Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria (Juan 1, 14).
En 1977 la sonda espacial Voyager 1 se lanzó para explorar el sistema solar exterior. Antes de que se sumergiera en el espacio profundo, al haber terminado su misión, el astrónomo y escritor Carl Sagan solicitó a la NASA que programara el sistema de la sonda para que su cámara fotográfica girara hasta capturar una última imagen de la Tierra a medida que se alejaba.
El resultado fue una fotografía de la Tierra tomada el 14 de febrero de 1990 a una distancia de aproximadamente 6000 millones de kilómetros de la Tierra. Esta imagen formó parte del libro de Carl Sagan “Un punto azul pálido (1994)” y, desde entonces, se la conoce por ese nombre.

En cuanto vi esta fotografía pensé en Dios. Nuestro planeta figura como un pequeñísimo punto en medio de la inmensidad del espacio. Un punto que parece irrelevante en un contexto de inabarcable inmensidad.
Esta fotografía nos habla del amor de Dios porque ¿Quién podría amar algo tan pequeño? Solo Dios ¿Quién podría amar con tanto cuidado y detalle algo tan diminuto? Solo Dios. Pues a esa minucia vino el Señor a encarnarse. A esa nada vino para darle su todo. Solo un amor inconmensurable sería capaz de amar algo tan insignificante para volverlo significante.
En este comienzo del Adviento nos preparamos para rememorar la maravilla de la encarnación del Señor. Un amor puesto por obra. Un amor que salva una distancia sideral para que lo pudiéramos tratar de tú a Tú.
El Señor quiso estar cerca de su criatura; quiso enseñarle a amar personalmente; quiso que entendiera el amor que la tiene; quiso situarse a su altura para que lo pudiera captar mejor. No se planteó otra forma de hacerlo que salir de sí mismo para ponerse a nuestro nivel.
Cuando pienses en la Navidad, cuando pienses en la Encarnación, piensa en esto que te dice el Señor:
He salvado toda esta distancia solo por ti. He venido a verte desde muy lejos. Mereces tanto la pena que has merecido mi venida. Debes verte como yo te veo. Recuerda lo que te dije: “eres precioso a mis ojos” (Isaías 43,4). Así te veo, precioso. Por eso he venido, para estar contigo y decírtelo.
Cuando te acerques al portal, creerás que has venido a verme. En realidad, es al revés, he venido a verte yo a ti. El portal es el umbral de mi llegada. Pero no me conformo, quiero llegar más a ti; llegar a tu hondura y habitar en ella para que no me sientas lejos; dame tu corazón y habitaré en Él. Nada nos separará. Deséame y Yo haré el resto.
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