Soltar & Saltar

Para acercarse a Dios, hay que creer. Creer en una doble vertiente de creencia y confianza. Bartimeo nos enseña lo que hay que hacer para ser verdaderos discípulos del Señor.

En el Evangelio de Marcos se narra que, al salir de Jericó, iba Jesús con sus discípulos junto a bastante gente, entonces un mendigo ciego, Bartimeo (el hijo de Timeo), estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí». Muchos lo increpaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí». Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo». Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama». Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: «¿Qué quieres que te haga?». El ciego le contestó: «Rabbuní, que recobre la vista». Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha salvado». Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino. (Mc 10, 46-52).

Al Dios que siento lejano, puedo acercarme🔗

Este hombre, Bartimeo, nos representa a todos porque no es lo mismo conocer a Jesús “de oídas” (al oír que era Jesús, dice el texto) o de lejos; que verlo con los propios ojos (recobró la vista y lo seguía) y en persona. Su proceso es nuestro proceso, normalmente todos pasamos de una etapa en la que conocemos a Jesús un poco de oídas (las catequesis, las homilías, etc.) a poder afirmar que entendemos lo que es tenerlo con nosotros: la experiencia de Dios. Pero, para ese paso, hace falta algo.

El Señor nos muestra en el Evangelio constantemente que para ver a Jesús es necesario realizar un acto de fe. Dios pasa cerca y oímos a algunos que nos hablan de Él (nivel de creencia), pero el acercamiento definitivo depende de un salto de fe (nivel de confianza).

Para ver a Dios hay que creerle. Creer a aquel en quien crees. No es lo mismo creer en Dios que creerle a Dios. Lo primero es una creencia; lo segundo, un acto de fe. Créeme para ver a Dios, hay que confiar en Él. Creer para ver y no ver para creer. Para ver lo que Dios hace, hay que confiar en Él.

Soltar & Saltar🔗

Lo que lo cambia todo en Bartimeo es “el salto de fe” (Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús). Al saltar, dice el texto, se acercó a Jesús. Es decir, los saltos de fe nos acercan a Jesús.

Los saltos de fe nos acercan a Dios

Ahora bien, hay otro elemento característico. Este “salto de fe” está caracterizado por haber soltado algo antes: Bartimeo primero ha soltado su manto. Pero ¿Qué papel juega su manto aquí? ¿Por qué se menciona al saltar? El manto simboliza las seguridades personales. Para un mendigo un manto era muy importante porque le servía para muchas cosas (abrigo, asiento, protección, instrumento, identidad). El manto representa todo aquello en lo que uno se apoya vitalmente. Pues bien, Bartimeo lo suelta porque ahora eso que era un medio, se ha convertido en un “lastre” para saltar. Para ponerse de pie de un salto hace falta aplicar una intensa fuerza (la que uno lleva: él la tenía, como muestran sus gritos previos y empeño) y eliminar lastres.

“Soltar” y “Saltar” son dos verbos necesarios para “acercarse”, “ver” y “seguir” al Señor: los deseos se ganan la atención de Jesús (se paró) y su llamada (lo llamó); los saltos de fe nos acercan a Dios (se acercó) y sin dilación (al momento); nos obtienen sus gracias (recuperó la vista) y nos incorpora a Él, el culmen de su promesa (lo seguía por el camino).

Al final, recobrar la vista es descubrir lo que responde Jesús: “Anda, tu fe te ha salvado”, es decir, ya puedes caminar de nuevo porque estabas paralizado, en tu confianza ha estado realmente tu salvación.

Aterriza🔗

Debes contemplar tu realidad personal poco a poco e identificar cuáles son las cosas que, a todos los niveles, constituyen tus principales seguridades. Encuentra aquello en lo que te apoyas principalmente en cada situación. Este proceso de observación e identificación ya es, de por sí, una manera de gritarle a Jesús “quiero ver lo que no veo”.

Es algo realmente sutil porque entender que aquello que nos otorga seguridad (que es la razón por la que nos apoyamos en ello), puede llegar a ser un lastre no es fácil. Hay que afinar bien porque hay mucho apego ¿Cómo voy a renunciar a algo que me da seguridad?

Es normal, lo que nos da seguridad suele ser un bien en sí mismo (dinero, identidad, reconocimiento, bienestar, protección, pertenencia, etc.). Por tanto, nuestro apego es muy grande. No nos parece evidente que haya que soltar nada. Muchas veces es lo que nos ha permitido sobrevivir hasta entonces. Sin embargo, también se ha convertido en un lastre porque está ocupando un peso que no le corresponde tener (o que ya no le corresponde tener) y que impide el acercamiento al Señor.

Las situaciones son tan variadas como la propia vida (interior y exterior). La dinámica es siempre la misma, pero va entrando en detalle según la vida interior también se va enriqueciendo. Cada salto de fe que tenemos oportunidad de dar retira uno de los velos que nos impiden ver al Señor. Por eso, nuestro camino debe estar plagado de saltos de fe; ir de salto en salto.

Saltar en la fe, recompensa🔗

Más adelante, San Pablo reproducirá gran parte de esta misma dinámica al decir “sin fe es imposible complacerlo, pues el que se acerca a Dios debe creer quien es y que recompensa a quienes lo buscan” (Hebreos 11,6).

Este salto de fe viene con recompensa. Nos gana la pregunta del Señor ¿Qué puedo hacer por ti?