¿Para qué rezamos?
En una primera aproximación, oramos para mantener una relación personal con Dios porque la fe no es una idea, es la relación con un alguien. Alguien a quien hay que tratar para que exista una verdadera relación. Y es en relación como se realiza la promesa de Dios cuyo culmen, de hecho, es su unión con el alma, al hacer morada en ella.
Oramos para unirnos a Dios. Para entregarle nuestro ser y recibir el suyo. Para entregarlo todo y obtenerlo todo.
La oración sigue el mismo patrón que la eucaristía. Toda la liturgia eucarística inicial es una preparación para el momento culminante de la comunión. En la misa, primero tratamos de eliminar las resistencias pidiendo perdón por nuestros previos pecados; luego alabamos al Señor por su misericordia en cada paso del rito; todo esto nos va disponiendo para presentar las ofrendas del pan y el vino y pedir que, mediante el sacrificio personal del Señor, se conviertan en su cuerpo para poder comulgarlo, es decir, unirnos con Él mismo sensiblemente mediante su pan, que ya es un pan vivo.
Así es la oración también, la manera en como creamos las condiciones para recibirle y que Él se entregue en unión con nosotros.
Oramos para que se haga realidad la promesa de Dios a la que Él nos invita a creer ¿Y cuál es su promesa? Que seremos dioses (Jn 10, 34-35), si creemos en Él porque Él lo hará mediante la unión con nosotros (Él es el Emanuel, el “Dios con nosotros”).
La morada de Dios no es algo ocasional, así que oramos para mantener la unión, el vínculo. Para permanecer en Él.
Como la Virgen María, podríamos preguntarnos ¿Cómo será eso? La respuesta es: dejándole hacer en nosotros su maravilloso designio ¿Y cómo desvelarlo? Principalmente, en el encuentro con Él, es decir, por la actitud orante (he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según Su Palabra, dice finalmente la Virgen María).
María nos muestra el camino de la fe y de la oración. Toda su respuesta es pura orientación y pura recepción de Dios. No, en vano, ella es la llena de Gracia. Dicho de otro modo, la única que ha podido ser receptora total de la Gracia de Dios, pues no había nada en ella que lo impidiera, es decir, ningún pecado, inclinación o resistencia que la obstaculizara. Así, podemos decir que, en María, se restaura el Paraíso. Ella es divinizada por la presencia de Dios y la palabra del Ángel (enviado del Señor) así lo atestigua, ya que ella es la “llena de Gracia”.
El «sí» de María abre paso a su embarazo de Dios. De algún modo, seguimos su mismo proceso. Cada vez que decimos «sí» al Señor, crecemos en su Espíritu; su Espíritu puede «ocupar» más espacio interior nuestro. Él comienza a crecer en nuestro interior y, al hacerlo, también lo va transformando; va llenando con su bendición nuestro ser y, como María, vamos sintiendo su viva presencia. Dios crece en nuestro interior a la medida de nuestros síes a Él.
Esta transformación la vamos contemplando a través de los distintos fines particulares por los que rezamos. Entre otros, rezamos para ser amados; ser iluminados; ser movilizados; ser limpiados; ser liberados; ser armonizados; ser llenados; ser llamados; ser identificados; ser significados; ser perfeccionados; ser saciados; ser sanados; ser reconciliados; ser acogidos; ser restaurados; ser fortalecidos; ser confortados; ser revelados; ser enviados; ser restaurados; ser preparados… Ser…
Oramos para ser nosotros mismos. Rezamos para ser, para (volver a) ser nosotros mismos. A través de nuestra relación, Él me transmite lo que Él es y, al estar yo en contacto con quien ES, se va transformando mi yo en todo lo que dejó de ser (no-es) por el pecado, para que vuelva a ser como fue hecho. Vuelvo a ser yo mismo cuando vuelvo a su SER. La oración es un continuo volver a Él. A la oración voy con lo que no soy para ser devuelto a la realidad con lo que realmente soy porque mi yo actual no se corresponde con mi yo real y solo Dios sabe cuál es mi yo real al ser Él quien lo creó.
Soy más yo mismo cuanto más estoy con Él. Cobra total sentido, entonces, que Jesús nos diga que oremos todo el tiempo, pues es la manera de traer su presencia obrante a nuestra conciencia. Mediante el orar, recuperamos el ser verdadero que olvidamos ser.
Resuenan de nuevo las palabras de la Virgen María “hágase en mí” que describen un proceso pasivo; de dejarse hacer, que activamos mediante nuestro deseo de abrirnos a Él y estar disponibles a su actuación (“he aquí”). Esto es enormemente alentador porque significa que la fe y la oración son tan simples como un “dejarse hacer” y tan difíciles como querer dejarse hacer. Pero Él lo hace si se lo pedimos.
En el “hágase” de María resuena el eco del “hágase” de la creación de Dios en el Génesis. Para volver al Paraíso, solo tenemos que decir “hágase”.
Para alguien que no haya descubierto esto todavía o que le parezca algo general y abstracto aún, rezar puede resultar extraño o arduo, pero basta con empezar desde lo concreto para que se vaya desvelando; desde lo que vive en ese momento, pues la oración está hecha de la vida, está basada en la realidad que ya se vive, ya que se redime, se salva, lo que se asume, es decir, aquellos aspectos de la vivencia que son conscientes para la persona.
Por eso, hemos de acabar entregándolo todo ante Él. Así se hará realidad lo que dice la Palabra “todas mis fuentes están en ti”.
Oramos para recibir lo necesario de su santidad y reordenar y reorientar cada aspecto de nuestro existir, sea cual sea su naturaleza o dimensión. Debemos acudir, pues, a la Fuente para, en ella, pedirlo y encontrarlo todo.
Encomiéndate para hacer y vivir tus cosas, por pequeñas que sean, y así estarás orando todo el tiempo, como nos dice Jesús, y desde tus circunstancias. Entrégalo todo a Jesús y entonces contemplarás cómo se cumple el “hágase”.
