Si en otra reflexión anterior hacíamos referencia a que la evangelización es, en primer lugar, una respuesta al amor que tiene Dios por nosotros y que evangelizamos por amor a Dios, vamos a ver también cómo el apostolado es cuestión vital para sobrevivir en la fe. Recuerda, evangelizar no es opcional.
Como bautizados, la llamada a dar testimonio y evangelizar a los demás forma parte de nuestra propia identidad.
Efectivamente, evangelizar es una tarea que nos viene dada por el propio bautismo, ya que, en cuanto hijos de Dios, somos “sacerdotes, profetas y reyes”. De este triple oficio, la de ser profetas es probablemente la que mejor describe nuestra condición de evangelizadores.
Como enseñaba San Juan Pablo II en Christifidelens Laici: La participación de los fieles laicos en el triple oficio de Cristo Sacerdote, Profeta y Rey tiene su raíz primera en la unción del Bautismo, su desarrollo en la Confirmación, y su cumplimiento y dinámica sustentación en la Eucaristía (…). Se trata de una participación donada a cada uno de los fieles laicos individualmente; pero les es dada en cuanto que forman parte del único Cuerpo del Señor. En efecto, Jesús enriquece con sus dones a la misma Iglesia en cuanto que es su Cuerpo y su Esposa. De este modo, cada fiel participa en el triple oficio de Cristo porque es miembro de la Iglesia (…).
Así es, el ministro del bautismo, tras ungir con el Santo Crisma al recién bautizado, le proclama sacerdote, profeta y rey con la siguiente fórmula: Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que te ha liberado del pecado y dado nueva vida por el agua y el Espíritu Santo, te consagre con el Crisma de la salvación para que entres a formar parte de su pueblo y seas para siempre miembro de Cristo, sacerdote, profeta y rey.
Veamos qué supone cada uno de estos oficios:
- Sacerdotes: Los bautizados comparten el sacerdocio de Cristo, lo cual no significa que todos sean sacerdotes ordenados, sino que viven haciendo de su vida un acto de consagración y entrega a Dios en todo. Es decir, no hay resquicio de su existencia que no esté orientado a dar gloria a Dios (ya sea que comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios, dice San Pablo en 1 Corintios 10,31).
- Profetas: ser profeta implica anunciar y testimoniar a Dios de vida y de palabra. El Catecismo de la Iglesia Católica establece que: «Cristo […] realiza su función profética no sólo a través de la jerarquía […] sino también por medio de los laicos. Él los hace sus testigos y les da el sentido de la fe y la gracia de la palabra» (904). Seguidamente, dice que: “Los laicos cumplen también su misión profética evangelizando, con «el anuncio de Cristo comunicado con el testimonio de la vida y de la palabra». «Este apostolado no consiste sólo en el testimonio de vida; el verdadero apostolado busca ocasiones para anunciar a Cristo con su palabra, tanto a los no creyentes […] como a los fieles» (905).
- Reyes: El bautizado que aprende primero a gobernarse a sí mismo según la Sabiduría de Dios, sirve también a los otros para su bien, pues el reino de Dios se abre paso por el amor de Dios. En este sentido, dice el Catecismo que: el Pueblo de Dios participa, por último, en la función regia de Cristo. Cristo ejerce su realeza atrayendo a sí a todos los hombres por su muerte y su resurrección (cf. Jn 12, 32). Cristo, Rey y Señor del universo, se hizo el servidor de todos, no habiendo «venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28). Para el cristiano, «servir a Cristo es reinar» (LG 36), particularmente «en los pobres y en los que sufren» donde descubre «la imagen de su Fundador pobre y sufriente» (LG 8). El pueblo de Dios realiza su «dignidad regia» viviendo conforme a esta vocación de servir con Cristo (786).
Es importante conocer esta triple condición, naturaleza y oficio (entrega, anuncio y servicio) adquirida por el bautismo, pues tenerla presente nos ayuda, primero, a discernir si nuestra vida de fe responde a su vocación original por el bautismo; segundo, a caer en la cuenta de la inmensa dignidad que supone ser bautizado, lo que nos hace automáticamente sacerdotes, profetas y reyes; tercero, a vertebrar el desarrollo de nuestra misión dentro de la Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo, pues, si somos imagen y semejanza de Cristo, deberemos realizar esa imagen y semejanza desarrollando tales oficios como ministerios propios.
Si volvemos sobre los profetas del Antiguo Testamento, recordaremos que su función esencial era ser portavoces de Dios. Es decir, portadores de la voz del Señor, portadores de la palabra de Dios para que el Pueblo viviera consagrado a Él, la única manera de “volver al Paraíso”.
Nos dice el Señor en el evangelio que no hubo profeta más grande que Juan El Bautista. Lo que caracterizó a Juan el Bautista fue anunciar que Jesús era la Buena Noticia: el cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Maravillosamente, vemos cómo está profundamente anudada la condición de “bautista” de Juan con su “oficio” de “anunciador” y “preparador” de Jesús. Juan El Bautista es paradigma de la evangelización como oficio que nos viene de serie por bautismo.
Por tanto, como bautizados, debemos seguir la estela de Juan El Bautista y anunciar a Cristo como el liberador de la opresión del hombre causada por el pecado; allanar los caminos para que los hombres se encuentren con Él y preparar al resto del mundo mediante un bautismo de conversión, de manera que, como El Bautista, también seamos precursores de Jesús que, recordemos, vino, viene y sigue viniendo en todo momento con un bautismo de Espíritu Santo.
Dicho de otro modo, para la realización plena de la vocación que nace con nuestro bautismo, hemos de evangelizar.
