La Buena Noticia

Relata el Evangelio de Mateo que Jesús se encontró con un joven que le preguntó qué más había de hacer de bueno para lograr la vida eterna. Entonces, Jesús le respondió: Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». El joven, que iba por el buen camino, le dice entonces: «Todo eso lo he cumplido. ¿Qué me falta?» y Jesús le contesta que lo deje todo y le siga. Como tenía muchos bienes, a los que estaba apegado, es decir, de los que era cautivo, el joven se fue triste porque era muy rico. Ante ello, Jesús dice a sus discípulos: En verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Y lo reitera de nuevo para que quede bien clara su importancia: lo repito: más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos». Al oírlo, los discípulos dijeron espantados: «Entonces, ¿quién puede salvarse?». Jesús se les quedó mirando y les dijo: «Es imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo».

¡Es que eso es muy difícil! Cuántas veces se oye esta frase en los grupos de fe cuando se va ahondando en algún aspecto de la vida moral y espiritual que aparece particularmente desafiante a los ojos de quien lo expresa. Algunos de los reunidos aprietan los labios; mueven la cabeza; se sonríen o asienten con cualquier otro leve gesto facial que transmite su adhesión a la creencia que acaban de escuchar. Se sienten identificados y, como los discípulos, espantados, porque experimentan eso mismo: impotencia. Y no les falta razón porque es verdad (basta pensar en el amor a los enemigos; la austeridad; el recogimiento; el desprendimiento; etc.). Sin embargo, no es toda la verdad. Las cosas pueden no ser fáciles, pero el sentimiento de impotencia procede de una forma de ver la realidad incompleta. Como al joven rico, la pregunta sobrevuela la estancia ¿Qué me falta? Te falta contar con el poder de Dios, de ahí el desespero cuando en tu planteamiento existencial no aparece esta variable, la única esencial realmente. Esto es lo que vino a decir de forma definitiva Jesús. Pero partamos del principio para entendernos a nosotros mismos primero un poco mejor.

La situación original 🔗

Cuando Dios creó al hombre, este vivía con facilidad gracias a Dios mismo. Vamos a verlo por partes según la enseñanza de San Juan Pablo II, quien lo describió de forma muy pedagógica en su audiencia general del 3 de septiembre de 1986:

A la luz de la Biblia, el estado del hombre antes del pecado se presentaba como una condición de perfección original, expresada, en cierto modo, en la imagen del «paraíso» que nos ofrece el Génesis. Si nos preguntamos cuál era la fuente de dicha perfección, la respuesta es que ésta se hallaba sobre todo en la amistad con Dios mediante la gracia santificante y en aquellos dones, llamados en el lenguaje teológico «preternaturales», y que el hombre perdió por el pecado. 

Así que el Papa nos ponía en situación: el estado paradisiaco del hombre se sostenía sobre Dios mismo a través de su amistad; su gracia y unos dones llamados preternaturales que, podríamos decir, le venían de serie al ser humano con su existencia. Pero añade una nota muy importante: se perdieron a causa del pecado original. Sigue explicando el Papa:

Gracias a estos dones divinos, el hombre, que estaba unido en amistad y armonía con su Principio, poseía y mantenía en sí mismo el equilibrio interior y no sentía angustia ante la perspectiva de la decadencia y de la muerte. El «dominio» sobre el mundo que Dios le había dado al hombre desde el principio, se realizaba, ante todo, en el mismo hombre como dominio de sí mismo. Y, con este autodominio y equilibrio se poseía la «integridad» de la existencia (integritas), en el sentido de que el hombre estaba íntegro y ordenado en todo su ser, ya que se hallaba libre de la triple concupiscencia (cf. 1 Jn 2,16) (…) que lo somete a los placeres de los sentidos, a la apetencia de los bienes terrenos y a la afirmación de sí contra los imperativos de la razón (CIC 377).

Nos dice San Juan Pablo II que, gracias a aquellos dones, el ser humano vivía en equilibrio interior y no sentía angustia. Experimentaba una permanente armonía y unidad interiores porque, por la acción constante de aquellos en el hombre, no sufría ni experimentaba inclinaciones (concupiscencias), hacia lo que le haría mal y que rompería esa bienaventurada configuración.

