Santiguarse es el gesto que hacemos al trazar la señal de la cruz en tres movimientos realizados de forma seguida, dirigiendo la mano desde la frente hacia el pecho y de aquí tocando el hombro izquierdo para después llevarla al derecho. Además, esto lo hacemos mencionando la invocación de la Santa Trinidad.
Santiguar viene del término latín “sanctificāre” que significa «santificar». Esto nos ayuda a entender un poco más lo que significa este gesto: lo que supone entonces es que, mediante el signo de la cruz, estamos creando una disposición personal para nuestra santificación.
Invocación y poder🔗
Además, al mismo tiempo que hacemos el gesto, realizamos una oración vocal invocando a la Santísima Trinidad: en el nombre del Padre; del Hijo; del Espíritu Santo.
¿Qué es invocar? Invocar es llamar ¿Qué hacemos al invocar a la Santísima Trinidad? La estamos llamando para que «descienda» sobre nosotros y actúe. Por tanto, al santiguarnos, llamamos a Dios para que Él intervenga en nosotros con su poder y nos santifique.
Efectivamente, la fórmula ritual dice literalmente «en el nombre de»: esta expresión comúnmente se entiende como actuar apoderado por otro.
Es decir, en el rito de santiguarnos, tanto por el gesto que hacemos, como por las palabras de invocación, nos hacemos conscientes de que nos abrimos a actuar por cuenta de otro.
Cuando en la Palabra encontramos una invocación a Dios, es una llamada a que su poder actúe.
Así, en una escena, el Evangelio relata que andaba el Señor por la orilla del lago de Galilea y se amontonó tanta gente alrededor suyo que, para tomar algo de distancia, se subió a una barca de Pedro atracada en la orilla y le pidió apartarla un poco en el agua para que el gentío pudiera oír su enseñanza. Después, le dijo: —Lleva la barca a la parte honda del lago, y lanza las redes para pescar; y Pedro le respondió —Maestro, toda la noche estuvimos trabajando muy duro y no pescamos nada. Pero, en tu nombre (por tu palabra o como tú mandas), voy a echar las redes. E Hicieron lo que Jesús les dijo, y fueron tantos los pescados que recogieron, que las redes estaban a punto de romperse (Lc 5, 1-6).
En el Nuevo Testamento también la encontramos en otras situaciones en el mismo sentido, como cuando los apóstoles le cuentan a Jesús muy alegres que los demonios se sometían a ellos «en su nombre»; del mismo modo, cuando Pedro y Juan sanaron a un lisiado que pedía limosna (Hch. 3, 2), lo hicieron en el Nombre de Jesucristo.
En cierto sentido, santiguarse es provocar. La primera acepción del término «provocar» es «producir o causar algo». Quizá podría parafrasearse como «llamar a» algo. Se trataría, entonces, de llamar a Dios para que haga algo, para que intervenga y cause algo en nosotros con su poder.
Así que, cuando hacemos el gesto de la cruz, no es un acto de trámite que hay que cumplir, sino un acto de acogida porque te estamos poniendo en manos de Dios, pidiendo que actúe en nuestra alma según lo que vayamos a vivir tras hacer la señal.
Si nos fijamos, lo primero que hacemos en la eucaristía es el rito de santiguarnos. Esto no es casual. Lo primero que hacemos es “llamar a Dios” para que Él venga sobre nosotros. Esta llamada a Dios en la eucaristía culminará con la efusión de su Espíritu y la comunión de su cuerpo y sangre, que serán nuestro alimento. En este sentido, la eucaristía es toda una demostración real sobre cómo comenzamos llamando a Dios y Él viene al descender sobre las especies y convertirlas en su cuerpo y su sangre. Tomar conciencia de ello nos puede ayudar a entrar un poco más en el misterio de este sacramento y vivirlo con unción. En la eucaristía nos damos cuenta de que lo que acontece no procede de nosotros, es Dios quien desciende, por eso le invocamos, porque Él va a venir materialmente («ven Señor Jesús» decimos tras consagrar). Esto se prolonga en nuestra vida cotidiana donde debemos llamar al Espíritu Santo continuamente para recibir el manantial de agua viva.
Santiguarse, oración corporal🔗
Hay otro aspecto maravilloso de santiguarse en el que quizá no has caído en la cuenta. Al hacerlo, además, estamos orando con nuestro cuerpo, es decir, estamos expresando también físicamente la llamada. Si nos fijamos, de este modo, estamos orando claramente con todo nuestro ser corpóreo e incorpóreo.
Y lo mejor de todo es que forma parte del acervo de la Iglesia de forma inmemorial. Podríamos decir que la Iglesia consagró esta forma de orar que permite a nuestra alma integrar tan bien lo físico con lo espiritual.
Observa cómo te santiguas🔗
Ahora tómate un momento para pensar o visualizar cómo te santiguas tú normalmente. Simplemente toma conciencia de ello, sin valorarlo.
El propósito es que confirmes o caigas en la cuenta, si no lo has descubierto ya, de la trascendencia que puede tener en ti este gesto sencillo, pero no simple, vivido en su sentido auténtico.
Tal vez, te descubras a ti mismo haciéndolo en general de forma apresurada, rutinaria o simplemente inconsciente. No te culpes, lo importante ahora es adquirir una nueva perspectiva sobre ello o reforzar la que ya tienes. Lleva esta atención sobre su sentido siempre que puedas cuando vayas a santiguarte, aunque sin caer en el escrúpulo.
No hay oración que cueste menos que santiguarse: hacerla con unción solo supone elevar tu pensamiento a la Trinidad por un instante y tomar conciencia de lo que acontece al realizarlo.
Ya siempre, cuando vayas a orar; o cuando vayas a celebrar la eucaristía; o cuando vayas a bendecir, piensa que estás invocando, llamando, provocando. Y no a algo o ti mismo, lo haces al propio Dios. Él cruzará el umbral que le abres cuando lo llamas para que derrame sobre ti la bendición que Él tiene pensada según el cuidado que necesita el estado actual de tu corazón.
Para aumentar tu sentido de ello, cuando lo hagas en tu intimidad o fuera de las fórmulas rituales oficiales sacramentales, etc. (que siempre hay que hacer como la Iglesia dispone, no como uno considera), también te podría servir sustituir el decir «en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» por «en tu nombre, Padre; en tu nombre, Hijo; en tu nombre Espíritu Santo» o «en vuestro nombre, Padre, Hijo y Espíritu Santo». Santiguarse así puede ser una forma de ayudarte a vivir la fe desde el Dios personal de una forma muy accesible. Dios nos ha invitado a dirigirnos a Él como un «Tú» y esta es una manera discreta de vivirlo.
Si te animo a esto último es porque, a menudo, mantenemos una visión impersonal de Dios, lo cual constituye una verdadera barrera para lo estás verdaderamente llamado a experimentar. La fe puede comenzar por una creencia, pero solo progresa, crece, se entiende, si evoluciona a la relación a la que está llamada a ser desde el comienzo.
