El amor de Dios (2): el amor de Dios es incondicional

Dios te ama ahora y siempre lo hará. Nada de lo que puedas hacer o dejar de hacer puede impedir que Él te ame como necesitas ser amado. San Pablo llegará a decir ¿Quién podrá separarnos del amor de Jesucristo? (Romanos 8:35-39).

Necesitas saber esto; oír esto y recordar esto hasta tenerlo integrado al frente de tu conciencia porque forma parte de tu identidad de hijo amado. Un hijo que es amado incondicionalmente.

Quizá no hayas pensado en ello lo suficiente. Quizá nunca fuiste consciente. Quizá te sientes lejos de tal posibilidad debido a tus creencias o el condicionamiento de experiencias previas de desamor. A lo mejor piensas que hay episodios de tu vida que lo impiden; tal vez, por cómo te ves y que crees que no eres suficiente; a lo mejor porque piensas que simplemente no puede existir un amor así o no le encuentras utilidad a tal cosa. Sin embargo, es fundamental esta conciencia de ser hijo amado incondicionalmente.

El amor de Dios es incondicional porque no hay nada que yo pueda hacer para perderlo

Adriana Arango fue una conocida presentadora y periodista colombiana que llegó a presentar programas de TV como Gran Hermano Colombia; En vivo: comienza el día o Tres puntos aparte. Pero con el éxito fue entrando en una vida que iba de mal en peor. Hoy cuenta que el insomnio era cada vez mayor y que trataba de aferrarse en ocasiones a la fe y a la oración, pero que, en realidad, «no había ni fe, ni arrepentimiento ni deseo de reparación. Solo el deseo de no dejarme hundir«. Entonces, llegó uno de sus peores momentos vitales: fue condenada a prisión. Justo en ese acontecimiento, tras la condena, esposada y camino a los calabozos refiere que agachó “la mirada completamente avergonzada y sentí la mano de Jesús en una esposa y la de la Virgen en otra y decía interiormente “Dios mío, lo que quieras, solo te pido que me dejes salir siendo una mejor persona y que cuides a mis hijos«. Pero confiesa que su oración seguía sin ser sincera porque «Seguía sin pedir perdón, solo protección«. No obstante, poco a poco empezó a dar pequeños pasos; comenzó a sentir la misericordia de Dios y a pedir perdón, hasta que se arrepintió de todos sus pecados y fue cuando comenzó a sentir la paz en su corazón.

Para que te hagas una idea, Jesús dice múltiples veces en el Evangelio que Él vino a buscar lo que estaba perdido. Dios no nos dejó tirados por el pecado original, ni por los pecados posteriores de cada uno. Al revés, vino precisamente por eso ¿Quién ama así?

Él mismo llamó “amigo” a Judas cuando este acudió al Huerto de los Olivos a traicionarle. Esta es la clase de amigo que es Dios. A las duras y a las maduras, como dice el refranero español. No es Dios quien deja de ser nuestro amigo, somos nosotros quienes, tal vez, no le hemos creído a Él o, mejor dicho, no hemos llegado a conocer quién es Dios realmente.

Incluso en la cruz, salvó al ladrón que estuvo abierto a su amor. Uno de los ladrones que, poco antes, en el peor momento de la Historia de la Humanidad, no había hecho otra cosa que insultarle. Pero este malhechor tampoco estaba perdido. Ya sea porque viera el lenguaje no verbal de Jesús en la Cruz; ya sea porque escuchara poco antes “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” y ello provocara pedirle a Jesús que se lo llevara con Él al paraíso.

Hay momentos, situaciones, experiencias, en las que uno se siente en una soledad absoluta, perdido, inválido, incluso abandonado por todos. Sin embargo, Él está contigo.

El amor de Dios es incondicional porque se da en toda condición

El amor de Dios se da en todas las condiciones y situaciones.

A veces sentimos que no nos merecemos ser amados. Tal vez no llevamos una buena vida; tal vez hemos sido injustos, tal vez hemos hecho algo mal. Para Dios, sin embargo, es el motivo del mayor amor salir a buscar al que esta perdido como a la oveja que está extraviada.

