De entre los motivos de evangelización relacionados con nosotros mismos, una última razón es que hemos de evangelizar porque constituye un deber esencial de los padres cristianos para ejercer completamente el encargo de Dios de cuidar de sus hijos.
Cuando Dios habla al pueblo de Israel y establece que el primer mandamiento es amarlo con todo el ser y en todo momento, menciona explícitamente el deber de la transmisión de este deber de hacer de Dios lo primero de todo a las siguientes generaciones.
Efectivamente, en dicha lectura se dice expresamente: Estos son los preceptos, los mandatos y decretos que el Señor, vuestro Dios, me mandó enseñaros para que los cumpláis en la tierra en cuya posesión vais a entrar, a fin de que temas al Señor, tu Dios, tú, tus hijos y tus nietos, observando todos sus mandatos y preceptos, que yo te mando, todos los días de tu vida, a fin de que se prolonguen tus días. Escucha, pues, Israel, y esmérate en practicarlos, a fin de que te vaya bien y te multipliques, como te prometió el Señor, Dios de tus padres, en la tierra que mana leche y miel. Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Estas palabras que yo te mando hoy estarán en tu corazón, se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado; las atarás a tu muñeca como un signo, serán en tu frente una señal; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portales.
En el punto ocho, de la encíclica Castii Connubii, el Papa Pío XII encuadraba en dicho documento este deber: «No acaba con el beneficio de la procreación el bien de la prole, sino que es necesario que a aquélla se añada la debida educación. Porque, en verdad, no hubiera Dios, sapientísimo, provisto suficientemente a la prole, ni por lo mismo a todo el género humano, sí no hubiese encomendado el derecho y la obligación de educar a quienes dio el derecho y la potestad de engendrar. Porque a nadie se le oculta que la prole no se basta ni se puede proveer a sí misma en las cosas pertenecientes a la vida natural, y mucho menos en las que atañen a la vida sobrenatural, sino que, durante muchos años, necesita el auxilio, la instrucción y la educación de lo demás. Y es evidente que, por disposición natural y divina, el derecho y el deber de educar a la prole pertenece, en primer lugar, a quienes, al engendrarla, dieron comienzo a la obra de la naturaleza, ya que, si la dejaran incoada e imperfecta, la expondrían a una ruina segura, y esto se les prohíbe en absoluto. Ahora bien, a esta tan necesaria educación de los hijos se proveyó de la manera más perfecta, posible en el matrimonio, por el cual» estando los padres unidos entre sí con vínculo indisoluble, se hallan siempre a mano sus buenos servicios y mutuo auxilio».
Fijémonos en cómo el Papa Pío XII califica de obligación de educar a la prole en las cosas divinas, ya que, si esta ni siquiera se basta a sí misma para las cosas convencionales, mucho menos en las sobrenaturales. A continuación, la fundamentación de la obligación sube de nivel porque no es solo que sea una obligación proveer de lo necesario en el orden sobrenatural como análogamente lo es en el natural, es que a los padres les está prohibido dejar imperfecta la obra de Dios que han iniciado al recibir la capacidad de procrear y, por así decir, participar en el obrar divino de forma tan singular. Esta afirmación es un correlato de la máxima evangélica de ser perfectos como el Padre es perfecto.
Además, observamos que sucede algo maravilloso: Dios no solo quiso que el ser humano colaborara con él para cada nueva criatura (procreación), sino que, además, cuenta con Él para lograr la recreación de su criatura como hijo suyo por el bautismo y a lo largo de su vida posterior (pro recreación, podríamos decir).
A través de su Espíritu Santo, Dios sigue moldeando a su criatura para hacerla imagen y semejanza suya. Quiere Dios hacer esta labor junto con el ser humano y a través del ser humano, compartiendo su obra con Él; haciéndole partícipe de su propio obrar ¿no es algo inefable poder participar de la obra de Dios? La mayor parte de los padres perciben esto como el deber que se les anuncia, pero también sería bueno que lo percibieran como un privilegio que se les hace.
Debemos notar aquí algo muy importante: los hijos son de Dios más que de los padres. Él no los encomienda con una misión, no es un regalo para disponer de el como consideremos o negligentemente.
