Dejarse hacer

La fe es tarea, pero también es don. Es parte de la formación del creyente descubrir cómo Dios lo mueve y dejarse mover por el mismo Dios. Llega un momento en que todo el hacer del consiste en dejarse hacer.

Cuenta el Evangelio de Juan que “Había un hombre del grupo de los fariseos llamado Nicodemo, jefe judío. Este fue a ver a Jesús de noche y le dijo: «Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él». Jesús le contestó: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios”. Entonces, Nicodemo le pregunta: «¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer? A ello, Jesús le responde: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: “Tenéis que nacer de nuevo”

La fe es don y tarea, pero una grandísima parte de los creyentes la viven únicamente como una cuestión moral, enfocándose exclusivamente en la tarea; solamente como esfuerzo personal. Al cabo de un tiempo, lo perciban más o menos, lo cierto es que espiritualmente apenas avanzan; dejan de crecer en la fe y se estancan. Han topado con sus propios límites humanos.

Esta parece ser “la noche” de Nicodemo y el motivo por el que acude a Jesús quien, si nos fijamos, no parece necesitar su pregunta siquiera. Jesús sabe perfectamente cuál es la interrogante de Nicodemo y le apunta por tres veces la clave: “el que no nazca de nuevo”; “el que no nazca del agua y del espíritu”; “tenéis que nacer de nuevo”.

Recordemos que los fariseos eran judíos que ponían un gran foco en el cumplimiento. Ellos mismos habían articulado la vivencia de la fe en varias centenas de preceptos. La interpelación de Nicodemo, por tanto, parece legítima desde su mentalidad. Es normal la interrogación, él está habituado a lo que él puede hacer, pero no se ha dado cuenta de todo de lo que Dios puede hacer y lo que supone.

Lo que le está diciendo Jesús a Nicodemo es que debe hacer un cambio de paradigma. La clave de bóveda está en hacer una inversión de la vivencia, de modo que atendamos también a la acción de Dios sobre nosotros.

En realidad, Jesús le está hablando a Nicodemo sobre la realidad recibida por el bautismo. Los mismos elementos están presentes en el bautismo de Jesús: el agua y el espíritu. Jesús se sumerge en el río Jordán y, tras orar, se abre el cielo y desciende el Espíritu Santo con forma semejante a una paloma, tal y como había anunciado el propio Juan (Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego – Mt 3,11-).

Volviendo a lo que Jesús le dice a Nicodemo, quizá su afirmación se entienda mejor en la versión original griega del texto que, en una dicción más pegada a la literal, vendría a ser algo así: “si alguna vez alguien no sea nacido desde arriba no está siendo capaz de ver el reino de Dios”.

Dicho de otro modo, el hombre nuevo a que Jesús te invita a ser no se puede hacer sin Dios mismo. Debes ser “nacido desde arriba”: no solo es un proceso activo, también es pasivo.

Posiblemente esta lógica nos resulte verdaderamente novedosa, como a Nicodemo, pese a que siempre ha estado ahí a lo largo de toda la Palabra.

Para empezar, una vez más, la maestra es la virgen María. Ella dice claramente al ángel Gabriel: “hágase en mí, según tu palabra”. Recordemos que un ángel es un portador de la Palabra de Dios. Por tanto, la virgen habla de que se realice en ella la palabra del Señor. Ella misma es el paradigma de este aspecto recepticio.

En el Padrenuestro, si nos fijamos, parece haber un eco de las palabras a Nicodemo (purificación y gobierno del espíritu), pues decimos “venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad; danos nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas… no nos dejes caer… líbranos del mal”. Si nos fijamos en el patrón de la oración que nos enseñó el Señor, de lo que se trata es de recibir: recibir el reino; recibir su palabra; recibir el perdón; recibir el auxilio.

En el miserere, uno de los salmos más paradigmáticos de la Biblia, encontramos una análoga invocación a Dios para dejarse hacer por Él: “Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu”.

En algunas bienaventuranzas encontramos también cómo el hombre se hace receptor de la acción divina: bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados; bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados (Mt 5, 5-6).

Hasta tal punto esto es así que San Ireneo de Lyon llegará a decir:

«Lo propio de Dios es hacer. Lo propio del hombre, dejarse hacer” (Sermón 243).

La vida del hombre, incluida su conversión, ya no es una tarea que dependa exclusivamente de sí mismo. Este dejarse hacer por Dios lo vemos continuamente en la Palabra con distintas situaciones o formas en las que “dejarse”:

  • Dejarse quitar: cuando el Señor dice que al que da fruto “mi padre… lo poda y lo limpia para que dé más”. En la santa cena, Jesús le respondió a Pedro: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo»;
  • Dejarse mover cuando el Espíritu Santo “empujó a Jesús al desierto”;
  • Dejarse guiar: cuando los apóstoles no pudieron pasar a Asia: “Atravesaron Frigia y la región de Galacia, al haberles impedido el Espíritu Santo anunciar la palabra en Asia (Hechos 16, 6)”
  • Dejarse alcanzar: cuando Jesús se pone a la altura de los discípulos de Emaús para explicarles lo que había pasado y dejó ardiendo su corazón;
  • Dejarse hablar: «¡Bienaventurado tú, Simón, ¡hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos (Mt 16, 17);
  • Dejarse sanar: Pero un samaritano que iba de viaje llegó a donde estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó (Lucas 10, 33-34);
  • Dejarse alimentar: danos el pan nuestro de cada día;
  • Dejarse liberar: “«Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Juan 8, 32);
  • Dejarse ser: San Pablo atribuye todo su ser a la acción de Dios. Por un lado, dice a los Corintios “Pero por la gracia de Dios soy lo que soy (1 Corintios 15,10); y, por otro lado, a los Gálatas “y ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gálatas 2,20);
  • Dejarse amar: «… como yo os he amado (Juan 13, 34″.
  • Dejarse cuidar: «buscad el Reino y lo demás se os dará por añadidura» (Mateo 6, 33).
  • Dejarse entregar: «Cuando salía para seguir su camino, vino uno corriendo, y arrodillándose delante de Él, le preguntó: Maestro bueno, ¿Qué haré para heredar la vida eterna?» (Mateo 10, 17)

