Si en reflexiones anteriores ahondábamos en razones para evangelizar fundadas en el amor a Dios y en el amor a nosotros mismos, solo queda abordar la motivación fundada en el amor al prójimo.
Evangelizamos por amor al prójimo siguiendo el mandato de Jesús de dar gratis lo que hemos recibido gratis ¿Y qué hemos recibido gratis sino al mismo Dios?
El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones y, del mismo modo que nos creó como un desbordamiento de amor entre el Padre y el Hijo con el Espíritu Santo, así también evangelizamos por desbordamiento de amor, porque no podemos concebir que alguien pueda vivir sin Dios.
Dios es el sumo bien. No hay mayor regalo ni mayor amor que poder dar a Dios a otro ser humano como don que Él hace de sí mismo. En este sentido, compartir el Evangelio es el acto de caridad más profundo.
Podemos tener muchos actos de amor con otros prójimos, pero que otro ser humano pueda recibir al mismo Dios como don no tiene comparación posible. Nuestros actos de amor, aún teniendo un profundo valor en sí mismo, no dejan de ser sorbos de agua en el desierto, mientras que el amor de Dios es el constante manantial que nunca cesa de manar. El único que apaga la sed es Dios.
Nosotros somos limitados, pero Dios es todo poderoso. Solo Dios puede serlo todo en todos (1 Corintios) y, como seres humanos infinitamente necesitados, solo Dios puede apagar nuestra sed. Dicho en un lenguaje llano, solo Dios tiene todos los recursos para cubrir las necesidades del ser humano. En el salmo 138 queda bien claro que no hay rincón de nuestro ser que Dios no conozca y, por lo tanto, que quede fuera su alcance.
Nosotros podemos y debemos alentar, orientar, animar, enseñar, etc. a otras personas, pero lo cierto es que nuestros esfuerzos, por si los consideramos únicamente por sí mismos, tienen un recorrido limitado. En cambio, si cuando estamos con una persona le dejamos a Dios; si la dejamos con Dios, está claro que a nuestra ausencia le sucede su permanencia y todo su poder para liberar, iluminar, sostener…
Cuando una persona se sabe hija de Dios y amiga suya, camina con Dios a su lado, el que está disponible en todo momento y circunstancia; el que nunca se cansa; el que es amor puro; el que es un entorno seguro; el que tiene el verdadero poder para cambiar el corazón y sanarlo; el que es la Sabiduría misma.
Por tanto, no hay mayor regalo que podamos hacer que ofrecer a otros al mismo Dios. Todo lo que hagamos para facilitarlo serán los preparativos para el mayor regalo que podríamos hacer jamás. Y quien ama de verdad, siempre está deseando hacer el mejor regalo.
