¿Qué condiciones debe reunir un discípulo de Jesús cuando hace apostolado?
Las escrituras nos ofrecen muchas escenas que caracterizan a la persona que evangeliza, así que nos vamos a detener con brevedad en algunas que nos facilitan un cierto perfil del evangelizador que estamos llamados a ser.
Nos detenemos en las condiciones que, como disposición personal, debe tener la persona que quiere comunicar el evangelio a otra, principalmente. Posteriormente veremos los rasgos del apóstol en una dimensión más relacionada con su despliegue.
Condiciones del evangelizador🔗
Conversión🔗
Dice San Pablo: “sois carta de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo”. El discípulo del Señor que se precia de ser tal, siempre está en conversión continua y a la escucha del Espíritu Santo para obrar según su designio.
Somos obra de Dios y, como se nos exhorta al final de misa en las solemnidades, damos gloria a Dios con nuestra vida ¿por qué? Porque si dejamos que Dios obre en nosotros, somos obra suya y todo lo que es obra suya le da gloria y le complace.
Cuando nos dejamos transformar por Dios es cuando brillamos, ya que como el mismo Jesús nos dejó dicho “somos la Luz del Mundo”. Lo primero de todo es la conversión continua.
Ardor🔗
El apóstol tiene un corazón ardiente. El discípulo arde en deseos de comunicar lo que ha experimentado. Se vuelve testigo porque comunica lo que ha visto y oído a su Padre.
Tiene el corazón inquieto por anunciar la Buena Nueva porque siente que debe “dar gratis lo que ha recibido gratis”: nada menos que don de Dios derramado en el corazón: el mismo Espíritu Santo que obra maravillas en cuantos lo hospedan como su verdadero anfitrión.
¿No ardía tu corazón? se preguntaban los discípulos de Emaús. El corazón de un apóstol arde por Jesús. Si quieres que arda tu corazón, ora con La Palabra. Jesús les dejó el corazón en llamas mientras se las iba explicando a los discípulos.
Testigo🔗
Cuando la Samaritana se encontró con Jesús y entendió lo que había hecho con su vida hasta que conoció a Jesús y lo que Jesús había hecho al ayudarle entender que Él era la respuesta al anhelo de su corazón, acudió al pueblo y anuncio al resto de sus vecinos lo que había encontrado en Jesús diciendo «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?» (…) En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho».
Cuando los apóstoles salen a anunciar el Evangelio en Pentecostés, los asistentes les oyen hablar de las grandezas de Dios en su propia lengua, es decir, es un modo que pueden entender. Los apóstoles comunican las grandezas de los signos de los que han sido testigos.
Disponibilidad🔗
Estar disponible para Dios es uno de los rasgos más importantes. Uno debe caminar con la convicción de que Dios quiere valerse de él para tener una palabra con personas que salen al encuentro a tiempo y a destiempo como dirá San Pablo, apóstol de los gentiles.
La Virgen María es el paradigma de la disponibilidad. En cuanto recibe la Palabra del ángel, lleva el anuncio encarnado del verbo a su prima Isabel inmediatamente. Ambas primas se anuncian y se confirman sus respectivas experiencias de Dios. Es precioso.
Orante🔗
Cuando la Sagrada Familia acude a la presentación en el templo, se encuentran con la profetisa Ana, mujer entrada en edad que no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día, de modo que estuvo lista y preparada para reconocerlo. Cuando conoció a Jesús, hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.
Lo que nos transmite el Evangelio en este punto con la profetisa Ana es que un creyente debe ayunar de todo lo que no es Dios y tener una relación personal con Él mediante la oración, teniendo, además, su centro de gravedad en el Señor como templo de su Espíritu.
La misión brota de la oración y la oración se enriquece con la misión.
Atención🔗
Un apóstol es alguien que está atento a las oportunidades que se presentan para evangelizar y que surgen de la contemplación de la realidad tanto como de la misma palabra de Dios (acaso ambas cosas sean lo mismo).
Cuando San Pablo está en Atenas esperando, aprovechaba para “discutir” en la sinagoga con los judíos y con los adoradores de Dios y diariamente en el ágora con los que allí se encontraban y anunciaba a Jesús y la resurrección.