La gran tentación del hombre es pensar que está solo o que no necesita a Dios. En ambos casos, deja de contar con Dios para lo que tiene que vivir. Entonces su fecundidad se vuelve enormemente limitada cuando no directamente estéril.

Lo que nos muestra el Señor es que es todo lo contrario. Se trata de vivirlo todo en cuanto recipientes de Dios de forma permanente, no ocasional, como el sarmiento unido a la vid (permaneced en mí dice el Señor), pues solo así el sarmiento puede recibir la savia que necesita.

En esa savia podemos contemplar también los dones del Espíritu Santo que, como algo que el cristiano recibe, son paradigma de toda esta receptividad. Los dones del Espíritu son siete: temor, piedad, fortaleza, ciencia, consejo, entendimiento y sabiduría (Isaías 11, 1-3).

Como explicaba el padre Antonio Royo Marín, los dones del Espíritu Santo son hábitos sobrenaturales infundidos por Dios en las potencias del alma para recibir y secundar con facilidad las mociones del propio Espíritu Santo al modo divino o sobrehumano.

Lo maravilloso de los dones del Espíritu Santo es que en estos podemos ver el deseo del propio Dios de ayudarnos con algo de Él mismo para poder realizar la vocación a la que estamos llamados.

Cuando me doy cuenta de que no estoy solo y de que no todo depende de mí experimento una gran liberación porque la titánica tarea de ser quien estoy llamado a ser la comparto con el mismo Dios. Él mismo se hace cargo de mi situación junto a mí. Ya no es que pueda contar con Él para todo lo que debo vivir, ahora percibo que, más bien, debo contar en todo con Él para vivir.

San Pablo nos hace tomar conciencia de ello afirmando que quien santifica es Dios mismo y que Él mismo lo realizará en nosotros (Tesalonicenses 5, 16-24).

Para entrar en este nuevo horizonte, en esta nueva perspectiva, la oración aparece como el instrumento que me orienta en la dirección correcta: una oración que se dirige al Señor continuamente para dejarse hacer y que está atenta al hacer de Dios antes, durante y después de que Él pase (velad, porque no sabéis el día ni la hora, Mateo 25, 13).

Efectivamente, se trata de entrar en un estado constante de oración por la que durante todo el día estamos pidiendo y reconociendo la intervención de Dios en nosotros en cada momento y circunstancia. Luego esta oración se convierte en agradecimiento y motivo de nuestra alabanza también.

Cuando vamos reconociendo la acción de Dios, nos animamos mucho porque vemos que no estamos solos; que tenemos a disposición una fuerza con la que no contábamos y que la gracia de Dios es algo muy real.

Cuando Juan el Bautista decía aquello de que el que viene detrás de mí es más fuerte que yo y no merezco ni llevarle las sandalias nos estaba anticipando esta gran verdad del nuevo existir: necesito a alguien más fuerte que yo; yo no estoy a la altura para lo que hace falta (no merezco ni llevarle las sandalias).

***

A menudo, a los niños los educamos en cierto voluntarismo. Nos enfocamos mayormente en inculcarles valores y en que se esfuercen por vivir una vida moral. Sin embargo, cuando nos hacemos adultos quizá hemos echado en falta que nos hablaran de que no todo es exigencia personal, aunque sea importante. Faltó mostrar también la presencia de Dios.

En casa, cuando rezamos por la noche con los niños, seguimos una estructura muy sencilla basada en revisar el día y culminarla después con algunos rezos vocales. Para repasar el día les planteamos que hagan tres oraciones en voz alta: agradecer algo; pedir por algo; y arrepentirse de algo. En algunas ocasiones, se quedan en alguna paralizados y pensativos porque no se les ocurre nada. Entonces, aprovecho y les digo: pídele a Jesús que te lo diga. Al cabo, brota la oración que no salía. De esta manera tan sencilla, interiorizan la acción del Espíritu.

En una temporada determinada, había notado en uno de mis hijos que estaba algo falto de confianza para jugar los partidos. Entonces, mientras íbamos en coche al siguiente, le di algunas indicaciones que podían ayudarle, pero hice también algo más: le invité a poner su confianza en Jesús y le hice una reflexión al respecto. Cuando terminé de hacerla le pregunté ¿crees que lo te he dicho se cumplirá? Y me contestó afirmativamente. Después, recuerdo que el partido no pudo ser peor. Los jugadores contrarios eran muy agresivos tanto físicamente como en interpelaciones personales poco agradables. El partido lo perdieron, pero mi hijo no solamente no vio su confianza disminuida, sino que, al cabo de unos partidos, pude comprobar que su actitud había cambiado radicalmente. Jesús lo realizó porque le bastó su confianza.