Este estado de naturaleza quedó alterado cuando, a causa del pecado original, irrumpió el mal en su mundo. Por tanto, por el pecado de Adán, el ser humano quedó en peores condiciones de partida que en las que estaba previamente. A partir de ese momento, se introdujo en el ser humano una distorsión que lo condiciona para vivir y que le genera angustia, desespero, impotencia…

Parece entonces que la culpa del hombre en los errores que comete debe ser vista como con ciertas atenuantes, ya que la conducta del ser humano parece venir condicionada de origen, de modo que no se le puede exigir como si no fuera así. Aunque no debe servir de pretexto para justificar los errores, claro, esto es ya un gran consuelo pues implica que la solución no puede estar enteramente en nuestras manos y que, por tanto, no somos responsables últimos de nuestra propia salvación.

Cuatro heridas del pecado original🔗

Entendamos un poco mejor aún el impacto que dicha distorsión tiene en nuestro caminar. Santo Tomás de Aquino, al describir la situación en la que quedó el hombre a causa del pecado original, habla de que, derivado de aquel, se generaron, por así decir, como cuatro heridas en el ser del hombre: Por la justicia original, la razón controlaba perfectamente las fuerzas inferiores del alma; y la razón misma, sujeta a Dios, se perfeccionaba. Pero esta justicia original nos fue arrebatada por el pecado del primer padre, según hemos dicho ya (q.81 a.2). Y por ello todas las fuerzas del alma quedan como destituidas de su propio orden, con el que se ordenan naturalmente a la virtud: la misma destitución se llama herida de la naturaleza. Mas son cuatro las potencias del alma que pueden ser sujeto de las virtudes, como dijimos más arriba (q.61 a.2); a saber: la razón, en la cual reside la prudencia; la voluntad, en la cual reside la justicia; la irascible, en la cual reside la fortaleza; y la concupiscible, en la cual reside la templanza. Pues:

  • En cuanto la razón está destituida de su orden a lo verdadero, está la herida de la ignorancia;
  • En cuanto la voluntad está destituida de su orden al bien, está la herida de la malicia;
  • En cuanto la irascible esté destituida de su orden a lo arduo, está la herida de la debilidad;
  • En cuanto la concupiscible está destituida de su orden a lo deleitable, moderado por la razón, está la herida de la concupiscencia.

De modo que, a causa del pecado original:

  • La razón quedó oscurecida
  • La voluntad quedó debilitada
  • Las pasiones (irascible y concupiscible) quedaron desordenadas

Como vemos, parece que el ser humano parte en condiciones de desventaja para enfrentarse a su propia realidad y salir vencedor. Sin embargo, por si fuera poco, ahí no acaba la dificultad, a ello se añade, como dice también el aquinate, que: puesto que la inclinación al bien de la virtud va disminuyendo en cada hombre por el pecado actual, éstas mismas cuatro heridas son las que proceden de cualquier clase de pecados: ya que por el pecado la razón pierde agudeza, principalmente en el orden práctico; la voluntad se resiste a obrar el bien; la dificultad para el bien se hace cada vez mayor; y la concupiscencia se inflama sin cesar.

Dicho de otro modo, el mal padecido, al que sentimos una constante inclinación, distorsiona nuestra manera de entender nuestro bien; debilita nuestra voluntad para hacer el bien; y desordena nuestros sentimientos y afectos.

No es poco precisamente. Se empieza a entender mejor ahora por qué la exclamación del ser humano sobre su dificultad tiene tanto sentido al percibir la envergadura del desafío vital al que se enfrenta para obrar según Dios. Emerge del interior de la persona el sentimiento de impotencia ante la titánica tarea de elevarse sobre la mundanidad. Ahora bien, como tratábamos de apuntar levemente antes y como solemos celebrar en Pascua, el mal no tiene la última palabra. Veamos.