Cuando es llevado al tribunal del Areópago por hablar de Dios frente a los ídolos, San Pablo afirma que había sido paseando y contemplando como había percibido que en sus monumentos sagrados, se encontraba incluso un altar con esta inscripción: “Al Dios desconocido” y que eso que ellos veneraban así sin conocerlo se lo anunciaba él.
La mirada contemplativa de San Pablo le permitió ver una oportunidad en lo que veía y que, en principio, le irritaba. Transformó un motivo de condena en una posibilidad de salvación.
Confianza🔗
El apóstol del Señor es un discípulo confiado. Debe confiar en las mociones que recibe para anunciar la palabra a quienes tiene delante. Muchas veces le parecerá que el escenario no puede ser menos receptivo a la Palabra de Dios, pero en eso radica la confianza en gran medida: en actuar en el nombre de Dios siguiendo su envío.
Cuando Pedro está en el lago Tiberíades, pasa toda la noche junto a sus compañeros sin pescar nada, pero, cuando aparece Jesús, este le dice que vuelva a echar las redes durante el día ya (cuando peores son las condiciones para pescar). Pescaron tanto que apenas cabían en las barcas.
Te puede parecer que tener una palabra en nombre de Jesús con una persona a la que percibes alejada es algo estéril, pero si lo haces en nombre de Jesús, pescarás. Los pescadores de hombres no pescan solo con su saber, hacen lo que Jesús les dice.
Desinstalación🔗
Evangelizar requiere actuar a tiempo o a destiempo. Esto implica desinstalación personal. Salir de la propia comodidad y seguridad, tomar riesgos.
Cuando Jesús expone la parábola del Buen Pastor como paradigma del evangelizador, nos está diciendo que es el pastor quien va en busca de la oveja, no se queda en el corral esperando a que ella encuentre el camino a casa y vuelva. Está extraviada, necesita ayuda.
Evangelizar puede resultar incómodo. Pone a prueba nuestra identidad y compromiso. Pero si no arriesgamos (como arriesgó Jesús al dejar a las otras noventa y nueve ovejas aseguradas), no saldremos verdaderamente al encuentro de las personas extraviadas.
De esto se trata cuando el Papa Francisco hablaba de la Iglesia en salida. Es un éxodo personal al que nos llama Dios por amor al resto de sus ovejas.
Hay que remar mar adentro, no quedarse en la orilla de las paredes parroquiales, de tu comunidad o de tu movimiento.
Pobreza🔗
Jesús envió a los discípulos a predicar en las aldeas cercanas en unas condiciones muy determinadas: sin muda, sin alforja, sin bastón. Es decir, sin apoyos humanos y con lo justo.
Dios, a menudo, incluso elige a personas limitadas para manifestar su gloria y poderío: Moisés, David, San Pablo fueron personas que proclamaron la Buena Noticia siempre en situaciones que los desafiaron muchas veces, pero que superaron por el poder de Dios.
Es la Gracia de Dios la que convierte los corazones no nuestras especiales habilidades o impresionantes medios. Lo que debe primar es la fe en la acción de Dios en los corazones y no tanto en la fortaleza de los medios humanos y materiales.
A los discípulos de Jesús les sucedió algo parecido. Cuando estaban en el monte, su tendencia fue a que la gente se buscara la vida para satisfacer su hambre, pero Jesús les cambió el planteamiento y les dijo: dadles vosotros de comer.
Ellos confiaron y nuevamente tuvieron que actuar con escasos de medios y con la fe de que Jesús actuaría con lo poco que tenían: unos pocos panes y peces para miles de personas. Jesús actuó y sobró. Recuerda: suma lo que tienes y deja que Dios lo multiplique.
Compromiso🔗
Cuando Jonás recibió el encargo de predicar en Nínive, inmediatamente huyó y acabó en el vientre de un gran pez durante tres días.
Huir de nuestra vocación por el bautismo no es la respuesta adecuada. Cuando Jonás pudo recapacitar, a pesar de sus resistencias interiores, acabó haciendo lo que Dios quería de él y un gran número de habitantes de aquellas tierras recibieron la Palabra de Dios.
Los mismos apóstoles, cuando Jesús murió, se encerraron por miedo a los judíos, pero cuando recibieron la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés, con sus dones, lo primero que hicieron fue salir a anunciar con compromiso.