Por su parte, la Iglesia, en el Concilio Vaticano II, dice expresamente en el número treinta y cinco de la constitución dogmática Lumen Gentium que:
«En esta tarea resalta el gran valor de aquel estado de vida santificado por un especial sacramento, a saber, la vida matrimonial y familiar. En ella el apostolado de los laicos halla una ocasión de ejercicio y una escuela preclara si la religión cristiana penetra toda la organización de la vida y la transforma más cada día. Aquí los cónyuges tienen su propia vocación: el ser mutuamente y para sus hijos testigos de la fe y del amor de Cristo. La familia cristiana proclama en voz muy alta tanto las presentes virtudes del reino de Dios como la esperanza de la vida bienaventurada. De tal manera, con su ejemplo y su testimonio, arguye al mundo de pecado e ilumina a los que buscan la verdad».
En este caso, el magisterio conciliar añade la dimensión vocacional y testifical. Los padres evangelizan a sus hijos para realizar su propia vocación como padres y, además, como testigos.
Este último matiz en la transmisión de la fe es de toda importancia porque establece una clave de calidad: los padres no solo transmiten la fe como una forma de educar, en realidad, lo hacen como testigos que dan fe de lo que han visto y oído, es decir, de su propia experiencia.
Cuántas veces los padres creen que la transmisión de la fe es una cuestión de educación más que de vivencia. Es comprensible, porque nadie puede dar lo que no tiene aún y muchas veces los padres tienen una fe de mínimos o aún con claro margen de desarrollo porque ellos mismos deben ser evangelizados.
En todo caso, sin perder de vista que la educación, incluida la religiosa, también es vehículo para la fe, lo cierto es que la fe que no está viva no tiene la misma virtuosidad para transmitirse que la que sí lo está. Los hijos que reciben una fe vívida la naturalizan como por ósmosis. En cambio, los padres, que la reducen a una mera cuestión de educación, a menudo, la delegan en otras instituciones, como la parroquia y el colegio, lo que demuestra su falta de viveza. Pero la dinámica debería ser inversa: los padres deben ver en otras instituciones la continuidad y complementariedad, un apoyo aunque sea relevante, a lo que ellos tratan de comunicar y sembrar y que ya deberían estar haciendo, pues si los hijos se fijan en los padres para aprender a vivir, cómo no lo harán para experimentar la vida eterna por la relación con Dios.
En la visita de María a su prima Isabel, la Virgen hace mención a cómo la misericordia de Dios se transmite de generación en generación (dirá que su misericordia llega a sus fieles de generación en generación) y, aunque no se limita a referirlo a la familia, como bien dice la doctrina de la Iglesia, el primer ámbito para ello es la propia familia por naturaleza, proximidad y oportunidad.
La vivencia de la fe sigue la dinámica de la parábola de los talentos. A través de esta imagen, Jesús nos advierte que los talentos que no se ponen en juego deprecian su propio valor y llevan al perecimiento. Eso es así porque la inflación hace perder valor al activo actual si no rinde intereses pues la funcion de los intereses es tanto rentar el activo por encima de su valor como mantener su valor de modo que no se devalúe por el coste de vida que va subiendo. Del mismo modo, la fe es un activo que requiere una gestión activa, pues cuando se mantiene pasivamente, el coste de la vida (las dificultades, los contratiempos, las limitaciones), la van haciendo perecer poco a poco, casi sin notarse.
Con la fe en familia sucede otro tanto si se descuida su esencia. A veces se puede advertir de forma inter generacional cuando los abuelos fueron grandes amigos de Jesús, pero sus hijos ya no tanto, para la tercera generación el alejamiento de la fe es generalizado. La clave de todo esto está precisamente en una fe viva que siga la clave de la sal a la que estamos llamados a ser, pues si la sal se vuelve sosa no sirve más que para echarla afuera y que otros la pisoteen. Efectivamente, lo soso es aquello que carece de sabor. Si lo aplicamos a la vida de fe, una fe insípida es aquella que “no dice nada” porque no sabe a nada, de modo que pierde su valor intrínseco y, en cuanto, vengan otros, la pisotearán de forma análoga a como los pájaros se llevan las semillas sembradas en terreno baldío.