La Buena Noticia es buenísima🔗

El lamento de los discípulos en el encuentro con el joven rico se reitera en el de Jesús y Nicodemo. Le dice primero Jesús a este que: En verdad, en verdad te digo que, si uno no nace de nuevo, no puede ver el Reino de Dios. Así que Jesús le habla a Nicodemo justo de lo que venimos tratando, ya que habla del Reino de Dios, es decir, el Paraíso donde Dios gobernaba con su amistad, gracia y dones la realidad del ser humano, como hemos visto.

Entonces, Nicodemo, convirtiéndose en portavoz de todos nosotros, manifiesta su incapacidad y describe muy bien la situación actual del hombre al decir: «¿Y cómo puede un hombre nacer, siendo ya viejo? ¿Acaso puede entrar en el vientre de su madre, y volver a nacer?». Si nos fijamos, expresa muy bien dos cosas: por un lado, que el desafío de deshacerse del “hombre viejo” (recurso descriptivo también en las cartas de San Pablo) es tan enorme que es equivalente a un volver a nacer (tal y como le había dicho Jesús); por el otro, expresa su impotencia, lo ve imposible.

Y lo dice un maestro de la Ley, puesto que Nicodemo era un fariseo y príncipe de los judíos; experto en la Ley (de hecho, tratará de ayudar a Jesús con la propia ley cuando es juzgado por el Sanedrín y abogó por Él: «¿Acaso nuestra Ley juzga a un hombre sin haberlo oído primero y sin saber lo que ha hecho?» Jn 7,51). Pero he aquí que el experto en vivir según la Ley se ve descolocado y desbordado cuando Jesús le da una directiva nueva (hay que nacer de nuevo… y luego dirá otra vez hay que nacer del agua y del espíritu). De hecho, Jesús le interpela fuertemente y le dice: ¿Tú eres maestro en Israel, y no lo entiendes? Pues no, no lo entendía, como no lo entendían el resto de las autoridades judías.

¿Cómo era posible que un maestro de la ley no lo entendiera? ¿Qué era lo que no entendía? Jesús le cuestionaba así con razón porque un maestro de la Escritura tenía que saberlo. No lo entendía, y no lo entendemos, porque nuestras facultades han quedado mermadas. Por eso nuestra fe le da tanta importancia al recordar; conmemorar, hacer memoria. De hecho, la fe puede resumirse en que el hombre vuelva a recordar su vocación original.

Pero sigamos. Nicodemo debía saberlo porque debía recordar que esto estaba ya en la Palabra de Dios desde antiguo de distintas formas. De hecho, incluso en el Libro de Ezequiel (36, 2-28) se había anunciado claramente todo el plan de rescate del hombre:

“Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar; y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos. Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios[1]”.

En este texto está contenida brevemente toda la síntesis de la salvación: para que el hombre camine retornando hacia su estado original, es preciso que tenga lugar en su corazón una doble dinámica de purificación e infusión en la que Dios mismo se inserta y está implicado. Ahora se ve más claro: es lo mismo que refería Jesús: “hay que nacer del agua y del Espíritu”.

Volviendo a Ezequiel, lo primero que notamos en sus palabras es que Dios nos hace una promesa: “Derramaré…, daré…, infundiré…, arrancaré…, habitaréis…, seréis…”. Es decir, la promesa de que Dios va a hacer algo conmigo. Dios nos invita a volver a entrar en la dinámica del Paraíso: será Él quien garantice las condiciones en las que se puede estar y vivir así.

Lo primero que va a hacer es purificarnos de nuestras inmundicias (mundanidades), es decir, de nuestros pecados en forma de apegos desordenados e idolatrías y los restos que dejan en nosotros sus consecuencias. Las que nos tienen como cautivos, perplejos, disfuncionando. Pero también de las señales que han dejado los males ajenos que hemos padecido. El Señor, como buen médico, lo primero que hará, entonces, será desinfectar las heridas que nos han causado los males propios y ajenos; primero las limpiará (como cuando se usaba antaño agua “oxigenada” para limpiar la herida) y por eso debe usar un agua pura que purifica; que lava; que cauteriza el foco de la infección; que lo cierra para cicatrizar; que lo vuelve a su ser.

