Por qué orar

La vida de oración no es un acto aislado, sino el pilar central de un auténtico discipulado cristiano encaminado al seguimiento de Jesús. Pero no es un voluntarismo. Entender el porqué de una conducta es comprender lo que nos mueve a hacerla. Tener razones para hacer algo es lo que llamamos motivación. Por eso, es importante profundizar las razones por las que oramos.

La motivación presente en nuestra conducta también se puede analizar en términos temporales de pasado, presente y futuro. Es decir, lo que hicimos, lo que hacemos y lo que haremos.

Pasado. Necesitamos un porqué para entender qué razón es la que realmente nos ha estado moviendo en lo que venimos haciendo. Según la causa que tenga lo que vengo haciendo sacaré unas u otras consecuencias en el sentido de cuestionarlo, cancelarlo, mantenerlo o modificarlo.

Presente. Necesitamos un porqué para mantenernos en lo que hacemos. Justamente porque explica lo que nos mueve, lo que da sentido a aquello que hacemos.

Futuro. Para hacer algo, necesitamos motivación, es decir, un porqué convincente; una razón que nos ponga en movimiento con la fuerza suficiente para tomar impulso.

Encontrar un porqué adecuado y suficiente es importante, ya que la razón que nos mueve a llevar a cabo algo debe ser suficientemente significativa para dar el paso. Dicho de otro modo, encontrar una razón por la que hacer algo es encontrar el motivo de valor que necesitamos para realizarlo.

Esto también sucede con la oración. Si no entiendo por qué rezo, probablemente no solo dejaré de orar, sino que, aunque lo venga haciendo, probablemente no podré alcanzar sus verdaderas posibilidades.

San Juan María Vianney decía que «Todos los males que nos agobian en la tierra vienen precisamente de que no oramos o lo hacemos mal«.

¿Cuál es el por qué la oración entonces? Se ora por tantas razones como tiene el existir, ya que orar es vivir, pero, al menos, podemos fijarnos en algunas que nos motiven a comenzar o a crecer en ella.

Humanamente, oramos porque en Dios encontramos todo lo que es mejor para nuestro caminar.

Teologalmente, oramos porque Dios continuamente nos ama primero y, ante tal experiencia, brota nuestra respuesta a su llamada. Su iniciativa ha merecido nuestra reacción. Aquí la oración de gratitud y de alabanza son el culmen paradigmático.

Vocacionalmente oramos porque nuestro primer mandamiento es amar a Dios sobre todas las cosas y, aunque la oración no agota nuestra expresión de amor por Él, qué duda cabe que poder expresarle nuestro afecto pasa por la oración.

Espiritualmente, oramos porque necesitamos encontrarnos con Dios íntimamente. Porque tenemos una relación con Dios. Y solo hay relación real y personal si hay una comunicación íntima entre nosotros, Él y yo, ya que Dios no es una creencia sobre algo, es Alguien en quien confiar y con quien vivir.

Por eso, esta comunicación no es una mera transmisión de mensajes. Es una transmisión vital, una unión de vida entre Él y yo. Aunque la persona que reza no lo capte desde el principio, en esa unión está la respuesta a todo cuanto anhela. La unión es el culmen de sus promesas.

También oramos porque nuestro deseo es un acto auténtico de nuestra voluntad y, por tanto, una manifestación genuina de nuestra libertad. Esto es importante porque Dios no actúa en nosotros saltándose nuestra libertad. Él aparece llamando ante nuestra puerta y solamente entra si se la abrimos. Cuando le llamamos en la oración expresamos nuestro deseo y, por tanto, orientamos a Él nuestra libertad, entonces es cuando le «damos permiso» para obrar directamente en nosotros y le dejamos que se nos entregue Él mismo y sus dones. Nuestro orar está llamado a ser una expresión genuina de nuestro deseo de Él. Existe una correspondencia directa entre nuestro deseo de estar con Él y su actuar y estar en nuestra alma.

Oramos porque hemos podido descubrir que Dios es el amor de nuestra alma y ansiamos el encuentro.

Oramos porque así expresamos nuestra confianza en Él, la confianza que nos salva. Hemos creído en su promesa de que su sabiduría es nuestro sumo bien, así que acudimos a Él por medio de la oración: para desvelarla a cada paso del camino. Una vez descubierta tal maravilla, asombrados, sentimos claramente la necesidad de acudir a Él para todo y es en la oración donde nos revela la lógica de su sabiduría como lo mejor siempre frente a cualquier otro bien o criterio que se nos pueda presentar para nuestro caminar.

Porque en oración es como caemos en cuenta del obrar de Dios, de su paso y presencia en nuestra existencia. La oración nos hace testigos del poder de Dios y nos permite responder a la llamada por nuestro bautismo de transmitir la Buena Nueva a cuantos podamos y que consiste en contar lo que hemos visto y oído en nuestro encuentro personal con Él.

Oramos para entregarnos, ya que Dios no se da del todo si no se lo entregamos todo. En la oración Él nos va enseñando progresivamente cómo hacer esa entrega personal donde acabaremos dejando que Él lo sea todo para nosotros («el lote de nuestra heredad»).

Rezamos porque orar incrementa nuestra participación en la santidad de Dios. El diálogo con Dios es una de las vías para acrecer la presencia de su Santidad en nosotros.

Porque amamos a nuestros prójimos y queremos interceder por ellos, para que el Señor les conceda la bendición de su gracia.

Porque delante de Dios podemos ser nosotros mismos, tal cual somos y tal cual estamos. Delante de Dios sabemos que podemos mostrar nuestra vulnerabilidad, lo que equivale a mostrarnos sin máscaras, sin velos, en toda nuestra fragilidad, a «cara descubierta»; sin límites. Porque sabemos que su amor es incondicional y gratuito. No solo eso, Él es omnipotente, no tiene las limitaciones que tienen los demás para acoger nuestra entera humanidad. En el Paraíso, por algo estaban Adán y Eva desnudos antes de que entrara el pecado en la existencia. Podían estarlo gracias a Dios. En la oración sucede igual.

Porque queremos ser sanados. La escucha es terapéutica. No hay nadie que escuche mejor que Dios. Cuando somos escuchados de la forma adecuada; en un entorno de amor incondicional, seguro, gratuito y paciente; entonces podemos sanar las heridas del corazón. El amor de Dios es sanador y en la oración así se lo pedimos y lo experimentamos.

Finalmente, oramos porque el propio Espíritu Santo ora en nosotros cuando vivimos en su Espíritu.

Cuando un alma se plantea orar, muchas de estas razones no las siente. Eso no quiere decir que, de algún modo, no las esté experimentando de un modo incipiente o latente. Al menos, en parte. Simplemente no goza aún de la iluminación suficiente para vivirlo como certeza. Esto es porque debe darse todo un proceso donde todo ello se irá recibiendo de manera progresiva, estando marcados los inicios por una mayor sensación de esfuerzo, sequedad e, incluso, inutilidad en algunos momentos. Pero en eso consiste la fe precisamente: en creer que tendrán lugar las promesas de Dios y que todo ello se llegará a experimentar en los tiempos convenientes y con los pasos adecuados, se experimente de una forma sensible o no.

Es importante saber que no todo es voluntad y esfuerzo personal. Dios pone su parte, que siempre es la mayor parte (el «ciento por uno»). Únicamente que al comienzo el alma aún no lo percibe de la manera en que lo hará según vaya recibiendo gracia tras gracia por la oración (Jn 1, 16).