia esencia, es intransferible ¿Quién puede conocer las circunstancias sobre las que va a operar tu salvación si no únicamente tú mismo junto a Dios?

La fe requiere dedicación, no es una tarea de última hora🔗

En la época de Jesús la situación descrita en el texto era no solo frecuente sino altamente probable: el novio podía llegar en plena noche y en cualquier momento, ya que podía venir de viaje desde una larga distancia para completar el desposorio y eso hacía imprevisible el momento de su llegada.

Por eso hay que estar preparados. No solo porque no sabemos cuándo llegará nuestra última hora, sino porque el Espíritu Santo sopla dónde y cuando quiere y, por tanto, solo el que está en vela y atento se entera de cuándo habla, actúa, con qué signos se presenta, bajo qué luz, etc.

Por tanto, hay que proveer las condiciones para estar preparados porque improvisar en el último momento no es un plan. De hecho, aunque las vírgenes prudentes también se durmieron, estaban listas para reaccionar ante el grito de la llegada del novio, en cambio, las vírgenes necias se quedaron sin margen.

La falta de cuidado tiene un coste de oportunidad🔗

La falta de cuidado; de hacerse cargo; de responsabilizarse uno de su fe tiene un coste de oportunidad.

Por coste de oportunidad se entiende lo que se pierde frente a la mejor opción que deja de realizarse por haber elegido otra peor. En este caso, se pierde uno su propia divinización.

Las personas descuidadas en su fe sufren un coste de oportunidad porque no logran pasar el umbral; no consiguen traspasar la puerta que da acceso a la intimidad con el novio y a sus parabienes, se pierden el gran banquete.

Cuanto más avanza en la fe un creyente más va percibiendo el gran coste de oportunidad de sus decisiones. Esto es progresivo y se va haciendo cada vez más sutil y se va iluminando bajo Luz Divina que se va recibiendo según se aumentan las opciones por Dios. Necesitamos la Luz de Dios porque, de primeras, no sabemos lo que nos perdemos. Somos como ciegos que creen que ven.

Autoengañarse no es una opción🔗

Las vírgenes necias habían decidido no tomarse la molestia de aumentar el aceite de su lámpara con el de la alcuza, pero luego creyeron que podrían pedir que otras personas suplieran sus carencias lo cual no era posible.

Jesús nos está llamando la atención para que no nos hagamos “trampas al solitario”. No existen atajos, la preparación requiere proveerse de los propios medios.

Tarea inaplazable frente a la procrastinación🔗

La escena de la parábola de las vírgenes sabias y necias muestra de una forma muy plástica que la tarea es inaplazable. Actualmente lo describiríamos con ese concepto que se ha asentado de forma tan ilustrativa: procrastinación.

Hemos de dejar de procrastinar y poner medios; organizar nuestra vida en torno a Él; desarrollar un aprendizaje y sanaciones sistemáticos; pedir de continuo la asistencia del Espíritu Santo, etc.

No se trata de perfeccionismo🔗

La parábola de las vírgenes sabias y necias no trata de perfeccionismo. Muchos santos lo supieron bien porque ellos mismos padecieron a veces su propio voluntarismo hasta que el Señor los encauzó.

Pero, qué duda cabe, los creyentes siempre podemos ahondar mejor en el Misterio insondable de Dios; tenemos mucho pendiente por iluminar; un gran crecimiento por delante.

Lo importante es cambiar la inercia por la consciencia; la desidia por la diligencia; la dispersión por la priorización. Sin prisa, pero sin pausa.

El aceite que falta ¿Qué te falta?🔗

Lámpara de aceite de las vírgenes sabias y necias

¿Y cuál es el aceite que te falta? Es esta una pregunta para hacerle al Señor de forma habitual y la respuesta puede tener concreciones muy variadas: medios, actitudes, hábitos, vivencias, interiorización; etc. Hay que preguntarle a Dios en la oración de manera recurrente: Señor, ¿qué más me falta para que no me faltes?

La razón por la que hay que preguntarle al Señor de forma recurrente es porque la labor no terminará hasta que el Señor no nos llame a estar con Él de forma definitiva.

Es posible que, en un momento dado, contemples un buen número de carencias y te resulte abrumador. No tengas miedo, ni te sientas paralizado. Asume que al principio hay más cosas de tu realidad que reorientar y poner al día y que, en todo caso, es una labor sin fin. Tan solo, céntrate en el siguiente paso que Él te muestre. Si le preguntas, Jesús siempre te mostrará cuál es la siguiente tarea. Así lo hizo Jesús, por ejemplo, con el joven rico al que le señaló algo muy concreto; un punto ciego muy específico. Levanta la vista hacia el horizonte que te ha prometido; luego enfócate en la meta y después tan solo confía en el proceso una y otra vez.

Recuerda, además, que en esto no estás solo, ni dependes solo de tus fuerzas: Dios da la gracia necesaria para cada cosa, pues nos da el pan nuestro de cada día. Haz de ello habitualmente el objeto de tu oración de petición. Dios actuará.