Jesús dice en el Evangelio de Mateo que nuestro Padre hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Detente en esto, Él ama a malos y buenos; Él derrama su Gracia sobre justos e injustos. Ni los rayos del sol ni las gotas de la lluvia valoran sobre quién deben derramarse; lo hacen sobre todos, sean quienes sean.

Fíjate que en el sacramento de la reconciliación Él siempre está disponible. Es un signo más que nos hace Dios para mostrarte que te ama incondicionalmente. Cuando mires al confesionario vacío, puedes ver al Señor disponible porque Él ha dicho “Aunque vuestros pecados sean como escarlata, quedarán blancos como nieve; aunque sean rojos como la púrpura, quedarán como lana” (Isaías 1, 18).

¿A dónde volvió el hijo pródigo? A donde sabía que el amor era incondicional pese a lo que había hecho. Volvió para estar con su Padre.

Dice el Papa Francisco en la exhortación apostólica Amoris Laetitia que alguien que sabe que siempre sospechan de él, que lo juzgan sin compasión, que no lo aman de manera incondicional, preferirá guardar sus secretos, esconder sus caídas y debilidades, fingir lo que no es. En cambio, una familia donde reina una básica y cariñosa confianza, y donde siempre se vuelve a confiar a pesar de todo, permite que brote la verdadera identidad de sus miembros, y hace que espontáneamente se rechacen el engaño, la falsedad o la mentira.

Esto es importante porque solamente desde un amor verdadero, y por tanto incondicional, podemos permitirnos la libertad de ser y mostrarnos en toda nuestra fragilidad. El amor incondicional es lo que posibilita el cambio.

Muchas personas que se han sentido maltratadas; agredidas, abandonadas o traicionadas, a menudo, son las que su comportamiento más evidencia la necesidad de un amor incondicional. Frecuentemente, su conducta errática y más o menos agresiva con los demás es una forma indirecta de probar el amor que otros tienen para ellos. No se fían. Necesitan probar que es un amor fiable, seguro, incondicional, que no huirá ante su miseria (esto se ve muy bien, por ejemplo, en la evolución de los encuentros entre los protagonistas de la película «El increíble Will Hunting»cuyo nombre viene a significar «En busca de una buena voluntad», es decir, de amor). En lugar de refugiarse en el otro parecen agredirlo. Están probando de qué materia está hecho el otro para ver si pueden fiarse. Para ellos, golpear es probar. Cuando el otro aguanta (excluyendo las agresiones físicas) el embiste las suficientes veces pueden llegar a creer que es fiable y comienzan un camino de transformación personal. Necesitan un amor incondicional y probado ¿nos suena a algo? A lo que nos dice Jesús en el Evangelio: perdonar hasta setenta veces siete si es necesario, es decir, siempre; a poner la otra mejilla; a no juzgar… ¿se va entendiendo la lógica de Dios para rescatarnos?

Si Dios nos ama incondicionalmente, entonces, ¿no debemos cambiar?

El Papa Francisco decía que Dios “nos toma como somos, pero no nos deja nunca como somos«. Dios no bendice al pecado, sino al pecador, y lo pone en una ruta de conversión. Es decir, el amor de Dios es incondicional porque es la única opción que tiene una persona para reorientarse hacia el bien que necesita en su vida.

Un amor incondicional es un amor que no se cansa; que siempre espera (el padre misericordioso de la parábola del hijo pródigo: cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y se compadeció; y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Lucas 15,11-32), pase lo que pase, haya sufrido lo que haya sufrido el amante.

Que el amor de Dios sea incondicional es lo que necesitas recordar para regresar a casa; retomar el camino interior y exterior; no tener miedo de lo que esperas recibir. En cambio, usar la incondicionalidad del amor de Dios para mantenerte alejado es jugar con tu propia vida y, desde luego, mantenerte lejos de la divinidad a la que estás llamado.