Además, nos dará un corazón nuevo, es decir, el corazón endurecido por el pecado será renovado para que vuelva a adquirir su sustancia original. Se restaurará a su ser original (Por eso, en Mateo, se cita al AT donde Dios se queja de que el pueblo no le da su corazón, sino palabras vacías, ya que Él no puede saltarse la libertad del hombre) para que recupere su plasticidad, de modo que sea maleable por la propia acción de Dios. Casi como si de un recambio de piezas se tratara, el Señor repara y sustituye lo que ha dejado de responder a su designio original para restaurarlo y devolverle el ser.

Pero, a continuación, viene no el qué, sino el cómo. Aquí viene la Gran Noticia de la Buena Noticia: “Os infundiré mi Espíritu” (Emmanuelle, que significa «Dios-con-nosotros»). Efectivamente, será Dios mismo quien lo haga y afirma que esta operación a corazón abierto en el hombre se debe realizar mediante una especie de trasplante de órganos y transfusiones porque la obra es titánica para el hombre y no puede hacerla solo por sí mismo. Necesita el mismo corazón de Dios, en lugar del suyo. O, si queremos verlo de otro modo, su Espíritu le hará la respiración asistida de forma constante para que pueda volver a latir y seguir latiendo. Entonces se podrá realizar el designio del hombre (“y haré que caminéis”) que es caminar según la Ley de Dios, pero que, por los efectos del pecado original el hombre ya no puede lograr por sus solas fuerzas. Es por eso que la frase “Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos” que, quizá, se podía sentir un poco amenazante en una lectura o escucha rápida o superficial como si Dios nos impusiera algo arbitrariamente que carece de sentido, nos hace entender en qué consiste la Buena Noticia: quien posibilita que se pueda vivir según la Ley de Dios es Dios mismo, será Él quien lo haga. Parafraseando un poco más esas palabras podemos traducirlas así: “La ley es imposible de cumplir para el hombre por sus propias fuerzas, ya que estas quedaron disminuidas por el pecado original y los pecados posteriores. Por eso, para salvar al hombre, supliendo su impotencia, Yo mismo, Dios, lo haré en él, el hombre lo hará con mi propia fuerza, mi Gracia. Entonces, con el Espíritu que yo mismo le infundiré, llegará y habitará de nuevo en la tierra que di a sus padres (Adán y Eva) y volverá a ser mi pueblo y yo su Dios, como cuando lo puse en el Paraíso”.

El Catecismo de la Iglesia Católica aclara que la Ley natural está presente en el corazón de todo hombre y establecida por la razón, es universal en sus preceptos, y su autoridad se extiende a todos los hombres (CIC 1956); muestra al hombre el camino que debe seguir para practicar el bien y alcanzar su fin; contiene los preceptos primeros y esenciales que rigen la vida moral. Tiene por raíz la aspiración y la sumisión a Dios, fuente y juez de todo bien, así como el sentido del prójimo en cuanto igual a sí mismo. Está expuesta, en sus principales preceptos, en el Decálogo. Esta ley se llama natural no por referencia a la naturaleza de los seres irracionales, sino porque la razón que la proclama pertenece propiamente a la naturaleza humana. Según Santo Tomás: La ley natural «no es otra cosa que la luz de la inteligencia puesta en nosotros por Dios; por ella conocemos lo que es preciso hacer y lo que es preciso evitar. Esta luz o esta ley, Dios la ha dado al hombre en la creación (CIC 1955; Santo Tomás de Aquino, In duo pracepta caritatis et in decem Legis praecepta expositio, c. 1).

Si tenemos en cuenta todo lo que hemos ido viendo, entendemos mejor el famoso pasaje de San Pablos en Romanos 7 y 8:

Primero parte de una constatación:

Pues no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo. Y si lo que no deseo es precisamente lo que hago, no soy yo el que lo realiza, sino el pecado que habita en mí.

