El amor de Dios es seguro. Reparar sobre esto puede resultar extraño de primeras, sin embargo, es fundamental caer en la cuenta de que, en presencia de Dios, podemos sentirnos seguros. Es más, Él es el único ante quien podemos estar seguros.
Sentirse seguro es equivalente a poder mostrar la desnudez sin experimentar miedo a ser agredido a través del juicio, el rechazo, la invalidación, el abandono, la traición… Es poder mostrarnos en estado de vulnerabilidad, tal cual somos, tal cual estamos. Desnudar el alma, el ser y lo vivido, implica que no necesito protegerme de nada ni esconder nada, bueno o malo, porque el amor de Dios hacia mí es incondicional, no recibiré una respuesta que me agreda.
La Biblia nos enseña en el Génesis que Adán y Eva, en el origen, podían vivir completamente desnudos el uno ante el otro y en presencia de Dios quien bajaba a pasear con ellos a la brisa de la tarde por el Edén que, también en este sentido, era un auténtico jardín de las delicias (Génesis 3, 6-9).
Sin embargo, cuando tuvo lugar la entrada del pecado original, la presencia del otro se sintió como una cierta amenaza y, al tomar conciencia de ello, surgió la necesidad de protegerse en parte; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron. Ya no podían mostrarse completamente ante el otro tal cuales eran, en su completa desnudez. Esto sigue siendo así desde entonces.
Anhelamos mostrarnos tal y como somos, pero solo podemos hacerlo donde hay un amor seguro. Porque donde hay amor, hay aceptación, hay acogida, hay comprensión y validación. Donde hay amor uno puede mostrarse con toda su fragilidad y con todas sus carencias porque no necesita demostrar nada, ni estar a la defensiva. Se puede mostrar uno tal como es y está en su totalidad, sin límite.
Y aquí la Buena Noticia: Dios es amor, Dios es un entorno seguro y por eso ante Él podemos mostrarnos sin esconder ni tapar nada, precisamente porque sabemos que es ante Él ante quien podemos hacerlo.
El amor de Dios es seguro porque es fiable. Él es el único de quien se puede afirmar que es fiel, cuyo amor está garantizado. La fidelidad del amor de Dios significa que el vínculo que Dios establece con nosotros es fiable. No tenemos miedo de su reacción porque sabemos que siempre será amorosa, sea lo que sea que pongamos ante Él.
Delante de Dios, sabemos que nuestra alma recibirá el cuidado que necesita, tal y como necesita ser cuidada en cada momento, pues Dios, como el mejor médico nos prescribirá justamente el tratamiento que necesitamos.
Sin embargo, nos sucede como a Adán y Eva cuando prorrumpió el pecado. Ya no nos mostramos totalmente ante los demás tal y como somos porque tenemos miedo de ser rechazados, defraudados o dañados, de modo que ya no vivimos totalmente desde nuestra verdadera imagen, desde nuestro verdadero ser.
Se introduce entonces la desconfianza y empezamos a vivir desde lo que creemos que los demás valorarán o aceptarán o sabrán respetar de nosotros en lugar de ser nosotros mismos y esto, inevitablemente, se traslada a nuestra relación con Dios.
Justamente porque el amor de Dios es fiable e inconmensurable podemos mostrarnos tal cual somos, sin máscaras; sin tanteos; sin razones que sostengan una imagen proyectada que pensamos que será más aceptable y que no se corresponde con el verdadero estado de nuestro ser.
En la parábola del publicano y el fariseo esto se refleja especialmente bien: “Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que este descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (Lucas 18:10-14).
Si nos fijamos, todo en el fariseo refleja esta necesidad de mantener una imagen ideal: su postura erguida; su compararse con otros; el monólogo con apariencia de diálogo. Todas sus palabras son para justificar la imagen que ha fabricado para presentar fuera de sí mismo. Ante Dios, proyecta la imagen ideal de sí mismo que cree que Dios aceptará. Pero no ha entendido a Dios. El fariseo se engaña a sí mismo porque, como Adán, se esconde al ocultar sus miserias. Recuerda mucho a «este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí«.
En cambio, el publicano se muestra en toda su fragilidad y pide la ayuda – el cuidado – de Dios. No tiene miedo de reconocer su miseria porque sabe que Dios es un entorno seguro; es más, ha ido al templo justamente porque considera que allí puede desnudar su corazón por muy lejos que esté (estando lejos, dice el evangelio).
En el sacramento de la confesión experimentamos especialmente esta Gracia. Una de las razones por la que muchas personas apenas se confiesan es por la vergüenza que sienten al mostrar la fragilidad de su alma. Este hecho demuestra lo que nos cuesta mostrarnos en toda nuestra vulnerabilidad. Sin embargo, Dios, que conoce nuestra fragilidad, justamente diseñó un sacramento de confesión para que pudiéramos mostrar lo inconfesable, incluido lo que a veces ni siquiera nos atrevemos a decirnos a nosotros mismos.
Si a algo está llamada nuestra oración es a ser expresión de nuestra intimidad con Dios. Existe intimidad cuando puedo abrir el corazón ante el otro sin miedo a ser dañado. Es la intimidad la que abre paso a la amistad. Cuando la intimidad está garantizada, la amistad también. Esto es muy importante porque, al orar, Dios nos acoge y su acogida no nos deja igual que estábamos, sino que nos restaura. La seguridad que nos da saber que Él nos acoge nos permite volver al mundo para ser, cada vez más, nosotros mismos.