Interiorizar que Él está contigo, pase lo que pase, suceda lo que suceda, hagas lo que hagas, no solo es esencial para tu fe, lo es para ti. Porque la fe no es creer algo, sino creerle a Alguien. La fe es relación y para la relación hace falta presencia y conciencia de dicha presencia.

Testimonio personal: en el colegio fui un estudiante normal. Poco destacado, disperso. Cuando llegué a la universidad, al principio pude mantener cierto nivel, pero después, por diversas razones, entré en una profunda crisis personal y, desde luego, académica. Me convertí en una sombra de mi potencial.

En esa época, solía estudiar (más bien esconderme) en casa de mi abuela, que vivía en el segundo piso encima nuestro. Un día, salía ya para la facultad a hacer un examen y, al despedirme de ella, me preguntó cómo iba a la prueba. Le dije que lo llevaba mal (iba por cumplir concierta apariencia). Entonces, ella me dijo que rezaría por mí. Yo sentí una profunda indignidad y le respondí que no lo merecía. En ese instante, mi abuela que, pese a dicho comentario anterior, no solía hablar mucho de la fe, me dijo con una gran claridad y con palabras que no puedo recordar literalmente, que el amor de Dios era incondicional. No había nada que yo pudiera hacer que cambiara eso.

Mi abuela había tenido una moción del Espíritu Santo para mí (esto lo entendí muchos años después).

En ese momento, no fui capaz ni de entenderlo ni de integrarlo. Sin embargo, la frase quedó. Nunca la olvidé. Poco a poco fui saliendo adelante con renovado esfuerzo y con ayudas muy concretas de Dios, cuya respuesta fue claramente superior a cualquier expectativa mía anterior y que solo años después fui identificando y entendiendo.

La conciencia de la incondicionalidad del amor de Dios es más importante de lo que parece para los bautizados. Es muy habitual que estos se alejen de Dios cuando su vida no se corresponde con el bien dispuesto por el Señor. Además, el Tentador sabe cómo aprovechar el respeto a Dios para volverlo en contra del creyente. Eso lo pone más difícil aún.

Por eso, aprovecha y pide al Espíritu Santo que te ilumine. ¿Tal vez te alejas de Dios después de pecar? ¿Crees que cuando fallas dejas de ser digno de su amor?

Si te encuentras en un momento desafiante, recuerda que el Señor nunca te deja. Te invito a tomar conciencia de ello y hacer tuyas las palabras del salmista que oraba así: Es tu rostro, Señor, lo que yo busco, si me abandonaran mi padre y mi madre, me acogería el Señor. (Salmo 27, 9-10). Repite internamente con convicción de que así es Señor, tú no me abandonas.

En todo caso, incluso aunque todo vaya aparentemente bien, es bueno que, en tu oración continua o de meditación, tomes conciencia de que, desde siempre, Dios te amó y lo hace en toda situación. Pídele al Espíritu Santo que te haga recordar las veces en la que se hiciera presente el amor de Dios con un subrayado aspecto de incondicionalidad o que te ayude a identificarlo en lo sucesivo con su ayuda.

Y, recuerda, si Dios ama incondicionalmente a todos, también debo amarme a mí así y aspirar amar así a los demás en todo momento. El amor incondicional es sobrehumano, solo Dios puede amar así. Sin embargo, lo que Dios hace con su gracia es darnos los dones que necesitamos para poder vivir a esa imagen y semejanza. Los dones que forman parte de la gracia de Dios sirven para vivir sobrenaturalmente lo que solo puede vivirse sobrenaturalmente. Por eso, no te sientas sobrepasado por el aparente imposible. Dios te asistirá con sus dones para hacerlo viable si te pones en camino de ser transformado. La fe es don y tarea. Pon tu parte, pero también pide lo que está fuera de tu alcance. Él lo hará.


[1] https://www.religionenlibertad.com/personajes/603382686/presentadora-gran-hermano-endiosada-perdio-todo-prision-salvacion.html