Luego reafirma que la Ley de Dios es buena y con agrado la sigue:

En efecto, según el hombre interior, me complazco en la ley de Dios;

A continuación, en seguida, manifiesta que, pese a su buena predisposición, lo cierto es que experimenta una inclinación a lo contrario; la tiránica fuerza de la concupiscencia:

pero percibo en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros.

Exclama su impotencia y eleva la pregunta que, por ser retórica, él mismo responde:

¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor!

Reitera de dónde partimos. Con la razón nos damos cuenta de lo que hay que hacer según la Ley de Dios, pero surge la impotencia porque, pese a darnos cuenta, el defecto con el que venimos de serie dificulta en extremo su realización:

Así pues, yo mismo sirvo con la razón a la ley de Dios y con la carne a la ley del pecado.

Afortunadamente estamos de en-hora-buena. Dios lo ha previsto, los que han recibido el Espíritu Santo por el bautismo ya no tienen por qué caminar bajo el dominio del mal; ahora cuentan con los dones de Dios para vivir al modo de Dios, gracias a los méritos de Jesucristo:

No hay, pues, condena alguna para los que están en Cristo Jesús, pues la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús te ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Lo que era imposible a la ley, por cuanto que estaba debilitada a causa de la carne, lo ha hecho Dios: enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y en orden al pecado, condenó el pecado en la carne, para que la justa exigencia de la ley se cumpliera en nosotros, los que actuamos no de acuerdo con la carne, sino de acuerdo con el Espíritu.

En otro lugar, el propio San Pablo dirá triunfante: Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley (Gálatas 5,18).

Convertíos y creed en la Buena Noticia.🔗

A menudo, la fe que vivimos pone el foco casi únicamente en el propio esfuerzo por la vida moral, pero omite demasiado o por completo la parte de la que se hace cargo Dios-con-nosotros (Emmanuelle) en todo ello. Vivir así es como pelear con una mano atada a la espalda. Pero cuando entendemos que Dios se encarga junto a nosotros, entonces, se nos redimensiona el horizonte y entendemos mejor el verdadero alcance de convertirnos y creer en la Buena Noticia: ponemos de nuestra parte y contamos con la suya. Así como en el Génesis la serpiente propone alcanzar la Sabiduría sin Dios, por nuestra cuenta, pero omitiendo la carga, claro, Dios nos retorna al camino de la Sabiduría desde Él y con Él, haciéndose cargo. Seremos Dioses por participación en Él y de Él, no por nuestra exclusiva carga.

También empezamos a ver que nuestro caminar se hace más ligero, incluso llevando las mismas cargas porque hemos entendido que cuando Jesús dijo «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera», lo que está diciendo no es que acudamos a Él para un descanso puntual, está diciendo que vivir según la Ley es cansado por definición (para el que se esfuerza y apuesta por vivir según la Ley de Dios) y que, entonces, acudamos a Él continuamente porque, con Él, el cumplimiento es otra cosa; es llevadero (no como resignación, sino como facilidad, como algo que ajusta mejor, que es holgado o asumible) y ligero, ya que Él se encarga de que así sea al darnos los dones y a sí mismo para lograrlo (Mateo 11, 28-30).  

De igual modo, ya no es una losa inasumible para nuestra psicología que el Señor diga: “No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. En verdad os digo que, mientras no pasen el cielo y la tierra, no pasará ni una iota ni una tilde de la Ley, sin que todo se cumpla.” (Mateo 5,17-18). La razón de esto es la misma una vez más. La Ley es correcta, no hay que rebajarla, como hacen muchos, lo que hay que hacer es encomendarse a Él «Porque Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar, según su beneplácito» (Filipenses 2,13). Si Él lo hace posible, no hay excusa para rebajar nada de la Ley, aunque por esa distorsión que sufrimos nuestra percepción inicial sea sentirnos sobrepasados ante la tarea que tenemos por delante: nada menos que conquistarnos a nosotros mismos, recuperar el dominio propio.

