Reflexión para comenzar el curso, como buenos discípulos del Señor, publicada en la hoja parroquial de San Vicente Ferrer, Madrid.
El tiempo se nos ha dado para ser obra de Dios. Por ello es importante experimentar los tiempos como ocasiones para el crecimiento personal. El regreso tras el verano es como una vuelta al trabajo y un nuevo comienzo.
Partiendo de la Biblia, como nuestro idioma común, el regreso estival es una génesis personal y podemos retomar este nuevo tiempo del mismo modo. Así, en el Génesis, a Adán, que significa «hijo de la Tierra», Dios le lanzó una pregunta: «¿Dónde estás?».
Pero ¿Por qué esa interrogante? En primer lugar, porque eres tierra a partir de la cual Dios crea la obra que eres. La acción del alfarero moldeando la tierra arcillosa es la imagen que representa el proceso de la fe. Somos la tierra que moldear. Pero, por las consecuencias del pecado, somos una tierra endurecida. Y, para que la árida tierra sea moldeable, es preciso un agua que la haga blanda y maleable que acabe siendo lo que Dios llamaría un «corazón de carne».
Esto, que comienza con nuestro bautismo, continua posteriormente con la lluvia de la Gracia que, como dice la Palabra, cae sobre justos e injustos (Mt, 5,45). El agua de Dios hace que nuestro corazón sea maleable para devolverlo a su ser genuino; para que adquiera la forma debida, perdida a lo largo del tiempo por las deformaciones experimentadas.
Responder a la pregunta «¿Dónde estoy?» es el punto de partida que nos da Dios para disponer Él y nosotros del material y las condiciones adecuadas para trabajar nuestra tierra (la fe es don y tarea a la vez), pues yo soy yo y mis circunstancias y si no las salvo a ellas, no me salvo yo (José Ortega y Gasset). La fe es un hacer y un dejarse hacer.
Es una obra desafiante porque en ella la criatura es a la vez objeto y sujeto; obra y obrador. Pero estamos de bienaventuranza porque nuestro Creador está implicado en el proceso y Él pondrá la mayor parte. Y, sobre todo, pondrá aquello que nosotros no podemos darnos porque no se puede ser divino sin contar con la propia sustancia divina: la gracia.
Así que hemos de comenzar el curso con la perspectiva adecuada: que, durante este tiempo, voy a ser la tierra de Dios sobre la que Él va a moldear para sacar una figura que refleje su imagen de manera semejante a como un sello de lacrar deja su huella en una cera caliente. Cuando Dios deja su impronta en nosotros está imprimiendo su identidad personal y, al hacerlo, nos envía como su linaje. Llevamos su sello personal. Esto es la santificación, a la que estamos llamados. Comencemos con la convicción de que Dios quiere dejar su firma en nosotros como el pastor que deja su marca en sus ovejas.
No podré mantener esta conciencia de ser obra de Dios si no busco que Él sea lo primero en todos los aspectos de mi vida. Absolutamente en todos. Esta es precisamente la razón de ser del primer mandamiento y de que su “modo de empleo” sea con todo nuestro ser. No con parte. Con todo. Que Dios sea amado por encima de todas las cosas es, en primer lugar, porque Dios lo merece, como no puede ser de otra forma; pero, inmediatamente, en segundo lugar, porque la criatura no puede tener vida eterna si no participa del mismo ser de su Creador como el sarmiento recibe la savia de la vid en la que hunde sus raíces.
Para que Dios sea todo en nosotros (1 Corintios), lo primero es entregarle nuestro corazón. Es lo que Él pide (Mateo 15, 8-9; Isaías 29, 13). El corazón es nuestra vida y nuestra vida son nuestras circunstancias. Nuestras circunstancias son las motas de polvo que conforman nuestra tierra. No otra cosa es la humildad, que viene del término humus, que significa tierra. Ser humilde es entrar con verdad en nuestra realidad.
Así que, Dios nos pone deberes. Tenemos el deber de mantener esta pregunta «¿Dónde estoy?» Como es una pregunta de ubicación existencial, el «dónde» es sinónimo del «cómo». Juega con estos dos términos. Responder a ello es facilitar el agua que reblandece la tierra con la que el Alfarero te va a moldear. A su vez, trata de ser incisivo para que su lluvia entre por esas rendijas y cale (Jn 8,37). Cuanto más concretas sean nuestras preguntas, mejor, al fin y al cabo, la obra de Dios que somos es una joya de orfebrería.
Preguntas del tipo ¿Cómo o dónde estoy en mi relación con Dios? ¿En mi oración le entrego mis circunstancias o está vacía? ¿Cuándo ha sido la última vez que le dije que le quería? ¿Qué me dicen de mi relación con Dios los patrones de conducta que sigo? ¿Vivo las dificultades como ocasión de abandonarme en Dios o con desesperación? ¿Vivo en la confianza o en el control? ¿Me guardo el tesoro de la fe o lo transmito a otros fuera de las paredes de la parroquia? ¿Mi vivencia de las fiestas religiosas son, esencialmente, una mera interrupción de obligaciones o una experiencia espiritual? ¿Qué material me proporcionan mis reacciones? ¿Son mis miedos ocasión para la confianza? ¿Estoy dispuesto a caminar sobre las aguas o solo en tierra firme? ¿Remo mar adentro o me mantengo en la orilla de las cosas? ¿Me trato como Dios me trata?
Dios conoce las dificultades de nuestra situación, de modo que no la condena. Más bien, la ama. Él quiere salvar. Al lanzar una pregunta nos hace sujetos activos, junto con Él, del proceso de nuestra salvación mientras la respondamos. Además, es también una herramienta: es a través de las preguntas como avanzamos porque las preguntas cuestionan la realidad personal tal cual está asumida y la somete a revisión para poder hacer los ajustes necesarios en todo tipo de aspectos. Así, hasta que nuestra vida sea expresión de su Gloria. Feliz comienzo de curso ¿dónde estás?
Si te es difícil saber por dónde empezar, quizá te ayude también esta matriz de DAFO que se desarrolla en esta otro contenido.