Finalmente, también podemos encajar mejor las palabras del Señor cuando nos dice “Sed perfectos como vuestro padre es perfecto”. Estas palabras, a menudo, constituyen una losa que descorazona a quien las oye (una vez más, resuena el eco de los discípulos, entonces ¿Quién puede salvarse?). Los discípulos no lo entendían todavía, pero Jesús y el Espíritu Santo les ayudaron a comprenderlo. Si entendemos estas palabras en la lógica de Dios, tienen esa ambivalencia de ser, por un lado, una invitación a vivir hacia ese horizonte; de ser una directiva que nos instruye cómo hemos de vivir, ya que hemos hecho sido a imagen y semejanza del Padre, pero, por otro lado y más aún, podríamos decir que son una expresión de soberanía del Señor: las podríamos integrar mejor si las completamos así “Sed perfectos como vuestro Padre es perfecto porque, para hacerlo, contaréis con su propio poder». Como vemos, están expresadas como acto creador o recreador del hombre: “Sed”, esto es, sea, hágase (Génesis 1) ¡sea así también por mi voluntad! No extraña, entonces, que Santa Teresita de Lisieux llegara a decir sin contradicción “Me regocijo de ser imperfecta” (muy recomendable el libro “Santa Teresa de Lisieux, un camino enteramente nuevo” del padre Marie-Michel Philipon, O.P.).

Efectivamente, por la ley sabemos lo que es pecado (Rom 3,20), pero la ley misma no nos capacita para cumplirla. De modo que, al modo de Dios, se llegan a invertir los términos «Porque Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar, según su beneplácito» (Filipenses 2,13).

El secreto es encomendarse continuamente🔗

Si decíamos que no debemos contar con el auxilio del Señor como algo puntual u ocasional, sino constante, esto lo logramos por medio de la oración. Hemos de pedir auxilio continuamente a lo largo del día para hacer las cosas al modo de Dios con los dones de Dios («Muchos reciben la gracia, pero no la conservan, porque no oran para recibir también el don de la perseverancia». San Agustín, De Dono Perseverantiae, 6,16).

Si recordamos cuando el pueblo de Israel recibió el ataque de Amalec, Moisés oraba a Dios mientras el pueblo luchaba (Moisés tenía en alto las manos, vencía Israel; mientras las tenía bajadas, vencía Amalec. Y, como le pesaban los brazos, sus compañeros tomaron una piedra y se la pusieron debajo, para que se sentase; mientras, Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado. Así resistieron en alto sus brazos hasta la puesta del sol. Josué derrotó a Amalec y a su pueblo. Exodo 17, 11-13). Este bello precedente de esa lucha compartida entre Dios con sus hijos frente al mal que nos asedia y atenaza (aquí representado por Amalec) nos ilustra magníficamente sobre ese dinamismo: cuando bajaba los brazos, perdían (es decir, cuando dejaban de encomendarse, pese a que obraban para triunfar); mientras que, cuando los mantenía subidos, ganaban (es decir, cuando se encomendaban continuamente). Más adelante, San Agustín dirá “quiere el Señor concedernos sus gracias, pero sólo las da a aquel que se las pide”. Si en esta preciosa escena vemos en Aarón y Jur a los demás auxilios que nos manda el Señor (la Iglesia; los ángeles; las personas de buena voluntad; etc.), entonces se nos redimensiona por completo. Y también el Padrenuestro «danos hoy nuestro pan de cada día… no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal«.

Este encomendarse «como un acoso», lo puedes aclarar un poco mejor en esta reflexión donde lo desarrollábamos un poco más.


[1] Antes, en Ezequiel 11, había dicho: Esto dice el Señor: «Os recogeré de entre los pueblos, os reuniré de los países en los que estáis dispersos, y os daré la tierra de Israel. 18Entrarán en ella y quitarán de ella todos sus ídolos y objetos detestables. Les daré otro corazón e infundiré en ellos un espíritu nuevo: les arrancaré el corazón de piedra y les daré un corazón de carne, para que sigan mis preceptos y cumplan mis leyes y las pongan en práctica: ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios. Pero, si el corazón se les va tras sus ídolos y objetos detestables, los haré responsables de su conducta”